21 de diciembre de 2017

Transmitir la vida (Juan Luis Lorda)



TRANSMITIR LA VIDA (J.L.Lorda)

Del libro Moral, el arte de vivir

La verdad del sexo

Nos toca entrar ahora en un tema esperado: la moral sexual. Por alguna razón se tiende a considerar la moral sexual como si fuera el aspecto más importan­te, si no el único, de la moral. En realidad, la sexuali­dad no es el quicio de la moral, aunque es un tema muy impor­tante. No es diferente de otros, ni necesita tampoco reglas o leyes especiales. Se trata de oír la voz de la naturaleza; la voz de las co­sas que nos dicen lo que son.
Pero es un tema difícil de tratar porque existe confusión. Y la confusión impide percibir con claridad los términos del problema. Existe confusión porque hay demasiado ruido: demasiadas cosas que gritan: demasiados razonamientos, demasiados tópicos, de­masiados conceptos, que impiden contemplar las cosas con sere­nidad. Hay que pararse un momento a meditarlas. Aquí tratare­mos del sexo en sentido ascendente; es decir, subiremos desde el aspecto físico del sexo hasta sus aspectos personales y sociales.
De entrada conviene advertir dónde está el principal motivo de la confusión. En el hombre, como también en los animales, el instinto sexual es una inclinación fuerte. Y este instinto se refuer­za porque el ejercicio de las facultades sexuales produce un pla­cer específico.
Es evidente que esta es una de las razones que más confun­den, porque introduce un elemento fuertemente pasional. Si el sexo no produjera placer, todo sería distinto. Como también se­ría distinto todo si, por ejemplo, proporcionara placer comerse los dedos del prójimo. Nuestra sociedad sería radicalmente dis­tinta si a todos nos apetecieran irresistiblemente los dedos del prójimo. Sería una gran suerte llegar a ancianos con todos los dedos en su sitio. Afortunadamente la idea de comerse los dedos del prójimo no resulta nada atractiva y, por tanto, no es necesa­rio tomar ninguna precaución especial, ni entrar en considera­ciones morales sobre si es lícito o no y cómo y cuándo comerse los dedos del prójimo. No apetece nada y con esto se ha acabado el asunto. En cambio, el uso del sexo produce placer y esto con­funde la situación y da trabajo a los moralistas.
El problema no es, como muchos parecen creer, que el placer sea malo. Como ya hemos visto antes, en la moral los bienes son bienes y el placer es un bien. El mal aparece solo cuando no se respeta el orden de bienes y deberes que es necesario guardar. El sexo es una realidad muy rica: además del placer, entran en jue­go bienes y deberes muy altos de la persona y de la sociedad. El problema del sexo es que el placer, por ser fuerte, tiende a acapa­rar la atención y a producir desórdenes que son graves por los bienes que están en juego.
El placer sexual es un tipo de placer peculiar, no reducible a otros. Se traía de un placer físico (una sensación); no es un pla­cer estético (el que produce contemplar un paisaje), ni un gozo espiritual (el que proporciona el cariño), ni es, ciertamente, la fe­licidad. Nadie puede confundir la felicidad, que es un estado de plenitud humana, con el ejercicio del sexo que, todo lo más, pro­porciona momentos de placer físico más o menos efímeros.
Al ser un placer físico, está sometido a todas las leyes de lo corporal: es limitado, es transitorio y depende de muchas cir­cunstancias incontrolables. Además, como todos los placeres fí­sicos, tiende a un rendimiento decreciente. La primera vez que
se come un plato exquisito, se experimenta un impacto enorme; a medida que se va repitiendo, el impacto es menor; si se pierde el sentido de la medida, al final se come por comer, sin que se produzca realmente placer, sino solo la satisfacción transitoria de una ansiedad. Y algo parecido sucede con el sexo. No es de mal gusto recordarlo, porque sería malo esperar del sexo más de lo que puede dar. Y no se puede esperar que un placer físico pro­porcione más.
De todas formas, la cuestión principal no es esta. Si nos he­mos referido por un momento a la cuestión del placer, es porque fácilmente enturbia la comprensión de la moral sexual. La pri­mera clave de la moral sexual no es el placer, sino la función na­tural de la sexualidad. Es necesario constatar una verdad muy sencilla: la función sexual está ordenada a la transmisión de la vi­da. No se puede hablar del sexo sin tener presente esta verdad biológica tan elemental y tan controlable: la función sexual sirve para transmitir la vida. El sexo es una realidad muy rica, en la que hay que tener en cuenta también muchos otros aspectos que más adelante veremos, pero la base es esta.
Los órganos sexuales del hombre y de la mujer son comple­mentarios y están dispuestos para facilitar la reproducción. El ejercicio de la función sexual suele tener este efecto natural, in­dependientemente de la voluntad de los que lo ejercen. Simple­mente, dejando obrar a la naturaleza, se llega a eso. La atracción sexual es como un mecanismo biológico que facilita la conserva­ción de la especie. Y el placer sexual es como un adorno de esa función que la hace más atractiva.
Toda moral sexual se basa en esa verdad biológica que no im­porta repetir: el ejercicio de la función sexual se ordena, por su propia naturaleza, a transmitir la vida. El bien del placer, que es un bien individual, está ordenado al bien de la especie. Aquí está la primera clave de la moral sexual: esta es la verdad del sexo; esta es la voz de la naturaleza.
Si el sexo ocupa más a los moralistas que la digestión es, prin­cipalmente, por ese pequeño detalle que es el placer sexual, o si se quiere, la atracción sexual con ese refuerzo del placer. Es esto lo que trastoca los términos. No existe moral de la digestión, porque no plantea ningún problema. A nadie se le ocurre tratar del tema porque no vendería ningún libro: todo el mundo obra de acuerdo con lo previsto por la naturaleza. La cuestión sexual no resultaría tan difícil si no fuera porque la fuerza de la inclina­ción sexual actúa como elemento perturbador. Esto es lo que da lugar al excepcional interés que produce esta función biológica: la abundancia de literatura, de enciclopedias, de cursos, de con­ferencias, de expertos, etc. Todo se fundamenta en ese pequeño detalle.
Lo sexual se ordena a la transmisión de la vida, como lo di­gestivo se ordena a la digestión. Entonces, la primera gran cues­tión de la moral sexual es si es lícito separar estas dos cosas que es­tán unidas por naturaleza: el placer sexual y la transmisión de la vida. Es decir: si es razonable buscar el placer sexual sin respetar su ordenación a la transmisión de la vida: cosa que puede suce­der si no se desarrolla el acto sexual como está ordenado por la naturaleza o si se impide, por algún medio, que se produzca la nueva vida. La cuestión es si es lícito separar placer y función biológica: ¿es digno del hombre que busque el bien del placer, sin respetar el bien que la naturaleza busca con la función sexual?
Precisamente porque la literatura es tan abundante y el ruido tan intenso, la cuestión se resuelve con más claridad si se trasla­da al campo de la digestión. Cuentan que, en las épocas más de­cadentes del Imperio Romano, entre las clases más pudientes se extendió la costumbre de organizar grandes banquetes. La cantidad y diversidad de los manjares era tan grande, que los invita­dos se llenaban hasta no poder comer más. Entonces se introdu­jo la costumbre de vomitar para poder seguir comiendo y pro­bando nuevos y exquisitos alimentos. De este modo, separaban el placer natural que proporciona el comer de la función biológi­ca que es alimentarse: comían buscando el placer, pero dejando sin sentido la función biológica; buscaban el bien del placer pero desordenado del bien que es alimentarse. ¿Es esto moral, es de­cir, digno del hombre?
El planteamiento de comer y vomitar para seguir comiendo, resulta tan repugnante a nuestra sensibilidad moderna -es tan feo-, que fácilmente se entiende que es un desorden. Hay algo de degradante en manipular la función con la que el hombre ha sido dotado por naturaleza para provocarse un pequeño placer. El placer que la comida proporciona -que es un bien- queda sin sentido al hacer violencia a la función de alimentarse, al que ese placer se ordena. Es evidente que es inmoral separar aquí placer y función biológica.
Pues algo semejante sucede en el ejercicio de las funciones se­xuales. El planteamiento no cambia solo porque el placer sexual sea más fuerte que el de comer. Es inmoral separarlo de su fun­ción biológica natural, aunque a la sensibilidad moderna no le resulte tan repugnante, quizá porque está harta de verlo.
Es inmoral procurarse el placer sexual fuera de las relaciones conyugales entre un hombre y una mujer, y es inmoral también el uso de la sexualidad entre un hombre y una mujer cuando se le priva de su orientación natural a la transmisión de la vida: cuando se usan medicamentos o instrumentos para impedir la concepción, etc., es como comer y vomitar. El hombre está hecho así.

El tabú sexual

Hay que dar un paso más: hay que subir otro escalón. Sobre la base de la verdad biológica del sexo hay que hablar ahora de los aspectos humanos y sociales, que dan una enorme importancia a esta función.
La función sexual no es una función biológica cualquiera, sino que es precisamente, el modo de transmitir la vida a nuevos hombres. Así se comprenderá fácilmente un razonamiento que está implícito en todas las grandes religiones y culturas del pasa­do y que F. J. Sheed ha expresado con gran acierto: «La vida debe ser sagrada, el sexo debe ser sagrado y el matrimonio debe ser sa­grado» (Sociedad y sensatez, 9, 3). La vida humana es sagrada, por tanto el sexo, que es la fuente de la vida humana, es sagrado; por tanto el matrimonio, que es el lugar donde se ejerce esa fun­ción, es sagrado.
A ese respeto religioso hacia lo sexual, que se manifestaba en reglas morales muy precisas y graves, se le ha llamado tabú. Lo sexual ha sido efectivamente para todas las religiones algo sagra­do, un tabú. Esto quiere decir solo, independientemente de las distintas concreciones culturales, que es algo que debe ser trata­do con mucho respeto; que no es una cosa como las demás, sino que requiere una atención particular.
Nuestra cultura ha perdido mucha sensibilidad en este terre­no. No ha sabido comprender el carácter profundamente sabio del tabú sexual y lo ha entendido como si fuera una represión de la libertad, cuando en realidad era una gran protección de la digni­dad de la vida humana. Ha perdido el respeto al sexo. Le ha qui­tado su carácter sagrado y lo ha convertido en objeto de consu­mo barato y abundante, en una vulgaridad. En la misma medida, se ha esfumado, también, el carácter sagrado del matrimonio y el carácter sagrado de la vida humana.
Urge recobrar una visión profunda de la sexualidad, como también urge adquirir la debida sensibilidad para todas las gran­des realidades de la vida humana que están amenazadas por la mentalidad consumista, que solo valora lo que se puede acapa­rar, devorar y gastar: el sentido de la amistad, de la belleza, de la sabiduría, de la vida serena; de tantos otros valores intangibles, que son delicados y no se ven, pero que son los más valiosos del universo humano. La moral, que es precisamente el arte de vivir bien, no tiene por misión reprimir el sexo, sino protegerlo y ha­cerlo valorar. Y para valorarlo hay que contemplarlo en todo su esplendor, en todas sus dimensiones.
El ejercicio de la función sexual está en la base de la institu­ción social más importante de todas, que es la familia Está ligado a dar origen a nuevas vidas y está ligado a las profundas relacio­nes matrimoniales que crean un hogar: es decir, el ambiente hu­mano adecuado para que crezcan y maduren nuevos hombres.
El sexo está en la base de las relaciones humanas más fuertes: las relaciones entre los esposos; las relaciones entre padres e hi­jos; las relaciones entre los hermanos, etc. Es, por eso mismo, una parte importante de la plenitud y la felicidad humanas; ya que la felicidad tiene mucho que ver con el amor, y los amores más fuertes de un hombre suelen provenir de los vínculos familiares.
Y es el modo ordinario de integración de los nuevos ciudadanos en el entramado de la sociedad. Es parte también muy importan­te del orden social. La familia es el ambiente humano normal donde los que han recibido el don de la vida reciben los medios de subsistencia, pero sobre todo el lugar que les permite desarro­llarse como hombres, aprender a vivir como hombres e integrar­se en la sociedad.
La función sexual esta en el núcleo de la vida familiar y en el centro de la vida social. Afecta a todo. Es un punto neurálgico: una fibra particularmente sensible de todo el entramado de la existencia humana. Es la columna vertebral de las relaciones hu­manas. Por eso se entiende perfectamente que todas las civiliza­ciones sabias hayan hecho del sexo un tema tabú. No un tema prohibido (esto sería absurdo), sino un tema sagrado al que hay que acercarse con enorme respeto. Esto es pura sabiduría de la vida: la moral se fundamenta en el respeto a la realidad.
Todas las culturas sanas se han exigido una disciplina sexual; es decir una regulación cuidadosa del ejercicio de la función se­xual: relaciones matrimoniales, edad para casarse, etc. Y es cono­cido desde muy antiguo el daño que la indisciplina en esta mate­ria hace a una cultura. La indisciplina sexual es uno de los signos de decadencia de las civilizaciones históricas. Precisamente por­que toca las fibras centrales de la vida personal y social.
La indisciplina sexual deshace las familias; rompe los lazos humanos más delicados y que son fuente de felicidad; crea mar-ginación; multiplica el número de personas que no han podido madurar bien, ni prepararse para integrarse en la sociedad; inter­fiere en la vida económica al destruir una de sus unidades, que es la familia, y al multiplicarse la inadaptación y marginación; es causa de multitud de pasiones incontroladas, amarguras, recelos, odios, violencias que deterioran el orden social; y genera una in­finidad de sufrimientos.
Esto es tan evidente y la experiencia histórica tan rica que se­ría innecesario recordarlo. Pero las componentes pasionales son tan fuertes que este tema nunca está del todo claro y es necesario volver sobre lo esencial. La indisciplina sexual es como la caja de Pandora, donde estaban guardados todos los males. Solo cuando se ve «demasiado cerca», desde un punto de vista emocional y subjetivo, se dejan de apreciar los males enormes que causa en las personas y en las sociedades.
Por eso no tiene nada de extraño que la moral sexual sea tan clara, tan sencilla y tan severa: intenta proteger y hacer respetar una realidad tan importante como el sexo. Consiste en respetar lo que la naturaleza impone al hombre, en respetar la realidad del sexo. Si el hombre se hubiera hecho a sí mismo, si hubiera podido prever y disponer todas las condiciones que hacen posi­ble y buena la vida social e individual, hubiera podido preparar una moral a su gusto. Pero no se ha hecho a sí mismo. Por eso no puede cambiar, sino que tiene que descubrir y respetar, las le­yes físicas y morales que regulan su buen funcionamiento. No puede modificar a su gusto ni las leyes de la inteligencia, ni las de la digestión, ni las de la felicidad. Tampoco puede modificar las leyes del sexo. Lo único que está en su libertad es vivir o no de acuerdo con esas leyes, respetar o no su condición de hom­bre, vivir como es propio de un hombre o no.
La moral es la sabiduría de la vida que permite a los indivi­duos alcanzar la felicidad que aquí es posible, y a las sociedades funcionar bien. La moral es el arte de vivir bien, también de vivir razonablemente todo lo que se refiere al sexo. Sería irresponsable no tomar nota de que es un terna serio.

Sexo y familia

La sexualidad es mucho más que el funcionamiento de los ór­ganos genitales. Basta considerar que las diferencias sexuales no son solo diferencias que existen entre los órganos sexuales masculino y femenino; afectan a lo más hondo de la perso­nalidad. Ser varón o ser mujer son dos modos distintos de ser hombre. Pero son dos modos muy distintos: es distinta la sensi­bilidad; es distinto el modo de situarse ante la vida y de compor­tarse; es distinto el modo de pensar. No es mejor uno que otro, sino que son distintos. Esas diferencias tan profundas revelan que la sexualidad afecta a todos los estratos de la persona, hasta los más profundos.
Por eso, no es un tema que se puede tratar superficialmente. Y no se puede tampoco usar superficialmente. Un uso esporádico de la sexualidad sin contexto, movido únicamente por el deseo de placer o por la ansiedad, resulta sin sentido y, en realidad, produce insatisfacción: la insatisfacción de una expectativa no cumplida. Porque el sexo, precisamente por ser una realidad tan rica, prome­te siempre algo profundo; pero usado superficialmente, solo pro­porciona una satisfacción efímera y, después, frustración.
Y es que el sexo es, efectivamente una realidad profunda. No es algo epidérmico, superficial, sino vertical. No es solo fisiolo­gía, cuerpo, sino también: sentimientos, emociones, amor, com­partir la intimidad, dar lugar a nuevas vidas, amarlas, educar­las... Es como una pirámide de realidades, de bienes, donde lo fisiológico -lo corporal- ocupa la base. Una sexualidad madura requiere la integración de todos los aspectos.
La sexualidad no es solo fisiología, porque ser hombre o ser mujer no es solo y exclusivamente tener órganos sexuales de un tipo o de otro. Las diferencias sexuales entre un hombre y una mujer tienen una misteriosa complementariedad, que va mucho más allá.
El hombre busca, quizá sin ser consciente de ello, algo en la mujer, que él no tiene y que le resulta atractivo: busca delicade­za, ternura, belleza, amor a los detalles, comprensión. Y la mujer busca en el hombre decisión, seguridad, fortaleza, acogida. No es que la mujer no tenga fortaleza, ni el varón ternura, pero hay una ternura que es propia de la mujer, que es la que el varón busca, y hay una fortaleza que es propia del varón y que la mujer aprecia.
Por eso, en el enamoramiento, hay siempre algo de sorpresa, de descubrimiento de dimensiones humanas en parte insospechadas, aunque anheladas en el fondo. El fenómeno de enamo­rarse manifiesta claramente que el sexo es mucho más que el uso de los órganos sexuales. Pues, aunque estos ejercen efectivamen­te un atractivo, se quedan solo en un plano inferior; no son, ni mucho menos, el centro de la pasión romántica. El deslumbra­miento que causa el amor es de toda la persona, no de sus atrac­tivos sexuales. La belleza o el atractivo corporal ocupa un lugar secundario: al enamorarse, lo que cautiva es la persona entera.
La relación entre un hombre y una mujer es mucho más que una relación de cuerpos. Atraen los aspectos complementarios de la personalidad. Y entran en juego todos ellos: sentimientos, afectos, amor. Cuando se habla de relaciones íntimas para refe­rirse delicadamente a las relaciones sexuales genitales, se está empobreciendo el término íntimo. Lo íntimo de una persona no son sus órganos sexuales. Es verdad que hay un pudor instintivo hacia ellos; es decir, una especie de cuidado de no ofrecerlos in­discriminadamente. Pero la intimidad de una persona es, sobre todo, sus experiencias, sus sentimientos, sus ideas, sus deseos, sus aspiraciones y es eso lo que desea compartir en una relación íntima.
De hecho, cuando se llega una verdadera relación personal entre un hombre y una mujer, es eso lo que se comparte. Cada uno tiene interés en penetrar en lo que el otro siente, piensa y desea; quiere compartir sus inquietudes y sus anhelos. Es eso lo que se valora y lo que se busca. Y esa relación «íntima» (aquí sí tiene sentido esta palabra) crea una amistad peculiar, que tiene que ver con la sexualidad.
Las relaciones entre un hombre y una mujer suelen tener siempre una inclinación, más o menos fuerte, más o menos vela­da, hacia el trato sexual, aunque este no es necesario, como no es necesario comer siempre que uno se siente atraído por los ali­mentos. El hombre es capaz de guiarse por la razón, dominarse y controlar sus impulsos. De hecho en la vida social se entablan multitud de relaciones entre hombres y mujeres -comerciales, de amistad, de vecindad, de trabajo, de parentesco, etc.-, donde este aspecto no llega a manifestarse, ni tiene por qué hacerlo.
Pero entre un hombre y una mujer hay un tipo de amistad pe­culiar donde sí interviene; hay un modo de compartir la intimi­dad, de transmitir sentimientos, de buscar comprensión, en defi­nitiva, de buscar complementariedad, que tiene una plenitud particular y donde hay un trasfondo sexual.
Y lo propio de esa amistad es que tiende a ser exclusiva: es de­cir, que no se ve con buenos ojos que la misma amistad se man­tenga con otra persona. La media naranja solo se complementa con otra media naranja: no hay sitio para más.
Cuando un hombre y una mujer se enamoran y se reconocen mutuamente en esa situación, queda sobreentendido un pacto. Y es que los sentimientos que tienen el uno por el otro son excluyentes, no se pueden tener hacia nadie más.
En su libro Los 4 amores, C. S. Lewis lo ha expresado muy bien. En los demás tipos de amistad, la exclusividad no está pre­sente. Más bien al contrario. A una persona normal le alegra que sus amigos sean amigos entre sí. En cambio, cualquier hombre o mujer se sentirían traicionados si se dieran cuenta de que la per­sona que aman y que dice amarles está enamorada de un tercero. Y es que si realmente está enamorada de un tercero, se intuye que no hay sitio para el segundo. Este amor, en el que intervie­nen tantas dimensiones, es así. Por eso no se tolera un tercero: todo lo que el tercero reciba es en detrimento del segundo. A esa reacción típica pasional ante un tercero, se le llama celos. Y es la reacción ante la herida que causa el sentirse traicionados. Se in­tuye que la otra parte ha roto un pacto que quizá nunca se ha ex­presado en palabras, pero que se ha sentido. Se trata de una reacción completamente natural y espontánea, que revela un tipo de amistad excluyente.
Cuando se reduce la sexualidad a lo corporal, y cuando se busca únicamente satisfacer una ansiedad, no es necesaria esa re­lación exclusiva. Entonces el sexo está fuera de su contexto y el modo como se satisface la ansiedad es secundario. Entonces, la relación entre personas no tiene importancia; basta con la fisio­logía (con lo corporal). Pero cuando la sexualidad permanece en su contexto, con toda su riqueza, entonces hay una relación pe­culiar entre personas que exige ser exclusiva. Cuando la sexuali­dad está integrada en todas sus dimensiones afectivas y persona­les, tiende a la exclusividad. La intimidad sexual requiere la intimidad personal y al revés.
El enamoramiento correspondido crea un pacto y cuando ese pacto se formaliza, cuando un hombre y una mujer se compro­meten a compartir todo de manera estable, nace una nueva reali­dad: surge un matrimonio: se crea un hogar, se forma una familia. De ese modo, la sexualidad humana se integra en una rica y compleja relación entre personas, y la función biológica de la fe­cundidad se inserta en una institución natural, con sus leyes propias, que es el matrimonio.
Entonces deja de ser una relación privada; ya no afecta solo a los dos; afecta a toda la naturaleza humana porque esa relación está basada en ella; y afecta también a la organización social por­que allí han de surgir y han de ser incorporados a la sociedad las nuevas vidas. Cuando un hombre y una mujer se unen en matri­monio no están haciendo algo que ellos hayan inventado; no crean ellos las leyes internas del matrimonio, por lo mismo que no crean ellos las leyes internas de la sexualidad. No han creado ellos los resortes misteriosos que les han llevado a descubrirse, a enamorarse, a buscarse, a quererse. Realizan en ellos algo que pertenece a la naturaleza humana. Por eso, no pueden cambiar esas leyes a su gusto, como tampoco pueden cambiar las demás leyes fisiológicas que rigen su cuerpo, ni las leyes intangibles por las que se rigen los sentimientos y la felicidad humana.
Entre los esposos se da una relación íntima y exclusiva que les lleva a compartir la intimidad, a ayudarse y a sostenerse mu­tuamente. Esa donación esponsal está muy reforzada por ele­mentos afectivos y pasionales y es una escuela de humanidad: los esposos aprenden a darse, a sacrificarse, a pensar antes en el otro que en sí mismos; se preparan, sin saberlo, para poder acep­tar y amar otras vidas. Con el sacrificio, el vínculo se fortalece y los esposos se compenetran. En el Evangelio, Jesucristo habla de que marido y mujer forman «una sola carne», aludiendo a esa profunda unidad desde los aspectos más corporales hasta los más espirituales.
La relación sexual expresa, prolonga y refuerza la amistad y entrega mutua de los esposos. Y, efectivamente, les ayuda a en­tenderse y quererse. Así resulta que el mismo acto que expresa y refuerza el amor de los esposos, es el modo previsto por la natu­raleza para transmitir la vida humana. Para vivir bien la sexuali­dad, hay que respetar esa ley. En palabras que ha popularizado el Papa Juan Pablo II: no se puede separar el significado unitivo (la unión de los esposos) del significado procreador (la transmisión de la vida).
Esto no quiere decir que los esposos tengan que tener siem­pre la intención de transmitir la vida; basta con que respeten el modo de ser del acto conyugal. En cambio, es inmoral deformar ese acto o poner medios artificiales que impidan la posible con­cepción de una nueva vida (DIU, preservativos, espermaticidas, anticonceptivos, etc.) o la supriman (píldoras con efecto aborti­vo, etc.).
La plenitud de la sexualidad humana integra estos elementos: la unión conyugal de los esposos, con todos sus aspectos (ternura, placer, etc.); la exclusividad de la donación sexual y afectiva; la realización personal de amistad y entrega mutua; la generosi­dad para abrirse a la transmisión de la vida humana y la educa­ción de los hijos.
Es evidente que las cosas no siempre son ideales: ni en lo fi­siológico, ni en la relación de los esposos, ni en la educación de los hijos. Los esposos no son ideales, ni en el cuerpo ni en el es­píritu, y los hijos tampoco. Esto da lugar a multitud de proble­mas. Por eso, vivir bien la vida matrimonial puede exigir -y siempre exige en algún momento- heroísmo. Vivir bien, respe­tando las leyes íntimas de la sexualidad -respeto por la verdad biológica del sexo, fidelidad mutua, entrega a los otros- puede resultar duro en ocasiones. Pero muchos y muy importantes bie­nes de las personas y de la sociedad dependen del respeto a esas leyes de la naturaleza, que, en definitiva, son de Dios. Hay que convencerse de que no se puede encontrar la felicidad de otro modo que en la plenitud.
Esa relación íntima y exclusiva da lugar, ordinariamente, a la formación de nuevas vidas y es también el mejor ámbito para acogerlas. Si el hogar es estable, los hijos encuentran un ámbito humano cálido, de comprensión y cariño, y también una unidad económica que les permite crecer como hombres, ser atendidos y educados.
Son varias, pues, las razones de la naturaleza que apuntan a que el matrimonio es una relación exclusiva y estable; es decir la relación permanente y exclusiva de uno con una. La moral cris­tiana no hace más que reafirmar esa realidad que está incoada por la naturaleza: el matrimonio de uno con una y para siempre.
En este momento se pueden plantear objeciones: ¿y si no se entienden?, ¿y si se cansan de vivir juntos?, ¿y si uno de ellos se enamora verdaderamente de otro o de otra?, ¿y si no tienen hi­jos? Responder bien a todo llevaría bastante tiempo y trabajo.
Pero lo malo es que apartaría la atención del centro de la cues­tión.
Hay dos maneras de abordar la cuestión del matrimonio: una es desde las dificultades, la otra desde su plenitud. Es experiencia común que en la vida matrimonial se presentan frecuentemente dificultades. Es cierto que muchos no llegan a quererse o que, después de un tiempo, dejan de quererse; es cierto que hay ma­trimonios de conveniencia que acaban fracasando (aunque tam­bién es cierto que hay matrimonios de conveniencia que triun­fan); es cierto que se pueden llegar a dar situaciones insufribles, etcétera. Sin embargo ninguna de estas cosas hace que el matri­monio deje de ser lo que es; ninguna de estas cosas cambia las le­yes de la sexualidad y de la felicidad humana.
Sería un tremendo error destruir la idea de lo que es el matri­monio, porque, en algunos casos, da lugar a dificultades. Es como si despreciáramos las leyes de la visión, porque algunos han tenido la desgracia de perder la vista. Perderíamos el centro de la cuestión; es decir, el único punto desde el que se pueden resolver realmente las dificultades. Más bien habría que razonar al revés: justamente porque el matrimonio es algo delicado y puede plantear dificultades, es más necesario poner todos los medios a nivel personal y social para que triunfen.
No se puede tratar el tema de una manera desenfadada. Hay que recordar que están en juego las dimensiones más profundas de la personalidad humana, que están en juego las relaciones hu­manas más fuertes y delicadas, que está en juego la felicidad per­sonal, que está en juego la educación de las nuevas vidas, que es­tá en juego el entramado de la sociedad.
Es evidente que una persona que quiera ser feliz ha de hacer todo lo posible para triunfar en este aspecto tan vital de su exis­tencia. El éxito en la vida matrimonial es mucho más importante que el éxito profesional o social, y exige mucho empeño. Tiene que conseguir que su matrimonio sea un éxito; es decir, que se realice el ideal: que sea de uno con una y para siempre; y la so­ciedad debe hacer lo posible para ayudarle a conseguirlo. Está en juego la felicidad personal y la salud de la sociedad. Cambiarían mucho las cosas si se dispusieran seriamente los medios para que los matrimonios triunfasen.
¿Y si fracasa? Pues si fracasa, habrá que pensar en lo que se puede hacer: no se pueden dar normas generales. La única nor­ma general es que el triunfo del matrimonio consiste en la unión de uno con una y para siempre. Hay que contar con los fracasos, pero no se debe plantear el matrimonio desde los fracasos, sino desde su triunfo. Precisamente porque las dificultades son fre­cuentes es por lo que se necesita tanto énfasis en el ideal; lo con­trario es resignarse a ocupar de entrada el papel de perdedor.
Esa es la norma, y hay que hacer lo posible para que sea el caso general. Los demás, los casos difíciles, hay que estudiarlos y resolverlos en concreto, porque no se pueden resolver de otra forma. Sucede como con las enfermedades, aunque hay trata-mientes conocidos, no se pueden usar indiscriminadamente: hay que estudiar a cada enfermo, porque cada enfermo es, en parte, un caso distinto. Lo mejor es, sin embargo, disponer las cosas para que el matrimonio goce de buena salud. La mejor medicina es la preventiva. Los fracasos ordinariamente tienen mala solu­ción. Hay que tomarse en serio la disciplina sexual y el matrimo­nio: no es un juego.

El amor familiar

Cuando la moral cristiana habla de sexo, está hablando de fami­lia. Son bienes inseparables, porque el sexo tiene su ejercicio na­tural en el matrimonio y allí surgen nuevas vidas, que se incorporan a la relación íntima de sus padres. La sexualidad sin esta referencia, que es su contexto natural, está desordenada y fuera de lugar; pierde su sentido humano y solo puede proporcionar experiencias efímeras, huecas y, en definitiva, frustrantes.
La familia es el ámbito principal de los amores humanos. Y es una realidad que se construye precisamente a base de amor. La funda el amor de los esposos, la hace crecer el amor y la fidelidad que estos se guardan, la realiza el amor que vierten hacia los hi­jos que tienen, y se completa cuando los hijos son educados en el amor, cuando aprenden a querer a sus padres, a quererse entre sí y a querer a todos los hombres.
Quien no haya tenido experiencia propia de lo que es una fa­milia que ha cuajado como tal, de una familia que ha llegado a su plenitud, donde el amor es una realidad, no puede hacerse una idea de la calidad de este bien y de hasta qué punto tiene que ver con la felicidad humana. Las realizaciones mediocres o fracasa­das del amor matrimonial no pueden reflejarla.
Al hablar de amor en la familia, no hay que pensar en situa­ciones idílicas, que solo pueden existir en la imaginación o en las películas más o menos cursis de otra época. Se trata del amor real que crece en las circunstancias más ordinarias de la vida: en­tre las pequeñas dificultades, los trabajos de todos los días, las incomodidades, las cosas que salen bien y las que salen mal, los problemas de salud, los apuros económicos, los cansancios, los enfados pasajeros, etc.
El amor es una realidad difícil de tratar, porque es intangible: no se ve y no se toca. No se puede medir y, en consecuencia, no es fácil detectar cuándo crece y cuándo disminuye. Puede suce­der que algo lo esté dañando y no se advierta. Pero no es solo cuestión de sentimientos. Produce sentimientos y, en parte, nace de sentimientos, pero el amor no es un sentimiento.
No hay que confundir el amor matrimonial con el enamoramien­to de los primeros momentos. El enamoramiento es una situación sentimental ordinariamente pasajera. Tiene algo de auténtico y tiene algo de falso, porque deslumhra. La persona que se ha ena­morado queda como cegada por el resplandor de algunos aspec­tos del otro que se le aparecen con un brillo extraordinario. Y ese brillo tapa todo lo demás: sus mediocridades, sus defectos.
Con el trato, el brillo fulgurante desaparece y, a medida que se conoce al otro, se ve la realidad tal como es. Se le conocen sus as­pectos positivos y también sus defectos. Se percibe que no todo era tan magnífico como se había creído al principio. Sin embar­go, si hay trato y confianza, se empiezan a compartir la intimi­dad y se tiene como propio lo del otro. Así el enamoramiento deja paso al afecto y, después, cuando se empiezan a tener las co­sas de otro como propias, al cariño. El enamoramiento es como la llama de la hoguera que da lugar al rescoldo del fuego. Prime­ro son las grandes llamas brillantes, porque primero arde el ma­terial más ligero; después, con ese calor y un poco de tiempo, van prendiendo los materiales más pesados, dando estabilidad al fuego.
El cariño crece en la medida en que los dos están más unidos, en la medida en que comparten más, en la medida en que tienen más en común. Pero para que se comparta más hay que dar. Dar es la clave del amor. El amor lleva a dar y a darse y crece precisa­mente así. Amor significa siempre entrega, perder algo de lo pro­pio en beneficio del otro. Cuando se quiere a alguien, se le desea el bien y uno se siente movido a procurárselo. Esto supone mu­chas veces sacrificio: hacer lo que no apetece, o no hacer lo que apetece; acomodar los propios gustos y pensar en la satisfacción del otro antes que en la propia.
Solo a base de sacrificio se mantiene el amor mutuo. Porque hay que aprender a pasar por alto los defectos, a perdonar una vez y otra, a no devolver mal por mal: a no tener en cuenta una frase molesta, una respuesta airada, un signo de impaciencia, una manía mil veces repetida, un mal momento. Y esto no una vez, sino continuamente, un día tras otro. Si no hay preparación para ese sacrificio, no es fácil de llevar. Las dificultades se agi­gantan, las incomprensiones crecen; se guardan y se echan en cara los agravios mutuos, no se toleran las manías, y la conviven­cia se hace insoportable.
El amor tiene como propio excederse. No llega a cuajar si no se está dispuesto a hacer más de lo justo. Si ambos trazan una lí­nea divisoria de derechos y obligaciones y no están dispuestos a pasar de allí, el matrimonio ya ha fracasado. Porque es imposible que ambos respeten siempre ese límite. Un día él estará cansado, el otro ella estará nerviosa, y si cada uno exige estrictamente sus derechos sin ceder en nada, será imposible que no se enfrenten continuamente. Pensar en otra cosa es desconocer cómo es el co­razón humano. En cuanto uno se descuide un poco o le venza la debilidad, cometerá una ofensa que el otro no querrá perdonarle. Así no irán muy lejos.
Solo si ambos están dispuestos a excederse, a hacer más de lo que les tocaría en justicia, el amor es posible. Porque así se crea una amplia franja intermedia, donde se resuelven la mayor parte de los problemas. Y esto no solo una vez, sino permanentemen­te. El matrimonio solo triunfa cuando ambos -o por lo menos uno de ellos- están dispuestos a sacrificarse siempre.
El sacrificio es la garantía de que hay amor verdadero y, ade­más, lo hace crecer y lo mejora. El sacrificio tiene un enorme va­lor educativo para el amor: le da realismo y lo hace patente. Y paradójicamente, es compatible con la felicidad. Porque la mayor felicidad del hombre en la tierra consiste precisamente en el amor: no tanto en ser amados, sino, principalmente en amar. El que ama se siente feliz, incluso cuando no es correspondido. Ciertamente, el saberse correspondidos da plenitud al amor y también a la felicidad; pero una riquísima experiencia humana enseña que se puede ser feliz incluso cuando el amor no es correspondi­do. Aunque, en este caso, felicidad y dolor vayan paradójicamen­te mezclados.
Nadie se lamenta de haber amado demasiado, porque el amor es lo que más ennoblece al hombre. Siempre hay calidad humana en un hombre que ha sabido amar. Pero no hay que confundir el amor con el sentimentalismo, ni tampoco con la pasión afectiva. La diferencia está en que, en el auténtico amor, se quiere siempre primero el bien del otro; mientras que los amores sentimentales o pasionales, son amores posesivos, donde se quiere al otro por­que es un bien para uno mismo; con lo que, al final, pueden ser manifestaciones de egoísmo.
El matrimonio, si se sabe vivir bien, es una gran escuela de humanidad porque es una gran escuela de amor. Se aprende a sa­crificarse realmente por el otro. Y esto es lo que da calor al hogar. Es necesario quemarse un poco, sacrificarse un poco, para que haya calor. Por eso, el matrimonio es un lugar adecuado para re­cibir nuevas vidas.
Si hay amor y sacrificio, el hogar tiene calor, y las nuevas vi­das que vienen, encuentran un ambiente humano cálido y acoge­dor. Es necesario sacrificarse mucho para sacar un hijo adelante. Si los padres no están acostumbrados a sacrificarse, maltratarán a sus hijos y no los sabrán criar. En el seno de la familia es donde se realiza, en primer lugar, el precepto de amar al prójimo como a uno mismo y es donde primero se aprende. Por eso es una gran escuela de la vida social.
Sin todo este riquísimo contexto humano la sexualidad queda sin sentido, como una realidad esperpento, como un espejismo que promete mucho y apenas puede dar. Pero integrada en él es una realidad maravillosa: origen de las relaciones humanas más fuertes y con tareas llenas de belleza, como es la de amarse ple­namente y la de transmitir la vida humana: la vida del cuerpo y la vida del espíritu.
La moral, no lo olvidemos, tiene mucho que ver con la belle­za. Pero para apreciar la belleza, hay que ver las cosas en todo su esplendor. Para entender la moral sexual hay que saber lo que es una familia; hay que tener experiencia de este bien tan inmen­samente importante para la vida personal y social. Solo cuando se descubre la grandeza de ese bien, se entiende que le estén su­bordinados tantos otros, y, en particular, el placer sexuaL