21 de diciembre de 2017

Abrirse a las diferencias entre hombre y mujer (Michael Esparza)



ABRIRSE A LAS DIFERENCIAS ENTRE HOMBRE Y MUJER



«Sólo gracias al dualismo de lo masculino y de lo femenino
lo humano se realiza plenamente»
 (Juan Pablo II)

  
Índice
1) INTRODUCCIóN                 
2) COMO VENIDOS DE PLANETAS DIFERENTES
Ponerse en la piel ajena  
La inseguridad produce desconfianza  
Saber escuchar        
Hablar o callar             
3) SUBJETIVIDAD FEMENINA Y OBJETIVIDAD MASCULINA
4) LA AUTORREALIZACIóN A TRAVéS DEL AMOR           
5) LA SEXUALIDAD                    
6) LA AFECTIVIDAD                    
Ventajas y desventajas    
7) AFÁN POSESIVO: ORIGEN Y POSIBLE SOLUCIÓN         
8) AUTOESTIMA Y HUMILDAD  
  
Michel Esparza, 2001


1) INTRODUCCIóN
Siempre pensé que cuando las cosas se tuercen en un matrimonio es por culpa del egoísmo de uno o de los dos cónyuges. Últimamente, sin embargo, la experiencia me muestra que, si bien el egoísmo es el último responsable de los problemas conyugales, también es verdad que ese egoísmo no sería tan dañino si hubiese buena voluntad y buena comunicación entre los cónyuges.
Esa es la razón por la que me decido a poner por escrito algunas consideraciones acerca de los malentendidos que más frecuentemente he observado entre hombres y mujeres. Conocer las diferencias entre hombre y mujer evita muchos problemas de comunicación. Pienso ahora en matrimonios con problemas serios, o simplemente en tantas personas casadas desde hace años que, a primera vista, se llevan bien, pero que, mirado de cerca, distan mucho de la imagen ideal que uno tiene del amor entre un hombre y una mujer. Al intentar ayudarles, entreveo problemas de comunicación por no percatarse del modo tan distinto de ver las cosas que tienen ambos.
«A las mujeres no hay quien las entienda», dicen muchos hombres. «Ya saben cómo son las chicas. Nunca se sabe por dónde van a salir», dice el joven protagonista de una novela. Eso lo dicen hombres que quieren comprender a las mujeres desde sí mismos. En vez de meterse en piel ajena, se ven a sí mismos como punto de referencia, como si fuesen raros quienes no son como ellos. Ignoran que existen dos dos modos -masculino y femenino- de percibir la realidad.
No sé si estas líneas van dirigidas a hombres, para que entiendan a las mujeres, a mujeres para que se conozcan mejor, o a ambos para que reflexionen sobre sus legítimas diferencias. Lo más viable es dirigirme a hombres, pues me temo que hoy en día es políticamente incorrecto escribir algo sobre el carácter femenino. Y es que corro el riesgo de agraviar a aquellas mujeres que, por modo de ser o por influencia de cierto feminismo, tienen complejo de inferioridad. A éstas les diría ante todo que soy un gran admirador de la feminidad, que pienso sinceramente que tienen una gran suerte de ser mujeres, y que sus problemas son propios de personas sensibles. Quizá se evitarían las susceptibilidades si, en vez de referirme a la mujer, me refiriese a personas sensibles.
Tanto el varón como la mujer necesitan ahondar en este tema. Por ser más intuitiva, la mujer puede carecer de una imagen racional de sí misma. El varón, por ser más racional, no logra entender a fondo ciertos sentimientos presentes en la mujer. Ambos tienen que intentar comprenderse mejor, pero el hombre suele tener mayor capacidad analítica de modo que tiene mayor responsabilidad a la hora de facilitar una buena comunicación. El varón se mueve en las medianías, mientras que la mujer suele comportarse como un ángel o como un demonio en función del amor que recibe. Si los hombres supiesen asegurarlo, todo sería más fácil.
¡Qué importante es abrirse a las diferencias! Somos como una manzana cortada por la mitad; ésta puede ser seccionada de múltiples maneras: todos somos diferentes, pero tenemos en común que nos falta una mitad. La autosuficiencia le lleva a uno a considerar sólo la mitad de la manzana que posee olvidando y despreciando la otra mitad. El hombre, siendo muy viril, tendría que incorporar las virtudes femeninas, y la mujer, sin traicionar su feminidad, debería hacerse propias las virtudes masculinas. Lo ideal es tener un padre cariñoso y una madre muy sensata.
Los hombres se parecen a la prosa, las mujeres a la poesía. La prosa es lineal, se entiende mejor, pero la poesía permite expresar sentimientos más finos, más profundos. El varón es como una guitarra, la mujer como un arpa. Es sencillo afinar una guitarra y es difícil que se destemple, pero produce sonidos menos hermosos que un arpa. La mujer es más difícil de acordar pero, si lo consigue, suena mejor. Para no ofender a nadie, conviene añadir que existen "hombres-arpa" y "mujeres-guitarra". Todo lo femenino se encuentra parcialmente en el varón y viceversa. Siempre hay excepciones que confirman la regla. Antes de entrar en materia, conviene, pues, aclarar que hablamos siempre en términos generales, pero que cada persona es única. Según una "psicología de laboratorio", afirma Torelló, «el hombre poseería una inteligencia sintética, la mujer detallista; el hombre tendería a la abstracción, la mujer a la concreción; el hombre ambicionaría la fama, el prestigio, el poder, y la mujer la paz, la felicidad, la intimidad; el hombre es dominado más por la ira que por el miedo, la mujer más por el miedo que por la ira; el hombre toma decisiones rápidas, la mujer es vacilante y perpleja; el hombre no reconoce sus errores fácilmente, la mujer es turbada a menudo por sentimientos de culpabilidad». Todo eso sólo es verdad en términos generales.

2) Como venidos de planetas diferentes
John Gray, un experto en ayuda matrimonial, ha escrito un conocido libro -Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus- en el que, tras años de experiencia con cientos de parejas, pone de relieve las grandes diferencias existentes entre hombres y mujeres. Viene a decir que los malentendidos entre ambos provienen de haber olvidado que hablan el mismo lenguaje pero el significado de las palabras es diferente. Marcianos y venusianas se habrían conocido y, tras un periodo de felicidad -por aportarse lo que falta a los habitantes del otro planeta-, deciden irse a vivir a la tierra, donde empiezan los problemas por olvidar que proceden de planetas diversos.
Las diferencias entre los dos sexos siempre resultan ser mayores de lo que se piensa. Según Gray, «los hombres y las mujeres no sólo se comunican de manera diferente sino que piensan, sienten, perciben, reaccionan, responden, aman, necesitan y valoran de manera totalmente diferente. Casi parecen proceder de planetas distintos, con idiomas distintos y necesidades también diferentes». Otro autor, Gary Smalley, opina que «la mayor parte de las dificultades conyugales se centra alrededor de un hecho: que hombres y mujeres son totalmente diferentes».
Ponerse en la piel ajena
Piensa el ladrón que todos son de su condición. En vez de meternos en la piel de los demás, tenemos tendencia a autoproyectarnos, a pensar que los demás son como nosotros. Si hombres y mujeres no se abren a las diferencias entre ambos, se multiplican los malentendidos. A la mujer le cuesta la sinceridad, llamar al pan pan y al vino vino. En una novela de Carmen Martín Gaite, se habla sobre «la habitual sumisión femenina a las medias verdades». Si el hombre no sabe leer entre líneas, no entiende lo que una mujer le quiere realmente decir. Así por ejemplo, si una mujer se siente celosa, no lo dirá claramente, lo manifestará mediante veladas críticas. Si le dice a su marido: «No paras en casa, siempre estás saliendo con tus amigos», quizá lo que realmente quiera decir sea: «Últimamente me siento mal, necesito tu cariño». Si él no sabe captar la longitud de onda femenina, responderá de modo objetivo: «¿Porqué te quejas?, hace tres semanas que no salgo con mis amigos». Entonces la mujer, malhumorada, pensará: «Mi marido no me entiende, luego se confirma lo que temía: que no me quiere». Es un círculo vicioso. Si la mujer hablase claro, se resolvería el problema. Pero una mujer es sincera en la medida que se siente querida incondicionalmente. Si tiene la impresión subjetiva de que su marido no le quiere, aunque objetivamente esto no sea cierto, se cerrará todavía más y le costará todavía más ser sincera.
Varones y mujeres tienen expectativas diferentes. Si el varón lo ignora, le pillará de sorpresa el descontento de su mujer. Como a ese empresario, James Hunter, cuando relata: «Las cosas no son lo que parecen. Lo cierto es que mi vida se estaba desmoronando. Rachael me había dicho un mes antes que llevaba algún tiempo sintiéndose infeliz en nuestro matrimonio e insistía en que las cosas no podían seguir así. Me dijo que no se estaba atendiendo a sus "necesidades". ¡Yo no daba crédito a lo que estaba oyendo! "Mira tú -pensé-, le doy todo lo que una mujer podía pedir, ¡y todavía me dice que no atiendo a sus necesidades! Pero ¿qué más necesidades puede tener?"».
Hay que amar a los demás como ellos desean ser amados, no como a uno le gustaría. Sucede a menudo que un hombre que no tiene en cuenta las necesidades de su mujer, cuando hace el propósito de mejorar la relación con ella, decide ayudarle más en las tareas del hogar y en el cuidado de los niños. En el fondo, se autoproyecta: hace lo que quisiera que le hiciesen a él: llegar a casa y poder sentarse tranquilo en un sofá viendo la televisión. Es evidente que la mujer aprecia que se le eche una mano, pero lo que el varón suele olvidar es que haría mucho más feliz a su mujer mirándole con cariño y diciéndole algo agradable, que estando 4 horas haciendo las tareas del hogar. Es una pena que no se dé cuenta, pues con 3 minutos conseguiría más que con 4 horas sacrificándose por ayudarle en lo doméstico...
La inseguridad produce desconfianza
En el fondo, detrás de muchos malentendidos entre hombre y mujer, subyace un problema de confianza, el cual a su vez tiene que ver con un problema de autoestima. Para confiar en el amor de otro es preciso tener confianza en la propia amabilidad. Quien no se gusta tiende a pensar que no gustará. Por eso, que uno de los elementos más importantes para asegurar un matrimonio feliz consiste en que la mujer no pierda la confianza en el amor de su marido: que esté convencida de ser la persona más importante en la vida de él. Una mujer es maravillosa mientras se siente querida (en el fondo, eso es el reflejo de lo que le ocurre a todo ser humano: funciona de modo óptimo en la medida en que se sabe amado incondicionalmente). Me decía un recién casado: «¡Es maravilloso! Cada vez que le hago una caricia a mi mujer, reacciona inmediatamente, deja lo que estaba haciendo y me mira con una sonrisa arrebatadora». Sin embargo, esa felicidad empieza a desvanecerse desde el momento en que la mujer empieza a dudar del amor de su marido, porque éste le da motivos objetivos -se porta mal, se enfada, le es infiel...-, o por motivos subjetivos.
Detrás de problemas de incomunicación es frecuente encontrar problemas de inseguridad. El hombre duda a la hora de entregarse por temor a ser incompetente; a la mujer, en cambio, le cuesta dejarse querer por desconfianza en su propia amabilidad. «La mujer -escribe Gray- suele tener miedo de necesitar demasiado y de que entonces se la rechace, se la juzgue o se la abandone. Ser rechazada, juzgada o abandonada le causan gran dolor ya que, en lo más profundo de su inconsciente, abriga la falsa creencia de que no es digna de recibir más. Es ésta una creencia que se iba formando y reforzando en la infancia cada vez que ella debía reprimir sus sentimientos, necesidades o deseos. La mujer es especialmente vulnerable a la creencia negativa e incorrecta de que no merece ser amada. Si de niña presenció o sufrió abusos, será aún más vulnerable al sentimiento de que no es digna de recibir amor; le resultará más difícil determinar su propio valor. Oculto en el inconsciente, este sentimiento de que no es digna genera el temor a necesitar a los demás. Una parte de su ser imagina que no va a recibir apoyo». Por otra parte, «lo que más teme el hombre es a no servir o a ser incompetente. Compensa ese temor entregándose a aumentar su poder y su competencia. El éxito, el logro y la eficiencia son lo más importante en su vida».
Es lógico que el hombre se sienta frustrado si su mujer se queja de él: se siente incompetente si ella se muestra descontenta. Por otra parte, la mujer tiene miedo a pedir. Si supiese pedir sin reproches, su buen marido se volcaría. Así él vería confirmada su capacidad de hacerla feliz, y ella recuperaría su sentido de dignidad. Pero muchas veces este proceso queda bloqueado por uno de los dos, sin que el otro lo entienda y lo desbloquee. Es una pena que la mujer, por inseguridad, no hable más claro, y que el hombre no sepa leer entre líneas. Además, cuando una mujer está alterada tiene tendencia a hacer declaraciones absolutas, sin ningún tipo de matiz, lo cual hace que el hombre se ponga más a la defensiva. «Es que tú nunca estás en casa», dice ella. Si el marido responde: «pues ya ves que ahora sí que estoy en casa». «Tú nunca me escuchas», dice ella, y se exaspera cuando su marido le responde: «Pues ahora sí que te estoy escuchando».
Si ambos supiesen que hablan lenguas diversas, se evitarían muchos malentendidos. Si una mujer dice a su marido: «Nadie me hace caso», lo que está queriendo decir en lenguaje masculino es quizá esto: «Hoy siento que no se me hace caso ni se me reconoce. Parece que nadie me vea. Estoy segura de que alguna gente me ve, por supuesto, pero no parece que yo les importe. Supongo que también me frustra el hecho de que hayas estado tan ocupado últimamente. Me doy cuenta de lo mucho que trabajas, pero a veces me da por pensar que ya no te importo». Otro ejemplo. Si ella dice: «Ya no me quieres», no significa que esté lanzando un reproche destemplado. No dice: «Yo te he dado los mejores años de mi vida y tú no me has dado nada. Me has utilizado. Eres frío y egoísta. Haces lo que te viene en gana, todo para ti y sólo para ti. No te importa nadie. He sido tonta por quererte. Ya no me queda nada». Más bien está diciendo: «Hoy tengo la sensación de que no me quieres. Me temo que es por mi culpa. Sé que en realidad me quieres, haces muchas cosas por mí. Pero hoy me siento un poco insegura. Dame confianza en tu amor y dime esas dos palabras mágicas: "Te quiero". Me siento bien cuando me dices eso».
Hay que saber leer entre líneas. Cada vez que una mujer protesta por algo, su marido tendría que estar al tanto de que puede estar expresando celos. Quizá, aunque de modo inadecuado, le está pidiendo veladamente que manifieste su cariño. Un hombre suele sentir celos si hay otro hombre de por medio, mientras que una mujer puede sentirlos hacia cualquier tipo de actividad absorbente de su marido. Sucede así a menudo que a ella no le interesan los temas relacionados con el trabajo de su marido. A él le encantaría contarle cosas, pero ella muestra poco interés. En el fondo, son celos. Tampoco a un hombre le gustaría que su mujer le contase detalles acerca de un hombre encantador que ella ha conocido. A nadie le apetece que le hablen de su rival.
El hombre tiene que aprender a mirar las cosas con la lógica del corazón. Ante las dudas subjetivas de la mujer, si el hombre, de acuerdo con su espíritu analítico y frío, intenta convencer a su mujer de lo contrario mediante argumentos racionales, ésta seguirá estando insatisfecha porque da mucha más importancia a sentirse querida que a saberse querida. Ver llorar a su marido a causa del conflicto le resulta mucho más convincente que mil razonamientos... No se convence tanto a una mujer de lo mucho que se le quiere con argumentos racionales, cuanto con comprensión y hechos sensibles. Se evitarían no pocos problemas matrimoniales, si las mujeres aprendiesen a dar más importancia al saber que al sentir, y si los maridos tuviesen un poco más de mano izquierda y se esforzasen por expresar el cariño que sienten...
Otra situación típica. Tras una intensa jornada de trabajo, el marido llega tarde a casa. Han surgido imprevistos en su trabajo, está agotado y tiene ganas de llegar a casa para descansar. Cuando su mujer le ve llegar, se muestra muy contrariada y le recuerda que habían quedado en cenar mucho antes. Lo que la mujer no le dice es que su cariño por él le ha llevado a echarle en falta y a preocuparse pensando que quizá hubiera tenido un accidente. Generalmente, ante esta situación, el marido se irrita y terminan discutiendo. ¡Que diferente terminarían las cosas si ambos se comprendiesen! La mujer le diría: «Si llegas tarde, es que has tenido mucho trabajo. No sabes lo orgullosa que estoy de tus sacrificios para sacar adelante a la familia. Pero ahora al fin podrás descansar. ¿En qué te puedo complacer?». El marido, en vez de irritarse ante las quejas de su mujer, le diría: «¡Qué buena eres! No se cómo agradecértelo. En tu impaciencia porque llego tarde, veo lo mucho que me quieres. Además tendrás que volver a calentar la cena. Ya te ayudo yo...» Así, una misma circunstancia puede conducir a dos situaciones opuestas: que los esposos riñan o que se den un abrazo.
Saber escuchar
Hay que saber escuchar. La queja que con mayor frecuencia manifiestan los hombres acerca de la mujeres es la de que ellas siempre están intentando cambiarlos. A su vez, escribe Gray, «la queja que con mayor frecuencia manifiestan las mujeres acerca de los hombres es la de que éstos no escuchan. El hombre, o bien no le hace el menor caso cuando ella le habla, o escucha unas palabras, evalúa lo que le preocupa y a continuación se pone con orgullo la gorra de señor "todo arreglado" y ofrece una solución que la haga sentirse mejor. Cuando ella no aprecia este gesto de amor, él se muestra confundido. Por muchas veces que ella le diga que no la escucha, él sigue sin entender y no abandona su actitud. Ella desea solidaridad y comprensión, y él cree que desea soluciones».
La mujer desea ante todo que su marido le escuche mostrando interés, no como se escucha una conferencia. El hombre es más resolutivo. Cuando le hablan de un problema, piensa que lo que se le está pidiendo es ante todo que ayude a resolverlo, que ofrezca una solución. Una mujer, en cambio, no desea tanto que su marido le dé una solución a su quebradero de cabeza, cuanto desahogarse, sentir que su marido le comprende, que se hace cargo de su preocupación. Si ve que su marido le comprende, se siente querida.
A un hombre le cuesta entender que su mujer estará más contenta si le escucha con paciencia, interés y comprensión, que si le ofrece enseguida una solución. Al no ponerse en la piel de su esposa, no entiende que ella, al contar sus problemas, busque sobre todo desahogarse, saberse comprendida. «Los hombres -escribe Gray- deben recordar que las mujeres hablan de sus problemas para intimar, y no precisamente para conseguir soluciones. A menudo, la mujer sólo quiere manifestar sus sentimientos acerca de cómo le ha ido el día y el esposo, creyendo ayudar, la interrumpe y le ofrece toda una retahíla de soluciones a sus problemas. Y no tiene ni idea de por qué eso le sienta tan mal». El hombre no es consciente de que cada vez que su mujer se desahoga, está poniendo a prueba el amor de su marido. Cierto idealismo utópico lleva a la mujer a pensar que si su marido realmente le quiere, le entenderá, aunque ella no hable claro. Si nota que su marido no le entiende, es posible que se enfade, pues concluye erróneamente que no le quiere. Peor todavía si el marido se impacienta (por ejemplo, si a las 11 de la noche, cuando él, muy cansado, está a punto de irse a la cama -o cinco minutos antes de que comience la retransmisión de un partido de fútbol-, ella empieza a contarle un preocupación objetivamente poco importante). En este sentido, puede resultar cruel para una mujer, que comienza a contar su preocupación, que su marido le interrumpa diciéndole que abrevie, que vaya al grano, que la solución está clara, etc. Un marido tiene que comprender que una hora escuchando con cariño a su mujer equivale para ésta a una hora de recibir el amor que más anhela. En vez de proyectar egoístamente los propios deseos, habría que querer a los demás respetando sus legítimos deseos, quererles como quieren ser queridos, no como a uno le gustaría que le quieran.
«Tendrías que estar aquí», le decía por teléfono una madre a su hijo que estaba en un país lejano. El hijo se afanaba entonces por explicarle que eso no era posible, hasta que descubrió que lo que la madre buscaba no era tanto obtener el retorno del hijo, cuanto expresar su pena por su lejanía. En sucesivas ocasiones, cuando la madre se quejaba de la lejanía del hijo, éste le decía: «Tienes razón, mamá, tendría que estar allí». Incomprensiblemente para el hijo, después de decirle eso a su madre, ésta dejaba de insistir. Sí, con las mujeres hay que saber triangular, tener mucha mano izquierda, tener en cuenta los imperativos del corazón, por muy irracionales que parezcan. Si una mujer está enfadada con su marido y le chilla, éste le aplacará mucho mejor mostrando la pena que le produce ver a su mujer tan alterada, que haciendo grandes esfuerzos por no enfadarse, mostrándose impertérrito. Me contaba uno que su mujer dejó de enfadarse -por mucho tiempo, al menos- el día en que vio cómo su marido se emocionaba. Unas lágrimas surtieron mayor efecto que mil palabras.
Hablar o callar
El modo de hacer frente al estrés es muy diferente en el hombre y en la mujer. Como escribe Gray, «los marcianos se retiran a su cueva para solucionar sus problemas solos y sentirse mejor», mientras que «las venusianas se reúnen y hablan abiertamente de sus problemas para sentirse mejor». Cuando un hombre vuelve preocupado de su trabajo, le encanta encender la televisión para ver el telediario, volcando su atención en problemas lejanos sobre los que da su opinión. En vez de afrontar su frustración, prefiere estar arreglando el mundo. Después se le ve taciturno, rumiando su problema. Quizá la mujer interpreta mal esa actitud hosca y le hace preguntas directas que le sacan de sus casillas. La mujer, en cambio, cuando le preocupa algo, le encanta contarlo. No es que vaya al grano -la relación entre esa preocupación y su posible falta de autoestima-, sino que se desahoga contando los pormenores de una injusticia que ha sufrido. «Tan poco realista -escribe Gray- es esperar de un hombre que está encerrado en su cueva que de repente se muestre abierto, sensible y afectuoso, como esperar de una mujer disgustada que se tranquilice inmediatamente y se muestre totalmente sensata. Es un error esperar que el hombre muestre siempre su lado afectuoso, del mismo modo que es un error esperar de una mujer que sus sentimientos sean siempre racionales y lógicos».
Una vez más, la autoproyección puede llevar a reaccionar de modo inadecuado: que el marido deje sola a su disgustada mujer disgustada o que la mujer importune al marido cuando éste está rumiando su problema. No se puede dejar toda una noche a una mujer preocupada por algo referente a su marido. Él dormirá bien. Ella, no. «Pocos hombres tienen conciencia de lo importante que es para una mujer sentirse apoyada por alguien que la quiere. [...] Los hombres no se dan cuenta de este hecho porque su instinto marciano les dice que cuando se está disgustado lo mejor es quedarse solo. Cuando ella está disgustada el hombre, por respeto, la dejará sola, y, si se queda a su lado, empeorará las cosas intentando solucionar sus problemas. Su instinto no le habla de lo importante que son para ella la proximidad, la intimidad y la comunicación. Lo que ella más necesita es alguien que la escuche».
Es, pues, importante que el varón y la mujer se estudien mutuamente con el fin de percatarse de sus diferencias. Puede ser útil al respecto que los varones lean determinados libros de la literatura universal en los que se pone de manifiesto la psicología femenina. Pienso, por ejemplo, en Cristina, hija de Lavrans, una trilogía de Sigrid Undset ambientada en la Noruega del siglo XIV. Hay un pasaje que ilustra bien el carácter femenino. Poco después de la boda, Cristina, la protagonista, está enfadada con Erlend, su marido, porque piensa que no le hace mucho caso, pero, por orgullo, no le dice nada. En un momento dado, ella de comporta de modo imprudente y peligroso y su marido le da una bofetada en plena mejilla. «Lo merecías -le dice-. (...) Me has asustado». Y comenta la escritora: «Cristina no dijo nada; pero Erlend la notó menos enfadada que un momento antes (...). Le sorprendió, pero era cierto».
Sucede a menudo que, ante una mujer alterada, su marido piensa que lo que se espera de él es que la soporte. En vez de mostrarse airado, toma la actitud de aguantar el tirón. Piensa que bastante mérito tiene con no enfadarse. Pero el mensaje que ella capta no es: «hay que ver qué bueno es mi marido, ¡qué paciencia tiene conmigo cuando me pongo nerviosa!», sino «ni siquiera le afecta ver lo mal que lo estoy pasando, ya se ve que lo mío no le importa ni un bledo». Lo que menos soporta una mujer es la indiferencia...
En la misma obra de Undset, hay más adelante otro pasaje significativo en que sucede algo similar entre Lavrans y Ragnfried, los padres de Cristina. Ella, Ragnfried, reprocha a Lavrans que no haberse enfadado después de que ella, hace tiempo, le confesara una infidelidad matrimonial. Interpreta la indulgencia de Lavrans como desamor. «Creía -le dice- que si podías comportarte conmigo igual que antes, después de aquella noche, era porque yo te importaba aún menos de lo que yo había creído. Si después de aquello te hubieras mostrado duro conmigo, si me hubieras pegado sólo una vez en un día de borrachera, habría soportado mejor mi dolor y mis angustias. Pero tu indiferencia...». «¿Me creías indiferente?», le pregunta Lavrans, extrañándose de que su mujer interpretase su bondad como indiferencia. A lo que Ragnfried responde: «Sí, si tú me hubieras estrechado en tus brazos una sola vez, no porque fuese la esposa cristiana que te habían designado, sino la mujer que habías deseado y por cuya posesión hubieras luchado...».

3) Subjetividad femenina y objetividad masculina
En toda persona humana encontramos elementos ilógicos, meramente subjetivos, pero en las mujeres es algo más llamativo. En este mundo de las emociones, un hombre muy racional se pierde, porque los sentimientos suelen estar reñidos con la pura racionalidad. Para un hombre, lo importante suele ser tener los pies en el suelo (la realidad objetiva), mientras que las mujeres acostumbran a ver el mundo a través de sus vivencias personales. Todo tiene ventajas y desventajas. Las realidades existenciales -como los estados de ánimo- son muy importantes pero son poco estables. Una persona que se deja guiar únicamente por sus sensaciones se vuelve atolondrada. De todos modos, conviene que tengamos suficiente conocimiento propio como para poder aclararnos con el mundo de las emociones, aunque éstas no se dejen encerrar fácilmente dentro de estrechos moldes racionales. Si bien los sentimientos son menos de fiar, no hay que despreciarlos, porque esto equivaldría a despersonalizarse. Lo que sí conviene es anteponer lo objetivo a lo subjetivo, para no dejarse llevar por fantasías.
La mujer suele ser menos analítica que el hombre y tiende a confundir saber con sentir. De ahí que se deje dominar más fácilmente por los estados de ánimo. «El alma humana -dice una mujer en una novela- se parece a las nubes. No hay quien la coja en la misma postura». Si reducimos el alma humana a sus sensaciones subjetivas, es posible que nos descaminemos. Hay que saber tener los pies en el suelo sin, por ello, eliminar lo subjetivo. Por poner un ejemplo, la mujer tiende a dar más importancia a sentirse querida que a saberse querida. Unas lágrimas surten en ellas mucho más efecto que largos discursos. De ahí la importancia de que un marido consiga manifestar su afecto para que su mujer se sienta querida, decirle muchas veces que le quiere y hacerle ver que él sin ella no sabría vivir. Quizá sea éste el piropo que una mujer más desea oír -«sin ti no se vivir»-, más todavía si se trata de una mujer insegura.
Me decía un marido: «No entiendo por qué mi mujer se queja de que no la quiero; a estas alturas, llevando más de treinta años casado con ella, ya tendría que saber que le quiero...». Ese marido no se daba cuenta de que su mujer era diferente a él: a él le bastaba con saberse querido y no entendía que su mujer era más insegura que él y necesitaba sentirse querida. De todos modos, a la larga, es más importante que el marido la quiera de verdad: que no le engañe, que haya una realidad de amor detrás de las apariencias, que esté dispuesto a sacrificarse por ella. Si una mujer da más importancia a las apariencias que a la realidad objetiva, será muy fácil que un hombre le engañe, haciéndole creer que le quiere, cuando en el fondo se quiere aprovechar de ella.
El hombre suele ser más objetivo que la mujer, de ahí que algunos afirman que el varón es la cabeza de la mujer. La mujer es más intuitiva y está más abierta a las realidades existenciales; en ella todo suele ser más sentido: viendo las cosas con el corazón, las vive con mayor intensidad. Comparando a dos mujeres, una joven y otra mayor, dice el joven protagonista de una novela: «Las dos se parecían en dar a todo importancia por igual. ¿Será el eterno femenino eso también?». La persona ideal es al mismo tiempo intuitiva y racional. «El hombre -dice en una novela la mujer de Sócrates- no piensa con el corazón, se desliga de su cuerpo, de su familia, de su esencia. Una mujer no es capaz de pensar de modo tan impersonal. Y a veces, la mujer contempla en el fondo de su ser lo que el hombre jamás descubrirá a pesar de sus profundos e interminables quebraderos de cabeza».
Hombres y mujeres observan el mundo de modo muy distinto. Cuando hombres comentan por ejemplo un artículo que han leído, suelen hacer bellos discursos y se refieren sobre todo a datos concretos, estadísticos, etc. En cambio, si son mujeres las que lo comentan, hablan más bien del impacto que les ha producido. Los hombres cosifican a las personas y las mujeres personalizan a las cosas. Si fuesen sólo los hombres los que tienen algo que decir, el mundo se empobrecería; y si fuesen sólo mujeres las que mandan, no sé a dónde llegaríamos a parar...

4) La autorrealización a través del amor
Por naturaleza, estamos hechos para ser felices dando y recibiendo amor. Damos lo mejor de nosotros mismos en la medida en que, por amor y libremente, nos entregamos a otra persona. Lo que es propio de todo ser humano es, por decirlo de algún modo, más connatural a la mujer. «Cuanto más santa es una mujer, más mujer es», decía Léon Bloy. La mujer, por naturaleza, tiende más que el hombre a autorrealizarse a través de la entrega amorosa de sí misma, como si la naturaleza de la mujer estuviese más cercana a la finalidad de toda naturaleza humana: ser feliz a través del don desinteresado de uno mismo.
«¿Qué es la mujer? -se pregunta Carla Bettinelli secundando a Edith Stein- Una profunda necesidad de dar y de recibir amor». La capacidad de abnegación que tienen las mujeres equilibradas supera con creces a la de los hombres. Una mujer es capaz de cuidar minuciosamente innumerables detalles de servicio a los demás. Su corazón es, a la vez, débil y fuerte. A primera vista, el varón parece más fuerte, pero, a la hora de la verdad -y más aún si hay de por medio una razón de cariño-, la mujer llega más lejos, siendo capaz de perseverar heroicamente aun en las más adversas circunstancias.
«Dadle amor a una mujer y no habrá nada que ella no haga, sufra o arriesgue», dice Wilkie Collins en una de sus novelas. Las mujeres dan menos vueltas a las cosas, pero 'inconscientemente', sin aspavientos, tienen una capacidad de entrega muy superior a la de los hombres. El amor de una madre, por ejemplo, es quizá lo que más se parece a un amor incondicional. El amor de una buena madre es lo contrario al de esas chicas ávidas de romances fáciles; éstas -como escribe Albert Cohen rememorando a su madre- «aman a los hombres fuertes, enérgicos, resueltos, a los gorilas, en una palabra. Nuestras madres nos aman desdentados o no, fuertes o débiles, jóvenes o viejos. Y cuanto más débiles somos, más nos aman. Amor de nuestras madres, a ningún otro semejante».
Si una mujer no se traiciona a sí misma, reconoce que ansía esa felicidad que proviene de la abnegación amorosa. Copio un pasaje de una novela, en la que una psiquiatra soltera muy 'emancipada' escribe una carta a una amiga, reconociendo su íntimo deseo de entregarse a un hombre: «En modalidad de copla gitana: "Si tu me pidieras que al fuego me echase,/ igual que madera me consumiría./ Si tu me pidieras que me abriera mis venas,/ un chorro de sangre te salpicaría". Y en jerga psicoanalítica (...): Inmolarse en aras de la discutible felicidad que la disgregación de sí mismo puede proporcionar a otro. Pero no es broma, Sofía, lo malo es que no es broma. ¡Qué condena llevamos las mujeres con esta retórica de la abnegación, cómo se nos agarra a las tripas, por mucho que nos pasemos la vida tratando de reírnos de ella! Yo, aunque me dé vergüenza, te tengo que confesar -porque esta carta va de confesión- que mis ensueños eróticos más secretos se abrasan en el deseo de disolverme en otro, de entregarme a alguien sin reservas para que disponga de mí a su capricho; deseo analizado luego despiadadamente en mis horas de vigilia y amordazado sin más contemplaciones. Porque sé que es una pendiente resbaladiza». Sí, es una «pendiente resbaladiza» porque si una mujer se entrega de ese modo a un hombre que se aprovecha de ella, el amor se torna esclavitud...
Las decepciones amorosas son proporcionales a la sensibilidad de la persona que las padece; por eso la mujer sufre más. El varón tiene muy diversas fuentes de autoestima: el amor de los que ama, el ámbito laboral, el ámbito deportivo y social. La mujer espera ante todo ser amada por las personas más cercanas. Esta es una de las razones por las que las decepciones matrimoniales suelen ser más agudas en la mujer. Si una mujer no se siente querida por su marido, se siente tan mal como se sentiría su marido si le despidiesen de su trabajo y, además, todos sus amigos y familiares le abandonasen. Otra razón por la que esas decepciones son más agudas en la mujer es porque ella suele ser menos realista. En su tendencia a idealizar piensa que su marido le amará como ella le ama. Pero su cariño es más constante que el del varón. He aquí, tal como aparece en una novela, el extracto de una carta escrita por la amiga de una esposa descontenta: «Hablando con experiencia te diré lo que he observado. Las jóvenes recién casadas, que sienten un profundo amor por sus esposos -y tal es tu caso-, suelen cometer un muy grave error: como regla general, esperan demasiado de sus maridos. Los hombres, mi pobre Sara, no son como nosotras. Su amor, incluso cuando es sincero, no es como el nuestro; no es tan constante y fiel como el que nosotras les ofrecemos; no es su única esperanza ni la razón de sus vidas, como lo es para nosotras. Por mucho que los amemos y los respetemos, no tenemos más remedio que reconocer y aceptar esta notable diferencia entre la naturaleza del hombre y la de la mujer».
Sucede como con un órgano corporal. Mientras un ojo, por ejemplo, está sano, funciona bien sin que uno se percate de ello. Pero si se introduce un cuerpo extraño, el sujeto experimenta su propio ojo. Así también, cuando el alma está sana, uno se siente bien en su piel y resulta fácil olvidarse de uno mismo. Si hay paz interior, la donación amorosa surge espontáneamente: uno se puede volcar hacia los demás para aliviar sus necesidades. Pero cuando uno comienza a dudar de sí mismo, empieza a experimentarse a sí mismo y se siente molesto. Por eso, una mujer es capaz de la mayor abnegación a condición de sentirse querida. Si una mujer se siente querida permite todo a su marido. En cambio, si no está convencida de ocupar el primer lugar en la vida de su marido, protesta por cualquier cosa. Todo anda sobre ruedas en la medida en que se sienta inspirada por una razón de amor compartido. En cambio, si no se siente querida, si no se siente útil, entonces se desmorona, su atención se vuelve hacia sí misma y se irrita. Es como si se introduce un cuerpo extraño en el ojo de su alma. La que nunca se quejaba, empieza a protestar por cualquier futilidad. Como autodefensa, para reclamar el amor supuestamente perdido -y la subsiguiente autoestima-, la que era como un ángel comienza a comportarse como un demonio.

5) La sexualidad
Hombre y mujeres experimentan la sexualidad de modo diferente. El apetito sexual masculino es más intenso que el femenino. La mujer suele ignorar que lo que, por razones hormonales, a ella sólo le apetece uno o dos días al mes, al varón le apetece diez veces más y todos los días. En él prima el aspecto animal. En ella, la ternura, la vanidad y la confianza. Para una mujer, una relación sexual es como la continuación de un beso. Sólo está dispuesta a entregarse, si confía en el amor de quien la besa, si confía en el amor de quien la corteja. Pero si se le fuerza a tener relaciones, se siente fatal. «Muchas mujeres -escribe Smalley- me han contado que se sienten como prostitutas cuando, estando resentidas sus maridos, éstos les fuerza a hacer el amor».
Si una mujer lleva minifalda, los varones se ponen nerviosos. En cambio, las mujeres no suelen ir a la playa para ver a chicos en traje de baño, sino para tomar el sol. Cuando una mujer se encuentra con un hombre, se suele fijar en si es un hombre interesante, no tanto guapo, sino atento, delicado y cariñoso. En cambio, la tendencia natural del hombre es ver si una mujer está buena. La mujer suele robar cuerpos, mientras que el hombre suele robar corazones.
Las razones por las que el hombre y la mujer desean relaciones sexuales son diferentes. El hombre tiende a fingir amor para obtener sexo. La mujer tiende a fingir sexo para obtener cariño. El hombre está más atraído por el placer venéreo, mientras que la mujer desea ante todo sentirse querida. Un hombre seduce para sentirse importante pero también porque está interesado en obtener aventuras sexuales. Una mujer coqueta, en cambio, busca ante todo ternura como modo de suplir su inseguridad personal. Se siente segura en la medida que está atractiva. Si una mujer deja de cuidar su porte físico, si le da igual que le vean fea, es algo muy grave: su autoestima está por los suelos. No estar al corriente de estas diferencias de sensibilidad da lugar a muchos malentendidos... y chascos. Con razón escribe Mikel Santamaría:
«Muchas veces, la mujer se equivoca, cuando aplica su propio modo de vivir la sexualidad a los hombres. Los hombres son más directamente carnales. Si ser particularmente brutos, pueden experimentar el simple valor sexual del cuerpo de una mujer, totalmente al margen de la afectividad o de su valor personal. El hombre es así. Y es bueno que la mujer lo sepa. Del mismo modo que es bueno que el hombre sepa que las mujeres no son como él, para que no interprete que están en la misma onda que él.
Un hombre se puede sorprender del rechazo de una mujer, cuando él creía que ella estaba ya hace tiempo metida en su propia dinámica de excitación. Pero es que la mujer estaba interpretando aquello como cariño. Y sólo más tarde se da cuenta de que aquello no es el amor limpio que ella quería, y por eso lo rechaza.
Hay hombres que saben esto y, por eso, saben que, para alcanzar lo que quieren, se tienen que hacer los enamorados. Engañar a una mujer, en este sentido, es relativamente fácil, porque ella está predispuesta a interpretar como cariño las manifestaciones del hombre. Interpreta, de entrada, benignamente la actitud del varón. Si ella se expresara de esa manera sin un cariño profundo detrás, se sentiría como una verdadera prostituta. Por eso tiende a pensar lo mismo del hombre. Y le gusta sentirse querida. No se da cuenta de que el hombre, ante la proximidad del cuerpo de mujer, reacciona, naturalmente y sin maldad, experimentando la atracción sexual de ese objeto apetitoso.
Para evitar tratar a la mujer como objeto, el hombre tiene que ejercer una tarea de autodominio que no le es fácil».
La forma de vivir la sexualidad es muy diferente en hombres y mujeres. Dejemos que lo explique delicadamente Antonio Vázquez, un orientador familiar:
«El hombre es una llama de gas, la mujer es una llama de carbón lenta para encenderse y lenta para apagarse. La mujer conquista por la belleza que entra por los ojos; el arma del hombre es la palabra que entra por el oído. El varón necesita conquistar y poseer, mientras que la mujer necesita ser deseada y conquistada.
El hombre es más sexual, mientras que la mujer es más sensual. La mujer necesita aperitivo, el hombre prefiere cuanto antes el plato fuerte. Si uno y otro olvidan, no conocen o no quieren ser consecuentes con estas reglas, que la naturaleza ha marcado en la psicología de cada uno, pueden ir derechos al fracaso».
El varón tiende a reducir la relación sexual a un encuentro entre cuerpos, mientras que la mujer anhela un encuentro entre personas, encuentro y entrega de alma y cuerpo. Un cónyuge generoso se adapta a los gustos del otro. Pero suele suceder que el hombre impone sus apetitos sexuales a la mujer. En este caso -o cuando, a causa de cierto complejo de inferioridad, la mujer pretende ser como el varón-, se obliga a la mujer adoptar un comportamiento sexual masculino. Como observa un experto, «hay una tendencia a hacer creer a la mujer que tiene que comportarse en el terreno sexual como el hombre, si quiere ser moderna». Pero engañar impunemente a la naturaleza da lugar a frustraciones. En los primeros cinco o diez años del matrimonio, la vida sexual de los cónyuges suele ser “masculinamente activa”. Si la mujer protesta, se le dice que no es “normal”. Pero lo que le hace protestar es algo difícil de expresar: es no sentirse querida sino utilizada, es sentirse desengañada y humillada. Si el marido no ha aprendido a moderar su apetito sexual, la mujer termina por dudar de él. Se pregunta: «¿porqué está tan amable en la cama, y tan antipático en las comidas...?». «Esa superficialidad en el terreno de lo íntimo -afirma el experto- es percibida por la mujer como una entrega del otro en busca de placer, "se entrega al placer, no a mí", "le gusta mi cuerpo, no yo". Un sentimiento de desasosiego puede aparecer: sólo me busca cuando quiere relaciones. "Y si yo no le diera placer, ¿cómo me trataría?"».
El hombre suele quejarse de que su mujer no es generosa en la entrega sexual. Olvida que ella necesita que se construya un clímax romántico: que es preciso cortejarla. La mujer disfruta del sexo en la medida en que confía en el amor del varón. Entonces está dispuesta a “perderse” en él. Pero si ni siquiera es efusiva al saludarle cuando llega a casa, ¿cómo se va a alegrar ante la perspectiva de mantener relaciones? Pretender que ella quiera tener relaciones en frío es como decir a alguien que está triste: «Ven ahora mismo, aquí tienes mi hombro para que llores».
Hay malentendidos en ambas direcciones. Así también la mujer suele olvidar que cuando rechaza a su marido, le humilla profundamente. Éste piensa que se pone en duda su virilidad. Su reacción suele ser muy visceral. La mujer tendría que mostrar más comprensión con el apetito sexual de su marido. No olvidar que a él le apetece siempre mucho más que a ella. Del mismo modo que le alegra la vida preparando platos que a él le gustan, podría alegrársela siendo más generosa con su cuerpo. De todos modos, si el marido no se aplica en la castidad, si es incapaz de contenerse, hará pensar a su mujer que no la quiere de verdad: que sólo quiere su cuerpo.
Ilustrémoslo con el pasaje de una novela escrita por una mujer. El personaje femenino intenta explicar a su marido por qué le quiere abandonar. Tenía la impresión de que a él no le importaban sus sentimientos. En un momento dado de la explicación, ella «lo llamó egoísta. Se quejó de que cuando llegaba a casa de un viaje estaba demasiado cansado para pensar en ella, o para hablar, hasta que se iban a la cama y él quería hacer el amor. Pero esa era su forma de establecer contacto, explicó él, demostraba más sus sentimientos que sus palabras. Pero en realidad sólo demostraba la diferencia que existía entre los hombres y las mujeres».
Si las mujeres fuesen más conscientes de la importancia de ayudar a los varones en este terreno, se evitarían muchos dramas. Pero cuando la educación es deficiente y el ambiente no ayuda, es corriente que muchas chicas, en vez de establecer las bases de un amor duradero, den más importancia a la vanidad de sentirse codiciadas por los chicos a causa de sus encantos físicos. Rememorando sus años universitarios, escribe Kathleen Raine (una poetisa inglesa ciertamente atractiva y brillante): «Es difícil darse cuenta ya a los dieciocho años que ser amada a causa del atractivo físico significa en el fondo lo más contrario a ser amada. Me sentía como un animalito perseguido por cazadores ávidos por capturar mi piel».
Si las novias supiesen las dificultades que tienen sus novios para dominar su instinto sexual, les exigirían mayor continencia y respeto hasta que se casen. Si las mujeres supiesen que toda la moral sexual matrimonial, tal como la defiende la Iglesia Católica, es la mejor garantía para que los maridos respeten a sus mujeres, no pararían de dar gracias a Dios... y al Papa.

6) La afectividad
Desgraciadamente, la educación en la afectividad suele ser muy deficiente. A los chicos se les suele presentar la afectividad como algo femenino, reñido con la virilidad, por lo que terminan por achicar el corazón. Las chicas, en cambio, suelen perder de vista los peligros de una afectividad desbocada. Para ambos sirve esta consigna: siempre con el corazón, pero nunca sólo con el corazón. No es del todo verdad que, por naturaleza, algunos tengan más corazón que otros. Es más bien la educación y las decisiones personales lo que hace que el corazón se atrofie.
Ventajas y desventajas
El corazón es como un arma de doble filo. Según su orientación, engendra generosidad y perspicacia, o egoísmo y sinrazón. Por un lado, el afecto pone alas a la voluntad (empujando a sacrificarse por la persona amada) y agudiza la inteligencia (para conocerla mejor y entrar en sintonía con ella); por otra parte, habría que respetar la libertad ajena y aprender ese «natural recato que es siempre atractivo, porque se nota en la conducta el señorío de la inteligencia».
Según la relación entre el corazón y las potencias espirituales, tenemos, por tanto, las siguientes ventajas y desventajas:
1.  respecto a la inteligencia:
            - ventaja: agudiza el ingenio
            - desventaja: ciega a la razón
2. respecto a la voluntad
            - ventaja: acrecienta la generosidad
            - desventaja: se presta al afán posesivo, al acaparamiento
La primera ventaja de la afectividad es agudizar la inteligencia para conocer mejor a la persona amada. Así, el gran cariño que una madre tiene por sus hijos le facilita comprenderles y saber en seguida lo que les ocurre con solo mirarles a la cara. La segunda ventaja del afecto es que facilita la generosidad. El cariño enciende el deseo de hacer feliz a quien se ama. Y esa “felicidad de hacer feliz” aumenta en función del cariño que se tiene. Por muy alta que sea la calidad espiritual de una relación amorosa -por mucho que, superando el propio egoísmo, sólo se busque el bien de la persona amada-, el amante que no está enamorado, gozará poco de la felicidad que procura al amado. En esas circunstancias, los sacrificios realizados para hacer feliz a la persona amada resultarán muy arduos. Por esas razones, no sería, por ejemplo, conveniente acceder al matrimonio, si faltase enamoramiento por parte de uno de los novios. El enamoramiento, delirio o locura de amor, es la base sobre la que hay que edificar el amor espiritual.
En cuanto a los dos peligros de la afectividad, según se deteriore su relación con la inteligencia o con la voluntad, se obtiene sinrazón y afán posesivo. Es muy conocido el efecto cegador de las pasiones. «No está en su sano juicio», se dice de una persona cuya inteligencia está nublada bajo el efecto de una fuerte pasión. No es fácil impedir que un estado emocional trastorne la propia capacidad de ver las cosas de modo objetivo. En el ser humano, la intuición está muy ligada al sentimiento, lo cual presenta indudables peligros de subjetivismo. Uno podría tomar como cierto y real lo que es meramente imaginario. El corazón puede agudizar a la inteligencia, pero también puede cegarla. Si falta un mínimo de conocimiento propio, el individuo apasionado puede caer en el error de tomar como real lo que sólo existe en su imaginación, no advirtiendo que sus sentimientos enturbian la lucidez de su inteligencia.
La imaginación puede jugar malas pasadas. Si no se controla se pasan malos ratos innecesarios, o a alegrarse demasiado; en todo caso, sus vivencias guardan desproporción con los hechos. En una novela, un padre da a su hija el siguiente consejo: «Recuerda siempre que lo que nos turba no son tanto los propios acontecimientos como la idea que de ello nos hagamos, el dramatismo que en nuestro interior les demos, o sea, hija, que lo que nos sobresalta es nuestro estado de ánimo y no el acontecimiento mismo, eso te ayudará a vivir».
Como toda pasión, el afecto, cuando es intenso, puede hacer perder la cabeza. Esta tendencia a cegar a la inteligencia es especialmente peligrosa cuando la pasión afectiva, por ir unida al amor propio, desencadena el odio cada vez que no se satisfacen sus requerimientos. «Amor y odio están separados por un hilo fino», era el título de una canción: es lo que sucede cuando el amor es meramente afectivo. «Los que se pelean se desean», decimos en castellano. Ya lo observaba la vieja Celestina: «la mujer o ama mucho a aquel de quien es requerida, o le tiene gran odio». Para bien o para mal, el corazón nunca olvida. Para bien, porque el enamoramiento no pasa; para mal, porque el corazón resentido no olvida su lista de agravios; por eso dice Cronin que «una mujer rechazada es un enemigo para toda la vida». Aquí van unidos lo mejor y lo peor de un corazón enamorado: total generosidad y falta de lógica. El enamoramiento nunca desaparece del todo; si con motivo de un divorcio hay tantas riñas, es porque, en el fondo, los cónyuges se siguen queriendo; si no, serían indiferentes. Como decía un poeta francés, «si hubiese sabido que la quería tanto, la hubiera amado más...».
El corazón enamorado no olvida. Las mujeres, si piensan con el corazón, sufren mucho al separarse de quienes aman. Hay incluso quienes afirman que una mujer no olvida nunca a la persona de quien se enamoró. En una novela de Wilkie Collins, dice uno hablando de su mujer: «Me interpuse en el camino de otro hombre. Estaba enamorada de él cuando se casó conmigo»; a lo que su interlocutor responde: «¿Qué tiene eso de extraordinario? Todas ellas están enamoradas de algún otro hombre. ¿Quién es el primero que ha tocado el corazón de una mujer? Con toda la experiencia que tengo de estas cosas, nunca he conocido a nadie que hubiera sido el Número Uno. El Número Dos, algunas veces. Y muchos con el Tres, Cuatro, Cinco. ¡Nunca el Número Uno! Por supuesto que existe; pero yo no lo he encontrado». Si eso es cierto, ¡agraciado es el marido que sea realmente el Número Uno de su mujer!
Ya vimos que si la pasión afectiva ciega la inteligencia, se termina viendo indiferencia donde en realidad hay indulgencia y capacidad de perdón. Si el amor sólo fuese pasión, caben únicamente dos posibilidades en función de la correspondencia de la persona amada: amor u odio. Si una mujer, o una persona sensible en general, identifica amor con sentimiento amoroso, da más importancia a sentirse querida que a saberse querida. En tal situación se pueden dar muchos malentendidos. Por ejemplo, si uno no se enfada ante una ofensa de un ser querido, puede parecer que uno es indiferente: como si le importase poco lo referente a ese ser querido. En una novela de Sigrid Undset, hay un momento en que un marido hace un agravio a su esposa y ésta piensa que si le perdonase, si le dejase de odiar, le dejaría de querer. Desde una perspectiva meramente sentimental, eso puede parecer así, pero como seres dotados de inteligencia y voluntad, podemos ser indulgentes con las ofensas ajenas sin por ello ser indiferentes. La protagonista de esa novela (Cristina) confunde amor con pasión, amar con querer, de modo que no quiere perdonar a su marido (Erlend) porque no quiere dejar de quererle. «En el fondo de su corazón -observa la escritora-, Cristina sentía que no había perdonado aún a Erlend. No podía hacerlo, porque no quería. Tenía las manos cerradas sobre el vaso que contenía su amor y no se decidía a vaciarlo, aunque ese vaso sólo contuviera una última gota de amarga hiel. Porque en el momento en que pudiera perdonar a Erlend y dejar de pensar en él con aquella acritud, todo lo que había entre ellos habría terminado». Cuando, más adelante, hace un esfuerzo por perdonar a su marido, se dice de ella: «Había perdonado a Erlend, había terminado con él; le era indiferente». Si se confunde el amor con el sentimiento, las cosas terminan mal; sin un correctivo espiritual, se verifica que «quienes se aman con más ardor terminan por ser como dos serpientes que se muerden la cola».
El segundo inconveniente del cariño consiste en ser fuente de afán posesivo, esto es, de falta de respeto de la libertad de la persona amada. En una novela, la protagonista hace esta observación refiriéndose a una compañera de trabajo: «me quiere mucho, tanto que a veces me agobia». Tras algunas decepciones, muchos se percatan de la importancia de evitar el afán posesivo. ¿De que serviría que alguien nos quiera tanto, hasta el punto de necesitarnos como el aire para respirar, si luego nos constriñe? ¡No basta con amar, hay que amar bien, de modo desprendido y respetuoso! «Yo de jovencita -dice, en otra novela del mismo autor, una mujer experimentada tras varias decepciones- estaba segura de que las gentes que me querían nunca se iban a desentender de mí, que mi vida era indispensable para la suya. Pero en el fondo, lo que quería es que no me dejaran nunca de necesitar. Pues no. Luego ves que no, y además, es mejor que nadie te necesite mucho»

7. Afán posesivo: origen y posible solución
El origen del afán posesivo es de naturaleza espiritual. En última instancia, proviene de la necesidad más básica del hombre: la necesidad de sentirse útil, de ser apreciado con el fin de estar seguro de que se vale la pena, de ver confirmada la propia dignidad. Esto se hace especialmente patente al recibir cariño. De ahí que Lewis hable de esa necesidad tan propia del afecto que lleva a necesitar ser necesitado. Cuando alguien nos quiere, sentimos que valemos la pena. La persona que nos quiere se convierte, con facilidad, en fuente de confirmación de la propia valía, en la base de nuestra confianza en nosotros mismos. No es de extrañar entonces, que lleguemos a necesitar a esa persona como el aire para respirar. Y el mínimo indicio de que no nos quiere, o de que nos quiere menos, desencadena en nosotros una reacción de autodefensa, que si no se controla con la voluntad, da lugar a un afán posesivo exagerado.
De algún modo, pues, el afán posesivo está emparentada con la autoestima; cuando ésta falta, es fácil caer en esa autocompasión que lleva a acaparar y a no dejar libres a los demás. Cuando alguien que nos ama nos hiere, pensamos que nos duele el corazón, pero en el fondo nos duele también el alma. Esta diferencia entre 'corazón herido' y 'orgullo herido' permite entender mejor las reacciones subjetivas de una persona. Como decía un francés, «el orgullo es el sitio más sensible del corazón: por poco que se toque, proferimos grandes gritos». Muchas veces no distinguimos entre ambos elementos, pero casi siempre van juntos. En una novela, en la que una mujer desdeña a un pretendiente que acaba de heredar una gran fortuna, se dice de éste: «Su recién creado orgullo le hacía sufrir más que la herida en su afecto».
Si bien es verdad que el cariño suele engendrar afán posesivo, la solución ideal no consiste en eliminarlo, sino en purificarlo. Pero no sabiendo cómo conseguirlo, para evitarse dificultades, algunos optan por achicar el corazón. Hay quienes son fuertes (o se hacen los fuertes), pero no saben querer. Otros son cariñosos, pero débiles e inestables. Lo ideal sería conjugar fortaleza y cariño, lo cual resulta imposible mientras la propia autoestima dependa de la estima ajena. Por lo general, los hombres suelen ser menos acaparadores que las mujeres, pero ¡a qué precio!: siendo menos afectuosos. El amor verdadero, en cambio, no excluye la afectividad. No es la indiferencia propia de quien no pone el corazón, sino un afecto que mantiene la serenidad gracias a cierto desapego respecto a lo que los demás puedan pensar (respetos humanos).
Se dice que a muchas mujeres les gustan los hombres dominantes y tiernos: dominantes para darles seguridad y tiernos para corresponder a las finuras del corazón femenino. En una novela, una mujer habla de los encantos de un hombre y escribe: «Escucha a una mujer con una deferencia sosegada, con una mirada llena de un interés plácido y vivo. Le habla con una voz que transluce una gran delicadeza interior, y ello, hay que decirlo, resulta irresistible para cualquiera de nosotras». Pero en la práctica, hombres muy seguros y tiernos no abundan (y mujeres tampoco). La falta de capacidad afectiva suele ser el precio que se paga para obtener cierta autonomía personal, y la falta de legítima independencia es el precio que exige la ternura.
El mundo está lleno de mujeres cariñosas pero posesivas, y de hombres desinteresados pero poco cariñosos, con una frialdad próxima a la fingida indiferencia. Ellas suelen obtener autoestima en el cariño y aprecio de los demás. Ellos, en cambio suelen buscarla en proezas profesionales. El matrimonio no suele aportar una solución definitiva, porque es muy difícil que se sigan queriendo como cuando eran novios, entre otras cosas porque la falta de libertad termina por asfixiar. Sin solución estable, el afán de aprecio queda insatisfecho. Ante ese desengaño, las mujeres, si tienen hijos, suelen extender sus redes acaparadoras hacia ellos, y los maridos se entregan con más ardor a su profesión en busca del éxito. Rara vez se encuentra a alguien que sea a la vez desprendido y cariñoso. Muy pocos lo consiguen, menos aún cuando, como es el caso entre personas casadas, la intensidad del cariño es muy grande. Cariño desinteresado o afectuoso desinterés: ¡eso sí que tiene mérito! Sólo lo he visto en los santos...
El amor de los demás -padres, amigos, etc.- es el camino ordinario para que tomemos conciencia de nuestra dignidad. Pero, por ser imperfecto el amor humano, esa solución no satisface establemente. Pienso que la única solución estable a este problema pasa por una humilde toma de conciencia de la propia dignidad ante los ojos de Dios, el Único que es capaz de amarnos y aceptarnos tal como somos. Sólo la clara conciencia del Amor incondicional que Dios nos tiene nos permite asumir plenamente la afectividad y, al mismo tiempo, ordenarla, porque nos hace menos dependientes de la estima ajena. Entonces, si necesitamos a los demás, no es para que confirmen nuestra dignidad, sino por ese puro cariño que nos lleva ante todo a querer hacerles felices. Si necesitamos que nos quieran, es para poder estar seguros de que se dejarán querer. Desaparecen así los apegos demasiado absorbentes y se pierde el miedo a querer a los demás de todo corazón. Sin embargo, si no se conoce ese camino, el único modo de evitar el afán posesivo consiste en hacer esfuerzos titánicos para mantener controladas las riendas del corazón, o bien en ponerle siete cerrojos, achicando el corazón.
La solución al problema del afecto desprendido pasa a través de la gracia de Dios, que cura el más espiritual de nuestros egoísmos. Según la Revelación cristiana, Dios es Amor y el hombre ha sido creado para amar, pero -sin la ayuda divina- no es capaz de amar en plenitud. «Gratia est sanans et elevans», se dice en teología: la gracia cura nuestra incapacidad de amar desinteresadamente y nos eleva a la dignidad de hijos de Dios. Precisamente porque el amor de Dios nos confiere tan alta dignidad, se nos hace posible curar ese orgullo que pervierte nuestro amor. Sin ese auxilio, después de varias decepciones en la vida, por puro realismo, nos haríamos 'escépticos en el amor'. Ya lo decía San Agustín: «No hay verdadera amistad sino aquella que está unida por el amor de Dios».
A lo largo de estas páginas hemos ido viendo que detrás de muchos problemas entre hombre y mujer hay un problema de autoestima. Veíamos que la comunicación es difícil a causa de un problema de inseguridad: el hombre teme ser incompetente y la mujer teme no ser amada. De cara a la purificación de nuestros afectos, también ha resultado ser muy importante la actitud que cada uno tiene para consigo mismo. Nada es tan importante en la vida como aprender a estar en paz consigo mismo sin por ello violentar la verdad. En cristiano, esa virtud se llama humildad. Termino, pues, hablando de lo que ha resultado ser el fondo de la cuestión.

8) Autoestima y humildad
Problemas de inseguridad son más corrientes en la mujeres, pero no se dan sólo en ellas. Como dice una escritora, la mujeres suelen estar «más afectadas por la carencia de amor que los hombres, más atormentadas por la búsqueda de una identidad que les haga ser apreciadas por los demás y por sí mismas». Muchos hombres, en cambio, buscan autoestima en éxitos profesionales y esconden el mismo problema tras una capa de autosuficiencia. «Detrás de su aparente arrogancia ¾se dice en una novela¾, detrás de su aparente seguridad, los hombres son extremadamente frágiles». A primera vista, parece que el varón se las arregla mejor, pero todo tiene sus ventajas e inconvenientes. Los hombres se quejan menos pero se emborrachan (y se suicidan) más; las mujeres esconden menos ese problema de fondo, que es común a ambos, por lo que se les puede ayudar más y llegan menos a un trágico desenlace.
Recordando sus encuentros con su difunta madre, escribe Albert Cohen: «Te acercabas con extasiada y vergonzosa sonrisa de niña poco espabilada, escrutándome a la vez con los ojos para saber si no te criticaba interiormente. Pobre mamá, te daba tanto miedo no gustarme...». Todos nos vemos a través de los ojos de los demás, pero eso es aún más cierto en las mujeres. De ahí, por ejemplo, su empeño en ir siempre bien arregladas. Me decía un chico: «Es curioso, mi madre, nada más levantarse, se peina y se arregla, aunque sea a las seis de la mañana». La vanidad no es una exclusiva femenina, pero la mujer tiene una percepción de su cuerpo diferente a la del varón. Según ellas, al explotar sus encantos, no son vanidosas, sino presumidas. Sea como fuere, la mujer da mucha más importancia al porte externo porque su autoestima está muy ligada al porte físico. La mujer se siente insegura si no va bien arreglada. Cuando no se siente atractiva, aflora su inseguridad. «Cuando una mujer se viste -afirma Carlos Goñi en un fino análisis sobre el carácter femenino- lo hace para estar guapa ante los demás, pero, sobre todo, ante ella misma». Es curioso cómo, en la mujer, todo lo corporal está impregnado de alma. Como observa Goñi, «cuando el hombre se viste, cubre su cuerpo; cuando lo hace la mujer, descubre su alma». El hombre suele ser bastante simple, mientras que la mujer siempre refleja en su comportamiento algo de su alma. Pero quien lo observa tiene que estar muy atento para poder captarlo.
Es preciso tener en cuenta ese temor femenino a no gustarse y a no gustar. Si a una mujer se le reprocha algo, es fácil que se sienta herida. Por eso, antes de hacerle una crítica, habría que asegurarla de la incondicionalidad del amor con que se le ama. Explicando por qué un hombre le caía muy bien, dice la protagonista de una novela: «Cosas que decía de mí, al principio me chocaban mucho porque nunca eran pegas, críticas o llevarme la contraria...». El lema es: primero comprensión y sólo después exigencia. ¡Cuántas disputas matrimoniales podrían evitarse si se tuviese en cuenta ese lema! Si una mujer se siente comprendida, se siente querida; entonces se le puede decir cualquier cosa. Pero si su marido empieza haciendo reproches y críticas, se cierra en banda y tiende a adoptar una postura irracional. A veces una mujer se agobia por una menudencia. En el fondo lo sabe, pero se queja porque lo está pasando mal. Si su marido intenta ayudarle explicándole que su problema es de poca monta, ella, en vez de atenerse a razones, se enfada porque se siente incomprendida y, por tanto, no querida. Todo sería diferente si su marido comenzase diciendo: «te entiendo y me hago cargo de que lo está pasando mal, yo, en tu caso, también lo pasaría mal». Entonces, sintiéndose comprendida, es muy probable que sea ella misma la que reconoce que el problema no es tan grande como pensaba.
A la mujer le cuesta la sinceridad, sobre todo cuando se trata de reconocer las dudas acerca del amor de su marido. Uno sólo se sincera cae ante quien ama ¾o da la impresión de amar¾ de modo incondicional. A las mujeres, por dudar más de sí mismas, les suele costar más abrirse de par en par. Cuando hablan entre ellas, los hombres piensan que sólo hablan de menudencias, pero durante su conversación sobre asuntos triviales dirigen sus antenas intuitivas para captar lo que su interlocutor no dice; de este modo, perciben cosas difíciles de expresar, de las que los hombres ni se enteran. Suelen ser insinceras con los demás y consigo mismas (no se detienen a examinar objetivamente sus propios problemas, como hacen los hombres). Cuando hablan con un hombre, también les cuesta mucho ir al grano y exponer llanamente lo que les preocupa. Sólo lo hacen en la medida en que se sienten queridas. En una novela, observa una señora: «¿Acaso no sabéis que las muchachas nunca piensan en lo que están hablando, o más bien, nunca hablan de lo que están pensando? Además, siempre parecen tener muchas más cosas que decir al hombre que no les interesa que al que ocupa todos sus pensamientos».
Recuerdo una conversación con unos novios a punto de casarse. Me aventuré a decir al chico: «Quizá pienses que no hay secretos entre vosotros porque tú le has contado a ella todo, pero lo que no sabes es que ella no te ha contado todo a ti». En ese momento, la chica, por la cara que puso, confirmó mi intuición. El chico se alarmó y le dijo: «¿Cómo? ¿No me has contado todo? ¡Cuéntamelo ahora mismo!» Le tuve que tranquilizar diciendo que, seguramente, ella no le ocultaba nada grave; si no se había abierto más sería porque él no tenía el arte de hacer que ella se sintiese muy querida: si una mujer no se abre es porque teme que quien las sepa no la acepte.
La insinceridad dificulta la verdadera amistad. La plena transparencia, poder contar, sin restricción alguna, todo lo que a uno se le ocurra, es uno de los mayores atractivos de la amistad. En el matrimonio, la regla número uno para asegurar su buen desarrollo consiste en sincerarse sobre toda aquello que haya empañado algo el entendimiento mutuo, jamás acostarse antes de haber aclarado un malentendido, no permitir que el más mínimo resentimiento anide en el alma...
Quizá lo que más nos cuesta reconocer es nuestro temor a no ser amados: el temor de que a los demás no les importemos. En vez de sincerarnos, preferimos no verificarlo y mantener una vaga esperanza de ser apreciados. Nos cerramos en banda por miedo a constatar que no nos quieren, que no somos tan amables como pensábamos. Sin embargo, ese temor nos quita la paz. Si una mujer que ya no se deja abrazar por su marido fuese plenamente sincera consigo misma y con su marido, le confesaría que tiene la impresión de que ya no le importa. Quizá no sea verdad y, al compartirlo, el marido le dé pruebas de ello, de modo que el progresivo distanciamiento entre ambos no termine en ruptura sino en un abrazo reconciliador. Pero el miedo a que sea verdad suele llevar a no hablar claramente del asunto. En vez de sincerarse, la persona que abriga esos temores tiende a quejarse indirectamente, a mostrarse recelosa y malhumorada. Esto da lugar a nuevos malentendidos que levantan nuevos muros de incomprensión entre los amantes. «Trabajas demasiado», dice una mujer a su marido. A lo que el marido susceptible responde: «Necesito trabajar mucho para sacar adelante a la familia y tú ni siquiera me lo agradeces». Si ella le dijese llanamente: «Tengo miedo de que te importo poco, de que te importa más tu trabajo que yo misma», entonces todo se aclararía. Y si resultase ser verdad que se ha enfriado el amor del marido, la mujer podría acudir a Dios y confortarse recordando que a Él sí que le importa...
En conclusión, si se tiene en cuenta la tendencia de la mujer a la inseguridad, a dudar de sí misma, a dudar de su propia valía y amabilidad, se entiende mejor la importancia de confirmarla a través del amor que le profesamos. Necesitan sentir que gustan para gustarse. Como escribe un experto en comunicación, una «característica de la mujer es la necesidad de gustar, de sentirse a gusto con ella misma [...] Para gustar tiene que gustarse. Eso conlleva de fondo un cierto miedo a no gustar». Bien lo entendía un gran rey (Balduino de Bélgica), quien, en su diario íntimo, hablando de su esposa (Fabiola), dirigía a Dios esta plegaria: «Enséñame a amarla con ternura. Dale una visión más positiva de sí misma. Que se sepa amada por Ti con un amor de predilección». En efecto, todos necesitamos sabernos amados y, en última instancia -como veremos a continuación-, necesitamos fundamentar establemente nuestra autoestima en el Amor incondicional de Dios. Tarde o temprano todos tenemos que percatarnos de que es imposible satisfacer establemente las expectativas del propio yo. En cambio, estar a bien con Nuestro Padre Dios es muy fácil. El único modo de vivir en paz con nosotros mismos consiste en vivir en paz con Dios: que Él sea nuestro espejo, que intentemos vernos cada vez como Él nos ve. Si no estamos satisfechos hoy y ahora, tal como somos y con lo que tenemos, no lo estaremos nunca...




Las Arenas, 5 de noviembre de 2001.