El feminismo
de género
Corrientes de pensamiento que impiden la promoción de la mujer
Corrientes de pensamiento que impiden la promoción de la mujer
Dra. Dale
O’Leary
Publicado en L’Osservatore Romano,
nº 47, el 19 de noviembre de 2004
La carta de la Congregación para la doctrina de la fe sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en
el mundo comienza con un breve análisis de «algunas corrientes de
pensamiento, cuyas tesis frecuentemente no coinciden con las finalidades
genuinas de la promoción de la mujer» (n. 1).
En los últimos cincuenta años la sociedad se ha esforzado por encontrar el
modo de conciliar la igualdad fundamental de los hombres y las mujeres con sus
innegables diferencias biológicas. A lo largo de la década de 1960 las mujeres
protestaron contra las leyes y las costumbres que les reservaban un trato
discriminatorio. Los Gobiernos respondieron emanando normas que garantizaban a
las mujeres derechos legales iguales, igual acceso a la instrucción e iguales
oportunidades económicas, que las mujeres se apresuraron a aprovechar. Aumentó
el número de las que prosiguieron sus estudios alcanzando la instrucción
.superior, así como el de las que se comprometieron en actividades
profesionales y en cargos públicos a los que se accedía por elección o por
nombramiento.
En la década de 1970 el movimiento feminista, que había fomentado esos
cambios, fue apoyado por los radicales que veían en las mujeres el prototipo de
la clase oprimida y afirmaban que el matrimonio y «la heterosexualidad
obligatoria» eran mecanismos de opresión. Esta corriente de pensamiento se
basaba en el análisis de los orígenes de la familia realizado por Fredrick
Engels. En 1884, Engels escribió: «El
primer antagonismo de clase de la historia coincide con el desarrollo del
antagonismo entre el hombre y la mujer en el ámbito del matrimonio
monógamo; y la primera opresión de clase, con la del sexo femenino por parte
del masculino» (The Originin of the
Family, Property and the Sta te, International Publishers, Nueva York 1972,
pp. 65-66).
En su libro The Dialectics of Sex, escrito
en 1970, Shulamith Firestone modificó el análisis de la lucha de clase
realizado por Engels, asegurando que era necesaria una revolución de las clases
sexuales: «Para garantizar la eliminación de las clases sexuales es preciso que
la clase oprimida (las mujeres) se rebele y tome el control de la función
reproductiva (...). Por ello, el objetivo final de la revolución feminista debe
ser diverso del primer movimiento feminista, la eliminación no sólo del
privilegio masculino, sino incluso de la distinción entre los sexos; las
diferencias genitales entre los seres humanos ya no deben tener ninguna
importancia» (p. 12).
Según ella, «el núcleo de la opresión
de las mujeres radica precisamente en su función de gestación y educación de los hijos» (Ib., p. 72).
Los defensores de este análisis consideraban que el aborto libre, la
anticoncepción, la completa libertad sexual, el trabajo femenino y la presencia
de instituciones públicas diurnas a las que se podía encomendar los niños eran
condiciones necesarias para la liberación de la mujer.
Nancy Chodorow, en el libro The Reproduction of Mothering (1978), sostenía que mientras la función de criar a los hijos siguiera siendo prerrogativa de la mujer, los niños crecerían viendo a la humanidad dividida en dos clases diferentes y desiguales, y, según ella, esta visión es la causa de la aceptación de la opresión «de clase».
Alison Jagger, en un manual realizado para los programas de estudios sobre
la cuestión femenina, expuso el resultado que se esperaba lograr con la
revolución de las clases sexuales: «La desaparición de la famílía biológica
eliminará también la exigencia de la represión sexual. La homosexualidad
masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales fuera del matrimonio ya no
se verán, al estilo liberal, como opciones alternativas. (...) Desaparecerá
precisamente la institución de la relación sexual, en la que el hombre y la
mujer realizan cada uno una función bien definida. La humanidad podrá,
finalmente, recuperar su sexualidad natural, caracterizada por una perversidad
polimorfa» (Political Philosophies of
Women's Líberation, Feminism and Phílosophy, Littlefield, Adams and
Company, Totowa, Nueva Jersey 1977, p. 13).
Ahora bien, un ataque frontal contra la familia implicaba riesgos. Según
Christine Riddiough, «la cultura gaylesbiana también puede considerarse como
una fuerza subversiva capaz de enfrentarse a la hegemonía del concepto de
familia. Con todo, esta interpretación puede tomar formas que la gente no vea
como contrapuestas de por sí a la familia (...). Para utilizar de modo eficaz
el carácter subversivo de la cultura gay, debemos ser capaces de presentar
modalidades alternativas de interpretación de las relaciones humanas» (Socialism, Feminism and Gaylesbian
Líberation, en Women and Revolution, Lydia
Sargent, South End Press, Boston 1981, p. 87).
Sexo o género
El problema que encontraron los que fomentaban la revolución con respecto a
la familia nación de las clases sexuales,
dado que estas hunden sus raíces en las diferencias biológicas entre el
hombre y la mujer. Una solución fue fruto de la actividad del doctor John
Money, de la Universidad John Hopkins de Baltimore (Estados Unidos). Hasta la
década de 1950, la palabra género era
un término gramatical que se utilizaba para indicar que una palabra era masculina,
femenina o neutra. El doctor Money comenzóa usar la palabra en un contexto
nuevo, acuñando el término «identidad de género»
para describir la conciencia individual de sí mismo o de sí misma como
hombre o mujer (cf. John Colapinto, As Nature
Made Him, Harper Collins, Nueva York 2000, p. 69). Según Money, la
identidad de género de una persona
dependía de cómo había sido educado el niño y podía resultar diversa del sexo
biológico. Sostenía que se podría cambiar el sexo de una persona y que a los
niños nacidos con órganos genitales ambiguos se les podía asignar un sexo
diverso del genético, mediante una modificación quirúrgica.
Las teorías de Money alcanzaron gran éxito y en 1972 presentó una prueba,
que parecía irrefutable, del hecho de que la identidad de género dependía de la educación recibida. En su libro Man and Woman, Boy and Girl, ilustró el
caso de un gemelo monocigótico cuyo pene había sido destruido durante una
operación de circuncisión. Los padres del niño acudieron a Money, el cual les
aconsejóque le hicieran castrar y le educaran como si fuese una niña. La
existencia del gemelo monocigótico permitió a Money comparar al gemelo educado
como hombre con el educado como mujer. Refirió que el cambio de sexo había sido
un éxito y explicó que el niño se había adaptado pertectamenta a una identidad
femenina. El caso parecía resolver la cuestión "naturaleza contra
educación" en favor de la educación.
Ya antes de que anunciara su famoso caso, las teorías de Money habían
encontrado el apoyo de las feministas. En el libro Sexual Politics, publicado en 1969, Kate Millet, comentando la obra
anterior de Money, escribió: «Al nacer no hay ninguna diferenciación entre los
sexos. La personalidad psicosexual se forma, por consiguiente, en la fase
posnatal y es fruto de aprendizaje» (p. 54).
El concepto de género como
construcción social entró a formar parte de la teoría feminista. Susan Moller
Okin, autora del libro Justice, Gender
and the Famíly (1989), anhelaba «un futuro sin género. No habría nada
establecido previamente en las funciones masculinas y femeninas; así, el
embarazo estaría tan separado conceptualmente de la educación que sorprendería
que los hombres y las mujeres no fueran responsables por igual de los
quehaceres domésticos» (p. 170).
A lo largo de la década de 1980, el término género se hizo omnipresente en los programas de estudios de la
cuestión femenina. Con la introducción del concepto de género como construcción social, el interés del movimiento
feminista se desvió de la eliminación de las políticas desfavorables para la
mujer a la atención hacia todo lo que admitía la existencia de diferencias
entre el hombre y la mujer, especialmente todo lo que se realizaba en apoyo de
la mujer en cuanto principal fuente de asistencia en el ámbito doméstico. Un futuro
sin género presuponía una sociedad
que examinara meticulosamente todos los aspectos de la cultura para encontrar
pruebas de la socialización de género.
Antes de 1990, los documentos publicados por las Naciones Unidas habían
puesto de relieve la eliminación de la discriminación con respecto a las
mujeres, pero en torno a 1990 el género se
transformó en punto central de interés. Un opúsculo de la agencia INSTRAW de
las Naciones Unidas, titulado Gender
Concepts, definía el género como:
«Un sistema de funciones y relaciones entre hombres y mujeres no determinado
por la biología sino por el contexto social, político y económico. El sexo
biológico es un dato natural: el “género” se construye» (Gender Concepts in development and planning: A Basic Approach, INSTRAW,
1995, p. 11).
Sin embargo, la línea de separación entre sexo y género seguía siendo incierta. Muchos de los que adoptaban el
término género no tenían idea de sus
raíces ideológicas. A pesar de ello, la Conferencia de las Naciones Unidas
sobre la mujer, que se celebró en 1995 en Pekín, invitó a las naciones a
«adoptar una perspectiva de género». Como reza el texto definitivo de su
Plataforma de acción: «En muchos países, las diferencias entre las actividades
y los resultados conseguidos por la mujer y por el hombre no son aún
reconocidas como consecuencia de funciones de género construidas socialmente,
sino más bien como fruto de diferencias biológicas inmutables» (Plataforma de acción de la Conferencia de
Pekín sobre la mujer, 1995, párrafo 27 en el texto final).
El problema suscitado por esa declaración es que algunas de las diferencias
entre las actividades realizadas por la mujer y las realizadas por el hombre
están claramente vinculadas a diferencias biológicas inmutables, que la Plataforma no tiene en cuenta. Por
ejemplo, sólo las mujeres pueden llevar en su seno a un hijo y amamantarlo.
Mientras un alto porcentaje de mujeres considere la maternidad como su vocación
primaria, decidiendo no trabajar fuera del ámbito doméstico, dejando el trabajo
durante largos períodos a fin de afrontar las exigencias familiares o eligiendo
ocupaciones con horarios o tareas compatibles con las responsabilidades
familiares, las actividades y los resultados conseguidos por el hombre o por la
mujer serán notablemente diferentes (Segun Vigdis Finnbogadottir presidente de
Islandia, en su intervención en el Consejo de Europa, Estrasburgo, en febrero
de 1995: «Mientras la esfera privada siga siendo principalmente prerrogativa de
las mujeres, estas estarán mucho menos disponibles que los hombres para tareas
de responsabilidad en la vida económica y política»).
La perspectiva de género no
apoyaba a las mujeres que elegían la maternidad como vocación primaria. En una
entrevista de 1975 con Betty Freidan, Simone de Beauvoir hacía suya esta
orientación. A la pregunta sobre si las mujeres debían ser libres de decidir
quedarse en casa a educar a los hijos, respondió: «Las mujeres no deberían
tener esta posibilidad de elección, precisamente porque si existiese esta
opción, demasiadas mujeres la adoptarían» (Sex,
Society and the Female Dilemma: a dialogue between Betty Freidan and Simone de
Beauvoir», Saturday Review, 14 de
junio de 1975, p. 18).
No sé trataba simplemente del hecho de que el género se construye, sino de que, según esa perspectiva, la
construcción del género la realiza el
hombre en detrimento de la mujer. La misma palabra «mujer» era considerada como
una etiqueta que creaba «un ser ficticio» y «perpetuaba la desigualdad»» (Peter
Beckam and Francine O’Amico, Women,
Gender and World Politics, Bergin and Garvey, Westport CT 1994, p. 7).
La unidad del ser humano
Mientras se consolidaba la perspectiva del género, su base teórica se estaba resquebrajando. En 1997, un
artículo del doctor Milton Oiamond, experto en el efecto prenatal de la
testosterona sobre la organización cerebral, reveló que el doctor Money no
había referido fielmente el resultado del caso de los gemelos (Milton Oiamond
and H.K. Sigmundson, «Sex Reassignment at
Birth: A Long T erm Review and Clinical implications», Archives of Pediatrics n. 151, marzo de 1997, pp.
298-304).
El doctor Oiamond nunca había aceptado la teoría del doctor Money, según la
cual la socialización podía prevalecer sobre la identidad biológica. A lo largo
de los años había intentado en varias ocasiones localizar al gemelo del que
hablaba Money, para comprobar cómo había afrontado la adolescencia ese niño.
Oiamond logró contactar con el terapeuta del lugar que había atendido al gemelo
y descubrió que el experimento había sido un fracaso completo. El gemelo no
había aceptado nunca que era una niña y nunca se había adaptado al papel
femenino. A la edad de catorce años mostró tendencias suicidas. Uno de los
muchos terapeutas destinados a prestarle ayuda psicológica impulsó a sus padres
a revelarle la verdad. Cuando supo que era un chico, decidió llevar una vida de
hombre. Se sometió a intervenciones de cirugía reconstructiva sumamente
complicadas y se casó. Toda la historia del caso de los gemelos se encuentra
documentada en el libro «As Nature Made Him»
de John Colapinto.
Las teorías de Money quedaron ulteriormente desacreditadas por las
investigaciones sucesivas sobre el desarrollo cerebral. La investigación sobre
la exposición prenatal a las hormonas ha demostrado que, ya antes del
nacimiento, los cerebros masculinos y femeninos son notablemente diversos, lo
cual influye, entre otras cosas, en el modo en que el recién nacido percibe
visualmente el movimiento, el color y la forma. El resultado es una
«predisposición biológica» de los niños hacia juguetes típicamente masculinos y
de las niñas hacia juguetes típicamente femeninos (cf. Gerianne Alexander, "An Evolutionary Perspectiva of Sex- Tiped Toy
Preference: Pink, Blue and the Brain", Archives of Sexual Behavior, vol.
32, 1, febrero de 2003, pp. 7-14).
Ya desde el seno materno, las mujeres están dotadas de una sensibilidad
hacia el ser humano necesaria para la maternidad. Esta investigación y otras
informaciones nuevas sobre la estructura del cerebro humano indican que las
influencias biológicas y la experiencia concurren a crear conexiones cerebrales
y están tan inextricablemente entrelazadas que resulta imposible separarlas.
Los niños nacen en sociedades creadas por hombres y mujeres cuya percepción
de lo que es natural depende de la influencia de esa combinación de biología y
experiencia. Los niños crecerán para llegar a ser padres, y las niñas para
llegar a ser madres. Ocultar este dato por medio de la socialización neutra de género no cambiará la realidad de la
diferencia sexual.
Otras investigaciones sobre el desarrollo cerebral han demostrado la
importancia de la relación entre madre e hijo durante el primer mes de vida. El
niño que ha escuchado la voz materna durante la gestación viene al mundo
buscando la luz en los ojos de su madre. Un sólido vínculo entre madre e hijo
es fundamental para el desarrollo emotivo. A los estudiosos del desarrollo
neonatal y del desarrollo del cerebro humano les preocupa que sus
descubrimientos sobre la importancia del vínculo madre-hijo sean ignorados por
los que estimulan el trabajo femenino y proponen que se encomienden los niños a
instituciones de asistencia diurna (cf. Shore, Affect Regulation and the Origin of Self. The Neurobiology of Emotional
Development, p. 540).
Si las mujeres son más sensibles a las exigencias del ser humano y los
niños necesitan madres sensibles a sus exigencias, entonces presentar la
maternidad a una luz positiva no quiere decir perpetuar un estereotipo
negativo, sino reconocer la realidad. No hay injusticia mientras a las mujeres
no se les impida la decisión de trabajar fuera de casa. Precisamente porque los
dos sexos son diferentes, la mujer puede dar una contribución única a la
sociedad en general. El hecho de que la mujer tenga posibilidad de elección
hace que algunas mujeres se sientan atacadas, pero este es el precio de la
libertad.
Falta de pruebas para las
teorías sobre la discriminación de género
Los que sostienen la perspectiva de género
han citado numerosos ejemplos de cómo la socialización de género desemboca en el abuso de la mujer.
El problema es que muchos de estos ejemplos no resisten un examen atento.
Christina Hoff Sommers, autora de la obra Who
Stole Feminism?, descubrió que, mientras los medios de comunicación daban
espacio a las teorías feministas, según las cuales, la socialización negativa
de género provocaba la muerte por
anorexia de 150.000 norteamericanas al año, las estadísticas sanitarias
demostraban que en el año 1983 se registraron 101 muertes por anorexia. En 1991
el número había bajado a 54.
En 1991, la American Association of
University Women publicó un estudio titulado «A Call to Action:
Shortchanging Girls, Shortchanging America», en el que se sostenía que la
discriminación de género en el ámbito
escolar provocaba una devastadora pérdida de autoestima en las adolescentes.
Ese estudio fue ampliamente divulgado por los medios de comunicación y se
elaboraron numerosos programas para resolver el problema. Con gran esfuerzo,
Christina Hoff Sommers obtuvo una copia de los resultados de la investigación,
y descubrió que la evaluación de la autoestima no se había realizado con
métodos científicos y que las adolescentes, en la mayor parte de las
evaluaciones, referían resultados escolares mejores comparados con los de sus
coetáneos varones («Who Stole Feminism?»,
pp. 137 -156).
El problema creado por las acusaciones de opresión no comprobadas,
referidas por las feministas, es que desvían los limitados recursos de la
solución de los problemas reales que las mujeres deben afrontar y minan la
credibilidad de los que están comprometidos en favor de los auténticos
intereses de la mujer.
Dado el crédito concedido en el pasado a investigaciones carentes de
validez, es importante examinar atentamente todas las pruebas presentadas en
apoyo de la perspectiva de género. Eso
vale de modo especial para los temas del aborto y la homosexualidad. Por
ejemplo, los que están a favor de una nueva definición del matrimonio, que tome
en cuenta las uniones homosexuales, citan numerosos estudios que según ellos
demuestran la ausencia de diferencias significativas entre niños educados por
uniones homosexuales y niños educados por padres naturales en el ámbito del
matrimonio. Al analizarlos, se ha demostrado que esos estudios carecían de validez
interna y externamente (cf. Philip Belcastro y otros, «A Review of Data Based Studies Addressing the Affects of Homosexual
Parenting on Children's Sexual and Social Functioning», Journal of Divorce and
Remarriage, 1993, vol. 20, nn. 1-2, pp. 105-122; Robert Lerner and Althea
Nagai, «No Basis: What the studies don't
tell us about samesex parenting», Marriage Law Project, Washington DC
2001).
Según el profesor Lynn Wardle, «la mayor parte de los estudios sobre los
padres homosexuales se basa en investigaciones cuantitativas que no merecen
crédito, pues están viciadas desde el punto de vista metodológico y analítico
(algunas son de una calidad poco más que anecdótica) y proporcionan una base
empírica demasiado débil para determinar políticas públicas» «The Potential Impact of Homosexual Parenting
on Childrem», University of IIlinois Law Review, 833, 1997).
Por otra parte, numerosos estudios confirman cómo la presencia de un padre
y de una madre mejora el bienestar de los hijos. La importancia del amor
materno es algo bien sabido, pero muchos estudios recientes demuestran que
también el amor paterno tiene un influjo positivo. Un repaso de lo escrito a
este respecto ha mostrado que «el influjo del amor paterno sobre el desarrollo
de los hijos es igual y a veces mayor que el del amor materno, Algunos estudios
concluyen que el amor paterno es el único índice significativo de resultados
positivos específicos» (Ronald Rohner and Robert Veneziano, «The Importance of Father Lave: History and
Contemporary Evidence», Review of General Psychology, diciembre de 2001,
vol. 5, n. 4, pp. 382-405).
El futuro está en manos de los jóvenes y, por consiguiente, la sociedad
tiene la obligación de dar prioridad a su bienestar. Las mujeres desean lo que
sea mejor para sus hijos y todo niño necesita un padre y una madre. Sólo el
matrimonio asegura el compromiso mutuo de los padres, y el compromiso en favor
de los hijos; por tanto, cualquier otra forma de unión conlleva riesgos para
los niños y para las mujeres.
Patrick Fagan, de la Heritage
Foundation, recogió una cantidad enorme de pruebas en favor de la
importancia para los hijos de tener un padre y una madre que permanezcan unidos
en el matrimonio: «Los niños nacidos fuera del matrimonio o con padres
divorciados tienen muchas más probabilidades de incurrir en pobreza, malos
tratos y problemas de comportamiento y emotivos; van peor en la escuela y hacen
uso de drogas con mayor frecuencia. Las madres solteras tienen muchas más
probabilidades de ser víctimas de la violencia doméstica. (...) En todo caso,
los niños cuyos padres permanecen casados gozan de ventajas reales. Se ha
constatado que los adolescentes procedentes de estas familias presentan mejor
estado de salud, tienen menos probabilidades de sufrir de depresión y repetir
curso en la escuela, y encuentran menos problemas de desarrollo».
En defensa de la mujer
La Iglesia católica no puede permanecer neutral cuando, en nombre de las
mujeres, se lanzan ataques contra la familia, el matrimonio, la maternidad y la
paternidad, la moral sexual o la vida del feto. La Iglesia condena incondicionalmente
cualquier abuso perpetrado en perjuicio de la mujer en el ámbito familiar, pero
la solución no es la destrucción de la familia. Cuando las sociedades estimulan
el sexo fuera del matrimonio, el aborto, la mentalidad anticonceptiva y el
divorcio, quien sufre las consecuencias es la mujer. Cuando se respeta el
matrimonio, y la castidad es la norma, se salvaguarda la dignidad de la mujer.
La solidaridad entre marido y mujer en la familia, entre hombre y mujer en
la sociedad, es esencial para que su colaboración sea fecunda. Una lucha
interminable entre clases sexuales no llevará a la liberación de la mujer. Una
antropología desviada, que ignore las diferencias entre los sexos, deja a la
mujer en la no envidiable situación de tratar de imitar la conducta masculina o
de gastar sus energías en el vano intento de transformar al hombre en
pseudo-mujer. Una mujer que comprenda y acepte las diferencias entre los sexos
es libre de colaborar con el hombre, sin poner en peligro su originalidad
personal.
La perspectiva de género es un
callejón sin salida. Se dilapidan recursos valiosos queriendo contrarrestar el
deseo natural de maternidad de la mujer. Favorecer la paternidad, la
maternidad, la familia y el matrimonio no pone en peligro la igualdad esencial,
los derechos y la dignidad de la mujer. Sólo el reconocimiento de las
diferencias entre el hombre y la mujer, y del carácter central de la familia en
la sociedad, ofrece los parámetros válidos para entablar un diálogo. Seguirá
siendo necesario distinguir entre diferencias reales y estereotipos
humillantes, y seguirá siendo importante defender el derecho de la mujer y del
hombre a elegir carreras atípicas y proteger a la mujer de la injusticia y de
los malos tratos.
En este campo la Iglesia tiene mucho que ofrecer. La repetida invitación
del Santo Padre a la solidaridad brinda una alternativa a una lucha de clases
sin fin. Los que se interesen por crear una sociedad que de verdad esté en
favor de la mujer encontrarán útil el libro «Amor
y responsabilidad», escrito por
el Santo Padre cuando aún era obispo. La condena, por parte del Papa Juan Pablo
II, de todos los comportamientos que tratan a las personas como objetos
encontrará resonancia en las mujeres que, con razón, sienten el peso del
utilitarismo sexual y económico.
La colaboración fructuosa entre el hombre y la mujer debe basarse en la
verdad sobre la persona humana. Los dos sexos, diversos y con igual dignidad,
son una revelación de la imagen y de la semejanza de Dios, y participan de la
bondad de la creación. Dios, que creó al ser humano varón y mujer, que
instituyó el matrimonio y la familia, y dictó las leyes que gobiernan la moral,
es incapaz de injusticia. Por tanto, las mujeres no tienen nada que temer de
una cultura que comprende y respeta las diferencias entre hombres y mujeres.