Del libro "Eucaristía y vida cristiana"
de Mons. Javier Echevarría
(sobre el descanso)
VI. La Eucaristía y el
descanso de los hijos de Dios
Descansar en Dios: abandonar en Él nuestras
preocupaciones
Descanso y filiación divina: la enseñanza de Jesús
Descansar en Dios: pedirle perdón como Zaqueo y
perdonar
Descansar con Dios: entrar en su lógica de amor, y
comprensión
La paz, perfección del descanso, fruto del trabajo
La paz, don de Dios
Hijos del Dios de la paz
Descansar junto al Sagrario como Jesús en Betania
Descansar con Cristo en la Misa, como los discípulos de
Emaús
Vivir las fiestas y los domingos con Dios
«Todo
tiene su momento, y hay un tiempo para cada cosa bajo el cielo: tiempo de nacer
y tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado (...),
tiempo de destruir y tiempo de construir, tiempo de llorar y tiempo de reír
(...)» (Qo 3, 1-4).
A
la ley del trabajo humano sirve de contrapunto la necesidad del descanso. Se ha
hecho notar que, en la música, tan importantes son los momentos ocupados por
los sonidos como los reservados a las pausas. Algo parecido sucede en nuestra
vida: es armónica si sabe distribuir con buen ritmo los tiempos de esfuerzo y
los de reposo. Por eso, después de considerar la importancia del trabajo en la
vida de un hijo de Dios, y de la relación que guarda con el alma eucarística,
conviene recordar también cómo el descanso informa la conducta de un hijo de
Dios y puede expresar su amor a Jesús sacramentado.
Dar
a cada cosa su tiempo supone dar a cada tiempo su propia tarea. Es preciso
ordenar las diversas actividades, si queremos que nuestro día produzca mucho
fruto. Las personas necesitan reponer las fuerzas gastadas -físicas, psíquicas,
espirituales- por la dedicación intensa al trabajo, y también resulta muy
conveniente reservar algún espacio de la jornada o de la semana a actividades
distintas de la habitual ocupación profesional, imprescindibles para atender
debidamente a la familia, cultivar la amistad con otras personas, acrecentar la
propia cultura; sin olvidar que los momentos de distensión permiten además
pensar con calma y profundidad en el futuro -personal y de las personas
queridas-, en el sentido de la vida presente, en lo que viene después de la
existencia terrena. También interesa cambiar de vez en cuando las
circunstancias en las que el hombre o la mujer se desenvuelven -en dependencia
de las reales posibilidades de cada uno- acudiendo unas horas, o unos días, a
otro lugar o a otro ambiente, para volver, renovados, a la situación corriente.
Resulta
claro que no cabe vivir según todas las buenas y verdaderas exigencias de la
persona humana, si se mantiene un ritmo frenético en la actividad profesional.
Aprender a descansar con mesura articula de suyo una obligación que requiere
tanta generosidad como la exigida por el trabajo y a veces, incluso más, pues
en ocasiones pide un especial desprendimiento de los propios programas y una
mayor disponibilidad para los planes y necesidades de los otros. Saber
descansar, sin caer en el ocio, es ciencia que tiene mucho de sabiduría.
No
quiero detenerme en consideraciones de carácter físico o psicológico, que un
buen médico puede comentar mucho mejor; pero no paso adelante sin recordar algo
que, aunque parece bien conocido, a veces se descuida. En bastantes ocasiones,
la conducta o las reacciones inadecuadas de una persona que crea una situación
familiar o laboral que llega al límite de lo soportable, se resuelve logrando
que duerma lo suficiente, que siga un cierto orden en las comidas, que se
asegure un poco más de distracción y recurra -si es preciso- a la oportuna
medicación. Una vez mencionado esto, me detengo en las implicaciones
espirituales del descanso humano, que tantas veces son las que más pesan y las
que menos atención reciben, quizá porque no se afrontan, con valentía y sentido
común, las dificultades concretas que se presentan.
Descansar en Dios:
abandonar en Él nuestras preocupaciones
Jesucristo
ha hablado mucho del descanso, y nada resulta más lógico, porque Él ha venido a
traer paz a nuestra alma con su gracia, y salud definitiva a nuestro cuerpo en
la resurrección final, de la que contemplamos el modelo y la causa en su
resurrección gloriosa. Ha bajado a la tierra para librarnos de los fardos que
nos pesan y de las preocupaciones que nos atenazan: los pecados, el miedo a la
muerte, las asechanzas del demonio, la hinchazón de la soberbia, las punzadas
de la envidia, los arrebatos de la ira; y también para despertar en nosotros
tantos buenos deseos y la mucha capacidad que alberga nuestro corazón.
El
Señor se refirió al descanso desde el primer instante de su predicación. San
Lucas caracteriza el anuncio público comienzo de la buena nueva con ese tema.
«Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la
sinagoga el sábado, y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del
profeta Isaías y abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito:
"El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para
evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los
cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los
oprimidos, y para promulgar el año de gracia del Señor". Y enrollando el
libro se lo devolvió al ministro, y se sentó. Todos en la sinagoga tenían fijos
en él los ojos. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que
acabáis de oír» (Lc 4, 16-21). Jesús redime a los hombres del peso de una
conciencia culpable, porque perdona nuestros pecados; porque nos libra de la
esclavitud del príncipe de este mundo, pues vence al maligno y porque nos ayuda
a entender la carga de la pobreza, al declararla bienaventurada. Suprime toda
opresión y ofrece a todos un tiempo de paz y de descanso, un tiempo jubilar.
También
san Mateo pone muy pronto este argumento en los labios del Maestro. El primero
de los largos discursos que recoge en su evangelio, se abre con las
bienaventuranzas, en las que Jesús afronta todos los motivos de lamentación que
amargan, o al menos nublan, la existencia de las personas: por una parte, la preocupación
desordenada por la riqueza, por la alimentación y el vestido, por los
conflictos con algunas personas; por otra, la preocupación general por la real
consistencia de esta vida y la relación con los demás. Una y otra las resuelve
el Señor, al denominar «feliz» la situación de quien es pobre de espíritu, de
quien sufre persecución por la justicia, de quien es manso y casto, etc.
En
el mismo discurso, como volviendo sobre esas realidades desde otro punto de
vista, Jesús enseña a cuantos le oyen que no anden ansiosos tras la comida, el
vestido o la casa; a todos nos exhorta a descansar en nuestro Padre que está en
los cielos, a abandonar en su providencia apuros y preocupaciones, bien
convencidos de que Él no se olvidará jamás de sus hijos ni los maltratará,
tampoco en las cosas más materiales. Releamos, una vez más, sus palabras:
«No
estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo:
con qué os vais a vestir. ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el
cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni
almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no
valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile,
puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os
preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni
hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de
ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios
la viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? Así pues, no andéis
preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos
a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre
celestial que de todo eso estáis necesitados» (Mt 6, 25-32).
Descanso y filiación
divina: la enseñanza de Jesús
Al
hablar del descanso auténtico, Jesús nos está enseñando a conducirnos como
hijos de Dios. Lo mismo que un padre de la tierra se preocupa de la alimentación,
del vestido, del desarrollo armónico de sus hijos, así Dios obra con nosotros;
o, para expresarlo de modo más exacto, la paternidad en la tierra es un reflejo
de la paternidad divina. Nos encontramos ante un aspecto de capital importancia
para entender quién es nuestro Padre Dios y cómo nos trata. En grave error se
caería al imaginarlo como un ser tremendo y lejano, que habita en el cielo
infinito, desentendido de las criaturas que Él mismo ha puesto en la
existencia. A pesar de que deseamos sinceramente comportarnos como cristianos,
ese peligro nos ronda. «Es preciso convencerse de que Dios está junto a
nosotros de continuo. -Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde
brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.
»Y
está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las
madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos,
bendiciendo... y perdonando»1. Dios, que ha llamado a los hombres a la vida,
continúa ocupándose de ellos, los sigue amorosamente, interviene constantemente
para conducirlos al fin que se ha propuesto: acogerlos en la intimidad de su
vida eterna, respetando su libertad y las otras características de su
naturaleza, con que Él mismo ha decidido dotarles.
Las
personas tendemos a resolver, exclusivamente por nuestra cuenta, los pequeños o
grandes problemas diarios, si consideramos que su solución se halla a nuestro
alcance. Nuestro sentido de responsabilidad -sin excluir quizá nuestro orgullo,
nuestro deseo de afirmación personal- nos empuja a apretar los dientes y a
esforzarnos para dejar todo bien resuelto; nos cuesta pedir ayuda a otros y
sólo lo hacemos cuando no nos queda más remedio, alguna vez con vergüenza.
No
recurramos a Dios sólo cuando la indigencia se demuestra demasiado grande: ante
un peligro de muerte, en una enfermedad seria, cuando llega un verdadero
descalabro económico, cuando sobreviene una catástrofe natural o un conflicto
bélico. Acudamos al Padre celestial también en lo pequeño, en lo de cada día.
Así, nuestras jornadas no se llenarán de preocupaciones y rencillas por cosas
nimias, porque no estarán vacías de Dios, porque le habremos dejado entrar en
nuestra existencia concreta y viviremos con Él nuestra aventura cotidiana:
circunstancias todas que nos apuntan el modo de vivir como hijos suyos y de
descansar en el Padre.
Un
buen hijo trata con su padre de todo aquello que le preocupa a él y de todo
aquello que interesa a su padre. Jesús nos invita a intercambiar con Dios las
preocupaciones, porque así descansaremos: pasar de «estar encerrados en lo
nuestro» (sepultados por las pequeñeces materiales y relacionales de cada día)
a «estar en las cosas del Padre»; trocar la búsqueda de nuestra justificación,
a toda costa y en todo lo que hacemos, por la búsqueda prioritaria del reino de
Dios y de su justicia (cfr. Mt 6, 33). San Josemaría, basándose en su
experiencia pastoral, empujaba a realizar ese trueque santo: «Es a veces
corriente, incluso entre almas buenas, provocarse conflictos personales, que
llegan a producir serias preocupaciones, pero que carecen de base objetiva
alguna. Su origen radica en la falta de propio conocimiento, que conduce a la
soberbia: el desear convertirse en el centro de la atención y de la estimación
de todos, la inclinación a no quedar mal, el no resignarse a hacer el bien y
desaparecer, el afán de seguridad personal. Y así muchas almas que podrían
gozar de una paz maravillosa, que podrían gustar de un júbilo inmenso, por
orgullo y presunción se transforman en desgraciadas e infecundas».
Descansar en Dios:
pedirle perdón como Zaqueo y perdonar
«Descarga
en Yahveh tu peso, y Él te sustentará; no dejará que para siempre zozobre el
justo» (Sal 54, 23). Se zozobra con el desequilibrio de los pecados no
perdonados, activos aún en el alma. Por eso, para descansar de veras, hay que
mostrarse enteramente sinceros con Dios y pedirle perdón en el sacramento de la Reconciliación, que
devuelve la tranquilidad y la paz del alma.
Las
palabras del salmista se aplican, sin duda, a las pesadumbres y angustias por
subsistir, por ir adelante; pero antes y más a fondo se refieren a las ofensas
contra Dios, que roban la paz de la conciencia y sumen al alma en ansia por una
felicidad entorpecida. A eso mismo nos exhortó Jesús en un momento de
exultación en el Espíritu Santo, contemplando a su lado a las gentes sencillas
y humildes; y viendo a distancia, con actitud de reserva, a los sabios y
prudentes. «Venid a mí -dice-- todos los fatigados y agobiados, y Yo os
aliviaré.
Tomad
mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y
encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11, 28-29).
Nos
propone un intercambio: darle lo que nos pesa y tomar nosotros su carga.
Saldremos ganando, «porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 30). Nos
mueve a abandonar en El nuestra soberbia, que tantas fatigas nos procura, y a
revestirnos su humildad, que permite considerar las cuestiones en su verdadera
dimensión, sin exagerar las dificultades. A mudar nuestra ira y nuestra
arrogancia, por su mansedumbre. Siempre un cambio a nuestro favor: cargamos
sobre Él la opresión que nuestros vicios y pecados merecen, y conseguimos las
virtudes y la paz que Él nos trae. Nos llama a canjear el desordenado amor
propio, por ese amor de Dios que se entrega a todos; y entonces desaparece la
fatiga del trabajo; o bien, si continúa, la criatura ahí precisamente se
deleita, como resumió san Agustín con frase admirable: in eo quod amatur, aut
non laboratur, aut et labor amatur3, cuando se ama de verdad, el trabajo no
cuesta; y si cuesta, se ama. Lo experimentó Zaqueo, cuando acogió al Señor en
su casa: cambió su riqueza material por la cercanía de Jesús. Prefirió
recibirlo en el alma a continuar recogiendo dinero y defraudando a los pobres.
Y llenó su vida de alegría y de paz (cfr. Lc 19, 1-10).
Las
palabras del salmista y las que pronunció Jesús se refieren, además, a los
pesos que con frecuencia llevamos dentro y que llamamos resentimientos,
rencores, afanes de venganza. También esas cargas hay que abandonarlas en el
Señor, porque fatigan al alma y la paralizan en su camino hacia Dios: quitemos
esa mole de encima de nuestros hombros, perdonando de corazón a los que nos
hayan agraviado. «En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal,
una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por
mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos
acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el
cual invocó desde la cruz: "Padre, perdónales, porque no saben lo que
hacen" (Lc 23, 34).
»Así
pues, el perdón tiene una raíz y una dimensión divinas. No obstante, esto no
excluye que su valor pueda entenderse también a la luz de consideraciones
basadas en razones humanas. La primera entre todas, es la que se refiere a la
experiencia vivida por el ser humano cuando comete el mal. Entonces se da
cuenta de su fragilidad y desea que los otros sean indulgentes con él. Por
tanto, ¿por qué no tratar a los demás como uno desea ser tratado? Todo ser
humano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no
quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas.
Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir aún
una perspectiva de confianza y compromiso».
Perdonar
coincide siempre con descansar. Pero perdonar a veces no resulta fácil; en
rigor, hemos de reconocer que los hombres con frecuencia no sabemos hacerlo;
sólo Dios se muestra indulgente de modo perfecto, porque perdona todo y siempre
a quien implora su gracia: manifiesta su omnipotencia justamente con su
misericordia hacia nosotros. Se ha hecho habitual, desgraciadamente, la postura
de que se debe perdonar, pero que no se debe olvidar. Sin negar lo evidente -el
valor de la experiencia-, hemos de exigirnos con sinceridad para no excusarnos
y continuar con el alma cargada de viejas pendencias, de listas de agravios,
que impiden volar alto hacia Dios.
Jesús,
desde el principio de su predicación, en el sermón del monte que nos transmite
san Mateo, enseña claramente que un hijo de Dios perdona a quienes le han
ofendido. Su ser y su sentido de la filiación divina están estrechamente
ligados a la certeza de la misericordia con que Dios le trata, y le impulsa, en
consecuencia, otorgar gustosamente el perdón a los demás.
Para
que nos quedara claro este punto, Jesús afrontó el escándalo de los fariseos
cuando perdonó al paralítico sus pecados (cfr. Mt 9, 1-8) y cuando se sentó a
comer con los pecadores en casa de Leví (cfr. Mt 9, 10-13). Dijo a Pedro y a
los otros Apóstoles que tendrían que perdonar siempre a sus hermanos, y les
explicó la razón: más debe cada uno de vosotros a Dios, más os ha sido
perdonado (cfr. Mt 18, 21-35). Declaró bienaventurados a los misericordiosos
porque alcanzarán misericordia, yendo así contracorriente en un ambiente
vengativo y duro con los débiles y los derrotados (cfr. Mt 5, 7).
El
Señor insistió reiteradamente en este punto. Insistió, porque conocía la
dificultad del hombre para entenderlo, para asimilarlo; y porque resulta
fundamental para acoger el don de la filiación divina, íntimamente vinculado
con el de la fraternidad sobrenatural. Explica san Agustín que no recibirá la
herencia del Señor quien rechace el testamento de la paz; no puede estar en
concordia con Cristo quien se obstina en permanecer en discordia con el
cristiano5. Perdona quien se siente hijo y se sabe perdonado; quien mira al
otro como a un hermano, otro hijo del mismo Padre. Lo había enseñado claramente
el apóstol Juan: «Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su
hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede
amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de Él este mandamiento: quien ama
a Dios, que ame también a su hermano» (1 Jn 4, 20-21).
Cristo
no se cansó de inculcar la misericordia y el perdón, hasta el punto de
equiparar la perfección espiritual, la santidad, con la capacidad de perdonar y
usar misericordia con los demás. «Sed misericordiosos como vuestro Padre es
misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis
condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro
regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma
medida que midáis, seréis medidos» (Lc 6, 36-38).De ese modo nos anima a que no
cerremos ni endurezcamos nuestro corazón ante las imperfecciones y defectos
ajenos. «Nadie podrá dar nada a nadie, si antes no lo ha dado a sí mismo. Así,
tras haber obtenido misericordia y abundancia de justicia, el cristiano empieza
a tener compasión de los infelices y empieza a rezar por los pecadores. Se
vuelve misericordioso incluso hacia sus enemigos. Se prepara, con esta bondad,
una buena reserva de misericordia para la llegada del Señor».
Descansar con Dios:
entrar en su lógica de amor, y comprensión
En
la dificultad para la comprensión y la compasión, influye también la ignorancia
de las propias culpas: cuando no se reconocen los pecados personales, se
descubren sólo las faltas de los demás y se les acusa sin piedad, como quedó
patente en el episodio de la mujer adúltera (cfr. Jn 8, 1-11). Únicamente el
Hijo de Dios, inocente, se compadeció de aquella desgraciada y la perdonó,
diciéndole que no pecara más. Explicaba un Padre de la Iglesia: «Si tú, hombre,
no puedes vivir sin pecado y por eso buscas el perdón, perdona siempre; perdona
en la medida y cuantas veces quieras ser perdonado. Ya que deseas serlo
totalmente, perdona todo y piensa que, perdonando a los demás, a ti mismo te
perdonas»7. En cambio, en la facilidad para perdonar, para comprender, influye
el amor. Quien sabe querer de verdad está inclinado a perdonar a quienes ama.
La ciencia de la caridad es ciencia de perdón; y viceversa. San Josemaría lo
explicó muy frecuentemente con frase lapidaria, que impresiona por su sencillez
y transparencia, vibrante de sinceridad: «Yo no he necesitado aprender a
perdonar, porque Dios me ha enseñado a querer»8. Lo conocen bien y lo han
experimentado los padres que quieren muy a fondo a sus hijos: no necesitan
esforzarse por perdonar, después de alguna fechoría, o cuando regresan a casa
tras haberse alejado. Como el padre de la parábola narrada por Jesús, se
adelantan a abrazarlos, a hablar con ellos, a hacer fiesta por el retorno del
hijo que se había perdido (cfr. Lc 15, 21-24).
Muy
expresiva al respecto es también la segunda parte de la parábola. El hijo mayor
no entiende el gozo de su padre y no quiere participar en la fiesta, porque no
sabe perdonar. Su corazón guarda rencor y desprecio al hermano que se había
marchado, y además manifiesta cierto resentimiento hacia su padre; lo considera
reo de no haberle regalado un cabrito para organizar fiestas con sus amigos.
Cabe afirmar que no se siente de verdad ni hijo ni hermano, conserva en su
corazón agravios -falsos agravios, en este caso- que le impiden sumarse al
festejo, al descanso en la casa paterna.
Descansar
en Dios significa, ni más ni menos, participar del descanso del Señor: ahí se
halla el verdadero reposo de los hijos de Dios. Y entraña también descansar con
Dios, reposar en la casa paterna: entrar en su gozo, llenarse de su alegría.
El
discípulo llegará a esa plenitud al final de su paso fiel por esta tierra,
después de gastar sus días con un trabajo realizado por amor, poniendo todo su
ingenio y todo su esfuerzo en el servicio de los intereses de su Señor, que es
al mismo tiempo su Padre y le espera (cfr. Mt 25, 21 y 23); pero esto no supone
que aquí abajo no se presente ya ese don, pues la misma historia humana
demuestra que los hombres y mujeres que caminan en paz con su Señor, gustan ya
del gozo y la paz que el mundo no puede ofrecer.
Descansar
con Dios es un regalo inmerecido; por eso, hay que pedirlo. Jesús nos ha
enseñado a solicitarlo en la quinta petición del Padrenuestro, cuando decimos a
Dios que nos perdone y nos ayude a perdonar. Pero también cabe suplicarlo de
otro modo; por ejemplo, relacionando este descanso con la paz que nos prepara
el Señor, como rezaba san Agustín. «Señor Dios, danos la paz, puesto que nos
has dado todas las cosas; la paz del descanso, la paz del sábado, la paz sin
tarde. Porque todo este orden hermosísimo de "cosas muy buenas",
concluidos sus modos, ha de pasar: por eso se hizo en ellas "mañana y
tarde". Mas el día séptimo no tiene "tarde", ni ocaso, porque lo
santificaste para que durase eternamente, a fin de que así como tú descansaste
el día séptimo después de tantas obras "sumamente buenas" como
hiciste (...), también nosotros, después de nuestras obras "muy
buenas", porque Tú nos las has donado, descansaremos en ti el sábado de la
vida eterna».
La paz, perfección del
descanso, fruto del trabajo
La
verdadera paz define la perfección del descanso: con la superación de la lucha
entre el hombre viejo y el hombre nuevo; con el orden en la tensión entre lo
interior y lo exterior de la persona; con la falta de tristeza al comprobar
nuestras limitaciones; con no abatirse por la fatiga en la actividad y en la
prosecución del bien. San Agustín la presenta como «serenidad de mente,
tranquilidad de ánimo, sencillez de corazón, vínculo de amor, consorcio de
caridad». Efectivamente todos ansiamos, y es lógico, no tener que guerrear ni
librar más batallas contra nada ni contra nadie; llegar a una paz completa,
estable, eterna; una paz a la que no escape la consecución de las rectas
exigencias, y en la que ningún temor inquiete y ningún enemigo amenace.
Pero
un descanso así no se alcanza en este mundo, como bien explica santo Tomás: «La
verdadera paz es doble. Una es la paz perfecta, que consiste en el gozo del
Sumo Bien, cuando todas las inclinaciones se funden aquietándose en un único
objeto; y éste es el fin último del hombre. Y hay una paz imperfecta, que es la
única posible en este mundo, pues incluso cuando todos los movimientos del alma
se dirigen a Dios, se dan siempre otros elementos que turban esa paz dentro y
fuera»; también para que anhelemos más, siempre y en todo, la posesión
definitiva del Señor.
Mientras
la historia siga su curso, habrá que pelear siempre: ninguna virtud se puede
dar por definitivamente conquistada, siempre habrá que velar por la concordia
adquirida. La vida del hombre en la tierra, como advirtió Job, es milicia,
nuestros días evolucionan como los del jornalero (cfr. Job 7, 1); la paz
interior y la exterior requieren siempre cuidado y esfuerzo.
Muchos
autores espirituales han comentado la parábola evangélica del hombre cuyos
negocios iban muy bien. Imaginó que había alcanzado gran bienestar, que podía
prescindir completamente del trabajo y abandonarse al ocio, y se preguntaba:
«¿Qué haré, pues no tengo donde guardar mi cosecha? Y dijo: esto haré: voy a
destruir mis graneros, y construiré otros mayores, y allí guardaré todo mi
trigo y mis bienes. Entonces diré a mi alma: alma, ya tienes muchos bienes
almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien. Pero Dios le
dijo: Insensato, esta misma noche te reclaman el alma; lo que has preparado,
¿para quién será? Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc
12, 17-21).
El
pecado de este hombre no es sólo de poltronería: proyecta, hace cálculos,
piensa en construir nuevos graneros para almacenar la abundante cosecha. Pero
no para los demás, sólo para sí; desconoce el agradecimiento al Cielo y la
necesidad fraterna de socorrer a los indigentes, atento exclusivamente a
satisfacer su pereza y su afán de goces. San Ambrosio comenta el pasaje con
estas palabras: «En vano congrega medios que no sabe si usará; no son nuestras
las cosas que no podemos llevar con nosotros: sólo la virtud es compañera de
los difuntos; sólo la misericordia viene con nosotros, ella es la que compra
para los difuntos las estancias eternas».
La
paz de aquí abajo se construye mediante el trabajo rectamente ordenado. A
propósito de la séptima bienaventuranza, san Jerónimo observa que la paz se
alcanza si se trabaja por conseguirla: el hombre recibe este don de Dios cuando
lo busca, no sólo con palabras, sino con obras; cuando lo persigue primero en
sí mismo, luego con los demás. Dios bendice con su gracia el esfuerzo para
mantener la concordia y la paz entre todos, o para recomponerla; y también
bendice el trabajo en toda su amplitud, cuando está ordenado a su gloria y al
bienestar del prójimo, cuando se realiza por amor y con amor. Una tarea así es
camino eficaz para dar paz a cada persona y a la comunidad humana; en realidad,
podríamos decir que abre el único camino, la vía necesaria para vivificar la
existencia personal y los ambientes. En este sentido dice el profeta que «la
paz es fruto de la justicia» (Is 32, 17), del trabajo realizado con perfección
humana y sobrenatural.
La paz, don de Dios
La
paz es un don divino; siempre y en todas las religiones se han elevado
rogativas a la divinidad para que otorgara este bien. Y, al repasar la Historia, fácilmente se
comprende que la paz se queda en una mera utopía, si la hacemos depender de
nuestra conducta y de nuestras fuerzas. Cuando no se permite la intervención de
Dios, no se alcanza ni personal ni socialmente la verdadera «relativa» paz que
se puede gozar en este mundo, preparatoria de la que se nos reserva en el «más
allá», cuando el Señor, por su misericordia, nos introducirá en su eterno
reposo.
Todo
esto nos consta por la revelación divina. Pero Jesús no se ha limitado a
decirnos dónde podemos encontrar el descanso y cómo; ya ahora nos concede
participar de su paz con su Filiación divina, que nos ha ganado con su
sacrificio redentor, identificándose con la voluntad de su Padre. Nos la
entregó -en los Apóstoles- la última noche antes de morir en la Cruz, cuando señaló: «La paz
os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro
corazón ni se acobarde» (Jn 14, 27). Y en la línea de la explicación de san
Agustín, podemos entender en estas palabras que el Señor nos deja la paz,
porque permanece con nosotros en el mundo -sobre todo, en la Eucaristía- pues «Él
es nuestra paz» (Ef 2, 14). Permanece con nosotros, como paz nuestra, para
fortalecernos en la pelea contra los enemigos y dificultades interiores y
exteriores; y nos da su paz, porque ya nos ofrece su amistad, de la que
gozaremos plenamente en la gloria, cuando Dios mismo «enjugará toda lágrima de
sus ojos; y no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni fatiga, porque todo lo
anterior ya pasó» (Ap 21, 4)14.
La
paz de su victoria en la Cruz,
nos la transmitió al resucitar. Así saludó a los Apóstoles al aparecerse a
ellos: «La paz sea con vosotros» (Jn 20, 21). Les anuncia la paz de su perdón
incondicional a las flaquezas de los discípulos; la paz de su gracia y de su
amistad, que supera toda distancia y toda distinción, pues Él la concede sin
acepción alguna de personas; la paz de su amor de Hijo, que nos llega a través
de ese hacerse presente, en la
Eucaristía, sacrificio de la paz y de la liberación del
pecado.
También
nos ha entregado la paz del Paráclito, cuando manifestó aquel mismo día a los
Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les
son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos» (Jn 20, 22-23);
paz del consuelo que, desde entonces, ha acompañado siempre a los discípulos
del Maestro en medio de tantas aflicciones y dificultades.
Hijos del Dios de la
paz
El
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo es el Dios de la paz. Para evitar
malentendidos y equívocos, Jesús lo predicó desde el primer momento, en la
séptima bienaventuranza: «Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán
llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9). Con los Padres de la Iglesia, también nosotros
nos podemos preguntar qué relación existe entre la paz y la filiación divina.
Ellos nos ofrecen dos tipos de respuesta.
San
Cromacio de Aquileya la explica así: «Grande es la dignidad de cuantos se
afanan por la paz, pues son considerados hijos de Dios. Es un bien seguro
restablecer la paz entre hermanos que se llaman a juicio por cuestiones de
interés, de vanagloria o de rivalidad. Pero esto no merece más que una modesta
recompensa (...). Hemos de darnos cuenta de que existe una obra de paz de mejor
calidad y más sublime: me refiero a la que, mediante una asidua enseñanza,
lleva la paz a los paganos, enemigos de Dios; la que corrige a los pecadores y
mediante la penitencia, los reconcilia con Dios (...). Tales obradores de paz
no son sólo bienaventurados, sino bien dignos de ser llamados hijos de Dios.
Por haber imitado al mismo Hijo de Dios, Cristo, al que el Apóstol llama
"nuestra paz y nuestra reconciliación" (Ef 2, 14-16; 2 Cor 5, 18-19),
se les concede participar de su nombre». San Juan Crisóstomo también considera
que es lógico y justo llamar hijos de Dios a cuantos no sólo procuran la
amistad de sus hermanos, sino que también se esfuerzan por convocar los
enemistados a la paz entre sí, pues así actuó el Unigénito cuando vino a esta
tierra: unir lo que estaba separado, congregar lo disperso.
Esta
primera explicación considera a los pacíficos en su actividad exterior: son
hijos de Dios porque trabajan por la paz, siembran la paz, como hizo sobre esta
tierra el Hijo de Dios encarnado.
San
Agustín sigue otra línea: en paz está lo que no repugna a la Voluntad de Dios; por
eso, son llamados hijos de Dios aquellos que quieren siempre lo que quiere Dios,
sin resistir a su Voluntad". Esta explicación pone de relieve que la plena
identificación con la
Voluntad de Dios, que causa la paz del cristiano, avanza
íntimamente relacionada con su participación en la Filiación divina de
Jesús. La conducta filial de Cristo se manifestaba en obras de obediencia y
unión a Dios Padre. La relación filial de Jesús con su Padre contenía una
relación de constante referencia, de mutuo mirarse unificante, que se reflejaba
en todo su comportamiento. La voluntad de su Padre le movía en todo momento y
motivaba radicalmente sus acciones: «Mi juicio es justo porque no busco mi
voluntad, sino la Voluntad
del que me ha enviado» Un 5, 30).
Esta
segunda respuesta pone de relieve que los hijos de Dios son pacíficos porque
obedecen a su Padre, se identifican con lo que El quiere; saben que «todo
concurre al bien de los que le aman» (Rm 8, 28); por eso, todo cuanto sucede
les sirve para acrecentar su amor a Dios y a los demás por Dios; y lo desean,
precisamente porque a eso apunta la
Voluntad divina.
Las
dos respuestas son conciliables; resaltan aspectos complementarios porque,
efectivamente, el cristiano tiene paz cuando trabaja por la paz, pues desempeña
su labor pensando en Dios y en los demás; por eso mismo, puede recibir la paz y
darla a otros. Su descanso espiritual, su estar en armonía con Dios, le
convierte en sembrador de paz.
Vivir
la paz y sembrar la paz: así cabe resumir la vida de un buen hijo de Dios. Se
muestran como hijos de Dios los que imitan a su Padre, el Dios de la paz,
fuente eterna de infinita paz; se conforman con Cristo, el príncipe de la paz;
y acogen al Espíritu Santo, vínculo de unión y de paz. Viven y transmiten una
paz que crece junto a su regeneración espiritual, a su intimidad con la Santísima Trinidad;
y la recuperan -cuando la han perdido- acudiendo al sacramento de la Reconciliación con
Dios y con la Iglesia.
Esta paz aumenta en sus almas y la difunden a su alrededor en
la medida en que se identifican con Jesucristo realmente presente en la Eucaristía.
Descansar junto al
Sagrario como Jesús en Betania
El
Maestro se preocupa de nuestro descanso y de nuestra paz, porque nos ama.
También ahora, desde el Sagrario, se propone como buen pastor que ofrece reposo
a nuestra alma y a nuestro cuerpo -en la medida señalada por la providencia-,
de modo análogo a como se interesaba por el descanso espiritual y físico de los
discípulos durante su paso por la tierra.
Narra
san Marcos que, al regresar de su primera misión, «reunidos los Apóstoles con
Jesús, le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Y les dice: "Venid
vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco". Porque eran
muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Se
marcharon, pues, en la barca a un lugar apartado ellos solos» (Mc 6, 30-32).
Vemos
aquí otra manifestación más de la preocupación de Cristo por quienes le siguen;
en esta ocasión, por su descanso físico. La ocasión, sin embargo, le sirve para
enseñar un detalle muy importante: para descansar, no basta abandonar filialmente
nuestros cuidados en el Padre, ni sabernos perdonados y perdonar; para gustar
la paz profunda es necesario permanecer físicamente cerca de Jesús.
También
nosotros, muchas veces, necesitaremos descansar gustando de la presencia real
del Señor en el tabernáculo, distanciándonos (unas horas, algunos días) de las
ocupaciones habituales para hablar más tranquilamente con El, como los
Apóstoles en aquella ocasión. Nos acercaremos al Sagrario, donde Él se ha
quedado a nuestra disposición, para satisfacer esa urgencia de conversar más a
solas con el Maestro en el sosiego de su cariño, en su comprensión, en su
palabra. A este propósito, el Papa Juan Pablo II escribía: «Es hermoso estar
con Él y reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cfr. Jn 13,
25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de
distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el "arte de la
oración", ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en
conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante
Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos
hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza,
consuelo y apoyo!».
¡Con
qué frecuencia convendrá que dejemos la comodidad de nuestra casa para pasar un
rato físicamente cerca de Jesús en una iglesia, quizá fría en invierno, o
calurosa en verano! O bien alargar el trayecto de regreso al hogar, después del
trabajo, para saludar sin prisa al Santísimo Sacramento. Quizá sean pocos minutos,
porque nuestros deberes no nos permiten permanecer más tiempo. Pero esos breves
instantes bastan para que el alma abandone en el Corazón de Jesús las
preocupaciones que arrastra, y se realice de nuevo ese maravilloso intercambio
de caridad en el que siempre salimos ganando. Nos levantaremos más ligeros y
alegres, con paz para nosotros mismos y para los demás.
De
ordinario, miramos a Dios como fuente y contenido de nuestra paz: consideración
verdadera, pero no exhaustiva. No solemos pensar, por ejemplo, que también
nosotros «podemos» consolar y ofrecer descanso a Dios. Así han procedido los
santos; como muchas personas procedieron con Jesús -Dios y Hombre- mientras
estuvo sobre esta tierra. Juan Pablo II recoge en su carta Dies Domini un texto
de san Ambrosio, donde -de forma indirecta- alude al consuelo y descanso de
Dios en la criatura: «Gracias pues a Dios Nuestro Señor que hizo una obra en la
que pudiera encontrar descanso. Hizo el cielo, pero no leo que allí haya
descansado; hizo las estrellas, la luna, el sol, y ni tan siquiera ahí leo que
haya descansado en ellos. Leo, sin embargo, que hizo al hombre y que entonces
descansó, teniendo en él uno al cual podía perdonar los pecados.
Evidentemente,
con nuestra devoción y nuestra piedad eucarística, tratamos al Maestro como
amigo, le acogemos en el alma. Una escena evangélica ayuda a reflexionar sobre
esta espléndida realidad de amor. En Betania, seis días antes de la Pascua, ofrecieron una cena
a Jesús. «Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él.
María, tomando una libra de perfume muy caro, de nardo puro, ungió los pies de
Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se llenó de la fragancia del
perfume» (Jn 12, 2-3).
Tres
hermanos pendientes del Señor: uno a su lado, comensal de la misma mesa; una,
sirviéndole; otra, ungiéndole. Compañía, servicio, amor. Este pasaje resume las
coordenadas de nuestra devoción eucarística. Bajo el velo de las especies
eucarísticas, Jesús se halla encerrado en el tabernáculo: «Cuando te acercas al
Sagrario -escribe san Josemaría piensa que ¡Él!... te espera desde hace veinte
siglos»20. Con nuestros detalles de cariño, con nuestras visitas al Santísimo,
podemos lograr que se sienta acompañado, lo mismo que cuando conversaba con
Lázaro; que se sienta servido con los cuidados de Marta, que dedicaba al
Maestro toda su competencia profesional de ama de casa; que se sienta amado con
la esplendidez de María, que no reparó en gastos ni en farisaicos escándalos.
Agradezcamos más esta posibilidad de ofrecer a Jesús sacramentado nuestro
corazón y nuestra Iglesia como una Betania constante, porque cultivemos
nosotros las disposiciones y las obras de aquellos tres hermanos.
No
hay aquí asomo de utopías, porque el Cristo del Sagrario es el mismo que caminó
por Palestina y que aquella tarde acudió a la mesa de Lázaro en Betania. Con
palabras de san Josemaría: «Para mí el Sagrario ha sido siempre Betania, el
lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde podemos contarle nuestras
preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías,
con la misma sencillez y naturalidad con que le hablaban aquellos amigos suyos,
Marta, María y Lázaro. Por eso, al recorrer las calles de alguna ciudad o de
algún pueblo, me da alegría descubrir, aunque sea de lejos, la silueta de una
iglesia; es un nuevo Sagrario, una ocasión más de dejar que el alma se escape
para estar con el deseo junto al Señor Sacramentado».
Descansar con Cristo
en la Misa, como
los discípulos de Meaux
La
palabra pascua, en hebreo, significa tránsito. En el evangelio de san Juan
(cfr. Jn 13, 1) alude a la hora de la pasión, muerte y glorificación del Señor.
Jesús dejaba su presencia sensible en la tierra, dejaba la compañía de los
suyos, y pasaba con su Humanidad Santísima a la derecha del Padre (cfr. Mc 16,
19). Dejaba la vida mortal para resucitar, tres días después, con una
existencia nueva, gloriosa y eterna. Su Pascua contiene su paso del dolor hacia
el gozo glorioso, de su trabajo a su descanso. Como afirma san Juan Damasceno,
recorre el tránsito de la tribulación de la cruz a la paz de la resurrección.
Nosotros
hemos de seguirle en ese itinerario, que se incoa durante la existencia terrena
y madura al final, cuando todo el camino ha sido una «pascua» vivida con el
Señor. Ir de este mundo al Padre admite muchas significaciones concretas:
depende de la situación espiritual de cada uno, de la senda que haya afrontado
y de lo que le falte aún por andar. San Máximo de Turín explica que la Pascua del Señor -su
muerte, su resurrección y su ascensión- suscita un movimiento ascendente de las
criaturas hacia Dios, que convierte al infiel hacia la fe, al pecador hacia la
gracia, al justo hacia la santidad, a los muertos hacia la vida, a los santos
hacia la gloria. En definitiva, significa siempre dar un nuevo paso en la
identificación plena con el Hijo de Dios crucificado y resucitado por nosotros,
un paso más hacia la casa del Padre.
¿Cómo
prepararnos para ir con Cristo de este mundo al Padre? Participando con intensa
piedad en el Sacrificio de la
Misa, sacramento de la Pascua del Señor que comunica esa misma Pascua a
quienes participan. La
Santa Misa nos consigue siempre impulsos y luces
sobrenaturales para avanzar en el camino de la fidelidad y del amor. Con esta
participación en el Sacrificio del altar -Pascua del Señor y pascua nuestra-
buscamos acompañar a Cristo en su muerte y resurrección: nos esforzamos en
obtener la gracia de morir con Él a nuestro yo, por la penitencia y el
sacrificio, para resucitar con Él por la gracia y las virtudes; queremos
convertirnos en almas que se ocupan de las cosas suyas, no de las nuestras, y
llegar así -cuando el Señor nos llame a su presencia- a dar el salto definitivo
y sentarnos con Él a la diestra del Padre.
Por
estos motivos, celebrar o participar en la Misa nos hace entrar en el descanso de Cristo;
descansar con Él después de haber trabajado por Él; recuperar fuerzas y volver
con nuevo empuje a la lucha interior, al trabajo, a hablar de Cristo a otros.
Como sucedió con aquellos dos que iban camino de Emaús (cfr. Lc, 24, 13-35).
Tras haber acompañado a Jesús durante su predicación, y tras el «fracaso» de la Cruz, retornaban cansados a
su casa, renunciaban a ser apóstoles. Pero invitan a Jesús, caminante
desconocido en esos momentos, a quedarse con ellos y descansar de la fatiga de
una jornada de camino.
«"Quédate
con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída" (cfr. Lc 24,
29). Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la
resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al
Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por
tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente
su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo "ardía"
su corazón (cfr. ibid. 32) mientras Él les hablaba "explicando" las
Escrituras. La luz de la
Palabra ablandaba la dureza de su corazón y "se les
abrieron los ojos" (cfr. ibid. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el
ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que
despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz.
"Quédate con nosotros", suplicaron, y Él aceptó. Poco después el
rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el
"pan partido", ante el cual se habían abierto sus ojos».
Así
escribía Juan Pablo II en la carta apostólica con la que proclamaba un tiempo
de especial culto eucarístico en la Iglesia. Y añadía: «El icono de los discípulos de
Emaús viene bien para orientar un Año en que la Iglesia estará dedicada
especialmente a vivir el misterio de la Santísima Eucaristía.
En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas
desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para
introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de
los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que
brota del "Pan de vida", con el cual Cristo cumple a la perfección su
promesa de "estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo"
(cfr. Mt 28, 20) ».
La
Iglesia,
Madre que conoce el corazón de los hombres, sabe bien que necesitamos
participar en la Pascua
del Señor, para pasar de la muerte a la vida, del cansancio de la lucha y de la
fatiga del trabajo al descanso y felicidad eternos. Por eso ha dispuesto
piadosamente que esa participación en la Misa sea obligatoria los domingos, el día de la
semana en que Jesús entró en su descanso. La pascua semanal ayuda a no
detenerse en la senda, pues ese parón podría ser preludio de desfallecimiento;
a no desorientarse confiriendo a las cosas de este mundo una importancia de la
que carecen, y negándosela en cambio a «las cosas del Padre». Con este programa
sencillo y eficaz la Iglesia
nos proporciona el reposo más profundo y radical: detenerse haciendo camino; y
nos evita caer en el espejismo de los reposos vanos.
Ese
interés de la Esposa
de Cristo por la fidelidad de sus hijos, para que cuiden y amen el paso del
Señor por su existencia y avancen con Él, se manifiesta incluso en las
oraciones de las Misas dominicales, en las que ruega instantemente al Señor por
su perseverancia, para que no dejen de discernir lo que aparta del Maestro y se
apliquen a lo que Él les pide. En los domingos del Tiempo Ordinario, por
ejemplo, suplica a Dios para sus hijos:
-«Luz
para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla»;
-«Una
vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas
obras en nombre de tu Hijo predilecto»;
-«Vivir
por tu gracia de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros»;
-«Vivir
fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la
verdad»;
-«La
verdadera alegría, para que quienes han sido librados de la esclavitud del
pecado alcancen también la felicidad eterna»;
-«La
luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen
camino»;
-«Los
dones de tu gracia, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren
fielmente en el cumplimiento de tu ley»;
-«Los
signos de tu misericordia para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos
sirvamos de los bienes pasajeros que podamos adherirnos a los eternos»;
-«Aumento
en los corazones del espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia
prometida»;
-«Tu
amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas,
consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo»;
-«El
amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las
vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera
alegría»;
-«El
amor de tu nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes
el bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves»;
-«Tu
gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del
cielo»;
-«Vivir
siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien,
consiste el gozo pleno y verdadero»26. En definitiva, la Iglesia urge a Dios para
que no abandone a sus hijos, que nos mire, que nos ayude constantemente, y que
lleguemos hasta el final con Él: «Señor, Tú que te has dignado redimirnos y has
querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que
cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia
eterna».
Vivir las fiestas y
los domingos con Dios
Pasar
el domingo con Dios significa ofrecerle también el tiempo del descanso. Otra
paradoja: que nuestra pobre generosidad le brinde consuelo.
Muchas
personas tienen tanto quehacer -así piensan, al menos- que no encuentran tiempo
para asistir a la Misa
dominical. En nuestra época, éste parece el principal obstáculo para pasar con
Dios los domingos y las fiestas de la Iglesia.
Descansar
supone cambiar de ocupación, de ambiente, de circunstancias relacionales, de
esfuerzo. En nuestro caso, significa también cambiar lo poco nuestro con lo
mucho de Dios: confiarle nuestras miserias y nuestras pequeñeces, para recibir
sus dones -el Cuerpo y la
Sangre de Cristo, el Espíritu Santo- causa infinita de
alegría y de paz. Ofrecerle nuestro tiempo para recibir su eternidad, que un
día nos alcanzará.
Ha
escrito Juan Pablo II: «Este es un día que constituye el centro mismo de la
vida cristiana. Si desde el principio de mi Pontificado no me ha cansado de
repetir: "¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas
a Cristo!", en esta misma línea quisiera hoy invitar a todos con fuerza a
descubrir de nuevo el domingo: ¡No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a
Cristo! Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para que él lo pueda iluminar y
dirigir. Él es quien conoce el secreto del tiempo y el secreto de la eternidad,
y nos entrega "su día" como un don siempre nuevo de su amor.
El
descubrimiento de este día es una gracia que se ha de pedir, no sólo para vivir
en plenitud las exigencias propias de la fe, sino también para dar una
respuesta concreta a los anhelos íntimos y auténticos de cada ser humano. El
tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo perdido, sino más bien ganado para
la humanización profunda de nuestras relaciones y de nuestra vida».
Sí,
salimos siempre ganando cuando damos al Señor los yugos nuestros y aceptamos el
que de Él nos viene. ¡Ojalá cada cristiano fuera consciente de que no puede
vivir sin el domingo! Esta expresión, recordaba Benedicto XVI, «nos remite al
año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena
de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir
lugares para sus asambleas. En Abitina, pequeña localidad de la actual Túnez,
49 cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de
Octavio Félix, celebraban la
Eucaristía desafiando así las prohibiciones imperiales. Tras
ser arrestados fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul
Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio
al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del
emperador. Respondió: "Sine dominico non possumus"; es decir, sin
reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos
vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no
sucumbir. Después de atroces torturas, estos 49 mártires de Abitina fueron
asesinados. Así, con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero
vencieron; ahora los recordamos en la gloria de Cristo resucitado.
»Sobre
la experiencia de los mártires de Abitina debemos reflexionar también nosotros,
cristianos del siglo XXI. Ni si quiera para nosotros es fácil vivir como
cristianos, aunque no existan esas prohibiciones del emperador. Pero, desde un
punto de vista espiritual, el mundo en el que vivimos, marcado a menudo por el
consumismo desenfrenado, por la indiferencia religiosa y por un secularismo
cerrado a la trascendencia, puede parecer un desierto no menos inhóspito que
aquel "inmenso y terrible" (Dt 8, 15) del que nos ha hablado la
primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio. En ese desierto, Dios
acudió con el don del maná en ayuda del pueblo hebreo en dificultad, para hacerle
comprender que "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de
todo lo que sale de la boca del Señor" (Dt 8, 3). En el evangelio de hoy,
Jesús nos ha explicado para qué pan Dios quería preparar al pueblo de la nueva
alianza mediante el don del maná. Aludiendo a la Eucaristía, ha dicho:
"Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres,
que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre" Un
6, 58). El Hijo de Dios, habiéndose hecho carne, podía convertirse en pan, y
así ser alimento para su pueblo, para nosotros, que estamos en camino en este
mundo hacia la tierra prometida del cielo.
»Necesitamos
este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. El domingo, día del
Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de él, que es el Señor de la
vida. Por tanto, el precepto festivo no es un deber impuesto desde afuera, un
peso sobre nuestros hombros. Al contrario, participar en la celebración
dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los
hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una
alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino
que debemos recorrer cada semana. or lo demás, no es un camino arbitrario: el
camino que Dios nos indica con su palabra va en la dirección inscrita en la
esencia misma del hombre. La palabra de Dios y la razón van juntas. Seguir la
palabra de Dios, estar con Cristo, significa para el hombre realizarse a sí
mismo; perderlo equivale a perderse a sí mismo.
»El
Señor no nos deja solos en este camino. Está con nosotros; más aún, desea
compartir nuestra suerte hasta identificarse con nosotros. En el coloquio que
acaba de referirnos el evangelio, dice: "El que come mi carne y bebe mi
sangre habita en mí y yo en él" (Jn 6, 56). ¿Cómo no alegrarse por esa
promesa?».
Pasar
cristianamente el domingo, con Cristo Señor nuestro, asegura al descanso su
dimensión festiva: no se queda en simple reposo de una fatiga física, sino que
asume el valor de conmemoración de acontecimientos que se sitúan en la propia
vida como origen de la felicidad actual. La creación, la alianza, la liberación
de la esclavitud, la ley, la resurrección gloriosa, Pentecostés... ¡Qué larga y
amable resulta la serie de maravillas divinas, de las que reavivamos la memoria
en el «Día del Señor»! Resuena entonces en el corazón del cristiano su amorosa
petición en aquella noche última: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19.
Nosotros realizamos un nuevo trueque y le decimos: «No te olvides de mí, Señor,
cuando venga mi hora, la hora de mi dolor y de mi tribulación; mi hora de pasar
de este mundo a la eternidad, cuando venga el último día, Día tremendo (cfr. Is
13, 6.9; Mal 4, 1; J12, 2; So 1, 15). Acuérdate de mí, Señor, que tantas veces te
he recibido en la
Sagrada Comunión, que te he acompañado junto al Sagrario, y
admíteme en tu reino "para que coma y beba a tu mesa" (Lc 22, 29)».
Cristo,
glorioso en el Santísimo Sacramento, escuchará nuestras plegarias, irá llenando
de paz y de alegría nuestros corazones, también en vistas de aquel trance, como
llenó de gozo y de serenidad a los Apóstoles el día de su resurrección: «¡La
paz con vosotros!» (Jn 20, 19. 21).