Un nuevo lenguaje sobre la
fe…en la era del postmodernismo
Jutta
Burggraf
Vamos a
hablar sobre la transmisión de la fe. Me refiero a los hijos, a otros
parientes, a los amigos, vecinos y colegas: a todos los que entran en una casa
alegre y abierta; en una casa abierta a personas de todo tipo y condición, de
todos los colores y de todas las creencias. Queremos dialogar con todos, como
nos enseñó San Josemaría Escrivá, el Fundador del Opus Dei, al que debemos
tanto.
Ha llegado
a los oídos de gran parte de nuestros contemporáneos, para los que
"Dios" no es nada más que una palabra vacía. Se habla de un actual
"analfabetismo religioso",
de una ignorancia incluso de los conceptos más básicos de la fe.
Con
respecto al tema religioso, podemos concluir: si vivo en un mundo secularizado
e ignoro el lenguaje de la fe, es humanamente imposible llegar a ser un
cristiano.
I. El
ambiente actual
Si
queremos hablar sobre la fe, es preciso tener en cuenta el ambiente en el que
nos movemos. Tenemos que conocer el corazón del hombre de hoy —con sus dudas y
perplejidades—, que es nuestro propio corazón, con sus dudas y perplejidades.
1.
La época del postmodernismo.-
Tenemos, generalmente, muchos ídolos, por ejemplo, la salud, el "culto al
cuerpo", la belleza, el éxito, el dinero o el deporte; todos ellos
adquieren, en circunstancias, rasgos de una nueva religión. Chesterton dice:
"Cuando se deja de creer en Dios,
ya no se puede creer en nada, y el problema más grave es que, entonces, se
puede creer en cualquier cosa."
Y,
realmente, a veces parece que cualquier cosa es más creíble que una verdad
cristiana. Mis alumnos de las Facultades civiles, por ejemplo —estudiantes de
derecho o de químicas— hablan, con muy buena voluntad, de la
"reencarnación" de Cristo (que tuvo lugar hace 2000 años): al
parecer, la palabra "reencarnación" les es mucho más familiar que la
palabra "encarnación". Observamos la influencia del budismo y del
hinduismo en Occidente. ¿Por qué ejercen una atracción tan fuerte? Parece que
se desea lo exótico, lo "liberal", algo así como una "religión a
la carta". No se busca lo
verdadero, sino lo apetecible, lo que me gusta y me va bien: un poco de
Buda, un poco de Shiva, un poco de Jesús de Nazaret.
"El
hombre moderno es un gitano", se ha dicho con razón. No tiene hogar: quizá
tiene una casa para el cuerpo, pero no para el alma. Hay falta de orientación, inseguridad, y también mucha soledad. Así,
no es de extrañar que se quiera alcanzar la felicidad en el placer inmediato, o
quizá en el aplauso. Si alguien no es amado, quiere ser al menos alabado.
Tal vez,
todos nos hemos acostumbrado a no pensar:
al menos, a no pensar hasta el final. Es el llamado pensamiento débil. Vivimos
en una época en la que tenemos medios
cada vez más perfectos, pero los fines están bastante perturbados.
A la vez,
podemos descubrir una verdadera "sed de interioridad", tanto en la
literatura como en el arte, en la música y también en el cine. Cada vez más personas buscan una
experiencia de silencio y de contemplación; al mismo tiempo, están
decepcionados del cristianismo que, en muchos ambientes, tiene fama de no ser
nada más que una rígida "institución burocrática", con preceptos y
castigos.
Otras
personas huyen de la Iglesia
por motivos opuestos: la predicación cristiana les parece demasiado
"superficial", muy "light", sin fundamento y sin
exigencias rigurosas. No buscan lo "liberal", sino todo lo contrario:
buscan lo "seguro". Quieren que alguien les diga con absoluta certeza
cuál es el camino hacia la salvación, y que otro piense y decida por ellos: ahí
tenemos el gran mercado de las sectas [3].
Vivimos en
sociedades multiculturales, en las que se puede observar simultáneamente los
fenómenos más contradictorios. Algunos intentan resumir todo lo que nos pasa en
una única palabra: postmodernismo. El término indica que se trata
de una situación de cambio: es una época que viene "después" del
modernismo y "antes" de una nueva era que todavía no conocemos. (Los
adeptos de New Age se han apropiado del nombre: según ellos, ya
estaríamos en esta nueva época, pero —a mi modo de ver— se trata de un error:
ellos son simplemente "postmodernos").
El
postmodernismo es una era limitada que indica el fracaso del modernismo. Se la
puede comparar con la "postguerra" —el tiempo difícil después de una
guerra—, que es la preparación para algo nuevo. Y se la puede relacionar
también con el período "postoperatorio", en el que una persona
convalece de una cirugía, antes de retomar sus actividades normales.
Parece,
realmente, que vivimos un cambio de época: estamos entrando en una nueva etapa
de la humanidad. Y las novedades reclaman un nuevo modo de hablar y de actuar.
2.
Actitud ante los cambios culturales.- ¿Cómo conviene hablar sobre la fe en este
desconcierto? Antes que nada, nos pueden ayudar unas reflexiones de Romano Guardini
que no han perdido nada de su actualidad. En sus Cartas desde el lago de
Como, este gran escritor cristiano habla sobre su inquietud con respecto al
mundo moderno. Se refiere, por ejemplo, a lo artificioso de nuestra vida,
escribe acerca de la manipulación a la que diariamente estamos expuestos, trata
de la pérdida de los valores tradicionales y de la luz estridente que nos viene
del psicoanálisis... Después de mostrar, en ocho largas cartas, una panorámica
verdaderamente desesperante, al final del libro cambia repentinamente de
actitud. En la novena y última carta expresa un "sí redondo" a este
mundo en que le ha tocado vivir, y explica al sorprendido lector, que esto es
exactamente lo que Dios nos pide a cada uno. El cambio cultural, al que
asistimos, no puede llevar a los cristianos a una perplejidad generalizada [4].
No puede ser que en todas direcciones se
vean personas preocupadas y agobiadas que añoran los tiempos pasados. Pues es
Dios mismo quien actúa en los cambios. Tenemos que estar dispuestos a
escucharle y dejamos formar por Él [5].
Quien quiere influir en el presente,
tiene que amar el mundo en que vive.
No debe mirar al pasado, con nostalgia y resignación, sino que ha de adoptar una actitud positiva ante el
momento histórico concreto: debería estar a la altura de los nuevos
acontecimientos, que marcan sus alegrías y preocupaciones y todo su estilo de
vida. "En toda la historia del mundo hay una única hora importante, que es
la presente", dice Bonhoeffer. "Quien huye del presente, huye de la
hora de Dios" [6]
Hoy en
día, una persona percibe los diversos acontecimientos del mundo de otra forma
que las generaciones anteriores, y también reacciona afectivamente de otra
manera. Por esta razón, es tan importante saber
escuchar [7]. Un buen teólogo lee tanto la Escritura como el
periódico, alguna revista o el internet; muestra cercanía y simpatía hacia
nuestro mundo [8]. Y sabe que es en las mentes y en los corazones de los
hombres y mujeres que le rodean, donde puede encontrar a Dios, de un modo mucho
más vivo que en teorías y reflexiones.
Los
cambios de mentalidad invitan a exponer las propias creencias de un modo
distinto que antes [9]. A este respecto comenta un escritor: "No estoy
dispuesto a modificar mis ideas (básicas) por mucho que los tiempos cambien.
Pero estoy dispuesto a poner todas las formulaciones externas a la altura de
mis tiempos, por simple amor a mis ideas y a mis hermanos, ya que si hablo con
un lenguaje muerto o un enfoque superado, estaré enterrando mis ideas y sin
comunicarme con nadie" [10].
II.
La personalidad de quien habla
Para
tratar sobre Dios, no sólo hace falta tener en cuenta el ambiente que nos
rodea. Todavía más decisiva es la personalidad de quien habla: porque, al
hablar, no sólo comunicamos algo; en primer lugar, nos expresamos a nosotros
mismos. El lenguaje es un "espejo de nuestro espíritu" [11].
Existe también un lenguaje no
verbal, que sustituye o acompaña nuestras palabras. Es el clima que creamos a nuestro
alrededor, ordinariamente a través de cosas muy pequeñas, como son, por
ejemplo, una sonrisa cordial o una mirada de aprecio. Cuando faltan los
oligoelementos en el cuerpo humano, aunque sean mínimos, uno puede enfermar
gravemente y morir. De un modo análogo podemos hablar de
"oligoelementos" en un determinado ambiente: son aquellos detalles,
difícilmente demostrables y menos aún exigibles, que hacen que el otro se
sienta a gusto, que se sepa querido y valorado.
1.
Ser y parecer.-
Nos conviene tomar en serio algunas de las modernas teorías de la comunicación (que,
por cierto, expresan verdades de perogrullo). Estas teorías nos recuerdan que una persona transmite más por lo que es
que por lo que dice. Algunos afirman incluso que el 80% o 90% de nuestra
comunicación ocurre de forma no verbal.
Además, transmitimos sólo una
pequeña parte de la información de modo consciente, y todo lo demás de modo
inconsciente: a
través de la mirada y la expresión del rostro, a través de las manos y los
gestos, de la voz y todo el lenguaje corporal. El cuerpo da a conocer nuestro mundo
interior, "traduce" las emociones y aspiraciones, la ilusión y la
decepción, la generosidad y la angustia, el odio y la desesperación, el amor,
la súplica, la resignación y el triunfo; y difícilmente engaña. San Agustín
habla de un "lenguaje natural de todos los pueblos" [12].
Los demás
perciben el mensaje, asimismo, sólo en parte de modo consciente, y se enteran
de muchas cosas inconscientemente. Se me ha grabado una situación, en la que he
comprobado esta verdad de un modo muy claro. Cuando trabajaba en una
institución para personas enfermas y solitarias, algún día, un directivo entró
en la habitación de un enfermo y le hablaba muy amablemente, haciéndole todo
tipo de caricias. Pero cuando salió de la habitación, el enfermo me confesó que
sentía mucha antipatía hacia este director. ¿Por qué? Por razones de mi trabajo
me había enterado que el visitante, en realidad, despreciaba al enfermo. Quería
disimularlo, pero lo expresó inconscientemente. Y, como era de temerse, el
enfermo lo percibió perfectamente.
Esto
quiere decir que no basta sonreír y tener una apariencia agradable. Si queremos
tocar el corazón de los otros, tenemos que cambiar primero nuestro propio
corazón. La enseñanza más importante se imparte por la mera presencia de una
persona madura y amante. En la antigua China y en la India, el hombre más
valorado era el que poseía cualidades espirituales sobresalientes. No sólo
transmitía conocimientos, sino profundas actitudes humanas. Quienes entraban en
contacto con él, anhelaban cambiar y crecer —y perdían el miedo a ser
diferentes.
Justamente
hoy es muy importante experimentar que la fe es muy humana y muy humanizante;
la fe crea un clima en el que todos se sienten a gusto, amablemente
interpelados a dar lo mejor de sí. Esta verdad se expresa en la vida de muchos
grandes personajes, desde el apóstol San Juan hasta la Madre Teresa de
Calcuta y San Josemaría Escrivá.
2.
Identidad cristiana y autenticidad.-
Para hablar con eficacia sobre Dios,
hace falta una clara identidad cristiana. Quizá nuestro lenguaje parece, a
veces, tan incoloro, porque no estamos todavía suficientemente convencidos de
la hermosura de la fe y del gran tesoro que tenemos, y nos dejamos fácilmente
aplastar por el ambiente.
Pero la
luz es antes que las tinieblas, y nuestro Dios es el eternamente Nuevo. No es
la "vetustez" del cristianismo originario lo que pesa a los hombres,
sino el llamado cristianismo burgués. "Pero este cristianismo burgués no
es el cristianismo —advierte Congar—. Es tan sólo la encarnación del
cristianismo en la civilización burguesa." [13]. Este hecho nos permite
tener una cierta porción de optimismo y de esperanza a la hora de hablar de
Dios.
Un cristiano no tiene que ser
perfecto, pero sí auténtico.
Los otros notan si una persona está convencida del contenido de su discurso, o
no. Las mismas palabras —por ejemplo, Dios es Amor— pueden ser triviales o
extraordinarias, según la forma en que se digan. "Esa forma depende de la
profundidad de la región en el ser de un hombre, de donde proceden, sin que la voluntad
pueda hacer nada. Y, por un maravilloso acuerdo, alcanzan la misma región en
quien las escucha" [14]. Si alguien habla desde la alegría de haber
encontrado a Dios en el fondo de su corazón, puede pasar que conmueva a los
demás con la fuerza de su palabra. No hace falta que sea un brillante orador.
Habla sencillamente con la autoridad de quien vive —o trata de vivir— lo que
dice; comunica algo desde el centro mismo de su existencia, sin frases hechas
ni recetas aburridas.
Una
persona asimila, como por ósmosis, actitudes y comportamientos de quienes le
rodean. Así, toda actividad cristiana puede invitar a abrirse a Dios, esté o no
en relación explícita con la fe. Pero también puede escandalizar a los demás,
de modo que las palabras pierdan valor. Edith Stein cuenta que perdió su fe
judía cuando, de niña, se dio cuenta de que, en las ceremonias de la Pascua, sus hermanos
mayores sólo "hacían teatro" y no creían lo que decían.
3.
Serenidad.- Un cristiano no es, en primer lugar, una
persona "piadosa", sino una persona feliz, ya que ha encontrado el
sentido de su existencia. Precisamente por esto es capaz de transmitir a
los otros el amor a la vida, que es tan contagioso como la angustia.
No se
trata, ordinariamente, de una felicidad clamorosa, sino de una tranquila
serenidad, fruto de haber asimilado el dolor y los llamados "golpes del
destino". Es preciso convencer a los otros —sin ocultar las propias
dificultades— que ninguna experiencia de
la vida es en vano; Siempre podemos
aprender y madurar —también cuando nos desviamos del camino, cuando nos
perdemos en el desierto o cuando nos sorprende una tempestad. Gertrud von Le
Fort afirma que no sólo el día soleado, sino también la noche oscura tiene sus
milagros. "Hay ciertas flores que sólo florecen en el desierto; estrellas
que solamente se pueden ver al borde del despoblado. Existen algunas
experiencias del amor de Dios que sólo se viven cuando nos encontramos en el
más completo abandono, casi al borde de la desesperación" [15].
¿Cómo
puede comprender y consolar quien no ha sido nunca destrozado por la tristeza?
Hay personas que, después de sufrir mucho, se han vuelto comprensivos,
cordiales, acogedores y sensibles frente al dolor ajeno. En una palabra, han
aprendido a amar.
4.
Amor y confianza.-
El amor estimula lo mejor que hay en el hombre. En un clima de aceptación y cariño, se despiertan los grandes ideales.
Para un niño, por ejemplo, es más importante crecer en un ambiente de amor
auténtico, sin referencias explícitas a la religión, que en un clima de
"piedad" meramente formal, sin cariño. Si falta el amor, falta la
condición básica para un sano desarrollo. No se puede modelar el hierro frío;
pero cuando se lo calienta, es posible formarlo con delicadeza.
A través
de los padres, los hijos deberían descubrir el amor de Dios [16]. Hace falta el
"lenguaje de las obras"; es preciso vivir el propio mensaje.
Lo decisivo no son las lecciones y las clases de catecismo, que vendrán más
tarde. Antes, mucho antes, conviene preparar la tierra para que acoja la
semilla.
En sus
primeros años de vida, cada niño realiza un descubrimiento básico, que será de
vital importancia en su carácter: "soy importante, me entienden y me
quieren" o "estoy por medio, estorbo". Cada uno tiene que hacer,
de algún modo, esta experiencia de amor que nos transmite Isaías: "Eres
precioso a mis ojos, de gran estima, yo te quiero... En la palma de mis manos
te tengo tatuado" [17].
Si falta
esta experiencia, puede ocurrir que una persona nunca sea capaz de establecer
relaciones duraderas, ni de trabajar con seriedad. Y, sobre todo, será difícil
para ella creer de verdad en el amor de Dios: creer que Dios es un Padre que
comprende y perdona, y que exige con justicia para el bien del hijo [18].
"La historia de la decadencia de cada varón y de cada mujer habla de que
un niño maravilloso, valioso, singularísimo y con muchas cualidades perdió el
sentimiento del propio valor". Esto difícilmente se puede arreglar más
tarde dando clases sobre el amor de Dios. Una persona dijo con acierto:
"Lo que haces, es tan ruidoso que no oigo lo que dices".
Muchas personas no han podido
desarrollar la "confianza originaria". Y como no la conocen, se
mueven en un ambiente de "angustia originaria". No quieren saber nada
de Dios; llegan a sentir miedo y hasta terror frente al cristianismo. Porque,
para ellos, Dios no es nada más que un Juez severo, que castiga y condena,
incluso con arbitrariedad. No han descubierto que Dios es Amor, un Amor que se
entrega y que está más interesado en nuestra felicidad que nosotros mismos.
Por eso,
es tan importante creer en las capacidades de los demás y dárselo a entender. A
veces, impresiona ver cuánto puede transformarse una persona, si se le da
confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea perfeccionada que se tiene
de ella. Hay muchos hombres y mujeres que saben animar a los otros a ser
mejores, a través de una admiración discreta y silenciosa. Les comunican la
seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, que, con paciencia y
constancia, animan y ayudan a desarrollar.
Cuando alguien nota que es querido,
adquiere una alegre confianza en el otro: comienza a abrir su intimidad. La transmisión de la fe comienza
—a todos los niveles— con un lenguaje no verbal. Es el lenguaje del cariño, de
la comprensión y de la auténtica amistad.
III.
Hablar sobre la Fe
Cuando
conozco bien a otro, conozco también sus experiencias, sus heridas y sus
ilusiones. Y —si hay reciprocidad en ese conocimiento— el otro sabe lo que yo
he vivido, lo que me hace sufrir y lo que me da esperanza. La amistad nunca es
una vía unilateral. En un clima de mutuo conocimiento es más fácil hablar de
todo, también de la fe.
1.
Una búsqueda común.-
Hay personas que tienen una fuerte identidad cristiana y, a pesar de ella, no
logran convencer a nadie. Cuando alguien se muestra demasiado seguro, en
principio, no se le acepta hoy en día. Hay un rechazo a los "grandes
relatos" y también a los "portadores de la suma verdad", porque
tenemos más claro que nunca que nadie puede saberlo todo. Se habla de una pastoral
"desde abajo", no "desde arriba", no desde la cátedra, que
quiere instruir a los "pobres ignorantes". Este modo de actuar ya no
es eficaz, y quizá nunca lo fue.
Viene a la
memoria lo que se cuenta del Papa Juan Pablo II. Ocurrió durante el Concilio
Vaticano II. En una de las sesiones plenarias del Concilio, el entonces joven
obispo Wojtyla pidió la palabra e, inesperadamente, hizo una aguda crítica al
proyecto de uno de los documentos más importantes, que se había propuesto. Dio
a entender que el proyecto no servía nada más que para ser echado a la
papelera. Las razones eran las siguientes: "En el texto presentado, la Iglesia enseña al
mundo. Se coloca, por así decirlo, por encima del mundo, convencida de su
posesión de la verdad, y exige del mundo que le obedezca". Pero
esta actitud puede expresar una arrogancia sublime. "La Iglesia no ha de instruir
al mundo desde la posición de la autoridad, sino que ha de buscar la verdad y
las soluciones auténticas de los problemas difíciles de la vida humana junto al
mundo" [20]. El modo de exponer la fe no debe convertirse nunca en un
obstáculo para los otros.
2.
Aprender de todos.-
Lo que atrae más en nuestros días, no es la seguridad, sino la sinceridad:
conviene contar a los otros las propias razones que me convencen para creer, hablar
también de las dudas y de los interrogantes [21]. En definitiva, se trata de
ponerse al lado del otro y de buscar la verdad junto con él. Ciertamente, yo
puedo darle mucho, si tengo fe; pero los otros también pueden enseñarme mucho.
Santo
Tomás afirma que cualquier persona, por erróneas que sean sus convicciones,
participa de alguna manera de la verdad: lo bueno puede existir sin mezcla de
lo malo; pero no existe lo malo sin mezcla de lo bueno. Por tanto, no sólo
debemos transmitir la verdad que —con la gracia divina— hemos alcanzado, sino
que estamos también llamados a profundizar continuamente en ella y a buscarla
allí donde puede encontrarse, esto es, en todas partes. Es muy enriquecedor,
por ejemplo, conversar con judíos o con musulmanes; siempre se nos abren nuevos
horizontes. Y la verdad, la diga quien la diga, sólo puede proceder de Dios.
Como los
cristianos no tenemos conciencia plena de todas las riquezas de la propia fe,
podemos (y debemos) avanzar, con la ayuda de los demás. La verdad nunca se
posee entera. En última instancia, no es algo, sino alguien, es Cristo. No es
una doctrina que poseemos, sino una Persona por la que nos dejamos poseer. Es
un proceso sin fin, una "conquista" sucesiva.
3.
Tomar en serio las necesidades y los deseos humanos.- Podemos preguntarnos: ¿por qué
esta o aquella ideología atrae a tanta gente? Ordinariamente, muestran los
deseos y necesidades más hondas de nuestros contemporáneos (que son nuestros
propios deseos y necesidades). La teoría de la reencarnación, por ejemplo,
manifiesta la esperanza en otra vida; la meditación trascendental enseña cómo
uno puede apartarse de los ruidos exteriores e interiores; y los grupos skinhead,
al igual que los punk de los años 80 y 90, los góticos de los 90 (y del
2000) y los raperos de hoy ofrecen una solidaridad y un sentido de pertenencia,
que muchos jóvenes no encuentran en sus familias.
Sin
embargo, la fe ofrece respuestas mucho más profundas y alentadoras. Nos dice
que todos los hombres —y en particular los cristianos— somos hermanos, llamados
a andar juntos por el camino de la vida. Nunca nos encontramos solos. Cuando
hablamos con Dios en la oración —que podemos hacer en cualquier momento del
día—, no nos distanciamos de los demás, sino que nos unimos con quien más nos
quiere en este mundo, y quien nos ha preparado a todos una vida eterna de
felicidad.
Si
conseguimos exponer el misterio divino desde la clave del amor, será más fácil
despertar los intereses del hombre moderno. El Dios de los cristianos es el
Dios del Amor, porque no sólo es Uno; a la vez es Trino. Como amar consiste en
relacionarse con un tú -en dar y recibir-, un Dios "solo" (una única
persona) no puede ser Amor. ¿A quién podría amar, desde toda la eternidad? Un
Dios solitario, que se conoce y se ama a sí mismo, puede ser considerado, en el
fondo, como un ser muy inquietante.
El Dios
trino es, realmente, el Dios del Amor. En su interior, descubrimos una vida de
donación y de entrega mutua. El Padre da todo su amor al Hijo; ha sido llamado
el "Gran Amante". El Hijo recibe este amor y lo devuelve al Padre; es
el que nunca dice "no" al Amor. El Espíritu es el mismo Amor entre
ambos; es el "con-dilecto", según Hugo de San Víctor: muestra
que se trata de un amor abierto, donde cabe otro, donde cabemos también
nosotros [25]..
"Estar
en el mundo quiere decir: ser querido por Dios", afirma Gabriel
Marcel. Por esto, un creyente puede sentirse protegido y seguro. Puede
experimentar que sus deseos más hondos están colmados.
4.
Ir a lo esencial.-
Cuando hablamos de la fe, es importante ir a lo esencial: el gran amor de Dios
hacia nosotros, la vida apasionante de Cristo, la actuación misteriosa del
Espíritu en nuestra mente y en nuestro corazón... Tenemos que huir de lo que
hacen los que quieren quitar fuerza al cristianismo: reducen la fe a la moral,
y la moral al sexto mandamiento. En todo caso, conviene dejar muy claro que la Iglesia dice un sí al
amor. Y para salvaguardar el amor, dice un no a las deformaciones de la
sexualidad.
Benedicto
XVI se ha decidido por este mismo modo de actuar. Después del "Encuentro
Mundial de las Familias", en Valencia, concedió una entrevista a Radio
Vaticano, en la que le preguntaron: "Santo Padre, en Valencia, usted no ha
hablado ni del aborto, ni de la eutanasia, ni del matrimonio gay. ¿Correspondió
a una intención?". Y el Papa respondió: "Claro que sí... Teniendo tan
poco tiempo no se puede comenzar inmediatamente con lo negativo. Lo primero es
saber qué es lo que queremos decir, ¿no es así? Y el cristianismo... no es un
cúmulo de prohibiciones, sino una opción positiva. Es muy importante que esto
se vea nuevamente, ya que hoy esta conciencia ha desaparecido casi
completamente. Se ha hablado mucho de lo que no está permitido, y , ahora hay
que decir: Pero nosotros tenemos una idea positiva que proponer... Sobre todo
es importante poner de relieve lo que queremos" [26].
5.
Un lenguaje claro y sencillo.-
Cuando era estudiante en Colonia, tuve que preparar, en una ocasión, un trabajo
largo y difícil para un seminario de la Universidad. Antes
de entregarlo al profesor, lo enseñé a un compañero mayor, que lo leyó con
interés, y después me dio un consejo amistoso que nunca he olvidado: "Está
bien —me comentó—. Pero si quieres tener una nota buena, tienes que decir lo
mismo de un modo mucho más complicado".
Así somos.
A veces, confundimos lo complicado con lo inteligente, y olvidamos que Dios —la
suma verdad— es, a la vez, la suma sencillez. El lenguaje de la fe habla con
llaneza sobre realidades inefables. "Prefiero decir cinco palabras con
sentido para instruir, que diez mil en lenguajes no inteligibles",
advierte San Pablo.
Se pueden
usar imágenes para acercar el misterio trinitario a nuestro espíritu. (En la
sencillez de las imágenes encontramos más verdad que en los grandes conceptos).
Una de las más corrientes es la del sol, su luz y su calor; o también la
fuente, el río y el mar, comparación muy apreciada por los Padres griegos [28].
(Como los Padres de la Iglesia
se expresan muchas veces en imágenes, su teología es siempre moderna). Se
pueden buscar también anécdotas, citas de la literatura o escenas de películas.
En tiempos del Vaticano II, los expertos fueron invitados a hablar en un
lenguaje accesible: "Que se abandone todo idioma exangüe y árido, la
disección cargada de afirmaciones conceptualistas, para emprender un lenguaje
más vivo y concreto, a semejanza de la Biblia y de los antiguos Padres. Que se abandone
la sobrecarga de discusiones secundarias y de 'cuestiones' de mera
curiosidad... Dirigir a alguien un discurso abstruso, difícilmente inteligible...
tiene algo de ultrajante e irrespetuoso, tanto para la verdad como para la
persona que tiene derecho a comprender" [29].
Quien no
entiende lo que está diciendo otra persona, no puede expresar sus dudas, no
puede investigar libremente por cuenta propia. Depende del otro, y fácilmente
puede ser manipulado por él.
6.
Un lenguaje existencial.-
Asimismo, el otro tiene derecho a conocer toda la verdad. Si reprimimos una
parte de la fe, creamos un ambiente de confusión, y no prestamos una ayuda
auténtica al otro. Daniélou lo dice claramente: "La condición básica de un
diálogo sincero con un no cristiano es decide: tengo la obligación de decirte
que un día te encontrarás con la
Trinidad" [30].
Es preciso
explicar a los demás la propia fe tan clara e íntegramente como sea posible
[31]. Con ello, por otro lado, ganamos en sinceridad en cualquier relación
humana: queremos dar a conocer la propia identidad, es decir, en nuestro caso,
la identidad cristiana. El otro quiere saber quién soy yo. Si no hablamos,
cuidadosamente, sobre todos los aspectos de la fe, los otros no podrían
aceptamos tal como somos en realidad, y nuestra relación se tomaría cada vez
más superficial, más decepcionante, hasta que, antes o después, se rompería.
Pero no
sólo queremos dar a conocer el propio proyecto vital. Tenemos el deseo de
animar a los otros a dejarse encantar y conquistar por la figura luminosa de
Cristo.
Aquí se
manifiesta el carácter existencial y dinámico del lenguaje sobre la fe, que
invita a los demás a entrar, poco a poco, en la vida cristiana, que es diálogo
e intimidad, correspondencia al amor y, al mismo tiempo, una gran aventura, «la
aventura de la fe».
Nota
final.
Creer en Dios significa, caminar con Cristo
-en medio de todas las luchas que tengamos- hacia la casa del Padre. Pero, para
ello, de poco sirven los esfuerzos, y menos aún los sermones. Nuestro lenguaje
es muy limitado. La fe es un don de Dios, y también lo es su desarrollo.
Podemos invitar a los otros a pedirla, junto con nosotros, humildemente de lo alto.
La meta de nuestro hablar de Dios consiste en llevar a todos a hablar con
Dios. Incluso Nietzsche, que combatió el cristianismo durante largas
décadas, hizo al final de su vida un impresionante poema "Al Dios
desconocido", que puede considerarse una verdadera oración:
"Vuelve
a mí, ¡con todos tus mártires!
Vuelve
a mí, ¡al último solitario!
Mis
lágrimas, a torrentes,
discurren
en cauce hacia Ti,
y
encienden en mí el fuego
de
mi corazón por Ti.
¡Oh,
vuelve, mi Dios desconocido!
Mi
dolor, mi última suerte, ¡mi felicidad!" [33].
Notas
[1]
F. NIETZSCHE, La gaya ciencia (1887), Palma de Mallorca 1984, n.255.
[2]
Cfr. Las estadísticas publicadas por J. FL YNN, Analfabetismo religioso, en
"Zenit" (Agencia Internacional de Información de Roma), 3-V-2007.
[3]
Cfr. M. GUERRA, Historia de las religiones, Pamplona 1980, vol. 3.
[4]
Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución pastoral Gaudium et Spes (=GS),
n. 4.
[5]
R. GUARDINI, Cartas del lago de Como, San Sebastián 1957.
[6] D.
BONHOEFFER, Predigten, Auslegungen, Meditationen I,1984, pp. 196-202.
[7]
Cfr. Y. CONGAR, Situación y tareas de la teología de hoy, Salamanca
1970: "Si la Iglesia
quiere acercarse a los verdaderos problemas del mundo actual, debe abrir un
nuevo capítulo de epistemología teológico-pastoral. En vez de partir solamente
del dato de la revelación y de la tradición, como ha hecho generalmente la
teología clásica, habrá que partir de hechos y problemas recibidos del mundo y
de la historia. Lo cual es mucho menos cómodo; pero no podemos seguir repitiendo
lo antiguo, partiendo de ideas y problemas del siglo XIII o del siglo XIV.
Tenemos que partir de las ideas y los problemas de hoy, como de un dato
nuevo, que es preciso ciertamente esclarecer mediante el dato evangélico
de siempre, pero sin poder aprovechamos de elaboraciones ya adquiridas en
la tranquilidad de una tradición segura". pp. 89 y ss.
[8]
El Concilio cambia el modo habitual de la reflexión teológica y comienza a
contemplar el mundo de hoy, con sus desequilibrios, temores y esperanzas; se
abre a los signos de los tiempos. "El pueblo de Dios, movido por la fe,
que le impulsa a creer que quien lo conduce es el Espíritu del Señor, que llena
el universo, procura discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de
los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos
de la presencia o de los planes de Dios". GS, 11 y 44; cfr. 4-10. Cfr.
JUAN XXIII, Bula Humanae salutis (25-XII-196l), por la que el Papa
convocaba el Concilio Vaticano II. IDEM, Encíclica Pacem in terris (1l-IV-1963),
39.
[9]
Cfr. CONCILIO VATICANO II, Decreto Unitatis redintegratio, 6.
[10]
J.L. MARTÍN DESCALZO, Razones para la alegría, 8ª ed., Madrid 1988, p.
42.
[11] Cfr. E.
SCHOCKENHOFF, Zur Lüge verdammt, Freiburg 2000, p. 73.
[12]
SAN AGUSTÍN, Confesiones 1,8. A la vez, la expresión de los sentimientos
está modalizada por la cultura. Comprender el valor expresivo de un gesto, de
una mirada o de una sonrisa, indica que se está dentro de una determinada
cultura.
[13]
J. DANIÉLOU, El misterio de la historia. Un ensayo teológico, San
Sebastián 1963, pp.39s.
[14] S.
WEIL, Gravity and Grace, New York 1952, p. 117.
[15] Gertrud von Le Fort, Unser
Weg durch die Nacht, en Die Krone der Frau, Zürich 1950, pp. 90 y
ss.
[16]
Cfr. JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Familiaris consortio, 14 y
36.
[17]
Is 43,1-4; 49,15-16.
[18]
En esta línea se explica, en parte, el fenómeno de la teología feminista
radical. ¿Por qué hay tantas personas que ya no quieren hablar de "Dios
Padre"? No hay pocas a las que es imposible dirigirse a Dios como
"Padre", porque han tenido experiencias desagradables con sus propios
padres.
[20] M. MALINSKI; A. BUJAK, Juan Pablo II:
historia de un hombre, Barcelona 1982, p. 106. En ciertas situaciones, sin
embargo, la Iglesia
debe enseñar con autoridad, pero sin "autoritarismo", es decir, con
autoridad y humildad.
[21]
Se habla también de una "teología narrativa" que intenta descubrir la
acción del Espíritu en el mundo, a través de acontecimientos y hechos
concretos. Algunos autores cuentan su propia vida (Cfr. J. SUDBRACK, Gottes
Geist ist konkret. Spiritualitat im christlichen Kontext, Würzburg 1999,
pp.3-31), otros toman ejemplos de la literatura o de la historia para ilustrar
cómo Dios actúa en todos los acontecimientos (Cfr. V. CODINA, Creo en el
Espíritu Santo. Pneumatología narrativa, cit., pp.11-27 y pp.179-185). La
pneumatología narrativa se convierte a veces en hagiografía. El hecho de que
algunos grandes santos se convirtieron con la lectura de vidas de otros santos
es significativo. Así, por ejemplo, Edith Stein descubrió la fe leyendo la
"Autobiografía" de Teresa de Jesús. Rans Urs von Ba1thasar y René
Laurentin han empezado, entre otros, a hacer una teología a partir de los
santos que tienen un mensaje muy concreto para sus contemporáneos y las
generaciones posteriores.
[24]
Cfr. BENEDICTO XVI, Encíclica Deus caritas est (25-XII-2005).
[25]
Cfr. SAN AGUSTÍN: "He aquí que son tres: el Amante, el Amado y el
Amor." De Trinitate, VIII,10,14: PL 42,960.
[26]
Cfr. BENEDICTO XVI, Entrevista concedida a Radio Vaticano y a cuatro cadenas de
televisión alemanas con motivo de su próximo viaje a Alemania, Castelgandolfo
5-VIII-2006.
[28] Se trata evidentemente de imágenes muy
imperfectas que reclaman cada vez más explicaciones.
[29] G. PHILIPS, Deux tendances
dans la théologie contemporain, en Nouv. Rev. Théol (1963/3), p. 236
[30]
J. DANIÉLOU, Mitos paganos, misterio cristiano, Andorra 1967, p.123.
[31]
Llegará el momento en que se pueda introducir —cuidadosamente— algunos términos
"técnicos" —como persona, relación o naturaleza—, que
se han utilizado a la hora de formular los grandes dogmas. La teología —como
cualquier ciencia— tiene una terminología muy precisa de la que no podemos
prescindir. Muchas palabras de las fórmulas dogmáticas proceden del ámbito
filosófico; tras una larga historia de disputa entre fe y filosofía, llegaron a
ser expresión específica de lo que la fe puede decir sobre sí misma. Por lo
tanto, esas palabras no son solamente el lenguaje del platonismo, del
aristotelismo o de cualquier otra filosofía, sino que pertenecen al lenguaje
propio de la fe. Ciertamente, la revelación es superior a todas las culturas.
Pero al transmitir la
Buena Nueva de Cristo, se transmite también algo de cultura.
[33] Cfr. F. NIETZSCHE, en F. WÜRZBACH (ed.), Das
Vermiichtnis Friedrich Nietzsches, Salzburg-Leipzig 1940.