TRANSMITIR LA VIDA (J.L.Lorda)
Del libro
Moral, el arte de vivir
La verdad del sexo
Nos toca entrar ahora en un tema esperado:
la moral sexual. Por alguna razón se tiende a considerar la moral sexual como
si fuera el aspecto más importante, si no el único, de la moral. En realidad,
la sexualidad no es el quicio de la moral, aunque es un tema muy importante.
No es diferente de otros, ni necesita tampoco reglas o leyes especiales. Se
trata de oír la voz de la naturaleza; la voz de las cosas que nos dicen lo que
son.
Pero es un tema difícil de tratar porque existe confusión. Y la
confusión impide percibir con claridad los términos del problema. Existe
confusión porque hay demasiado ruido: demasiadas cosas que gritan: demasiados
razonamientos, demasiados tópicos, demasiados conceptos, que impiden
contemplar las cosas con serenidad. Hay que pararse un momento a meditarlas.
Aquí trataremos del sexo en sentido ascendente; es decir, subiremos desde el
aspecto físico del sexo hasta sus aspectos personales y sociales.
De entrada conviene advertir dónde está el principal motivo de la
confusión. En el hombre, como también en los animales, el instinto sexual
es una inclinación fuerte. Y este instinto se refuerza porque el ejercicio de
las facultades sexuales produce un placer específico.
Es evidente que esta es una de las razones que más confunden, porque
introduce un elemento fuertemente pasional. Si el sexo
no produjera placer, todo sería distinto. Como también sería distinto todo si,
por ejemplo, proporcionara placer comerse los dedos del prójimo. Nuestra
sociedad sería radicalmente distinta si a todos nos apetecieran
irresistiblemente los dedos del prójimo. Sería una gran suerte llegar a
ancianos con todos los dedos en su sitio. Afortunadamente la idea de comerse
los dedos del prójimo no resulta nada atractiva y, por tanto, no es necesario
tomar ninguna precaución especial, ni entrar en consideraciones morales sobre
si es lícito o no y cómo y cuándo comerse los dedos del prójimo. No apetece
nada y con esto se ha acabado el asunto. En cambio, el uso del sexo produce
placer y esto confunde la situación y da trabajo a los moralistas.
El problema no es, como muchos parecen creer, que el placer sea malo.
Como ya hemos visto antes, en la moral los bienes son bienes y el placer es un
bien. El mal aparece solo cuando no se respeta el orden de bienes y deberes que
es necesario guardar. El sexo es una realidad muy rica: además del placer,
entran en juego bienes y deberes muy altos de la persona y de la sociedad. El
problema del sexo es que el placer, por ser fuerte, tiende a acaparar la
atención y a producir desórdenes que son graves por los bienes que están en
juego.
El placer sexual es un tipo de placer peculiar, no reducible a otros.
Se traía de un placer físico (una sensación); no es un placer estético (el que
produce contemplar un paisaje), ni un gozo espiritual (el que proporciona el
cariño), ni es, ciertamente, la felicidad. Nadie puede confundir la felicidad,
que es un estado de plenitud humana, con el ejercicio del sexo que, todo lo
más, proporciona momentos de placer físico más o menos efímeros.
Al ser un placer físico, está sometido a todas las leyes de lo
corporal: es limitado, es transitorio y depende de muchas circunstancias
incontrolables. Además, como todos los placeres físicos, tiende a un
rendimiento decreciente. La primera vez que
se come un plato exquisito, se experimenta un impacto enorme; a medida
que se va repitiendo, el impacto es menor; si se pierde el sentido de la
medida, al final se come por comer, sin que se produzca realmente placer, sino
solo la satisfacción transitoria de una ansiedad. Y algo parecido sucede con el
sexo. No es de mal gusto recordarlo, porque sería malo esperar del sexo más de
lo que puede dar. Y no se puede esperar que un placer físico proporcione más.
De todas formas, la cuestión principal no es esta. Si nos hemos
referido por un momento a la cuestión del placer, es porque fácilmente enturbia
la comprensión de la moral sexual. La primera clave de la moral sexual no es
el placer, sino la función natural de la sexualidad. Es necesario
constatar una verdad muy sencilla: la función sexual está ordenada a la
transmisión de la vida. No se puede hablar del sexo sin tener presente
esta verdad biológica tan elemental y tan controlable: la función sexual
sirve para transmitir la vida. El sexo es una realidad muy rica, en la que hay
que tener en cuenta también muchos otros aspectos que más adelante veremos,
pero la base es esta.
Los órganos sexuales del hombre y de la mujer son complementarios y
están dispuestos para facilitar la reproducción. El ejercicio de la función
sexual suele tener este efecto natural, independientemente de la voluntad de
los que lo ejercen. Simplemente, dejando obrar a la naturaleza, se llega a
eso. La atracción sexual es como un mecanismo biológico que facilita la
conservación de la especie. Y el placer sexual es como un adorno de esa
función que la hace más atractiva.
Toda moral sexual se basa en esa verdad biológica que no importa
repetir: el ejercicio de la función sexual se ordena, por su propia naturaleza,
a transmitir la vida. El bien del placer, que es un bien individual, está
ordenado al bien de la especie. Aquí está la
primera clave de la moral sexual: esta es la verdad del sexo; esta es la voz de
la naturaleza.
Si el sexo ocupa más a los moralistas que la digestión es, principalmente,
por ese pequeño detalle que es el placer sexual, o si se quiere, la atracción
sexual con ese refuerzo del placer. Es esto lo que trastoca los términos. No
existe moral de la digestión, porque no plantea ningún problema. A nadie se le
ocurre tratar del tema porque no vendería ningún libro: todo el mundo obra de
acuerdo con lo previsto por la naturaleza. La cuestión sexual no resultaría tan
difícil si no fuera porque la fuerza de la inclinación sexual actúa como
elemento perturbador. Esto es lo que da lugar al excepcional interés que
produce esta función biológica: la abundancia de literatura, de enciclopedias,
de cursos, de conferencias, de expertos, etc. Todo se fundamenta en ese
pequeño detalle.
Lo sexual se ordena a la transmisión de la vida, como lo digestivo se
ordena a la digestión. Entonces, la primera gran cuestión de la moral
sexual es si es lícito separar estas dos cosas que están unidas por
naturaleza: el placer sexual y la transmisión de la vida. Es decir:
si es razonable buscar el placer sexual sin respetar su ordenación a la
transmisión de la vida: cosa que puede suceder si no se desarrolla el acto
sexual como está ordenado por la naturaleza o si se impide, por algún medio, que
se produzca la nueva vida. La cuestión es si es lícito separar placer y función
biológica: ¿es digno del hombre que busque el bien del placer, sin respetar el
bien que la naturaleza busca con la función sexual?
Precisamente porque la literatura es tan abundante y el ruido tan
intenso, la cuestión se resuelve con más claridad si se traslada al campo de
la digestión. Cuentan que, en las épocas más decadentes del Imperio Romano,
entre las clases más pudientes se extendió la costumbre de organizar grandes
banquetes. La cantidad y diversidad de los manjares era tan grande, que los
invitados se llenaban hasta no poder comer más. Entonces se introdujo la
costumbre de vomitar para poder seguir comiendo y probando nuevos y exquisitos
alimentos. De este modo, separaban el placer natural que proporciona el comer
de la función biológica que es alimentarse: comían buscando el placer, pero
dejando sin sentido la función biológica; buscaban el bien del placer pero
desordenado del bien que es alimentarse. ¿Es esto moral, es decir, digno del
hombre?
El planteamiento de comer y vomitar para seguir comiendo, resulta tan
repugnante a nuestra sensibilidad moderna -es tan feo-, que fácilmente
se entiende que es un desorden. Hay algo de degradante en manipular la función con
la que el hombre ha sido dotado por naturaleza para provocarse un pequeño
placer. El placer que la comida proporciona -que es un bien- queda sin sentido
al hacer violencia a la función de alimentarse, al que ese placer se ordena. Es
evidente que es inmoral separar aquí placer y función biológica.
Pues algo semejante sucede en el ejercicio de las funciones sexuales.
El planteamiento no cambia solo porque el placer sexual sea más fuerte que el
de comer. Es inmoral separarlo de su función biológica natural, aunque a la
sensibilidad moderna no le resulte tan repugnante, quizá porque está harta de
verlo.
Es inmoral procurarse el placer sexual fuera de las relaciones
conyugales entre un hombre y una mujer, y es inmoral también el uso de la
sexualidad entre un hombre y una mujer cuando se le priva de su orientación
natural a la transmisión de la vida: cuando se usan medicamentos o instrumentos
para impedir la concepción, etc., es como comer y vomitar. El hombre está hecho
así.
El tabú sexual
Hay que dar un paso más: hay que subir otro escalón. Sobre la base de
la verdad biológica del sexo hay que hablar ahora de los aspectos humanos y
sociales, que dan una enorme importancia a esta función.
La función sexual no es una función biológica cualquiera, sino que es
precisamente, el modo de transmitir la vida a nuevos hombres. Así se
comprenderá fácilmente un razonamiento que está implícito en todas las grandes
religiones y culturas del pasado y que F. J. Sheed ha expresado con gran
acierto: «La vida debe ser sagrada, el sexo debe ser sagrado y el matrimonio
debe ser sagrado» (Sociedad y sensatez, 9, 3). La vida humana es
sagrada, por tanto el sexo, que es la fuente de la vida humana, es sagrado; por
tanto el matrimonio, que es el lugar donde se ejerce esa función, es sagrado.
A ese respeto religioso hacia lo sexual, que se manifestaba en reglas
morales muy precisas y graves, se le ha llamado tabú. Lo sexual ha sido
efectivamente para todas las religiones algo sagrado, un tabú. Esto quiere
decir solo, independientemente de las distintas concreciones culturales, que es
algo que debe ser tratado con mucho respeto; que no es una cosa como las
demás, sino que requiere una atención particular.
Nuestra cultura ha perdido mucha sensibilidad en este terreno. No ha
sabido comprender el carácter profundamente sabio del tabú sexual y lo
ha entendido como si fuera una represión de la libertad, cuando en realidad era
una gran protección de la dignidad de la vida humana. Ha perdido el respeto al
sexo. Le ha quitado su carácter sagrado y lo ha convertido en objeto de consumo
barato y abundante, en una vulgaridad. En la misma medida, se ha esfumado,
también, el carácter sagrado del matrimonio y el carácter sagrado de la vida
humana.
Urge recobrar una visión profunda de la sexualidad, como también urge
adquirir la debida sensibilidad para todas las grandes realidades de la vida
humana que están amenazadas por la mentalidad consumista, que solo valora lo
que se puede acaparar, devorar y gastar: el sentido de la amistad, de la belleza,
de la sabiduría, de la vida serena; de tantos otros valores intangibles, que
son delicados y no se ven, pero que son los más valiosos del universo humano.
La moral, que es precisamente el arte de vivir bien, no tiene por misión
reprimir el sexo, sino protegerlo y hacerlo valorar. Y para valorarlo hay que
contemplarlo en todo su esplendor, en todas sus dimensiones.
El ejercicio de la función sexual está en la base de la institución
social más importante de todas, que es la familia Está ligado a dar origen
a nuevas vidas y está ligado a las profundas relaciones matrimoniales que
crean un hogar: es decir, el ambiente humano adecuado para que crezcan y
maduren nuevos hombres.
El sexo está en la base de las relaciones humanas más fuertes: las
relaciones entre los esposos; las relaciones entre padres e hijos; las
relaciones entre los hermanos, etc. Es, por eso mismo, una parte importante de
la plenitud y la felicidad humanas; ya que la felicidad tiene mucho
que ver con el amor, y los amores más fuertes de un hombre suelen provenir de
los vínculos familiares.
Y es el modo ordinario de integración de los nuevos ciudadanos en el
entramado de la sociedad. Es parte también muy importante del orden social. La
familia es el ambiente humano normal donde los que han recibido el don de la
vida reciben los medios de subsistencia, pero sobre todo el lugar que les
permite desarrollarse como hombres, aprender a vivir como hombres e integrarse
en la sociedad.
La función sexual esta en el núcleo de la vida familiar y en el
centro de la vida social. Afecta a todo. Es un punto neurálgico: una fibra
particularmente sensible de todo el entramado de la existencia
humana. Es la columna vertebral de las relaciones humanas. Por eso se
entiende perfectamente que todas las civilizaciones sabias hayan hecho del
sexo un tema tabú. No un tema prohibido (esto sería absurdo), sino un
tema sagrado al que hay que acercarse con enorme respeto. Esto es pura
sabiduría de la vida: la moral se fundamenta en el respeto a la realidad.
Todas las culturas sanas se han exigido una disciplina sexual;
es decir una regulación cuidadosa del ejercicio de la función sexual:
relaciones matrimoniales, edad para casarse, etc. Y es conocido desde muy
antiguo el daño que la indisciplina en esta materia hace a una cultura. La
indisciplina sexual es uno de los signos de decadencia de las civilizaciones
históricas. Precisamente porque toca las fibras centrales de la vida personal
y social.
La indisciplina sexual deshace las familias; rompe los lazos humanos más
delicados y que son fuente de felicidad; crea mar-ginación; multiplica el
número de personas que no han podido madurar bien, ni prepararse para
integrarse en la sociedad; interfiere en la vida económica al destruir una de
sus unidades, que es la familia, y al multiplicarse la inadaptación y
marginación; es causa de multitud de pasiones incontroladas, amarguras,
recelos, odios, violencias que deterioran el orden social; y genera una infinidad
de sufrimientos.
Esto es tan evidente y la experiencia histórica tan rica que sería
innecesario recordarlo. Pero las componentes pasionales son tan fuertes que
este tema nunca está del todo claro y es necesario volver sobre lo esencial. La
indisciplina sexual es como la caja de Pandora, donde estaban guardados
todos los males. Solo cuando se ve «demasiado cerca», desde un punto de vista
emocional y subjetivo, se dejan de apreciar los males enormes que causa en las
personas y en las sociedades.
Por eso no tiene nada de extraño que la moral sexual sea tan clara,
tan sencilla y tan severa: intenta proteger y hacer respetar una realidad tan importante como el sexo. Consiste en respetar lo que
la naturaleza impone al hombre, en respetar la realidad del sexo. Si el hombre
se hubiera hecho a sí mismo, si hubiera podido prever y disponer todas las
condiciones que hacen posible y buena la vida social e individual, hubiera
podido preparar una moral a su gusto. Pero no se ha hecho a sí mismo. Por eso
no puede cambiar, sino que tiene que descubrir y respetar, las leyes físicas y
morales que regulan su buen funcionamiento. No puede modificar a su gusto ni
las leyes de la inteligencia, ni las de la digestión, ni las de la felicidad.
Tampoco puede modificar las leyes del sexo. Lo único que está en su libertad es
vivir o no de acuerdo con esas leyes, respetar o no su condición de hombre,
vivir como es propio de un hombre o no.
La moral es la sabiduría de la vida que permite a los individuos
alcanzar la felicidad que aquí es posible, y a las sociedades funcionar bien.
La moral es el arte de vivir bien, también de vivir razonablemente todo lo que
se refiere al sexo. Sería irresponsable no tomar nota de que es un terna serio.
Sexo y familia
La sexualidad es mucho más que el funcionamiento de los órganos
genitales. Basta considerar que las diferencias sexuales no son solo
diferencias que existen entre los órganos sexuales masculino y femenino;
afectan a lo más hondo de la personalidad. Ser varón o ser mujer son dos modos
distintos de ser hombre. Pero son dos modos muy distintos: es distinta la sensibilidad;
es distinto el modo de situarse ante la vida y de comportarse; es distinto el
modo de pensar. No es mejor uno que otro, sino que son distintos. Esas
diferencias tan profundas revelan que la sexualidad afecta a todos los
estratos de la persona, hasta los más profundos.
Por eso, no es un tema que se puede tratar superficialmente. Y no se
puede tampoco usar superficialmente. Un uso esporádico de la sexualidad sin
contexto, movido únicamente por el deseo de placer o por la ansiedad, resulta
sin sentido y, en realidad, produce insatisfacción: la insatisfacción de una
expectativa no cumplida. Porque el sexo, precisamente por ser una realidad tan
rica, promete siempre algo profundo; pero usado superficialmente, solo proporciona
una satisfacción efímera y, después, frustración.
Y es que el sexo es, efectivamente una realidad profunda. No es algo
epidérmico, superficial, sino vertical. No es solo fisiología, cuerpo, sino
también: sentimientos, emociones, amor, compartir la intimidad, dar lugar a
nuevas vidas, amarlas, educarlas... Es como una pirámide de realidades, de
bienes, donde lo fisiológico -lo corporal- ocupa la base. Una sexualidad madura
requiere la integración de todos los aspectos.
La sexualidad no es solo fisiología,
porque ser hombre o ser mujer no es solo y exclusivamente tener órganos
sexuales de un tipo o de otro. Las diferencias sexuales entre un hombre y una
mujer tienen una misteriosa complementariedad, que va mucho más allá.
El hombre busca, quizá sin ser consciente de ello, algo en la mujer,
que él no tiene y que le resulta atractivo: busca delicadeza, ternura,
belleza, amor a los detalles, comprensión. Y la mujer busca en el hombre
decisión, seguridad, fortaleza, acogida. No es que la mujer no tenga fortaleza,
ni el varón ternura, pero hay una ternura que es propia de la mujer, que es la
que el varón busca, y hay una fortaleza que es propia del varón y que la mujer
aprecia.
Por eso, en el enamoramiento, hay siempre algo de sorpresa, de
descubrimiento de dimensiones humanas en parte insospechadas, aunque anheladas
en el fondo. El fenómeno de enamorarse manifiesta claramente que el sexo es
mucho más que el uso de los órganos sexuales. Pues, aunque estos ejercen
efectivamente un atractivo, se quedan solo en un plano inferior; no son, ni
mucho menos, el centro de la pasión romántica. El deslumbramiento que causa el
amor es de toda la persona, no de sus atractivos sexuales. La belleza o el
atractivo corporal ocupa un lugar secundario: al enamorarse, lo que cautiva es
la persona entera.
La relación entre un hombre y una mujer es mucho más que una
relación de cuerpos. Atraen los aspectos complementarios de la
personalidad. Y entran en juego todos ellos: sentimientos, afectos, amor.
Cuando se habla de relaciones íntimas para referirse delicadamente a las
relaciones sexuales genitales, se está empobreciendo el término íntimo. Lo
íntimo de una persona no son sus órganos sexuales. Es verdad que hay un pudor
instintivo hacia ellos; es decir, una especie de cuidado de no ofrecerlos indiscriminadamente.
Pero la intimidad de una persona es, sobre todo, sus experiencias, sus
sentimientos, sus ideas, sus deseos, sus aspiraciones y es eso lo que desea
compartir en una relación íntima.
De hecho, cuando se llega una verdadera relación personal entre un
hombre y una mujer, es eso lo que se comparte. Cada uno tiene interés en
penetrar en lo que el otro siente, piensa y desea; quiere compartir sus
inquietudes y sus anhelos. Es eso lo que se valora y lo que se busca. Y esa
relación «íntima» (aquí sí tiene sentido esta palabra) crea una amistad
peculiar, que tiene que ver con la sexualidad.
Las relaciones entre un hombre y una mujer suelen tener siempre una
inclinación, más o menos fuerte, más o menos velada, hacia el trato sexual,
aunque este no es necesario, como no es necesario comer siempre que uno se
siente atraído por los alimentos. El hombre es capaz de guiarse por la razón,
dominarse y
controlar sus impulsos. De hecho en la vida social
se entablan multitud de relaciones entre hombres y mujeres -comerciales, de
amistad, de vecindad, de trabajo, de parentesco, etc.-, donde este aspecto no
llega a manifestarse, ni tiene por qué hacerlo.
Pero entre un hombre y una mujer hay un tipo de amistad peculiar donde
sí interviene; hay un modo de compartir la intimidad, de transmitir
sentimientos, de buscar comprensión, en definitiva, de buscar
complementariedad, que tiene una plenitud particular y donde hay un trasfondo
sexual.
Y lo propio de esa amistad es que tiende a ser exclusiva: es decir, que
no se ve con buenos ojos que la misma amistad se mantenga con otra persona. La
media naranja solo se complementa con otra media naranja: no hay sitio para
más.
Cuando un hombre y una mujer se enamoran y se reconocen mutuamente en
esa situación, queda sobreentendido un pacto. Y es que los sentimientos
que tienen el uno por el otro son excluyentes, no se pueden tener hacia nadie
más.
En su libro Los 4 amores, C. S. Lewis lo ha expresado muy bien.
En los demás tipos de amistad, la exclusividad no está presente. Más bien al
contrario. A una persona normal le alegra que sus amigos sean amigos entre sí.
En cambio, cualquier hombre o mujer se sentirían traicionados si se dieran
cuenta de que la persona que aman y que dice amarles está enamorada de un
tercero. Y es que si realmente está enamorada de un tercero, se intuye que no
hay sitio para el segundo. Este amor, en el que intervienen tantas
dimensiones, es así. Por eso no se tolera un tercero: todo lo que el tercero
reciba es en detrimento del segundo. A esa reacción típica pasional ante un
tercero, se le llama celos. Y es la reacción ante la herida que causa el
sentirse traicionados. Se intuye que la otra parte ha roto un pacto que quizá
nunca se ha expresado en palabras, pero que se ha sentido. Se trata de una
reacción completamente natural y espontánea, que revela un tipo de amistad
excluyente.
Cuando se reduce la sexualidad a lo corporal, y cuando se busca
únicamente satisfacer una ansiedad, no es necesaria esa relación exclusiva.
Entonces el sexo está fuera de su contexto y el modo como se satisface la
ansiedad es secundario. Entonces, la relación entre personas no tiene
importancia; basta con la fisiología (con lo corporal). Pero cuando la
sexualidad permanece en su contexto, con toda su riqueza, entonces hay una
relación peculiar entre personas que exige ser exclusiva. Cuando la sexualidad
está integrada en todas sus dimensiones afectivas y personales, tiende a la
exclusividad. La intimidad sexual requiere la intimidad personal y al revés.
El enamoramiento correspondido crea un pacto y cuando ese pacto se
formaliza, cuando un hombre y una mujer se comprometen a compartir todo de
manera estable, nace una nueva realidad: surge un matrimonio: se crea un
hogar, se forma una familia. De ese modo, la sexualidad humana se integra en
una rica y compleja relación entre personas, y la función biológica de la fecundidad
se inserta en una institución natural, con sus leyes propias, que es el
matrimonio.
Entonces deja de ser una relación privada; ya no afecta solo a
los dos; afecta a toda la naturaleza humana porque esa relación está basada en
ella; y afecta también a la organización social porque allí han de surgir y
han de ser incorporados a la sociedad las nuevas vidas. Cuando un hombre y una
mujer se unen en matrimonio no están haciendo algo que ellos hayan inventado;
no crean ellos las leyes internas del matrimonio, por lo mismo que no crean
ellos las leyes internas de la sexualidad. No han creado ellos los resortes
misteriosos que les han llevado a descubrirse, a enamorarse, a buscarse, a
quererse. Realizan en ellos algo que pertenece a la naturaleza humana. Por eso,
no pueden cambiar
esas leyes a su gusto, como tampoco pueden cambiar
las demás leyes fisiológicas que rigen su cuerpo, ni las leyes intangibles por
las que se rigen los sentimientos y la felicidad humana.
Entre los esposos se da una relación íntima y exclusiva que les lleva
a compartir la intimidad, a ayudarse y a sostenerse mutuamente. Esa donación
esponsal está muy reforzada por elementos afectivos y pasionales y es una
escuela de humanidad: los esposos aprenden a darse, a sacrificarse, a pensar
antes en el otro que en sí mismos; se preparan, sin saberlo, para poder aceptar
y amar otras vidas. Con el sacrificio, el vínculo se fortalece y los esposos se
compenetran. En el Evangelio, Jesucristo habla de que marido y mujer
forman «una sola carne», aludiendo a esa profunda unidad desde los
aspectos más corporales hasta los más espirituales.
La relación sexual expresa, prolonga y refuerza la amistad y entrega
mutua de los esposos. Y, efectivamente, les ayuda a entenderse y quererse. Así
resulta que el mismo acto que expresa y refuerza el amor de los esposos, es el
modo previsto por la naturaleza para transmitir la vida humana. Para vivir
bien la sexualidad, hay que respetar esa ley. En palabras que ha popularizado
el Papa Juan Pablo II: no se puede separar el significado unitivo
(la unión de los esposos) del significado procreador (la transmisión de
la vida).
Esto no quiere decir que los esposos tengan que tener siempre la
intención de transmitir la vida; basta con que respeten el modo de ser del acto
conyugal. En cambio, es inmoral deformar ese acto o poner medios artificiales
que impidan la posible concepción de una nueva vida (DIU, preservativos,
espermaticidas, anticonceptivos, etc.) o la supriman (píldoras con efecto
abortivo, etc.).
La plenitud de la sexualidad humana integra estos elementos: la unión
conyugal de los esposos, con todos sus aspectos (ternura, placer, etc.); la
exclusividad de la donación sexual y afectiva; la realización personal de
amistad y entrega mutua; la generosidad para abrirse a la transmisión de la
vida humana y la educación de los hijos.
Es evidente que las cosas no siempre son ideales: ni en lo fisiológico,
ni en la relación de los esposos, ni en la educación de los hijos. Los esposos
no son ideales, ni en el cuerpo ni en el espíritu, y los hijos tampoco. Esto
da lugar a multitud de problemas. Por eso, vivir bien la vida matrimonial
puede exigir -y siempre exige en algún momento- heroísmo. Vivir bien, respetando
las leyes íntimas de la sexualidad -respeto por la verdad biológica del sexo,
fidelidad mutua, entrega a los otros- puede resultar duro en ocasiones. Pero
muchos y muy importantes bienes de las personas y de la sociedad dependen del
respeto a esas leyes de la naturaleza, que, en definitiva, son de Dios. Hay que
convencerse de que no se puede encontrar la felicidad de otro modo que en la
plenitud.
Esa relación íntima y exclusiva da lugar, ordinariamente, a la
formación de nuevas vidas y es también el mejor ámbito para acogerlas. Si el
hogar es estable, los hijos encuentran un ámbito humano cálido, de comprensión
y cariño, y también una unidad económica que les permite crecer como hombres,
ser atendidos y educados.
Son varias, pues, las razones de la naturaleza que apuntan a que el
matrimonio es una relación exclusiva y estable; es decir la relación permanente
y exclusiva de uno con una. La moral cristiana no hace más que reafirmar esa
realidad que está incoada por la naturaleza: el matrimonio de uno con una y
para siempre.
En este momento se pueden plantear objeciones: ¿y si no se entienden?,
¿y si se cansan de vivir juntos?, ¿y si uno de ellos se enamora verdaderamente
de otro o de otra?, ¿y si no tienen hijos? Responder bien a todo llevaría
bastante tiempo y trabajo.
Pero lo malo es que apartaría la atención del centro de la cuestión.
Hay dos maneras de abordar la cuestión del matrimonio: una
es desde las dificultades, la otra desde su plenitud. Es experiencia común que
en la vida matrimonial se presentan frecuentemente dificultades. Es cierto que
muchos no llegan a quererse o que, después de un tiempo, dejan de quererse; es
cierto que hay matrimonios de conveniencia que acaban fracasando (aunque también
es cierto que hay matrimonios de conveniencia que triunfan); es cierto que se
pueden llegar a dar situaciones insufribles, etcétera. Sin embargo ninguna de
estas cosas hace que el matrimonio deje de ser lo que es; ninguna de estas
cosas cambia las leyes de la sexualidad y de la felicidad humana.
Sería un tremendo error destruir la idea de lo que es el matrimonio,
porque, en algunos casos, da lugar a dificultades. Es como si despreciáramos
las leyes de la visión, porque algunos han tenido la desgracia de perder la
vista. Perderíamos el centro de la cuestión; es decir, el único punto desde el
que se pueden resolver realmente las dificultades. Más bien habría que razonar
al revés: justamente porque el matrimonio es algo delicado y puede plantear dificultades,
es más necesario poner todos los medios a nivel personal y social para que
triunfen.
No se puede tratar el tema de una manera desenfadada. Hay que recordar
que están en juego las dimensiones más profundas de la personalidad humana, que
están en juego las relaciones humanas más fuertes y delicadas, que está en
juego la felicidad personal, que está en juego la educación de las nuevas
vidas, que está en juego el entramado de la sociedad.
Es evidente que una persona que quiera ser feliz ha de hacer todo
lo posible para triunfar en este aspecto tan vital de su existencia. El
éxito en la vida matrimonial es mucho más importante que el éxito profesional o
social, y exige mucho empeño. Tiene que conseguir que su matrimonio sea un
éxito; es decir, que se realice el ideal: que sea de uno con una y para
siempre; y la sociedad debe hacer lo posible para ayudarle a conseguirlo. Está
en juego la felicidad personal y la salud de la sociedad. Cambiarían mucho las
cosas si se dispusieran seriamente los medios para que los matrimonios
triunfasen.
¿Y si fracasa? Pues si fracasa, habrá que pensar en lo que se puede
hacer: no se pueden dar normas generales. La única norma general es que el
triunfo del matrimonio consiste en la unión de uno con una y para siempre. Hay
que contar con los fracasos, pero no se debe plantear el matrimonio desde los
fracasos, sino desde su triunfo. Precisamente porque las dificultades son frecuentes
es por lo que se necesita tanto énfasis en el ideal; lo contrario es
resignarse a ocupar de entrada el papel de perdedor.
Esa es la norma, y hay que hacer lo posible para que sea el caso
general. Los demás, los casos difíciles, hay que estudiarlos y resolverlos en
concreto, porque no se pueden resolver de otra forma. Sucede como con las enfermedades,
aunque hay trata-mientes conocidos, no se pueden usar indiscriminadamente: hay
que estudiar a cada enfermo, porque cada enfermo es, en parte, un caso
distinto. Lo mejor es, sin embargo, disponer las cosas para que el matrimonio
goce de buena salud. La mejor medicina es la preventiva. Los fracasos
ordinariamente tienen mala solución. Hay que tomarse en serio la disciplina
sexual y el matrimonio: no es un juego.
El amor familiar
Cuando la moral cristiana habla de sexo, está hablando de
familia. Son bienes inseparables, porque el sexo tiene su ejercicio natural
en el matrimonio y allí surgen nuevas vidas, que se incorporan a la relación
íntima de sus padres. La sexualidad sin esta referencia, que es su contexto
natural, está desordenada y fuera de lugar; pierde su sentido humano y solo
puede proporcionar experiencias efímeras, huecas y, en definitiva, frustrantes.
La familia es el ámbito principal de los amores humanos. Y es
una realidad que se construye precisamente a base de amor. La funda el amor de
los esposos, la hace crecer el amor y la fidelidad que estos se guardan, la
realiza el amor que vierten hacia los hijos que tienen, y se completa cuando
los hijos son educados en el amor, cuando aprenden a querer a sus padres, a
quererse entre sí y a querer a todos los hombres.
Quien no haya tenido experiencia propia de lo que es una familia que
ha cuajado como tal, de una familia que ha llegado a su plenitud, donde el amor
es una realidad, no puede hacerse una idea de la calidad de este bien y de hasta
qué punto tiene que ver con la felicidad humana. Las realizaciones mediocres o
fracasadas del amor matrimonial no pueden reflejarla.
Al hablar de amor en la familia, no hay que pensar en situaciones
idílicas, que solo pueden existir en la imaginación o en las películas más o
menos cursis de otra época. Se trata del amor real que crece en las
circunstancias más ordinarias de la vida: entre las pequeñas dificultades, los
trabajos de todos los días, las incomodidades, las cosas que salen bien y las
que salen mal, los problemas de salud, los apuros económicos, los cansancios,
los enfados pasajeros, etc.
El amor es una realidad difícil de tratar, porque es intangible: no se
ve y no se toca. No se puede medir y, en consecuencia, no es fácil detectar
cuándo crece y cuándo disminuye. Puede suceder que algo lo esté dañando y no
se advierta. Pero no es solo cuestión de sentimientos. Produce sentimientos y,
en parte, nace de sentimientos, pero el amor no es un sentimiento.
No hay que confundir el amor matrimonial con el enamoramiento
de los primeros momentos. El enamoramiento es una situación sentimental
ordinariamente pasajera. Tiene algo de auténtico y tiene algo de falso, porque
deslumhra. La persona que se ha enamorado queda como cegada por el resplandor
de algunos aspectos del otro que se le aparecen con un brillo extraordinario.
Y ese brillo tapa todo lo demás: sus mediocridades, sus defectos.
Con el trato, el brillo fulgurante desaparece y, a medida que se
conoce al otro, se ve la realidad tal como es. Se le conocen sus aspectos
positivos y también sus defectos. Se percibe que no todo era tan magnífico como
se había creído al principio. Sin embargo, si hay trato y confianza, se
empiezan a compartir la intimidad y se tiene como propio lo del otro. Así el
enamoramiento deja paso al afecto y, después, cuando se empiezan a tener las cosas
de otro como propias, al cariño. El enamoramiento es como la llama de la
hoguera que da lugar al rescoldo del fuego. Primero son las grandes llamas
brillantes, porque primero arde el material más ligero; después, con ese calor
y un poco de tiempo, van prendiendo los materiales más pesados, dando
estabilidad al fuego.
El cariño crece en la medida en que los dos están más unidos, en la
medida en que comparten más, en la medida en que tienen más en común. Pero para
que se comparta más hay que dar. Dar es la clave del amor. El amor lleva a dar
y a darse y crece precisamente así. Amor significa siempre entrega, perder
algo de lo propio en beneficio del otro. Cuando se quiere a alguien, se le
desea el bien y uno se siente movido a procurárselo. Esto supone muchas veces
sacrificio: hacer lo que no apetece, o no hacer lo que apetece; acomodar los
propios gustos y pensar en la satisfacción del otro antes que en la propia.
Solo a base de sacrificio se mantiene el amor mutuo. Porque hay que
aprender a pasar por alto los defectos, a perdonar una vez y otra, a no devolver mal por mal: a no tener en cuenta una frase
molesta, una respuesta airada, un signo de impaciencia, una manía mil veces
repetida, un mal momento. Y esto no una vez, sino continuamente, un día tras
otro. Si no hay preparación para ese sacrificio, no es fácil de llevar. Las
dificultades se agigantan, las incomprensiones crecen; se guardan y se echan
en cara los agravios mutuos, no se toleran las manías, y la convivencia se
hace insoportable.
El amor tiene como propio excederse. No llega a cuajar si no se
está dispuesto a hacer más de lo justo. Si ambos trazan una línea divisoria de
derechos y obligaciones y no están dispuestos a pasar de allí, el matrimonio ya
ha fracasado. Porque es imposible que ambos respeten siempre ese límite. Un día
él estará cansado, el otro ella estará nerviosa, y si cada uno exige
estrictamente sus derechos sin ceder en nada, será imposible que no se
enfrenten continuamente. Pensar en otra cosa es desconocer cómo es el corazón
humano. En cuanto uno se descuide un poco o le venza la debilidad, cometerá una
ofensa que el otro no querrá perdonarle. Así no irán muy lejos.
Solo si ambos están dispuestos a excederse, a hacer más de lo que les
tocaría en justicia, el amor es posible. Porque así se crea una amplia franja
intermedia, donde se resuelven la mayor parte de los problemas. Y esto no solo
una vez, sino permanentemente. El matrimonio solo triunfa cuando ambos -o por
lo menos uno de ellos- están dispuestos a sacrificarse siempre.
El sacrificio es la garantía de que hay amor verdadero y, además, lo
hace crecer y lo mejora. El sacrificio tiene un enorme valor educativo para el
amor: le da realismo y lo hace patente. Y paradójicamente, es compatible con la
felicidad. Porque la mayor felicidad del hombre en la tierra consiste
precisamente en el amor: no tanto en ser amados, sino, principalmente en
amar. El que ama se siente feliz, incluso cuando no es correspondido.
Ciertamente, el saberse correspondidos da plenitud al amor y también a la
felicidad; pero una riquísima experiencia humana enseña que se puede ser feliz
incluso cuando el amor no es correspondido. Aunque, en este caso, felicidad y
dolor vayan paradójicamente mezclados.
Nadie se lamenta de haber amado demasiado, porque el amor es lo que
más ennoblece al hombre. Siempre hay calidad humana en un hombre que ha sabido
amar. Pero no hay que confundir el amor con el sentimentalismo, ni tampoco con
la pasión afectiva. La diferencia está en que, en el auténtico amor, se quiere
siempre primero el bien del otro; mientras que los amores sentimentales o
pasionales, son amores posesivos, donde se quiere al otro porque es un bien
para uno mismo; con lo que, al final, pueden ser manifestaciones de egoísmo.
El matrimonio, si se sabe vivir bien, es una gran escuela de humanidad
porque es una gran escuela de amor. Se aprende a sacrificarse realmente por el
otro. Y esto es lo que da calor al hogar. Es necesario quemarse un poco,
sacrificarse un poco, para que haya calor. Por eso, el matrimonio es un lugar
adecuado para recibir nuevas vidas.
Si hay amor y sacrificio, el hogar tiene calor, y las nuevas vidas
que vienen, encuentran un ambiente humano cálido y acogedor. Es necesario
sacrificarse mucho para sacar un hijo adelante. Si los padres no están
acostumbrados a sacrificarse, maltratarán a sus hijos y no los sabrán criar. En
el seno de la familia es donde se realiza, en primer lugar, el precepto de amar
al prójimo como a uno mismo y es donde primero se aprende. Por eso es una gran
escuela de la vida social.
Sin todo este riquísimo contexto humano la sexualidad queda sin
sentido, como una realidad esperpento, como un espejismo que promete mucho y
apenas puede dar. Pero integrada en él es una realidad maravillosa: origen de
las relaciones humanas más
fuertes y con tareas llenas de belleza, como es la
de amarse plenamente y la de transmitir la vida humana: la vida del cuerpo y
la vida del espíritu.
La moral, no lo olvidemos, tiene mucho que ver con la belleza. Pero
para apreciar la belleza, hay que ver las cosas en todo su esplendor. Para
entender la moral sexual hay que saber lo que es una familia; hay que tener
experiencia de este bien tan inmensamente importante para la vida personal y
social. Solo cuando se descubre la grandeza de ese bien, se entiende que le
estén subordinados tantos otros, y, en particular, el placer sexuaL