22 de diciembre de 2017

Sobre el descanso (Javier Echevarría)



Del libro "Eucaristía y vida cristiana"
de Mons. Javier Echevarría

(sobre el descanso)

VI. La Eucaristía y el descanso de los hijos de Dios
 Descansar en Dios: abandonar en Él nuestras preocupaciones
Descanso y filiación divina: la enseñanza de Jesús
Descansar en Dios: pedirle perdón como Zaqueo y perdonar
Descansar con Dios: entrar en su lógica de amor, y comprensión
La paz, perfección del descanso, fruto del trabajo
La paz, don de Dios
Hijos del Dios de la paz
Descansar junto al Sagrario como Jesús en Betania
Descansar con Cristo en la Misa, como los discípulos de Emaús
Vivir las fiestas y los domingos con Dios


«Todo tiene su momento, y hay un tiempo para cada cosa bajo el cielo: tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado (...), tiempo de destruir y tiempo de construir, tiempo de llorar y tiempo de reír (...)» (Qo 3, 1-4).

A la ley del trabajo humano sirve de contrapunto la necesidad del descanso. Se ha hecho notar que, en la música, tan importantes son los momentos ocupados por los sonidos como los reservados a las pausas. Algo parecido sucede en nuestra vida: es armónica si sabe distribuir con buen ritmo los tiempos de esfuerzo y los de reposo. Por eso, después de considerar la importancia del trabajo en la vida de un hijo de Dios, y de la relación que guarda con el alma eucarística, conviene recordar también cómo el descanso informa la conducta de un hijo de Dios y puede expresar su amor a Jesús sacramentado.
Dar a cada cosa su tiempo supone dar a cada tiempo su propia tarea. Es preciso ordenar las diversas actividades, si queremos que nuestro día produzca mucho fruto. Las personas necesitan reponer las fuerzas gastadas -físicas, psíquicas, espirituales- por la dedicación intensa al trabajo, y también resulta muy conveniente reservar algún espacio de la jornada o de la semana a actividades distintas de la habitual ocupación profesional, imprescindibles para atender debidamente a la familia, cultivar la amistad con otras personas, acrecentar la propia cultura; sin olvidar que los momentos de distensión permiten además pensar con calma y profundidad en el futuro -personal y de las personas queridas-, en el sentido de la vida presente, en lo que viene después de la existencia terrena. También interesa cambiar de vez en cuando las circunstancias en las que el hombre o la mujer se desenvuelven -en dependencia de las reales posibilidades de cada uno- acudiendo unas horas, o unos días, a otro lugar o a otro ambiente, para volver, renovados, a la situación corriente.
Resulta claro que no cabe vivir según todas las buenas y verdaderas exigencias de la persona humana, si se mantiene un ritmo frenético en la actividad profesional. Aprender a descansar con mesura articula de suyo una obligación que requiere tanta generosidad como la exigida por el trabajo y a veces, incluso más, pues en ocasiones pide un especial desprendimiento de los propios programas y una mayor disponibilidad para los planes y necesidades de los otros. Saber descansar, sin caer en el ocio, es ciencia que tiene mucho de sabiduría.
No quiero detenerme en consideraciones de carácter físico o psicológico, que un buen médico puede comentar mucho mejor; pero no paso adelante sin recordar algo que, aunque parece bien conocido, a veces se descuida. En bastantes ocasiones, la conducta o las reacciones inadecuadas de una persona que crea una situación familiar o laboral que llega al límite de lo soportable, se resuelve logrando que duerma lo suficiente, que siga un cierto orden en las comidas, que se asegure un poco más de distracción y recurra -si es preciso- a la oportuna medicación. Una vez mencionado esto, me detengo en las implicaciones espirituales del descanso humano, que tantas veces son las que más pesan y las que menos atención reciben, quizá porque no se afrontan, con valentía y sentido común, las dificultades concretas que se presentan.

Descansar en Dios: abandonar en Él nuestras preocupaciones

Jesucristo ha hablado mucho del descanso, y nada resulta más lógico, porque Él ha venido a traer paz a nuestra alma con su gracia, y salud definitiva a nuestro cuerpo en la resurrección final, de la que contemplamos el modelo y la causa en su resurrección gloriosa. Ha bajado a la tierra para librarnos de los fardos que nos pesan y de las preocupaciones que nos atenazan: los pecados, el miedo a la muerte, las asechanzas del demonio, la hinchazón de la soberbia, las punzadas de la envidia, los arrebatos de la ira; y también para despertar en nosotros tantos buenos deseos y la mucha capacidad que alberga nuestro corazón.
El Señor se refirió al descanso desde el primer instante de su predicación. San Lucas caracteriza el anuncio público comienzo de la buena nueva con ese tema. «Llegó a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró en la sinagoga el sábado, y se levantó para leer. Entonces le entregaron el libro del profeta Isaías y abriendo el libro, encontró el lugar donde estaba escrito: "El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, y para promulgar el año de gracia del Señor". Y enrollando el libro se lo devolvió al ministro, y se sentó. Todos en la sinagoga tenían fijos en él los ojos. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4, 16-21). Jesús redime a los hombres del peso de una conciencia culpable, porque perdona nuestros pecados; porque nos libra de la esclavitud del príncipe de este mundo, pues vence al maligno y porque nos ayuda a entender la carga de la pobreza, al declararla bienaventurada. Suprime toda opresión y ofrece a todos un tiempo de paz y de descanso, un tiempo jubilar.
También san Mateo pone muy pronto este argumento en los labios del Maestro. El primero de los largos discursos que recoge en su evangelio, se abre con las bienaventuranzas, en las que Jesús afronta todos los motivos de lamentación que amargan, o al menos nublan, la existencia de las personas: por una parte, la preocupación desordenada por la riqueza, por la alimentación y el vestido, por los conflictos con algunas personas; por otra, la preocupación general por la real consistencia de esta vida y la relación con los demás. Una y otra las resuelve el Señor, al denominar «feliz» la situación de quien es pobre de espíritu, de quien sufre persecución por la justicia, de quien es manso y casto, etc.
En el mismo discurso, como volviendo sobre esas realidades desde otro punto de vista, Jesús enseña a cuantos le oyen que no anden ansiosos tras la comida, el vestido o la casa; a todos nos exhorta a descansar en nuestro Padre que está en los cielos, a abandonar en su providencia apuros y preocupaciones, bien convencidos de que Él no se olvidará jamás de sus hijos ni los maltratará, tampoco en las cosas más materiales. Releamos, una vez más, sus palabras:
«No estéis preocupados por vuestra vida: qué vais a comer; o por vuestro cuerpo: con qué os vais a vestir. ¿Es que no vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su estatura? Y sobre el vestir, ¿por qué os preocupáis? Fijaos en los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan ni hilan, y yo os digo que ni Salomón en toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios la viste así, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? Así pues, no andéis preocupados diciendo: ¿qué vamos a comer, qué vamos a beber, con qué nos vamos a vestir? Por todas esas cosas se afanan los paganos. Bien sabe vuestro Padre celestial que de todo eso estáis necesitados» (Mt 6, 25-32).

Descanso y filiación divina: la enseñanza de Jesús

Al hablar del descanso auténtico, Jesús nos está enseñando a conducirnos como hijos de Dios. Lo mismo que un padre de la tierra se preocupa de la alimentación, del vestido, del desarrollo armónico de sus hijos, así Dios obra con nosotros; o, para expresarlo de modo más exacto, la paternidad en la tierra es un reflejo de la paternidad divina. Nos encontramos ante un aspecto de capital importancia para entender quién es nuestro Padre Dios y cómo nos trata. En grave error se caería al imaginarlo como un ser tremendo y lejano, que habita en el cielo infinito, desentendido de las criaturas que Él mismo ha puesto en la existencia. A pesar de que deseamos sinceramente comportarnos como cristianos, ese peligro nos ronda. «Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. -Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado.
»Y está como un Padre amoroso -a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos-, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando»1. Dios, que ha llamado a los hombres a la vida, continúa ocupándose de ellos, los sigue amorosamente, interviene constantemente para conducirlos al fin que se ha propuesto: acogerlos en la intimidad de su vida eterna, respetando su libertad y las otras características de su naturaleza, con que Él mismo ha decidido dotarles.
Las personas tendemos a resolver, exclusivamente por nuestra cuenta, los pequeños o grandes problemas diarios, si consideramos que su solución se halla a nuestro alcance. Nuestro sentido de responsabilidad -sin excluir quizá nuestro orgullo, nuestro deseo de afirmación personal- nos empuja a apretar los dientes y a esforzarnos para dejar todo bien resuelto; nos cuesta pedir ayuda a otros y sólo lo hacemos cuando no nos queda más remedio, alguna vez con vergüenza.
No recurramos a Dios sólo cuando la indigencia se demuestra demasiado grande: ante un peligro de muerte, en una enfermedad seria, cuando llega un verdadero descalabro económico, cuando sobreviene una catástrofe natural o un conflicto bélico. Acudamos al Padre celestial también en lo pequeño, en lo de cada día. Así, nuestras jornadas no se llenarán de preocupaciones y rencillas por cosas nimias, porque no estarán vacías de Dios, porque le habremos dejado entrar en nuestra existencia concreta y viviremos con Él nuestra aventura cotidiana: circunstancias todas que nos apuntan el modo de vivir como hijos suyos y de descansar en el Padre.
Un buen hijo trata con su padre de todo aquello que le preocupa a él y de todo aquello que interesa a su padre. Jesús nos invita a intercambiar con Dios las preocupaciones, porque así descansaremos: pasar de «estar encerrados en lo nuestro» (sepultados por las pequeñeces materiales y relacionales de cada día) a «estar en las cosas del Padre»; trocar la búsqueda de nuestra justificación, a toda costa y en todo lo que hacemos, por la búsqueda prioritaria del reino de Dios y de su justicia (cfr. Mt 6, 33). San Josemaría, basándose en su experiencia pastoral, empujaba a realizar ese trueque santo: «Es a veces corriente, incluso entre almas buenas, provocarse conflictos personales, que llegan a producir serias preocupaciones, pero que carecen de base objetiva alguna. Su origen radica en la falta de propio conocimiento, que conduce a la soberbia: el desear convertirse en el centro de la atención y de la estimación de todos, la inclinación a no quedar mal, el no resignarse a hacer el bien y desaparecer, el afán de seguridad personal. Y así muchas almas que podrían gozar de una paz maravillosa, que podrían gustar de un júbilo inmenso, por orgullo y presunción se transforman en desgraciadas e infecundas».

Descansar en Dios: pedirle perdón como Zaqueo y perdonar

«Descarga en Yahveh tu peso, y Él te sustentará; no dejará que para siempre zozobre el justo» (Sal 54, 23). Se zozobra con el desequilibrio de los pecados no perdonados, activos aún en el alma. Por eso, para descansar de veras, hay que mostrarse enteramente sinceros con Dios y pedirle perdón en el sacramento de la Reconciliación, que devuelve la tranquilidad y la paz del alma.
Las palabras del salmista se aplican, sin duda, a las pesadumbres y angustias por subsistir, por ir adelante; pero antes y más a fondo se refieren a las ofensas contra Dios, que roban la paz de la conciencia y sumen al alma en ansia por una felicidad entorpecida. A eso mismo nos exhortó Jesús en un momento de exultación en el Espíritu Santo, contemplando a su lado a las gentes sencillas y humildes; y viendo a distancia, con actitud de reserva, a los sabios y prudentes. «Venid a mí -dice-- todos los fatigados y agobiados, y Yo os aliviaré.
Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas» (Mt 11, 28-29).
Nos propone un intercambio: darle lo que nos pesa y tomar nosotros su carga. Saldremos ganando, «porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 30). Nos mueve a abandonar en El nuestra soberbia, que tantas fatigas nos procura, y a revestirnos su humildad, que permite considerar las cuestiones en su verdadera dimensión, sin exagerar las dificultades. A mudar nuestra ira y nuestra arrogancia, por su mansedumbre. Siempre un cambio a nuestro favor: cargamos sobre Él la opresión que nuestros vicios y pecados merecen, y conseguimos las virtudes y la paz que Él nos trae. Nos llama a canjear el desordenado amor propio, por ese amor de Dios que se entrega a todos; y entonces desaparece la fatiga del trabajo; o bien, si continúa, la criatura ahí precisamente se deleita, como resumió san Agustín con frase admirable: in eo quod amatur, aut non laboratur, aut et labor amatur3, cuando se ama de verdad, el trabajo no cuesta; y si cuesta, se ama. Lo experimentó Zaqueo, cuando acogió al Señor en su casa: cambió su riqueza material por la cercanía de Jesús. Prefirió recibirlo en el alma a continuar recogiendo dinero y defraudando a los pobres. Y llenó su vida de alegría y de paz (cfr. Lc 19, 1-10).
Las palabras del salmista y las que pronunció Jesús se refieren, además, a los pesos que con frecuencia llevamos dentro y que llamamos resentimientos, rencores, afanes de venganza. También esas cargas hay que abandonarlas en el Señor, porque fatigan al alma y la paralizan en su camino hacia Dios: quitemos esa mole de encima de nuestros hombros, perdonando de corazón a los que nos hayan agraviado. «En realidad, el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde la cruz: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc 23, 34).
»Así pues, el perdón tiene una raíz y una dimensión divinas. No obstante, esto no excluye que su valor pueda entenderse también a la luz de consideraciones basadas en razones humanas. La primera entre todas, es la que se refiere a la experiencia vivida por el ser humano cuando comete el mal. Entonces se da cuenta de su fragilidad y desea que los otros sean indulgentes con él. Por tanto, ¿por qué no tratar a los demás como uno desea ser tratado? Todo ser humano abriga en sí la esperanza de poder reemprender un camino de vida y no quedar para siempre prisionero de sus propios errores y de sus propias culpas. Sueña con poder levantar de nuevo la mirada hacia el futuro, para descubrir aún una perspectiva de confianza y compromiso».
Perdonar coincide siempre con descansar. Pero perdonar a veces no resulta fácil; en rigor, hemos de reconocer que los hombres con frecuencia no sabemos hacerlo; sólo Dios se muestra indulgente de modo perfecto, porque perdona todo y siempre a quien implora su gracia: manifiesta su omnipotencia justamente con su misericordia hacia nosotros. Se ha hecho habitual, desgraciadamente, la postura de que se debe perdonar, pero que no se debe olvidar. Sin negar lo evidente -el valor de la experiencia-, hemos de exigirnos con sinceridad para no excusarnos y continuar con el alma cargada de viejas pendencias, de listas de agravios, que impiden volar alto hacia Dios.
Jesús, desde el principio de su predicación, en el sermón del monte que nos transmite san Mateo, enseña claramente que un hijo de Dios perdona a quienes le han ofendido. Su ser y su sentido de la filiación divina están estrechamente ligados a la certeza de la misericordia con que Dios le trata, y le impulsa, en consecuencia, otorgar gustosamente el perdón a los demás.
Para que nos quedara claro este punto, Jesús afrontó el escándalo de los fariseos cuando perdonó al paralítico sus pecados (cfr. Mt 9, 1-8) y cuando se sentó a comer con los pecadores en casa de Leví (cfr. Mt 9, 10-13). Dijo a Pedro y a los otros Apóstoles que tendrían que perdonar siempre a sus hermanos, y les explicó la razón: más debe cada uno de vosotros a Dios, más os ha sido perdonado (cfr. Mt 18, 21-35). Declaró bienaventurados a los misericordiosos porque alcanzarán misericordia, yendo así contracorriente en un ambiente vengativo y duro con los débiles y los derrotados (cfr. Mt 5, 7).
El Señor insistió reiteradamente en este punto. Insistió, porque conocía la dificultad del hombre para entenderlo, para asimilarlo; y porque resulta fundamental para acoger el don de la filiación divina, íntimamente vinculado con el de la fraternidad sobrenatural. Explica san Agustín que no recibirá la herencia del Señor quien rechace el testamento de la paz; no puede estar en concordia con Cristo quien se obstina en permanecer en discordia con el cristiano5. Perdona quien se siente hijo y se sabe perdonado; quien mira al otro como a un hermano, otro hijo del mismo Padre. Lo había enseñado claramente el apóstol Juan: «Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de Él este mandamiento: quien ama a Dios, que ame también a su hermano» (1 Jn 4, 20-21).
Cristo no se cansó de inculcar la misericordia y el perdón, hasta el punto de equiparar la perfección espiritual, la santidad, con la capacidad de perdonar y usar misericordia con los demás. «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará; echarán en vuestro regazo una buena medida, apretada, colmada, rebosante: porque con la misma medida que midáis, seréis medidos» (Lc 6, 36-38).De ese modo nos anima a que no cerremos ni endurezcamos nuestro corazón ante las imperfecciones y defectos ajenos. «Nadie podrá dar nada a nadie, si antes no lo ha dado a sí mismo. Así, tras haber obtenido misericordia y abundancia de justicia, el cristiano empieza a tener compasión de los infelices y empieza a rezar por los pecadores. Se vuelve misericordioso incluso hacia sus enemigos. Se prepara, con esta bondad, una buena reserva de misericordia para la llegada del Señor».

Descansar con Dios: entrar en su lógica de amor, y comprensión

En la dificultad para la comprensión y la compasión, influye también la ignorancia de las propias culpas: cuando no se reconocen los pecados personales, se descubren sólo las faltas de los demás y se les acusa sin piedad, como quedó patente en el episodio de la mujer adúltera (cfr. Jn 8, 1-11). Únicamente el Hijo de Dios, inocente, se compadeció de aquella desgraciada y la perdonó, diciéndole que no pecara más. Explicaba un Padre de la Iglesia: «Si tú, hombre, no puedes vivir sin pecado y por eso buscas el perdón, perdona siempre; perdona en la medida y cuantas veces quieras ser perdonado. Ya que deseas serlo totalmente, perdona todo y piensa que, perdonando a los demás, a ti mismo te perdonas»7. En cambio, en la facilidad para perdonar, para comprender, influye el amor. Quien sabe querer de verdad está inclinado a perdonar a quienes ama. La ciencia de la caridad es ciencia de perdón; y viceversa. San Josemaría lo explicó muy frecuentemente con frase lapidaria, que impresiona por su sencillez y transparencia, vibrante de sinceridad: «Yo no he necesitado aprender a perdonar, porque Dios me ha enseñado a querer»8. Lo conocen bien y lo han experimentado los padres que quieren muy a fondo a sus hijos: no necesitan esforzarse por perdonar, después de alguna fechoría, o cuando regresan a casa tras haberse alejado. Como el padre de la parábola narrada por Jesús, se adelantan a abrazarlos, a hablar con ellos, a hacer fiesta por el retorno del hijo que se había perdido (cfr. Lc 15, 21-24).
Muy expresiva al respecto es también la segunda parte de la parábola. El hijo mayor no entiende el gozo de su padre y no quiere participar en la fiesta, porque no sabe perdonar. Su corazón guarda rencor y desprecio al hermano que se había marchado, y además manifiesta cierto resentimiento hacia su padre; lo considera reo de no haberle regalado un cabrito para organizar fiestas con sus amigos. Cabe afirmar que no se siente de verdad ni hijo ni hermano, conserva en su corazón agravios -falsos agravios, en este caso- que le impiden sumarse al festejo, al descanso en la casa paterna.
Descansar en Dios significa, ni más ni menos, participar del descanso del Señor: ahí se halla el verdadero reposo de los hijos de Dios. Y entraña también descansar con Dios, reposar en la casa paterna: entrar en su gozo, llenarse de su alegría.
El discípulo llegará a esa plenitud al final de su paso fiel por esta tierra, después de gastar sus días con un trabajo realizado por amor, poniendo todo su ingenio y todo su esfuerzo en el servicio de los intereses de su Señor, que es al mismo tiempo su Padre y le espera (cfr. Mt 25, 21 y 23); pero esto no supone que aquí abajo no se presente ya ese don, pues la misma historia humana demuestra que los hombres y mujeres que caminan en paz con su Señor, gustan ya del gozo y la paz que el mundo no puede ofrecer.
Descansar con Dios es un regalo inmerecido; por eso, hay que pedirlo. Jesús nos ha enseñado a solicitarlo en la quinta petición del Padrenuestro, cuando decimos a Dios que nos perdone y nos ayude a perdonar. Pero también cabe suplicarlo de otro modo; por ejemplo, relacionando este descanso con la paz que nos prepara el Señor, como rezaba san Agustín. «Señor Dios, danos la paz, puesto que nos has dado todas las cosas; la paz del descanso, la paz del sábado, la paz sin tarde. Porque todo este orden hermosísimo de "cosas muy buenas", concluidos sus modos, ha de pasar: por eso se hizo en ellas "mañana y tarde". Mas el día séptimo no tiene "tarde", ni ocaso, porque lo santificaste para que durase eternamente, a fin de que así como tú descansaste el día séptimo después de tantas obras "sumamente buenas" como hiciste (...), también nosotros, después de nuestras obras "muy buenas", porque Tú nos las has donado, descansaremos en ti el sábado de la vida eterna».

La paz, perfección del descanso, fruto del trabajo

La verdadera paz define la perfección del descanso: con la superación de la lucha entre el hombre viejo y el hombre nuevo; con el orden en la tensión entre lo interior y lo exterior de la persona; con la falta de tristeza al comprobar nuestras limitaciones; con no abatirse por la fatiga en la actividad y en la prosecución del bien. San Agustín la presenta como «serenidad de mente, tranquilidad de ánimo, sencillez de corazón, vínculo de amor, consorcio de caridad». Efectivamente todos ansiamos, y es lógico, no tener que guerrear ni librar más batallas contra nada ni contra nadie; llegar a una paz completa, estable, eterna; una paz a la que no escape la consecución de las rectas exigencias, y en la que ningún temor inquiete y ningún enemigo amenace.
Pero un descanso así no se alcanza en este mundo, como bien explica santo Tomás: «La verdadera paz es doble. Una es la paz perfecta, que consiste en el gozo del Sumo Bien, cuando todas las inclinaciones se funden aquietándose en un único objeto; y éste es el fin último del hombre. Y hay una paz imperfecta, que es la única posible en este mundo, pues incluso cuando todos los movimientos del alma se dirigen a Dios, se dan siempre otros elementos que turban esa paz dentro y fuera»; también para que anhelemos más, siempre y en todo, la posesión definitiva del Señor.
Mientras la historia siga su curso, habrá que pelear siempre: ninguna virtud se puede dar por definitivamente conquistada, siempre habrá que velar por la concordia adquirida. La vida del hombre en la tierra, como advirtió Job, es milicia, nuestros días evolucionan como los del jornalero (cfr. Job 7, 1); la paz interior y la exterior requieren siempre cuidado y esfuerzo.
Muchos autores espirituales han comentado la parábola evangélica del hombre cuyos negocios iban muy bien. Imaginó que había alcanzado gran bienestar, que podía prescindir completamente del trabajo y abandonarse al ocio, y se preguntaba: «¿Qué haré, pues no tengo donde guardar mi cosecha? Y dijo: esto haré: voy a destruir mis graneros, y construiré otros mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces diré a mi alma: alma, ya tienes muchos bienes almacenados para muchos años. Descansa, come, bebe, pásalo bien. Pero Dios le dijo: Insensato, esta misma noche te reclaman el alma; lo que has preparado, ¿para quién será? Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lc 12, 17-21).
El pecado de este hombre no es sólo de poltronería: proyecta, hace cálculos, piensa en construir nuevos graneros para almacenar la abundante cosecha. Pero no para los demás, sólo para sí; desconoce el agradecimiento al Cielo y la necesidad fraterna de socorrer a los indigentes, atento exclusivamente a satisfacer su pereza y su afán de goces. San Ambrosio comenta el pasaje con estas palabras: «En vano congrega medios que no sabe si usará; no son nuestras las cosas que no podemos llevar con nosotros: sólo la virtud es compañera de los difuntos; sólo la misericordia viene con nosotros, ella es la que compra para los difuntos las estancias eternas».
La paz de aquí abajo se construye mediante el trabajo rectamente ordenado. A propósito de la séptima bienaventuranza, san Jerónimo observa que la paz se alcanza si se trabaja por conseguirla: el hombre recibe este don de Dios cuando lo busca, no sólo con palabras, sino con obras; cuando lo persigue primero en sí mismo, luego con los demás. Dios bendice con su gracia el esfuerzo para mantener la concordia y la paz entre todos, o para recomponerla; y también bendice el trabajo en toda su amplitud, cuando está ordenado a su gloria y al bienestar del prójimo, cuando se realiza por amor y con amor. Una tarea así es camino eficaz para dar paz a cada persona y a la comunidad humana; en realidad, podríamos decir que abre el único camino, la vía necesaria para vivificar la existencia personal y los ambientes. En este sentido dice el profeta que «la paz es fruto de la justicia» (Is 32, 17), del trabajo realizado con perfección humana y sobrenatural.

La paz, don de Dios

La paz es un don divino; siempre y en todas las religiones se han elevado rogativas a la divinidad para que otorgara este bien. Y, al repasar la Historia, fácilmente se comprende que la paz se queda en una mera utopía, si la hacemos depender de nuestra conducta y de nuestras fuerzas. Cuando no se permite la intervención de Dios, no se alcanza ni personal ni socialmente la verdadera «relativa» paz que se puede gozar en este mundo, preparatoria de la que se nos reserva en el «más allá», cuando el Señor, por su misericordia, nos introducirá en su eterno reposo.
Todo esto nos consta por la revelación divina. Pero Jesús no se ha limitado a decirnos dónde podemos encontrar el descanso y cómo; ya ahora nos concede participar de su paz con su Filiación divina, que nos ha ganado con su sacrificio redentor, identificándose con la voluntad de su Padre. Nos la entregó -en los Apóstoles- la última noche antes de morir en la Cruz, cuando señaló: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14, 27). Y en la línea de la explicación de san Agustín, podemos entender en estas palabras que el Señor nos deja la paz, porque permanece con nosotros en el mundo -sobre todo, en la Eucaristía- pues «Él es nuestra paz» (Ef 2, 14). Permanece con nosotros, como paz nuestra, para fortalecernos en la pelea contra los enemigos y dificultades interiores y exteriores; y nos da su paz, porque ya nos ofrece su amistad, de la que gozaremos plenamente en la gloria, cuando Dios mismo «enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni fatiga, porque todo lo anterior ya pasó» (Ap 21, 4)14.
La paz de su victoria en la Cruz, nos la transmitió al resucitar. Así saludó a los Apóstoles al aparecerse a ellos: «La paz sea con vosotros» (Jn 20, 21). Les anuncia la paz de su perdón incondicional a las flaquezas de los discípulos; la paz de su gracia y de su amistad, que supera toda distancia y toda distinción, pues Él la concede sin acepción alguna de personas; la paz de su amor de Hijo, que nos llega a través de ese hacerse presente, en la Eucaristía, sacrificio de la paz y de la liberación del pecado.
También nos ha entregado la paz del Paráclito, cuando manifestó aquel mismo día a los Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos» (Jn 20, 22-23); paz del consuelo que, desde entonces, ha acompañado siempre a los discípulos del Maestro en medio de tantas aflicciones y dificultades.

Hijos del Dios de la paz

El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo es el Dios de la paz. Para evitar malentendidos y equívocos, Jesús lo predicó desde el primer momento, en la séptima bienaventuranza: «Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5, 9). Con los Padres de la Iglesia, también nosotros nos podemos preguntar qué relación existe entre la paz y la filiación divina. Ellos nos ofrecen dos tipos de respuesta.
San Cromacio de Aquileya la explica así: «Grande es la dignidad de cuantos se afanan por la paz, pues son considerados hijos de Dios. Es un bien seguro restablecer la paz entre hermanos que se llaman a juicio por cuestiones de interés, de vanagloria o de rivalidad. Pero esto no merece más que una modesta recompensa (...). Hemos de darnos cuenta de que existe una obra de paz de mejor calidad y más sublime: me refiero a la que, mediante una asidua enseñanza, lleva la paz a los paganos, enemigos de Dios; la que corrige a los pecadores y mediante la penitencia, los reconcilia con Dios (...). Tales obradores de paz no son sólo bienaventurados, sino bien dignos de ser llamados hijos de Dios. Por haber imitado al mismo Hijo de Dios, Cristo, al que el Apóstol llama "nuestra paz y nuestra reconciliación" (Ef 2, 14-16; 2 Cor 5, 18-19), se les concede participar de su nombre». San Juan Crisóstomo también considera que es lógico y justo llamar hijos de Dios a cuantos no sólo procuran la amistad de sus hermanos, sino que también se esfuerzan por convocar los enemistados a la paz entre sí, pues así actuó el Unigénito cuando vino a esta tierra: unir lo que estaba separado, congregar lo disperso.
Esta primera explicación considera a los pacíficos en su actividad exterior: son hijos de Dios porque trabajan por la paz, siembran la paz, como hizo sobre esta tierra el Hijo de Dios encarnado.
San Agustín sigue otra línea: en paz está lo que no repugna a la Voluntad de Dios; por eso, son llamados hijos de Dios aquellos que quieren siempre lo que quiere Dios, sin resistir a su Voluntad". Esta explicación pone de relieve que la plena identificación con la Voluntad de Dios, que causa la paz del cristiano, avanza íntimamente relacionada con su participación en la Filiación divina de Jesús. La conducta filial de Cristo se manifestaba en obras de obediencia y unión a Dios Padre. La relación filial de Jesús con su Padre contenía una relación de constante referencia, de mutuo mirarse unificante, que se reflejaba en todo su comportamiento. La voluntad de su Padre le movía en todo momento y motivaba radicalmente sus acciones: «Mi juicio es justo porque no busco mi voluntad, sino la Voluntad del que me ha enviado» Un 5, 30).
Esta segunda respuesta pone de relieve que los hijos de Dios son pacíficos porque obedecen a su Padre, se identifican con lo que El quiere; saben que «todo concurre al bien de los que le aman» (Rm 8, 28); por eso, todo cuanto sucede les sirve para acrecentar su amor a Dios y a los demás por Dios; y lo desean, precisamente porque a eso apunta la Voluntad divina.
Las dos respuestas son conciliables; resaltan aspectos complementarios porque, efectivamente, el cristiano tiene paz cuando trabaja por la paz, pues desempeña su labor pensando en Dios y en los demás; por eso mismo, puede recibir la paz y darla a otros. Su descanso espiritual, su estar en armonía con Dios, le convierte en sembrador de paz.
Vivir la paz y sembrar la paz: así cabe resumir la vida de un buen hijo de Dios. Se muestran como hijos de Dios los que imitan a su Padre, el Dios de la paz, fuente eterna de infinita paz; se conforman con Cristo, el príncipe de la paz; y acogen al Espíritu Santo, vínculo de unión y de paz. Viven y transmiten una paz que crece junto a su regeneración espiritual, a su intimidad con la Santísima Trinidad; y la recuperan -cuando la han perdido- acudiendo al sacramento de la Reconciliación con Dios y con la Iglesia. Esta paz aumenta en sus almas y la difunden a su alrededor en la medida en que se identifican con Jesucristo realmente presente en la Eucaristía.

Descansar junto al Sagrario como Jesús en Betania

El Maestro se preocupa de nuestro descanso y de nuestra paz, porque nos ama. También ahora, desde el Sagrario, se propone como buen pastor que ofrece reposo a nuestra alma y a nuestro cuerpo -en la medida señalada por la providencia-, de modo análogo a como se interesaba por el descanso espiritual y físico de los discípulos durante su paso por la tierra.
Narra san Marcos que, al regresar de su primera misión, «reunidos los Apóstoles con Jesús, le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Y les dice: "Venid vosotros solos a un lugar apartado, y descansad un poco". Porque eran muchos los que iban y venían, y ni siquiera tenían tiempo para comer. Se marcharon, pues, en la barca a un lugar apartado ellos solos» (Mc 6, 30-32).
Vemos aquí otra manifestación más de la preocupación de Cristo por quienes le siguen; en esta ocasión, por su descanso físico. La ocasión, sin embargo, le sirve para enseñar un detalle muy importante: para descansar, no basta abandonar filialmente nuestros cuidados en el Padre, ni sabernos perdonados y perdonar; para gustar la paz profunda es necesario permanecer físicamente cerca de Jesús.
También nosotros, muchas veces, necesitaremos descansar gustando de la presencia real del Señor en el tabernáculo, distanciándonos (unas horas, algunos días) de las ocupaciones habituales para hablar más tranquilamente con El, como los Apóstoles en aquella ocasión. Nos acercaremos al Sagrario, donde Él se ha quedado a nuestra disposición, para satisfacer esa urgencia de conversar más a solas con el Maestro en el sosiego de su cariño, en su comprensión, en su palabra. A este propósito, el Papa Juan Pablo II escribía: «Es hermoso estar con Él y reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cfr. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el "arte de la oración", ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!».
¡Con qué frecuencia convendrá que dejemos la comodidad de nuestra casa para pasar un rato físicamente cerca de Jesús en una iglesia, quizá fría en invierno, o calurosa en verano! O bien alargar el trayecto de regreso al hogar, después del trabajo, para saludar sin prisa al Santísimo Sacramento. Quizá sean pocos minutos, porque nuestros deberes no nos permiten permanecer más tiempo. Pero esos breves instantes bastan para que el alma abandone en el Corazón de Jesús las preocupaciones que arrastra, y se realice de nuevo ese maravilloso intercambio de caridad en el que siempre salimos ganando. Nos levantaremos más ligeros y alegres, con paz para nosotros mismos y para los demás.
De ordinario, miramos a Dios como fuente y contenido de nuestra paz: consideración verdadera, pero no exhaustiva. No solemos pensar, por ejemplo, que también nosotros «podemos» consolar y ofrecer descanso a Dios. Así han procedido los santos; como muchas personas procedieron con Jesús -Dios y Hombre- mientras estuvo sobre esta tierra. Juan Pablo II recoge en su carta Dies Domini un texto de san Ambrosio, donde -de forma indirecta- alude al consuelo y descanso de Dios en la criatura: «Gracias pues a Dios Nuestro Señor que hizo una obra en la que pudiera encontrar descanso. Hizo el cielo, pero no leo que allí haya descansado; hizo las estrellas, la luna, el sol, y ni tan siquiera ahí leo que haya descansado en ellos. Leo, sin embargo, que hizo al hombre y que entonces descansó, teniendo en él uno al cual podía perdonar los pecados.
Evidentemente, con nuestra devoción y nuestra piedad eucarística, tratamos al Maestro como amigo, le acogemos en el alma. Una escena evangélica ayuda a reflexionar sobre esta espléndida realidad de amor. En Betania, seis días antes de la Pascua, ofrecieron una cena a Jesús. «Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él. María, tomando una libra de perfume muy caro, de nardo puro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se llenó de la fragancia del perfume» (Jn 12, 2-3).
Tres hermanos pendientes del Señor: uno a su lado, comensal de la misma mesa; una, sirviéndole; otra, ungiéndole. Compañía, servicio, amor. Este pasaje resume las coordenadas de nuestra devoción eucarística. Bajo el velo de las especies eucarísticas, Jesús se halla encerrado en el tabernáculo: «Cuando te acercas al Sagrario -escribe san Josemaría piensa que ¡Él!... te espera desde hace veinte siglos»20. Con nuestros detalles de cariño, con nuestras visitas al Santísimo, podemos lograr que se sienta acompañado, lo mismo que cuando conversaba con Lázaro; que se sienta servido con los cuidados de Marta, que dedicaba al Maestro toda su competencia profesional de ama de casa; que se sienta amado con la esplendidez de María, que no reparó en gastos ni en farisaicos escándalos. Agradezcamos más esta posibilidad de ofrecer a Jesús sacramentado nuestro corazón y nuestra Iglesia como una Betania constante, porque cultivemos nosotros las disposiciones y las obras de aquellos tres hermanos.
No hay aquí asomo de utopías, porque el Cristo del Sagrario es el mismo que caminó por Palestina y que aquella tarde acudió a la mesa de Lázaro en Betania. Con palabras de san Josemaría: «Para mí el Sagrario ha sido siempre Betania, el lugar tranquilo y apacible donde está Cristo, donde podemos contarle nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos, nuestras ilusiones y nuestras alegrías, con la misma sencillez y naturalidad con que le hablaban aquellos amigos suyos, Marta, María y Lázaro. Por eso, al recorrer las calles de alguna ciudad o de algún pueblo, me da alegría descubrir, aunque sea de lejos, la silueta de una iglesia; es un nuevo Sagrario, una ocasión más de dejar que el alma se escape para estar con el deseo junto al Señor Sacramentado».

Descansar con Cristo en la Misa, como los discípulos de Meaux

La palabra pascua, en hebreo, significa tránsito. En el evangelio de san Juan (cfr. Jn 13, 1) alude a la hora de la pasión, muerte y glorificación del Señor. Jesús dejaba su presencia sensible en la tierra, dejaba la compañía de los suyos, y pasaba con su Humanidad Santísima a la derecha del Padre (cfr. Mc 16, 19). Dejaba la vida mortal para resucitar, tres días después, con una existencia nueva, gloriosa y eterna. Su Pascua contiene su paso del dolor hacia el gozo glorioso, de su trabajo a su descanso. Como afirma san Juan Damasceno, recorre el tránsito de la tribulación de la cruz a la paz de la resurrección.
Nosotros hemos de seguirle en ese itinerario, que se incoa durante la existencia terrena y madura al final, cuando todo el camino ha sido una «pascua» vivida con el Señor. Ir de este mundo al Padre admite muchas significaciones concretas: depende de la situación espiritual de cada uno, de la senda que haya afrontado y de lo que le falte aún por andar. San Máximo de Turín explica que la Pascua del Señor -su muerte, su resurrección y su ascensión- suscita un movimiento ascendente de las criaturas hacia Dios, que convierte al infiel hacia la fe, al pecador hacia la gracia, al justo hacia la santidad, a los muertos hacia la vida, a los santos hacia la gloria. En definitiva, significa siempre dar un nuevo paso en la identificación plena con el Hijo de Dios crucificado y resucitado por nosotros, un paso más hacia la casa del Padre.
¿Cómo prepararnos para ir con Cristo de este mundo al Padre? Participando con intensa piedad en el Sacrificio de la Misa, sacramento de la Pascua del Señor que comunica esa misma Pascua a quienes participan. La Santa Misa nos consigue siempre impulsos y luces sobrenaturales para avanzar en el camino de la fidelidad y del amor. Con esta participación en el Sacrificio del altar -Pascua del Señor y pascua nuestra- buscamos acompañar a Cristo en su muerte y resurrección: nos esforzamos en obtener la gracia de morir con Él a nuestro yo, por la penitencia y el sacrificio, para resucitar con Él por la gracia y las virtudes; queremos convertirnos en almas que se ocupan de las cosas suyas, no de las nuestras, y llegar así -cuando el Señor nos llame a su presencia- a dar el salto definitivo y sentarnos con Él a la diestra del Padre.
Por estos motivos, celebrar o participar en la Misa nos hace entrar en el descanso de Cristo; descansar con Él después de haber trabajado por Él; recuperar fuerzas y volver con nuevo empuje a la lucha interior, al trabajo, a hablar de Cristo a otros. Como sucedió con aquellos dos que iban camino de Emaús (cfr. Lc, 24, 13-35). Tras haber acompañado a Jesús durante su predicación, y tras el «fracaso» de la Cruz, retornaban cansados a su casa, renunciaban a ser apóstoles. Pero invitan a Jesús, caminante desconocido en esos momentos, a quedarse con ellos y descansar de la fatiga de una jornada de camino.
«"Quédate con nosotros, Señor, porque atardece y el día va de caída" (cfr. Lc 24, 29). Ésta fue la invitación apremiante que, la tarde misma del día de la resurrección, los dos discípulos que se dirigían hacia Emaús hicieron al Caminante que a lo largo del trayecto se había unido a ellos. Abrumados por tristes pensamientos, no se imaginaban que aquel desconocido fuera precisamente su Maestro, ya resucitado. No obstante, habían experimentado cómo "ardía" su corazón (cfr. ibid. 32) mientras Él les hablaba "explicando" las Escrituras. La luz de la Palabra ablandaba la dureza de su corazón y "se les abrieron los ojos" (cfr. ibid. 31). Entre la penumbra del crepúsculo y el ánimo sombrío que les embargaba, aquel Caminante era un rayo de luz que despertaba la esperanza y abría su espíritu al deseo de la plena luz. "Quédate con nosotros", suplicaron, y Él aceptó. Poco después el rostro de Jesús desaparecería, pero el Maestro se había quedado veladamente en el "pan partido", ante el cual se habían abierto sus ojos».
Así escribía Juan Pablo II en la carta apostólica con la que proclamaba un tiempo de especial culto eucarístico en la Iglesia. Y añadía: «El icono de los discípulos de Emaús viene bien para orientar un Año en que la Iglesia estará dedicada especialmente a vivir el misterio de la Santísima Eucaristía. En el camino de nuestras dudas e inquietudes, y a veces de nuestras amargas desilusiones, el divino Caminante sigue haciéndose nuestro compañero para introducirnos, con la interpretación de las Escrituras, en la comprensión de los misterios de Dios. Cuando el encuentro llega a su plenitud, a la luz de la Palabra se añade la que brota del "Pan de vida", con el cual Cristo cumple a la perfección su promesa de "estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo" (cfr. Mt 28, 20) ».
La Iglesia, Madre que conoce el corazón de los hombres, sabe bien que necesitamos participar en la Pascua del Señor, para pasar de la muerte a la vida, del cansancio de la lucha y de la fatiga del trabajo al descanso y felicidad eternos. Por eso ha dispuesto piadosamente que esa participación en la Misa sea obligatoria los domingos, el día de la semana en que Jesús entró en su descanso. La pascua semanal ayuda a no detenerse en la senda, pues ese parón podría ser preludio de desfallecimiento; a no desorientarse confiriendo a las cosas de este mundo una importancia de la que carecen, y negándosela en cambio a «las cosas del Padre». Con este programa sencillo y eficaz la Iglesia nos proporciona el reposo más profundo y radical: detenerse haciendo camino; y nos evita caer en el espejismo de los reposos vanos.
Ese interés de la Esposa de Cristo por la fidelidad de sus hijos, para que cuiden y amen el paso del Señor por su existencia y avancen con Él, se manifiesta incluso en las oraciones de las Misas dominicales, en las que ruega instantemente al Señor por su perseverancia, para que no dejen de discernir lo que aparta del Maestro y se apliquen a lo que Él les pide. En los domingos del Tiempo Ordinario, por ejemplo, suplica a Dios para sus hijos:
-«Luz para conocer tu voluntad y la fuerza necesaria para cumplirla»;
-«Una vida según tu voluntad, para que podamos dar en abundancia frutos de buenas obras en nombre de tu Hijo predilecto»;
-«Vivir por tu gracia de tal manera que merezcamos tenerte siempre con nosotros»;
-«Vivir fuera de las tinieblas del error y permanecer siempre en el esplendor de la verdad»;
-«La verdadera alegría, para que quienes han sido librados de la esclavitud del pecado alcancen también la felicidad eterna»;
-«La luz de tu verdad a los que andan extraviados para que puedan volver al buen camino»;
-«Los dones de tu gracia, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren fielmente en el cumplimiento de tu ley»;
-«Los signos de tu misericordia para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros que podamos adherirnos a los eternos»;
-«Aumento en los corazones del espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida»;
-«Tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo»;
-«El amor a tus preceptos y la esperanza en tus promesas, para que, en medio de las vicisitudes del mundo, nuestros corazones estén firmes en la verdadera alegría»;
-«El amor de tu nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes el bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves»;
-«Tu gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del cielo»;
-«Vivir siempre alegres en tu servicio, porque en servirte a ti, creador de todo bien, consiste el gozo pleno y verdadero»26. En definitiva, la Iglesia urge a Dios para que no abandone a sus hijos, que nos mire, que nos ayude constantemente, y que lleguemos hasta el final con Él: «Señor, Tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna».

Vivir las fiestas y los domingos con Dios

Pasar el domingo con Dios significa ofrecerle también el tiempo del descanso. Otra paradoja: que nuestra pobre generosidad le brinde consuelo.
Muchas personas tienen tanto quehacer -así piensan, al menos- que no encuentran tiempo para asistir a la Misa dominical. En nuestra época, éste parece el principal obstáculo para pasar con Dios los domingos y las fiestas de la Iglesia.
Descansar supone cambiar de ocupación, de ambiente, de circunstancias relacionales, de esfuerzo. En nuestro caso, significa también cambiar lo poco nuestro con lo mucho de Dios: confiarle nuestras miserias y nuestras pequeñeces, para recibir sus dones -el Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Espíritu Santo- causa infinita de alegría y de paz. Ofrecerle nuestro tiempo para recibir su eternidad, que un día nos alcanzará.
Ha escrito Juan Pablo II: «Este es un día que constituye el centro mismo de la vida cristiana. Si desde el principio de mi Pontificado no me ha cansado de repetir: "¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!", en esta misma línea quisiera hoy invitar a todos con fuerza a descubrir de nuevo el domingo: ¡No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo! Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para que él lo pueda iluminar y dirigir. Él es quien conoce el secreto del tiempo y el secreto de la eternidad, y nos entrega "su día" como un don siempre nuevo de su amor.
El descubrimiento de este día es una gracia que se ha de pedir, no sólo para vivir en plenitud las exigencias propias de la fe, sino también para dar una respuesta concreta a los anhelos íntimos y auténticos de cada ser humano. El tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de nuestras relaciones y de nuestra vida».
Sí, salimos siempre ganando cuando damos al Señor los yugos nuestros y aceptamos el que de Él nos viene. ¡Ojalá cada cristiano fuera consciente de que no puede vivir sin el domingo! Esta expresión, recordaba Benedicto XVI, «nos remite al año 304, cuando el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, poseer las Escrituras, reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía y construir lugares para sus asambleas. En Abitina, pequeña localidad de la actual Túnez, 49 cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía desafiando así las prohibiciones imperiales. Tras ser arrestados fueron llevados a Cartago para ser interrogados por el procónsul Anulino. Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: "Sine dominico non possumus"; es decir, sin reunirnos en asamblea el domingo para celebrar la Eucaristía no podemos vivir. Nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir. Después de atroces torturas, estos 49 mártires de Abitina fueron asesinados. Así, con la efusión de la sangre, confirmaron su fe. Murieron, pero vencieron; ahora los recordamos en la gloria de Cristo resucitado.
»Sobre la experiencia de los mártires de Abitina debemos reflexionar también nosotros, cristianos del siglo XXI. Ni si quiera para nosotros es fácil vivir como cristianos, aunque no existan esas prohibiciones del emperador. Pero, desde un punto de vista espiritual, el mundo en el que vivimos, marcado a menudo por el consumismo desenfrenado, por la indiferencia religiosa y por un secularismo cerrado a la trascendencia, puede parecer un desierto no menos inhóspito que aquel "inmenso y terrible" (Dt 8, 15) del que nos ha hablado la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio. En ese desierto, Dios acudió con el don del maná en ayuda del pueblo hebreo en dificultad, para hacerle comprender que "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Dt 8, 3). En el evangelio de hoy, Jesús nos ha explicado para qué pan Dios quería preparar al pueblo de la nueva alianza mediante el don del maná. Aludiendo a la Eucaristía, ha dicho: "Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre" Un 6, 58). El Hijo de Dios, habiéndose hecho carne, podía convertirse en pan, y así ser alimento para su pueblo, para nosotros, que estamos en camino en este mundo hacia la tierra prometida del cielo.
»Necesitamos este pan para afrontar la fatiga y el cansancio del viaje. El domingo, día del Señor, es la ocasión propicia para sacar fuerzas de él, que es el Señor de la vida. Por tanto, el precepto festivo no es un deber impuesto desde afuera, un peso sobre nuestros hombros. Al contrario, participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad para el cristiano; es una alegría; así el cristiano puede encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana. or lo demás, no es un camino arbitrario: el camino que Dios nos indica con su palabra va en la dirección inscrita en la esencia misma del hombre. La palabra de Dios y la razón van juntas. Seguir la palabra de Dios, estar con Cristo, significa para el hombre realizarse a sí mismo; perderlo equivale a perderse a sí mismo.
»El Señor no nos deja solos en este camino. Está con nosotros; más aún, desea compartir nuestra suerte hasta identificarse con nosotros. En el coloquio que acaba de referirnos el evangelio, dice: "El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él" (Jn 6, 56). ¿Cómo no alegrarse por esa promesa?».
Pasar cristianamente el domingo, con Cristo Señor nuestro, asegura al descanso su dimensión festiva: no se queda en simple reposo de una fatiga física, sino que asume el valor de conmemoración de acontecimientos que se sitúan en la propia vida como origen de la felicidad actual. La creación, la alianza, la liberación de la esclavitud, la ley, la resurrección gloriosa, Pentecostés... ¡Qué larga y amable resulta la serie de maravillas divinas, de las que reavivamos la memoria en el «Día del Señor»! Resuena entonces en el corazón del cristiano su amorosa petición en aquella noche última: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22, 19. Nosotros realizamos un nuevo trueque y le decimos: «No te olvides de mí, Señor, cuando venga mi hora, la hora de mi dolor y de mi tribulación; mi hora de pasar de este mundo a la eternidad, cuando venga el último día, Día tremendo (cfr. Is 13, 6.9; Mal 4, 1; J12, 2; So 1, 15). Acuérdate de mí, Señor, que tantas veces te he recibido en la Sagrada Comunión, que te he acompañado junto al Sagrario, y admíteme en tu reino "para que coma y beba a tu mesa" (Lc 22, 29)».
Cristo, glorioso en el Santísimo Sacramento, escuchará nuestras plegarias, irá llenando de paz y de alegría nuestros corazones, también en vistas de aquel trance, como llenó de gozo y de serenidad a los Apóstoles el día de su resurrección: «¡La paz con vosotros!» (Jn 20, 19. 21).