COMPRENDER A ELLAS
(CHARBONNEAU)
La incomprensión no
es un privilegio femenino. Y si se puede afirmar en verdad que muchos hombres
son incomprendidos por su mujer, no es menos cierto, por desgracia, que existe
un número aún mayor de mujeres que se encuentra en una situación de incomprensión
total.
1. La incomprensión masculina.
«Existe una honda y
trágica desavenencia entre el amor del hombre y el amor de la mujer, una
extraña y dolorosa incomprensión», observaba uno de los más sagaces
conocedores del hombre. Este hecho se impone a la atención de todos aquellos
que han observado la vida de la pareja con un poco de perspicacia. Por lo cual
es sumamente importante recordárselo a los que, novios de hoy, se disponen a
ser esposos, adentrándose en una vida en la que el amor será la garantía de la
felicidad. Únicamente serán felices los esposos que no sólo se amen, sino que
sepan además evitar esa desavenencia profunda que podría llegar a alejarles
uno de otro pese a una espontánea atracción recíproca; porque los esposos que
no comprenden su amor se condenan a no amarse en plazo más o menos breve.
Pero no se puede
penetrar la calidad del amor que se recibe del cónyuge, sin comprenderle. Así
pues, la mujer no puede comprender el amor de su marido, sin captar la
psicología de éste; y tampoco puede el hombre comprender el amor de su mujer,
sin comprenderla a ella misma. Pues bien, aquí está la causa, el porqué de
tantos fracasos conyugales; el marido no
comprende a su esposa. Ciertamente sucede con frecuencia que se produzca
la inversa y que sea la mujer quien no le comprenda ni pizca. Se puede, sin embargo,
considerar que la incomprensión del hombre es, con mucho, la más frecuente.
2. Causas de esta incomprensión.
¿A qué se debe
dicha incomprensión? Sin duda, a numerosos elementos. Precisamente, a la naturaleza de la mujer cuya
feminidad misma, con sus tendencias, y cualidades
impregnadas todas de versatilidad, hacen tan difícil su comprensión. Hay en
efecto en la mujer un misterio de movilidad y su alma actúa en ella a
la manera de las mareas que fluyen y refluyen en el mar según ciertas
constantes, pero siempre en lo imprevisto. «Todo en la mujer es enigma», hacía
decir Níetzsche a su Zaratustra. En esta fórmula cristalizaba todas las
protestas formuladas desde Adán por las generaciones de hombres que se han
enfrentado con el alma de la
mujer. Este agravio renace, en efecto, cada vez que un hombre
de buena voluntad no consigue dilucidar el misterio de la feminidad en su
esposa y se desespera pensando que no lo descubrirá nunca. No son raros los
casos de hombres que renuncian así a la felicidad, y a veces al amor,
enclaustrándose en sí mismos y entregándose a la incomprensión, simplemente
porque su mujer les parece tan enigmática como la Esfinge a los viajeros de
Egipto. ¡¡Quizás un poco más!! Hay en esto algo cierto. Pero por compleja que
sea la mujer (lo bastante compleja para que a veces a ella misma le cueste
trabajo comprenderse) sería exagerado decir que es incomprensible hasta el
punto de resultar impenetrable para su marido. Lo absoluto del juicio con el
que los hombres se apresuran a considerar a las mujeres como enigmas
indescifrables es tan injusto y
discutible como lo absoluto del juicio femenino según el cual todos los hombres
son sistemática e irremediablemente unos egoístas. Ya hemos dicho cómo había
que matizar este último tópico de la incomprensión femenina; tenemos que decir
ahora cuán exagerada es la posición de los hombres que dan por probado que la
mujer es un enigma, para inferir después la fácil consecuencia de que es inútil
intentar comprenderla.
¡Consecuencia
demasiado fácil! Porque con frecuencia descansa en esta forma de egoísmo que
puede ser la pereza. Hay
que confesarlo para su mayor confusión: a menudo por ser demasiado perezosos no
consiguen los hombres comprender a su mujer. Ese terreno movedizo que es el
alma femenina no se deja explorar más que por aquel que, con mucha paciencia, acepta el renovar sin
cesar sus esfuerzos durante muchos años. Porque lo constante en ella, es su
inconstancia; es siempre la misma: es decir, que no es nunca la misma. «Se
deja en la calma, se la vuelve a encontrar en la tempestad» decía Amiel. Es
preciso, por tanto, que el hombre esté siempre en la brecha. Ahora bien,
un esfuerzo tal, exige una gran valentía psicológica de la que, por desgracia,
no está dotado por naturaleza el hombre. Él, que se adapta con facilidad a una
situación equívoca, con tal de que no acarree demasiadas complicaciones,
renuncia pronto a lo que cree que es un juego del escondite por parte de su
esposa. Envolviéndose en su egoísmo innato, decide suprimir sus esfuerzos. Por
desgracia para su mujer... ¡y para si mismo!
Conviene, pues, que
el novio se convenza de que le es absolutamente necesario aplicarse
-cualesquiera que sean los esfuerzos requeridos y cualesquiera que sean las
dificultades que surjan, y cualquiera que sea el tiempo que deba emplear en
ello- a comprender a su novia, hoy, y,
más adelante, a su esposa. Si no, vendrá la desunión segura, el divorcio interior, cuando menos, y acaso
incluso la ruptura exterior. Una mujer
no puede vivir más que con un hombre que la comprenda; sólo a él puede
unirse. Sin que ella lo quiera, este llamamiento a la comprensión brota de lo
más profundo de su ser, hasta tal punto que puede ahogar el amor cuando el
otro no responde a ese llamamiento. Por tanto, el hombre debe saber sacudir la
indolencia natural que le inclina a pensar que todo marcha muy bien, de tal
modo que se cree dispensado de todo esfuerzo; debe superar su egoísmo, ya que
éste puede impedirle ver que el ser con quien vive en la más total intimidad
posible, es un ser defraudado e infeliz; que sepa llegar a ser psicológicamente
lo bastante fuerte para mantenerse en estado de alerta y de inquietud, al acecho siempre de lo que pueda ayudarle a comprender
mejor y, por consiguiente... a amar
mejor. Al encontrarse ante su mujer, en lugar de encerrarse en su
masculinidad
cómoda, debe recordar que «pertenecer a un sexo, estar individuado, nos impone
estudiar el otro sexo, conocerle, someternos a las condiciones necesarias para
que la eventual unión al otro sea beneficiosa para cada uno»
Cualesquiera que
sean las dificultades con que pueda tropezar, el hombre no debe nunca renunciar
al esfuerzo que se le exige para lograr una verdadera comprensión de su
compañera. Por si llegara a capitular y a perder su buena voluntad, para
abandonarse al capricho de los acontecimientos, habría terminado la felicidad
conyugal.
Una mujer puede ciertamente soportar el no ser
comprendida aunque esto la haga sufrir: está dotada de la suficiente
generosidad para soportar esta durísima prueba. Pero no podrá ella admitir
jamás que no intenten, comprenderla. De todos los
pasos en falso que dan los hombres, éste es el más grave, al parecer. En la
vida conyugal, la culpa irremisible, a los ojos de la esposa, es esa.
Sin
embargo, ¡cuántos maridos la cometen, perdiendo al mismo tiempo sus
oportunidades de felicidad! La inconsciencia masculina es a veces de una
torpeza sorprendente. ¡Cuántos maridos que viven junto a una esposa desgraciada
porque no percibe en su cónyuge ese afán de comprenderla, no se dan cuenta de
ello! Con un manotazo, trastruecan las situaciones, y se liberan de todo
esfuerzo, repitiéndose que en toda mujer hay un niño que le hace tomar por
cosas serias lo que no son más que niñerías. Con lo cual, incurren en la
torpeza y no perciben que la mujer está a su lado como un ser que aspira a ser
comprendido.
Semejante actitud
prepara la regresión del amor. Porque en tales circunstancias, y ante la
incomprensión implacable a la que tendrá que hacer frente, sucederá con
frecuencia que la mujer buscará en otra parte un amor que sea más atractivo
para ella. Y llega entonces la evasión — lenta, al principio y pronto acelerada
—fuera del hogar. Y es la muerte de toda felicidad. Aun no siendo justificable,
esta situación es, sin embargo, explicable. Y si hubiese que señalar un reparto
de responsabilidades, no cabe duda que el marido tendría su amplia parte en
ello.
Para no incurrir en
ese extravío, el esposo debe, pues, esforzarse en aprender a conocer a su
mujer, tal como es. No cribándola a través de su propia psicología de hombre,
para interpretar su manera de ver, de pensar, de hablar, con arreglo a sus
propias reacciones masculinas; sino deteniéndose en ella como en un ser
diferente cuya originalidad hay que respetar, y al cual es absolutamente
necesario adaptarse para formar con él una pareja en la que el amor halle
manera de afirmarse sin cesar. Además, ¿no es una de las primeras pruebas del
amor el obligarse a comprender a aquella persona a quien pretende uno amar? En
este sentido podría repetirse la frase de Berdiaef, dándole la vuelta; allí
donde él afirma: «sólo amando se puede comprender íntegramente a una persona»’,
se podría decir -con todo derecho-: sólo esforzándose en comprender
íntegramente a una persona se puede decir que se la ama. El amor del hombre no
vale más que lo que vale el esfuerzo de comprensión con el cual lo revela.
3. El fundamento de la psicología femenina: el
papel de madre.
Si el hombre tiene
empeño en comprender el universo psicológico de su esposa, deberá fijarse
primeramente en la maternidad, clave del alma femenina. Así como la estructura
del alma masculina corresponde a su función de jefe responsable del hogar, así
la estructura del alma femenina corresponde a la función que el Creador ha
querido asignar a la
mujer. Ahora bien, el análisis de ‘la personalidad femenina —
ya se trate de un análisis biológico o fisiológico — muestra con toda evidencia
cómo en el ser de la mujer todo va dirigido a la maternidad. Es ésta
«una función que la absorbe enteramente, que pone su marca en los menores
detalles de su vida física, intelectual y sentimental». En este sentido se ha
dicho que el hijo es lo que constituye la razón de ser de la mujer como tal
mujer.
Esto no significa
que ‘la función maternal’ sea la única orientación susceptible de ser adoptada
por la mujer. Como
ser humano, puede llegar a ser lo que todo ser humano: filósofo o, mecánico. ,
o boxeador, si se lo pide el cuerpo.. Pero eso no irá ligado a su feminidad,
como tal. No encontrará su eclosión completa, no desarrollará totalmente las
tendencias profundas e inconscientes de su ser, más que por ‘la maternidad .
Tal es, en efecto, la voluntad manifiesta de Dios de quien san Pablo se hacía
eco en un texto harto olvidado: «(La mujer),
empero, se salvará engendrando hijos» . De
este modo, nos mostraba dónde se sitúa la mujer en el plan providencial, y nos
recordaba que no había que disminuirla nunca so pena de no comprender ya nada
en ella. Porque, como observaba Daniel-Rops en un comentario que debe tenerse
presente: «La maternidad es el secreto profundo de la mujer, el que la hace
para nosotros, hombres, sagrada e incomunicable a ‘la vez». Por ello se aplica
todo lo que en la compañera del hombre, en
todo tiempo y en todas las circunstancias, la hace más cercana de los datos
elementales de la vida, más sumisa a los instintos, más dependiente incluso de
las fuerzas vivas del universo.
4. Rasgos característicos de la psicología
femenina.
Quizá sea esta
proximidad con el universo y con ‘los seres ‘lo que explique el asombroso modo
de conocimiento que es la intuición femenina. Porque no bien se habla de
psicología femenina, se habla de intuición femenina. Es un lugar común del más bello tipo. La impotencia en que se encuentra
uno después de decir lo que es esta institución tal vez pueda atribuirse a ese
hecho, porque el famoso exegeta de los lugares comunes lo observó ya: «Es
demasiado fácil decir lo que parece ser un lugar común. Pero lo que es, en
realidad, ¿quién podrá decirlo?»
a) La intuición de la mujer.
Sin intentar
describir aquí el funcionamiento de la intuición femenina, digamos simplemente
que, por ella, la mujer llega directamente al corazón de las cosas: las
percibe, las... «siente». Esta última expresión subraya perfectamente el
aspecto cordial que interviene en esta manera de pensar. Porque piensa,
reflexiona, razona «con su corazón» es por lo que la mujer puede poseer esa
intuición. Ante esta manera espontánea y compendiada, ante ese camino que él
suele desconocer, el hombre debe tener cuidado de no dejarse desconcertar. Su
propio modo de reflexionar conforme a un ritmo «racional», apartado en lo
posible de las interferencias del corazón, corre el riesgo de ser completamente
superado por la intuición femenina. Ésta, viva, variable, inasible en las
razones profundas que podrían justificarla, inexpresable también — en una parte al menos — puede no estar acorde nunca con los "por
qués" sistemáticos que alimentan la inteligencia masculina. A menudo el
hombre se obstinará en hallar la armazón lógica que, según él, debe acompañar
todo razonamiento. Y como no lo encontrará, se imaginará que los juicios
emitidos por su compañera, carecen de todo valor. De aquí a no tener nunca en
cuenta lo que dice su mujer, no hay más que un paso que dan muchos hombres,
franqueado con tanta mayor rapidez cuanto que la lógica particular de la
intuición lleva a la mujer a adaptar su mecanismo de pensamiento a una multitud
de circunstancias: al cambiar éstas, y al tomar los hechos un nuevo sesgo, el
juicio de la esposa cambiará también, haciendo creer en una inestabilidad un
poco pueril a los ojos del hombre. Éste piensa en "sistema",. Y para
él el pensamiento o el juicio sólo valen en la medida en que van
unidos a un
conjunto de principios constantes. Ante la versatilidad de la inteligencia
femenina, él se siente inclinado a sentir una especie de desprecio. Por eso más
de un marido no se toma siquiera la molestia de discutir cosas serias con su
esposa.
¿Debe condenarse
semejante actitud? ¡Evidentemente!
Porque si una pareja, a causa de la dificultad que existe en hacer concordar la
intuición femenina y el razonamiento masculino, decide no cambiar, la comunión
interior necesaria para el mantenimiento del amor no se realizará ya. Y desde
ese momento, después de unos meses de fogosidad superficial en los que se
contentarán con vibrar al descubrir uno el cuerpo del otro, volverán a
encontrarse en el vacío. No necesitan mucho tiempo los cónyuges para alcanzar
ese punto en que vuelven a ser adultos y deben, para mantener un amor que
madura, comulgar en el espíritu.
Cada hombre debe, pues, esforzarse en comprender el
modo de pensar de su mujer a fin de estar en condiciones de traducir a su
lenguaje racional las intuiciones que ella tiene y que no puede, a menudo,
formular más que con dificultad. Este esfuerzo, laborioso al principio, es
absolutamente indispensable en el hogar. Sin él, en muy breve plazo, se
acumularán los equívocos; los malentendidos, insignificantes al comienzo y
graves después, se multiplicarán; entonces se habrá cultivado una semilla de
desacuerdo que preparara la cosecha de tristeza y de amargura de la que tantas
parejas se quejan. Todo esto porque no se habrá hablado el mismo lenguaje.
Para llegar a este
intercambio, es preciso que el hombre se libere de un complejo de superioridad
muy difundido entre el sexo masculino: que no se confiera un título de buen
sentido absoluto, y que sepa aguzar la fuerza de su razonamiento en la agudeza
de la intuición femenina. Ganará con ello mucho. Entre otras cosas, cierto
sentido de la adaptación que le evitará el inmovilizarse en unas ideas
adoptadas demasiado definitivamente. La maleabilidad no es precisamente la
cualidad predominante del hombre. Si él accede a enriquecer con su estabilidad
la movilidad de la mujer, ésta le aportará a cambio, esta arma indispensable
que es la adaptación.
Para conseguir esta feliz manera de complementarse en
inteligencia con la mujer cuya vida entera debe compartir, y no solamente el
cuerpo, el hombre deberá armarse, sobre todo en los comienzos, de una suave
paciencia. No se trata para él de echar abajo una puerta, sino más bien de
encontrar la llave que le permita abrir definitivamente el alma de su mujer.
b) La sensibilidad.
¡Suavidad,
paciencia! Suave, porque él deberá aprender a controlar sus violencias, sus
arrebatos, sus excitaciones. Abandonarse a éstos significaría, para él,
ofender, con palabras hirientes o con actitudes despreciativas mal reprimidas,
la delicadeza de la
esposa. Delicadeza basada en una sensibilidad fácilmente
vulnerable. Como ya se ha dicho muchas veces: la mujer es esencialmente sensibilidad. Y, sin embargo ¿cuántos
novios saben prepararse a entrar en una vida que compartirán con un ser al que
los menores golpes, las menores durezas, pueden destrozar?
Esta formación
puede parecer exagerada. Y no es así. Por haber obrado sin tener en cuenta este
hecho, algunos jóvenes han visto — a veces incluso sin comprenderlo — que su
esposa se apartaba de ellos de un modo irrevocable.
El hombre no se
repetirá nunca lo suficiente esta verdad: «La clave de la psicología femenina
es el corazón. Ni la voluntad, ni los sentidos dominan en la mujer, sino el
sentimiento. No es que carezca de razón, de voluntad, de sensualidad, sino que
en ella la nota predominante es el corazón» . En ningún momento, en ninguna
circunstancia, el marido debe perder de vista la siguiente regla: juzgarse
siempre con respecto a la sensibilidad de su mujer. Los gestos, las
palabras, las contrariedades, los olvidos, todo puede tener una repercusión
cuyo alcance no se ve, sí no se juzga bajo esa luz.
Y es sin duda la
cosa que el hombre pierde de vista con más facilidad. Él sale de su trabajo y
vuelve a su casa adonde entra conservando los reflejos que ha tenido con los
compañeros. Ahora bien, los compañeros eran hombres... mientras que en el hogar
es una mujer la que le recibe. Por eso él debe cambiar de modo de ser, pudiera
decirse, y cultivar la delicadeza como una segunda naturaleza. Para muchos,
será al principio un duro aprendizaje. Pero este aprendizaje será preciado
entre todos, porque será el que permita al hombre estrechar de una manera
inquebrantable los lazos que le unen a su mujer. No creo, además, que haya una
forma más concreta que ésa de demostrar a su esposa hasta qué punto se la ama. El amor, que no es
una palabra sino una realidad, no podría aceptar el hacer sufrir inútilmente
al ser amado. Pues bien, a ese sufrimiento inútil e indignante para la mujer,
por ser cotidiano, conduciría la falta de delicadeza del esposo.
Aquí, conviene
poner a los hombres en guardia contra una simplificación un tanto grosera a la
que algunos acostumbran a entregarse... tal vez para tranquilizar su
conciencia. Ante las penas de su mujer, ante el dolor que pueda ella sentir a
causa de ciertas torpezas o indelicadezas, muchos dirán: «¡Te preocupas siempre
por nada!» «esas cosas no son más que fruslerías.» Repitiendo esos estribillos,
de los que está bien provisto el arsenal masculino, se mofarán de sus mujeres a
quien reprocharán su sensibilidad excesiva. Ciertamente, es un hecho que la
mujer debe intentar controlar su emotividad para no incurrir en una
hipersensibilidad que acabaría por ser enfermiza. Pero aun entonces, aunque
muestre ella la mejor voluntad del mundo, la mujer seguirá siendo
fundamentalmente vulnerable, a causa de su sensibilidad natural. Contra esto no
puede ella hacer nada, ni tampoco el hombre. Éste debe, pues, colocarse ante
esa sensibilidad como ante un hecho que no puede eliminar. En estas
condiciones, no le queda más que aceptarlo de buena gana, y hacer el
aprendizaje de su delicadeza. Si un hombre no quiere obligarse a ese trabajo,
si no quiere aceptar los sacrificios que eso entraña, que no se case.
Indudablemente haría desgraciada a su mujer y, al mismo tiempo, arruinaría su
propia felicidad. En efecto, una actitud inatenta por su parte o una repulsa
casi sistemática adoptada por el marido ante la sensibilidad natural de su
esposa llevará a ésta, tarde o temprano, pero con toda seguridad, a una
inquietud constante, a una intranquilidad perpetua, a unas crisis nerviosas
más o menos frecuentes, y finalmente a esa dolorosa angustia generadora de las
múltiples neurosis que consumen a tantas esposas .
Ante
la perspectiva de las dificultades que se le sentarán a causa de esa
sensibilidad de la mujer, el hombre no debe protestar. Que piense más bien que
sin ella, sin dicha sensibilidad, sería poco menos que imposible a la mujer
realizar las tareas que la vida conyugal le reserva. La sensibilidad de la
mujer es en cierto modo el maravilloso instrumento que le permite evolucionar
en medio de los seres a quienes ama consagrándose totalmente a ellos. Gracias a esa sensibilidad llegan a ser
posibles, en la alegría, esos sacrificios que se escalonan a lo largo del día,
como límites que marcan el camino de las abnegaciones obscuras e interminables
que lleva a cabo una mujer a la vez esposa y madre.
Esta sensibilidad
es, por tanto, una riqueza que beneficia a todo el hogar y en la cual cada uno
— desde el padre hasta el benjamín de la familia — irá a recoger la parte de
ternura que necesita de modo apremiante, aunque inconfesado, la mayoría de las
veces.
Sin embargo, el
hombre deberá aprender a soportar los inconvenientes de esa sensibilidad. Es
más, deberá aprender a adaptarse a ella a fin de tratar a su esposa con arreglo
a lo que ella es, en realidad, y no como él desearía que fuese. Ahora bien, hay
un elemento de la psicología femenina que el hombre tiende a olvidar: ese
estado de espíritu por el cual la mujer desea lo «gratuito». ¿Qué debe
entenderse por esto? Recordaremos, para expresarlo, una página reveladora de
Cina Lombroso que define con toda exactitud la actitud de la mujer, revelando
al hombre cómo debe éste comportarse para responder a los anhelos del alma
femenina. "...La mujer - escribe
ella — no quiere de su marido más que una cosa muy sencilla, muy modesta.
Quiere ser amada, moral e
intelectualmente, o, mejor dicho, quiere
ser comprendida, lo que, para ella, es lo mismo, o, mejor aún, quiere ser adivinada; quiere que el
hombre la consuele cuando esté triste, la aconseje cuando se sienta indecisa,
demuestre por un signo visible de reconocimiento que le agradece los
sacrificios que ella hace voluntariamente por él, pero quiere, sobre todo, que
él haga todo esto sin que ella se lo pida.
Un gesto, un elogio, una palabra, una flor, que dan a la mujer la ilusión de
ese reconocimiento, son para ella motivo de una alegría inmensa. Por el
contrario, el consuelo, el consejo, el elogio, el regalo que responden a una
petición directa pierden todo valor para la mujer".
Todo esto puede
parecer muy complicado. Quizá sí. Pero nada lo cambiará, porque así es la
naturaleza profunda de la
mujer. No le queda al marido más que tomar su decisión.
Ningún esposo puede elegir: tiene, hasta cierto punto, que hacerse adivino y
aprender a leer en el alma de su esposa sin que a ésta le sea preciso
deletrearse ante él. Este sentido de la gratuidad debe, por decirlo así, llegar
a ser en el marido una segunda naturaleza que le permita iniciar, en el momento
deseado y sin que se le haya pedido, el gesto necesario. Será para la esposa,
la prueba tangible de su fervor, y nada podrá nunca producir un gozo mayor a la
mujer que ese fervor adivinador. La mujer verá en ello la certeza del amor de
que es objeto y al mismo tiempo hallará la felicidad.
c) El
culto del detalle.
Esta formación del
hombre en la delicadeza no será posible y eficaz más que si él sabe aprender a
valorizar los detalles. Para él, naturalmente, los detalles adquieren poca
importancia. Para el hombre, siente uno tentaciones de decir, los detalles son
detalles y nada más. Pero la mujer está
hecha de tal modo que para ella no hay detalles; todo es importante.
Desigualmente, si se quiere, pero importante, sin embargo. Siempre. Ya se trate
de un aniversario olvidado o del beso matinal distraído, para ella eso
adquiere grandes proporciones. Proporciones dolorosas y alarmantes.
Alarmantes, cuando ella las considera a través de la lente de aumento de su
imaginación; dolorosas, cuando ella las sopesa en la balanza hipersensible de
su corazón. Ahora bien, ocurre que esas dos operaciones se realizan poco más o
menos siempre, de tal manera que el hombre que quiere hacer feliz a su mujer no
lo conseguirá nunca sí no puede despertar en él el sentido del detalle, para
adaptarse así a su esposa. No hay para ella moneda más segura que los detalles
para pagarle su amor, ni hay camino más verdadero para probarle que es amada.
El hombre sentirá a
menudo la tentación de pensar que todo esto es tontería y de efectuar una poda
en el universo de las "pequeñas cosas" en donde evoluciona su esposa.
Debe recordar él entonces, para su vergüenza y corrección, la frase -más
profunda de lo que parece- que escribió Montherlant a este respecto:
«"..Una mujer sin puerilidad es un monstruo espantoso". Y es que una mujer que careciese de
esa preocupación por el detalle, renegaría de su propia feminidad. Es fácil
imaginar lo que sería entonces el hogar; basta para ilustrar esta imagen
visitar un apartamento en donde ninguna presencia femenina viniera a salvar el
orden.
Por eso el hombre
no sólo debe aceptar, sino adaptarse a este modo de ser de su esposa que juzga
las cosas al detalle. Y así como no debe rechazar la sensibilidad de su
compañera, no deberá tampoco intentar hacer caso omiso de ese culto del
detalle. Que se forje, por el contrario, con él un arma poderosa para marcar de
mil y una maneras inesperadas el amor con que rodea a su esposa. Los detalles
serán para él el lenguaje de las cosas que dirán más que oleadas de palabras pronunciadas por
los labios, y que suplirán además ventajosamente lo que él no podrá expresar,
como suele ocurrir en los hombres.
Añadamos, sin
embargo, que esto no significa que él deje que su esposa se convierta en una de
esas mujeres meticulosas que son la desdicha de su hogar y que destruyen su
propia personalidad volviéndose, por ejemplo, maniáticas de la limpieza,
reduciendo con ello a quienes las rodean a una esclavitud abrumadora y ridícula.
Pero, aun cuidando de no incurrir en esos excesos, los hombres se esforzarán
en vencer su natural falta de atención para descubrir el valor de las pequeñas
cosas, forjando con esos detalles la felicidad de su esposa.
d) La función
de la imaginación.
Con objeto de
proteger a la mujer contra esos excesos y de evitarle también el crearse penas
sin un verdadero motivo, en suma, a fin de consagrarse a equilibrar a la
mujer, el hombre debe ayudarla a adquirir el dominio de su imaginación.
Esta es, en efecto,
la reina del alma femenina a la que puede trastornar hasta un punto
«inimaginable>... para el hombre. Si no se tiene cuidado con ello, la
"loca de la casa" puede invadir a la dueña del hogar e imperar
realmente como la loca de la
casa. De esta invasión nacerán a menudo los celos, las
recriminaciones acres, las "crisis" de todo género.
La imaginación es con seguridad uno de los mayores
peligros que acechan a la mujer; por eso el hombre debe preocuparse de
preservarla contra ella. Lo conseguirá proporcionando a su esposa la ocasión de
eliminar, en cierto modo, las sobrecargas imaginativas que perturban
periódicamente su equilibrio. Para
hacerlo, debe él saber escuchar a su
mujer. Es éste, a nuestro entender, uno de los remedios más eficaces, por
ser no sólo curativo, sino preventivo. Cuando una esposa puede liberarse, en un
ambiente afectuoso y comprensivo, de todas esas ideas que se agitan en su cabeza
y que sirven de materiales para hacer castillos en el aire, negros o rosas, cuando
halla en su esposo unos oídos atentos, tiene todas las probabilidades de mantenerse
dueña de sí misma. Porque extraerá del realismo masculino, de esa calma y de
esa ponderación que son tal vez los signos más seguros de la virilidad, la
parte de apaciguamiento que ella necesita. Así, al contacto con el alma
masculina, volverá ella a encontrar su equilibrio y podrá recoger los
elementos que servirán de contrapeso a los impulsos demasiado fogosos de una
imaginación con frecuencia alborotada.
Pero para esto, es
preciso — repitámoslo — que el hombre sepa escuchar sin burlarse. Harto
numerosos son los que interrumpen bruscamente ante la necesidad de expansión de
que da muestra, quizá con demasiada locuacidad, la esposa; con sonrisa burlona
la invitan a callarse, lo cual cumplirá ella de tal modo, que llegará un
momento en que no pensará ya en abrir su alma. Entonces, acumulará dentro de sí
misma los rencores exacerbados, se construirá un universo interior del que
estará excluido su esposo, de tal suerte que el día en que él quiera — a
consecuencia de un conflicto más agudo, por ejemplo — reanudar el diálogo, será
recibido como un intruso. Ella le opondrá un silencio obstinado del que no
podrá él quejarse pues lo habrá querido y preparado.
Ayudar a su esposa a
conservar el dominio de su imaginación es tanto más importante cuanto que ésta
actúa con la complicidad terriblemente peligrosa de la sensibilidad y de ese culto del
detalle que, como ya hemos dicho, constituyen dos de los reductos del alma
femenina. Una combinación semejante puede resultar desastrosa porque, bajo la
fogosidad de una imaginación abandonada a sí misma, los detalles adquirirán
proporciones gigantescas y repercutirán en la sensibilidad con un estruendo
desproporcionado. Unos cuantos años de un régimen semejante bastan para
destruir el equilibrio de muchas personalidades femeninas; el marido lo debe
prevenir moderando, con la mesura característica de su juicio, las sacudidas
demasiado violentas de este conjunto peligroso: imaginación — detalle — sensibilidad. Por no haberlo
recordado, o por no haber intentado comprenderlo, más de un joven esposo se ha
encontrado, al cabo de unos años, ante una mujer desgraciada y desequilibrada.
La culpa no es quizá siempre toda de él, pero generalmente lo es en gran
parte. Por tanto, el hombre debe aprender a enriquecer con su equilibrio el
alma de su mujer y que la trate con una ternura, más que acariciadora,
comprensiva y receptora. De ésta extraerá la mujer el complemento que le es
necesario para consumarse, haciéndose una mujer sana y sólidamente equilibrada.
En suma, y para
compendiar en unas palabras el cuadro antes esbozado, se podría repetir el
juicio de Sertillanges: "Intelectualmente,
la mujer se caracteriza por la intuición, el sentido práctico, la atención a
los detalles, el cuidado, la viveza imaginativa, el talento de lo concreto y la
adivinación de las causas inmediatas» Todo
esto se desarrolla en ella al ritmo de una delicadeza siempre alerta que viene
a agregar su cálido colorido a todo cuanto hace la mujer.
5. La clave de la psicología femenina: la
delicadeza.
a) La mujer, delicada en su ser corporal
y psíquico.
Esta delicadeza
característica de su alma se refleja, además, sensiblemente en su constitución
física. Mientras que en ese nivel, la fuerza y la robustez son patrimonio del
hombre, la delicadeza hecha de gracia y de fragilidad, es patrimonio de la
mujer.
No insistiremos en
esto mas que para recordar al joven que debe tener siempre en cuenta los límites de su futura esposa. Este recuerdo
no es superfluo, porque la experiencia revela que son muchos los que imponen a
su esposa una carga demasiado pesada, sin mala voluntad, evidentemente y,
además, de manera inconsciente. Pero no por ello deja de producirse el hecho y de ello se infiere entonces que la
mujer se doblega bajo una carga demasiado pesada. Actuar en todos los frentes a
la vez es abrumador para ella; y no sabría resistir a las exigencias de dueña
de casa, cuando éstas se acrecen con trabajos exteriores regulares y con exigencias
sexuales frecuentes. Entonces es cuando se prepara el derrumbamiento nervioso
que al cabo de un tiempo se produce en realidad.
A menudo el marido
tendrá que intervenir, sagaz y diplomáticamente para proteger a su mujer contra
ella misma. Sobre todo en lo referente al trabajo fuera del hogar. Se
encuentran con mucha frecuencia novias que se empeñan tenazmente en no
abandonar un puesto lucrativo, o simplemente interesante, excesivamente
absorbente. Exigen, pues, el continuar haciendo un trabajo que se convertirá en
una sobrecarga de las más onerosas después del matrimonio. No es éste el lugar
para analizar las razones múltiples que exigen una flexibilidad del trabajo de la mujer fuera del hogar. Diremos
que la sola conciencia de los límites de la resistencia física y nerviosa de la
esposa son ya una clara indicación. Sobre esta cuestión, el hombre debe saber
imponerse con una firmeza razonable, suave, pero inflexible. Pues de otro modo,
tarde o temprano, "pagará los cristales rotos", y el precio será tal
vez la paz del hogar.
Siempre dentro de
la perspectiva de esta fragilidad nerviosa de la mujer, el hombre deberá
esforzarse en comprender las súbitas variaciones de humor que su esposa sufrirá
a veces. Esto se hará especialmente sensible al llegar el período de las
menstruaciones. Cierta irritabilidad periódica, cierta melancolía, una
indolencia extraña, son otras tantas manifestaciones que pueden acompañar ese
fenómeno contra el cual ni la propia mujer puede hacer nada. Que el hombre se
cuide sobre todo en ese momento de achacarlo a la imaginación, intentando
provocar una reacción de la que es incapaz la mujer, con frecuencia. El hombre
que cree que su esposa se abandona a su antojo, a unos cambios de humor que
ella podría controlar como él controla los suyos, no ha comprendido en absoluto
la profundidad del fenómeno que se realiza entonces en ella. Cada una de las
veces, es para ella un retorno a un universo nuevo, siempre el mismo, henchido
de ideas precisas, de tristezas fijas e invadido de ansiedades dolorosas.
Este fenómeno
psicológico escapa al control de su voluntad, al menos en su parte más
importante. Evocaremos aquí el testimonio prudente de Elena Deutsch cuya
autoridad no ofrece duda y que subraya el efecto capital de ese fenómeno sobre
el alma femenina, al decir: «La menstruación es importante no sólo por lo que
la liga a la pubertad y a las dificultades de esa edad, no sólo por ser la
expresión de la madurez sexual y estar muy especialmente vinculada a la
reproducción, no sólo porque es el centro del derrumbamiento de la edad crítica
y de la psicología de esta fase del desarrollo, sino también porque es una
hemorragia que ocasiona impulsos
agresivos, ideas de autodestrucción y angustiosos». Hemos subrayado los últimos elementos de esta cita a fin de
que el hombre recuerde las consecuencias, inexplicables quizá, pero seguramente
graves, que implica ese fenómeno en el comportamiento psicológico de su
esposa. Él comprenderá entonces que en ese período más que en ningún otro, debe
mostrarse conciliador, comprensivo, lleno de ternura y de delicadeza. Quizá
nunca tanto como en esa circunstancia puede hacerse querer de su mujer. Menos
que en cualquier otro momento deberá él dejarse arrastrar a la brusquedad, a la
dureza, al autoritarismo. Estos pasos en falso, inadmisibles en toda ocasión,
resultan entonces catastróficos. Por eso, nos parece oportuno recordar a este
respecto el consejo de un alcance general que Pierre Dufoyer sitúa en el centro
de las normas que deben regir el comportamiento masculino: "Por el bien de su esposa, el marido cuidará de poseer las
cualidades de la verdadera virilidad sin sus deformaciones: se mostrará sereno,
dueño de sí mismo, enérgico de carácter, firme y decidido, dando, por toda su
actitud ante los acontecimientos y las dificultades de la vida, una impresión
de entereza, de valentía y de seguridad. Pero esta fuerza no se transformará ni
en violencia, ni en dureza, ni en frialdad, como tampoco se mostrará
autoritaria, orgullosa o despótica"
b) Necesidad
en el hombre de cultivar la delicadeza.
Ésta es además la
actividad que el hombre debe adoptar en todo momento. Más todavía, como lo
explicábamos hace un instante, en el período difícil en que la esposa sufre el
choque psicológico que acompaña las menstruaciones, así como en todos los
períodos del embarazo. En estas circunstancias, la mujer, menos dueña de sí
misma, menos libre porque se halla en plena transformación fisiológica,
requiere el auxilio de una gran bondad. El hombre debe entonces ser para ella
un guía firme, un apoyo constante, un recurso de ternura.
Es en él un deber
de justicia tanto como un imperativo de caridad. Su autoridad sobre la mujer
es ante todo, con arreglo a las indicaciones explícitas que la revelación misma
nos da, una responsabilidad. En este
sentido, se debe decir que él es responsable del equilibrio psicológico de su
esposa. Y que si no le ofrece ese auxilio tiernamente comprensivo a que nos
referimos, falta radicalmente a su papel de hombre y de cristiano. En este orden de ideas, conviene recordar el
verdadero sentido de la autoridad que la Iglesia siguiendo a san Pablo, ha
reconocido siempre en el hombre. Desde los comienzos de la Iglesia, y en
términos de una claridad fulgurante, el gran san Ambrosio aportando, sin duda, un correctivo a desviaciones
semejantes a las que somos testigos hoy, advertía enérgicamente a los esposos,
en una amonestación llena de sana crudeza: "Tú,
el marido, debes prescindir de tu orgullo y de la dureza de tus maneras cuando
tu esposa se acerque a ti con solicitud; debes suprimir toda irritación cuando,
insinuante, te invite ella al amor. Tú no eres un amo, sino un esposo; no has
adquirido una sirvienta, sino una esposa. Dios ha querido que seas para el sexo
débil un guía, pero no un déspota. Paga su ternura con la tuya, responde de
buen grado a su amor. Conviene que moderes tu rigidez natural por consideración
a tu matrimonio y que despojes tu alma de su dureza por respeto a tu
unión".
Esta exhortación
imperativa revela de modo suficiente la urgencia que tiene el esposo en
cultivar la
delicadeza. Será para él, el arma por excelencia para
conquistar a su novia , hoy, y para conquistar a su esposa, mañana. Por ella, y
sólo por ella, sabrá merecer la estimación
de su esposa. Ahora bien, ya se conoce lo suficiente el papel primordial
que desempeña la estimación en el amor que siente una mujer por un hombre. De
ella, podría afirmarse sin exageración, que es el alimento del amor femenino.
A una mujer le es imposible amar a alguien a quien no estima. Esto significa
que puede llegar a no amar ya al hombre que ha aprendido a desestimar. Esto es
lo que sucede cuando, después de unos cuantos meses de matrimonio, una joven
comienza a sufrir con la indelicadeza de su esposo. Éste se precipita entonces
por la rápida pendiente del fracaso. Cuanto más cómodamente se instale él en el
interior de esa indelicadeza tan corriente en el hombre, más contribuirá él
mismo a disgregar el lazo de amor que le une con su esposa. Y cuando el amor
muere... el hogar llega a ser imposible de defender.
Consciente de esta
necesidad en que se encuentra su esposa de estimarle
hondamente a fin de poder amarle
hondamente, el hombre se esforzará ante todo en proceder con mucho tacto y
una delicadeza hábil y constante. Será el primer paso hacia una estimación tan
preciada como el amor, porque es la garantía de éste.
El segundo paso
será la calidad de su vida moral. Porque esa delicadeza, sobre la cual hemos
insistido tanto para que el novio se percate de su importancia, no actúa más
que desde el punto de vista estricto de la estructura de su alma y de su
cuerpo. Sirve también para calificar su actitud moral.
Sin duda por el
empleo de su intuición, la mujer siente de una manera mucho más violenta que el
hombre la realidad y el valor superior del universo espiritual. Dios, el alma,
la gracia, el bien, el mal, son para ella otras tantas realidades familiares, y
cuanto más se consuma su madurez de mujer, más importancia toman esas realidades. ¡ Cuántos conflictos nacen en torno a ese problema, desde la etapa
del noviazgo! Conflictos cuya agudeza y cuyo alcance no siempre comprende el
novio.
Ante un prometido
que trata los valores espirituales a la ligera, la novia se siente indecisa
con frecuencia; y ante un marido en quien descubre ella gradualmente una indiferencia
negligente, o lo que es mas comprometedor aún, el simple desprecio, la mujer, a
menudo, se cierra y aísla. Pascal decía que «el primer efecto del amor es
inspirar un gran respeto» . El
respeto resulta imposible, a consecuencia de la calidad inferior del ser amado;
e inmediatamente el amor mismo sufre la repercusión y se atenúa
proporcionalmente.
Además, si a causa
de la influencia del marido, la mujer derroca su escala de valores para
acomodarse a una vida moral que no responde a sus aspiraciones profundas, puede
ésta llegar a ser destruida. El marido habrá preparado entonces su propia
desgracia y no podrá culpar a nadie más que a sí mismo de las consecuencias tal
vez imprevistas, -pero no sorprendentes- que se originarán. Porque la mujer,
capaz de mucho bien , susceptible de llegar al ápice, cuando se la apoya, puede
igualmente precipitarse en unos abismos cuya profundidad no sospecha siquiera
el hombre. En este sentido, y para recordar al hombre las consecuencias
eventuales de una relajación moral que él sugeriría a su esposa, conviene citar
esta otra advertencia bastante explícita de san Francisco de Sales: «Si
queréis, ¡oh maridos!, que vuestras mujeres os sean fieles, hacedles ver la
lección con vuestro ejemplo. “¿Con qué cara — dice san Gregorio Nazianceno —
queréis exigir la pudicia de vuestras mujeres, sí vosotros mismos vivís en la
impudicia? ¿Cómo vais a pedirles lo que no les dais? ¿Queréis que sean castas?
Comportaos castamente con ellas... Pues si, por el contrario, vosotros mismos
les enseñáis las picardías, no es nada sorprendente que tengáis deshonor en su
pérdida”.
En cualquier caso,
el hombre que quiere conservar el amor de su mujer debe, pues, vivir en un
ambiente espiritual elevado, sin falso misticismo ciertamente, pero con una sana
preocupación por las cosas de Dios y del alma. Si ayuda a su mujer a acercarse
al. Señor, la habrá ayudado al mismo tiempo a acercarse a él mismo, y ella le
amará aún mas.
6. Aprender a hablar a su novia.
Terminaremos estas
consideraciones destinadas a facilitar a los novios la comprensión de su futura
esposa, recordándoles que les es necesario aprender a hablar a su novia. Puede
parecer extraño dar semejante consejo, pero la experiencia revela que hay
muchos que no saben encontrar el lenguaje que conviene a una novia y a una
esposa. La recíproca es, además, cierta y el consejo puede valer lo mismo para la mujer. Con frecuencia,
como ya se ha escrito, las mayores dificultades del matrimonio provienen de que
cada uno de los cónyuges pide cosas que no desea, y desea cosas que no pide.
Puede imaginarse la confusión que origina semejante situación. Ser capaz de
explicarse con su novia y ser capaz de recibir las explicaciones de ella, es
realmente indispensable para la armonía. Indispensable
en el sentido más riguroso de la palabra.
Desde el período
del noviazgo, y más aún cuando haya entrado en la vida matrimonial, el hombre
debe desarrollar esa voluntad de intercambio con su compañera. No negarse nunca
a explicarse, pues una negativa tal es uno de los más graves pecados contra el
amor. Sería una puerta cerrada al único camino que puede conducir a la felicidad. Que
emplee en ello paciencia y que aprenda el lenguaje de la mujer, de «su» mujer.
Pues así como debe uno adaptar su lenguaje al de los niños, a quienes no
siempre se sabe hablar de primera intención, así debe uno adaptarse al modo de
pensar y de hablar apropiado a la mujer. Este esfuerzo será la condición necesaria
para la comprensión entre esposo y esposa, y esta comprensión será la prenda
del amor. Porque, como se ha dicho, éste es «el camino que lleva al
descubrimiento del secreto de un rostro, a la comprensión de la persona hasta
la profundidad de su ser» Amar así a su mujer hasta lo más profundo de su ser,
penetrando el secreto de su rostro, es comprenderla y aceptarla tal como ella
es.
7. Preparar
su felicidad.
Para aquellos
hombres a quienes pudiera desanimar semejante tarea, después de lo que hemos
dicho del alma femenina y de su complejidad, recordaremos simplemente esta
verdad, que ellos sin duda descubrirán, siguiendo a Gustave Thibon, a medida
que comprendan el alma femenina: «Las
mujeres son complejas... ¡Nada de eso! Son singularmente simples,
transparentes, penetrables... Somos nosotros los que complicamos las cosas con
ellas, y a esto lo llamamos complejidad. La sedicente complejidad de las
mujeres está únicamente en la impotencia de los hombres para captar su
simplicidad» .
Lo principal, en
realidad, es aplicarse a conocerlas. Esto se realizará en el curso de los años,
con tal de que el hombre se mantenga siempre atento a esta obligación. Hay que
trasladar a la vida matrimonial esta atención constante, esta solicitud
inquieta que caracteriza a los novios. Cuando el novio se convierte en el
marido, el cambio no debe hacerse en menos sino en más. No se debe uno volver
menos paciente, sino más paciente; no menos delicado, sino más delicado; no
menos despierto, sino más despierto; y, para decirlo todo, no menos comprensivo
sino más comprensivo. Tiene la mayor importancia persuadirse bien de esa
necesidad. La desgracia, en efecto, no hace su aparición en el hogar de
repente, en mitad de la vida.
Se infiltra poco a poco, se desliza imperceptiblemente
durante los primeros meses; esto comienza, en cuanto el marido se aparta
demasiado de su mujer y empieza a no comportarse con ella más que por
costumbre. Entre un hombre y una mujer, hay tantos motivos de posible
confusión, que quien no tiene buen cuidado en ello ve muy pronto multiplicarse
obstáculos, sin cesar más peligrosos. El peligro para el hombre está en dejarse
adormecer por una rutina fácil no hallarse ya en estado de amor activo. Que será como consentir en el fracaso porque el hogar
estará muy pronto envenenado por la indiferencia.
Desde el principio y siempre, el marido debe ser ante
su mujer un hombre consciente, hábil, que sabe lo que debe decir, cómo decirlo,
lo mismo que debe saber lo que debe hacer, cómo hacerlo y cuándo. Renunciar a la
disciplina personal que supone semejante estado, es — sin la menor duda —
cultivar la inconsecuencia y aceptar perder el amor de su mujer. Todo esposo
debe estar profundamente persuadido de esta verdad, corroborada por muchos
fracasos. El marido puede hacer la felicidad o la desgracia de su mujer: a él
le corresponde mostrarse consciente de esas posibilidades y escoger.