ABRIRSE A LAS DIFERENCIAS ENTRE HOMBRE Y MUJER
«Sólo
gracias al dualismo de lo masculino y de lo femenino
lo
humano se realiza plenamente»
(Juan
Pablo II)
Índice
1)
INTRODUCCIóN
2) COMO VENIDOS DE
PLANETAS DIFERENTES
Ponerse
en la piel ajena
La
inseguridad produce desconfianza
Saber
escuchar
Hablar
o
callar
3) SUBJETIVIDAD
FEMENINA Y OBJETIVIDAD MASCULINA
4) LA AUTORREALIZACIóN A TRAVéS
DEL AMOR
5) LA
SEXUALIDAD
6) LA AFECTIVIDAD
Ventajas
y desventajas
7) AFÁN POSESIVO:
ORIGEN Y POSIBLE SOLUCIÓN
8) AUTOESTIMA Y
HUMILDAD
Michel
Esparza, 2001
1) INTRODUCCIóN
Siempre
pensé que cuando las cosas se tuercen en un matrimonio es por culpa del egoísmo
de uno o de los dos cónyuges. Últimamente, sin embargo, la experiencia me
muestra que, si bien el egoísmo es el último responsable de los problemas
conyugales, también es verdad que ese egoísmo no sería tan dañino si hubiese
buena voluntad y buena comunicación entre los cónyuges.
Esa
es la razón por la que me decido a poner por escrito algunas consideraciones
acerca de los malentendidos que más frecuentemente he observado entre hombres y
mujeres. Conocer las diferencias entre hombre y mujer evita muchos problemas de
comunicación. Pienso ahora en matrimonios con problemas serios, o simplemente
en tantas personas casadas desde hace años que, a primera vista, se llevan
bien, pero que, mirado de cerca, distan mucho de la imagen ideal que uno tiene
del amor entre un hombre y una mujer. Al intentar ayudarles, entreveo problemas
de comunicación por no percatarse del modo tan distinto de ver las cosas que
tienen ambos.
«A
las mujeres no hay quien las entienda», dicen muchos hombres. «Ya saben cómo
son las chicas. Nunca se sabe por dónde van a salir», dice el joven
protagonista de una novela. Eso lo dicen hombres que quieren comprender a las
mujeres desde sí mismos. En vez de meterse en piel ajena, se ven a sí mismos
como punto de referencia, como si fuesen raros quienes no son como ellos.
Ignoran que existen dos dos modos -masculino y femenino- de percibir la
realidad.
No
sé si estas líneas van dirigidas a hombres, para que entiendan a las mujeres, a
mujeres para que se conozcan mejor, o a ambos para que reflexionen sobre sus
legítimas diferencias. Lo más viable es dirigirme a hombres, pues me temo que
hoy en día es políticamente incorrecto escribir algo sobre el carácter
femenino. Y es que corro el riesgo de agraviar a aquellas mujeres que, por modo
de ser o por influencia de cierto feminismo, tienen complejo de inferioridad. A
éstas les diría ante todo que soy un gran admirador de la feminidad, que pienso
sinceramente que tienen una gran suerte de ser mujeres, y que sus problemas son
propios de personas sensibles. Quizá se evitarían las susceptibilidades si, en
vez de referirme a la mujer, me refiriese a personas sensibles.
Tanto
el varón como la mujer necesitan ahondar en este tema. Por ser más intuitiva,
la mujer puede carecer de una imagen racional de sí misma. El varón, por ser
más racional, no logra entender a fondo ciertos sentimientos presentes en la mujer. Ambos tienen
que intentar comprenderse mejor, pero el hombre suele tener mayor capacidad
analítica de modo que tiene mayor responsabilidad a la hora de facilitar una
buena comunicación. El varón se mueve en las medianías, mientras que la mujer
suele comportarse como un ángel o como un demonio en función del amor que
recibe. Si los hombres supiesen asegurarlo, todo sería más fácil.
¡Qué
importante es abrirse a las diferencias! Somos como una manzana cortada por la
mitad; ésta puede ser seccionada de múltiples maneras: todos somos diferentes,
pero tenemos en común que nos falta una mitad. La autosuficiencia le lleva a
uno a considerar sólo la mitad de la manzana que posee olvidando y despreciando
la otra mitad. El hombre, siendo muy viril, tendría que incorporar las virtudes
femeninas, y la mujer, sin traicionar su feminidad, debería hacerse propias las
virtudes masculinas. Lo ideal es tener un padre cariñoso y una madre muy
sensata.
Los
hombres se parecen a la prosa, las mujeres a la poesía. La prosa es
lineal, se entiende mejor, pero la poesía permite expresar sentimientos más
finos, más profundos. El varón es como una guitarra, la mujer como un arpa. Es
sencillo afinar una guitarra y es difícil que se destemple, pero produce
sonidos menos hermosos que un arpa. La mujer es más difícil de acordar pero, si
lo consigue, suena mejor. Para no ofender a nadie, conviene añadir que existen
"hombres-arpa" y "mujeres-guitarra". Todo lo femenino se
encuentra parcialmente en el varón y viceversa. Siempre hay excepciones que
confirman la regla. Antes
de entrar en materia, conviene, pues, aclarar que hablamos siempre en términos
generales, pero que cada persona es única. Según una "psicología de
laboratorio", afirma Torelló, «el hombre poseería una inteligencia
sintética, la mujer detallista; el hombre tendería a la abstracción, la mujer a
la concreción; el hombre ambicionaría la fama, el prestigio, el poder, y la
mujer la paz, la felicidad, la intimidad; el hombre es dominado más por la ira
que por el miedo, la mujer más por el miedo que por la ira; el hombre toma
decisiones rápidas, la mujer es vacilante y perpleja; el hombre no reconoce sus
errores fácilmente, la mujer es turbada a menudo por sentimientos de
culpabilidad». Todo eso sólo es verdad en términos generales.
2) Como venidos de
planetas diferentes
John
Gray, un experto en ayuda matrimonial, ha escrito un conocido libro -Los
hombres son de Marte, las mujeres de Venus- en el que, tras años de experiencia
con cientos de parejas, pone de relieve las grandes diferencias existentes
entre hombres y mujeres. Viene a decir que los malentendidos entre ambos
provienen de haber olvidado que hablan el mismo lenguaje pero el significado de
las palabras es diferente. Marcianos y venusianas se habrían conocido y, tras
un periodo de felicidad -por aportarse lo que falta a los habitantes del otro
planeta-, deciden irse a vivir a la tierra, donde empiezan los problemas por
olvidar que proceden de planetas diversos.
Las
diferencias entre los dos sexos siempre resultan ser mayores de lo que se
piensa. Según Gray, «los hombres y las mujeres no sólo se comunican de manera
diferente sino que piensan, sienten, perciben, reaccionan, responden, aman,
necesitan y valoran de manera totalmente diferente. Casi parecen proceder de
planetas distintos, con idiomas distintos y necesidades también diferentes».
Otro autor, Gary Smalley, opina que «la mayor parte de las dificultades
conyugales se centra alrededor de un hecho: que hombres y mujeres son
totalmente diferentes».
Ponerse
en la piel ajena
Piensa
el ladrón que todos son de su condición. En vez de meternos en la piel de los
demás, tenemos tendencia a autoproyectarnos, a pensar que los demás son como
nosotros. Si hombres y mujeres no se abren a las diferencias entre ambos, se
multiplican los malentendidos. A la mujer le cuesta la sinceridad, llamar al
pan pan y al vino vino. En una novela de Carmen Martín Gaite, se habla sobre
«la habitual sumisión femenina a las medias verdades». Si el hombre no sabe
leer entre líneas, no entiende lo que una mujer le quiere realmente decir. Así
por ejemplo, si una mujer se siente celosa, no lo dirá claramente, lo
manifestará mediante veladas críticas. Si le dice a su marido: «No paras en
casa, siempre estás saliendo con tus amigos», quizá lo que realmente quiera
decir sea: «Últimamente me siento mal, necesito tu cariño». Si él no sabe
captar la longitud de onda femenina, responderá de modo objetivo: «¿Porqué te quejas?,
hace tres semanas que no salgo con mis amigos». Entonces la mujer, malhumorada,
pensará: «Mi marido no me entiende, luego se confirma lo que temía: que no me
quiere». Es un círculo vicioso. Si la mujer hablase claro, se resolvería el
problema. Pero una mujer es sincera en la medida que se siente querida
incondicionalmente. Si tiene la impresión subjetiva de que su marido no le
quiere, aunque objetivamente esto no sea cierto, se cerrará todavía más y le
costará todavía más ser sincera.
Varones
y mujeres tienen expectativas diferentes. Si el varón lo ignora, le pillará de
sorpresa el descontento de su mujer. Como a ese empresario, James Hunter,
cuando relata: «Las cosas no son lo que parecen. Lo cierto es que mi vida se
estaba desmoronando. Rachael me había dicho un mes antes que llevaba algún
tiempo sintiéndose infeliz en nuestro matrimonio e insistía en que las cosas no
podían seguir así. Me dijo que no se estaba atendiendo a sus
"necesidades". ¡Yo no daba crédito a lo que estaba oyendo! "Mira
tú -pensé-, le doy todo lo que una mujer podía pedir, ¡y todavía me dice que no
atiendo a sus necesidades! Pero ¿qué más necesidades puede tener?"».
Hay
que amar a los demás como ellos desean ser amados, no como a uno le gustaría.
Sucede a menudo que un hombre que no tiene en cuenta las necesidades de su
mujer, cuando hace el propósito de mejorar la relación con ella, decide
ayudarle más en las tareas del hogar y en el cuidado de los niños. En el fondo,
se autoproyecta: hace lo que quisiera que le hiciesen a él: llegar a casa y
poder sentarse tranquilo en un sofá viendo la televisión. Es
evidente que la mujer aprecia que se le eche una mano, pero lo que el varón
suele olvidar es que haría mucho más feliz a su mujer mirándole con cariño y
diciéndole algo agradable, que estando 4 horas haciendo las tareas del hogar.
Es una pena que no se dé cuenta, pues con 3 minutos conseguiría más que con 4
horas sacrificándose por ayudarle en lo doméstico...
La
inseguridad produce desconfianza
En
el fondo, detrás de muchos malentendidos entre hombre y mujer, subyace un
problema de confianza, el cual a su vez tiene que ver con un problema de
autoestima. Para confiar en el amor de otro es preciso tener confianza en la
propia amabilidad. Quien no se gusta tiende a pensar que no gustará. Por eso,
que uno de los elementos más importantes para asegurar un matrimonio feliz
consiste en que la mujer no pierda la confianza en el amor de su marido: que
esté convencida de ser la persona más importante en la vida de él. Una mujer es
maravillosa mientras se siente querida (en el fondo, eso es el reflejo de lo
que le ocurre a todo ser humano: funciona de modo óptimo en la medida en que se
sabe amado incondicionalmente). Me decía un recién casado: «¡Es maravilloso!
Cada vez que le hago una caricia a mi mujer, reacciona inmediatamente, deja lo
que estaba haciendo y me mira con una sonrisa arrebatadora». Sin embargo, esa
felicidad empieza a desvanecerse desde el momento en que la mujer empieza a
dudar del amor de su marido, porque éste le da motivos objetivos -se porta mal,
se enfada, le es infiel...-, o por motivos subjetivos.
Detrás
de problemas de incomunicación es frecuente encontrar problemas de inseguridad.
El hombre duda a la hora de entregarse por temor a ser incompetente; a la
mujer, en cambio, le cuesta dejarse querer por desconfianza en su propia
amabilidad. «La mujer -escribe Gray- suele tener miedo de necesitar demasiado y
de que entonces se la rechace, se la juzgue o se la abandone. Ser
rechazada, juzgada o abandonada le causan gran dolor ya que, en lo más profundo
de su inconsciente, abriga la falsa creencia de que no es digna de recibir más.
Es ésta una creencia que se iba formando y reforzando en la infancia cada vez
que ella debía reprimir sus sentimientos, necesidades o deseos. La mujer es
especialmente vulnerable a la creencia negativa e incorrecta de que no merece
ser amada. Si de niña presenció o sufrió abusos, será aún más vulnerable al
sentimiento de que no es digna de recibir amor; le resultará más difícil
determinar su propio valor. Oculto en el inconsciente, este sentimiento de que
no es digna genera el temor a necesitar a los demás. Una parte de su ser
imagina que no va a recibir apoyo». Por otra parte, «lo que más teme el hombre
es a no servir o a ser incompetente. Compensa ese temor entregándose a aumentar
su poder y su competencia. El éxito, el logro y la eficiencia son lo más
importante en su vida».
Es
lógico que el hombre se sienta frustrado si su mujer se queja de él: se siente
incompetente si ella se muestra descontenta. Por otra parte, la mujer tiene
miedo a pedir. Si supiese pedir sin reproches, su buen marido se volcaría. Así
él vería confirmada su capacidad de hacerla feliz, y ella recuperaría su
sentido de dignidad. Pero muchas veces este proceso queda bloqueado por uno de
los dos, sin que el otro lo entienda y lo desbloquee. Es una pena que la mujer,
por inseguridad, no hable más claro, y que el hombre no sepa leer entre líneas.
Además, cuando una mujer está alterada tiene tendencia a hacer declaraciones
absolutas, sin ningún tipo de matiz, lo cual hace que el hombre se ponga más a
la defensiva. «Es que tú nunca estás en casa», dice ella. Si el marido
responde: «pues ya ves que ahora sí que estoy en casa». «Tú nunca me escuchas»,
dice ella, y se exaspera cuando su marido le responde: «Pues ahora sí que te
estoy escuchando».
Si
ambos supiesen que hablan lenguas diversas, se evitarían muchos malentendidos.
Si una mujer dice a su marido: «Nadie me hace caso», lo que está queriendo
decir en lenguaje masculino es quizá esto: «Hoy siento que no se me hace caso
ni se me reconoce. Parece que nadie me vea. Estoy segura de que alguna gente me
ve, por supuesto, pero no parece que yo les importe. Supongo que también me
frustra el hecho de que hayas estado tan ocupado últimamente. Me doy cuenta de
lo mucho que trabajas, pero a veces me da por pensar que ya no te importo».
Otro ejemplo. Si ella dice: «Ya no me quieres», no significa que esté lanzando
un reproche destemplado. No dice: «Yo te he dado los mejores años de mi vida y
tú no me has dado nada. Me has utilizado. Eres frío y egoísta. Haces lo que te
viene en gana, todo para ti y sólo para ti. No te importa nadie. He sido tonta
por quererte. Ya no me queda nada». Más bien está diciendo: «Hoy tengo la
sensación de que no me quieres. Me temo que es por mi culpa. Sé que en realidad
me quieres, haces muchas cosas por mí. Pero hoy me siento un poco insegura.
Dame confianza en tu amor y dime esas dos palabras mágicas: "Te
quiero". Me siento bien cuando me dices eso».
Hay
que saber leer entre líneas. Cada vez que una mujer protesta por algo, su
marido tendría que estar al tanto de que puede estar expresando celos. Quizá,
aunque de modo inadecuado, le está pidiendo veladamente que manifieste su
cariño. Un hombre suele sentir celos si hay otro hombre de por medio, mientras
que una mujer puede sentirlos hacia cualquier tipo de actividad absorbente de
su marido. Sucede así a menudo que a ella no le interesan los temas
relacionados con el trabajo de su marido. A él le encantaría contarle cosas,
pero ella muestra poco interés. En el fondo, son celos. Tampoco a un hombre le
gustaría que su mujer le contase detalles acerca de un hombre encantador que
ella ha conocido. A nadie le apetece que le hablen de su rival.
El
hombre tiene que aprender a mirar las cosas con la lógica del corazón. Ante las
dudas subjetivas de la mujer, si el hombre, de acuerdo con su espíritu
analítico y frío, intenta convencer a su mujer de lo contrario mediante
argumentos racionales, ésta seguirá estando insatisfecha porque da mucha más
importancia a sentirse querida que a saberse querida. Ver llorar a su marido a
causa del conflicto le resulta mucho más convincente que mil razonamientos...
No se convence tanto a una mujer de lo mucho que se le quiere con argumentos
racionales, cuanto con comprensión y hechos sensibles. Se evitarían no pocos
problemas matrimoniales, si las mujeres aprendiesen a dar más importancia al
saber que al sentir, y si los maridos tuviesen un poco más de mano izquierda y
se esforzasen por expresar el cariño que sienten...
Otra
situación típica. Tras una intensa jornada de trabajo, el marido llega tarde a
casa. Han surgido imprevistos en su trabajo, está agotado y tiene ganas de
llegar a casa para descansar. Cuando su mujer le ve llegar, se muestra muy
contrariada y le recuerda que habían quedado en cenar mucho antes. Lo que la
mujer no le dice es que su cariño por él le ha llevado a echarle en falta y a
preocuparse pensando que quizá hubiera tenido un accidente. Generalmente, ante
esta situación, el marido se irrita y terminan discutiendo. ¡Que diferente
terminarían las cosas si ambos se comprendiesen! La mujer le diría: «Si llegas
tarde, es que has tenido mucho trabajo. No sabes lo orgullosa que estoy de tus
sacrificios para sacar adelante a la familia. Pero ahora al fin podrás descansar. ¿En
qué te puedo complacer?». El marido, en vez de irritarse ante las quejas de su
mujer, le diría: «¡Qué buena eres! No se cómo agradecértelo. En tu impaciencia
porque llego tarde, veo lo mucho que me quieres. Además tendrás que volver a
calentar la cena. Ya
te ayudo yo...» Así, una misma circunstancia puede conducir a dos situaciones
opuestas: que los esposos riñan o que se den un abrazo.
Saber
escuchar
Hay
que saber escuchar. La queja que con mayor frecuencia manifiestan los hombres
acerca de la mujeres es la de que ellas siempre están intentando cambiarlos. A
su vez, escribe Gray, «la queja que con mayor frecuencia manifiestan las
mujeres acerca de los hombres es la de que éstos no escuchan. El hombre, o bien
no le hace el menor caso cuando ella le habla, o escucha unas palabras, evalúa
lo que le preocupa y a continuación se pone con orgullo la gorra de señor
"todo arreglado" y ofrece una solución que la haga sentirse mejor.
Cuando ella no aprecia este gesto de amor, él se muestra confundido. Por muchas
veces que ella le diga que no la escucha, él sigue sin entender y no abandona
su actitud. Ella desea solidaridad y comprensión, y él cree que desea
soluciones».
La
mujer desea ante todo que su marido le escuche mostrando interés, no como se
escucha una conferencia. El hombre es más resolutivo. Cuando le hablan de un
problema, piensa que lo que se le está pidiendo es ante todo que ayude a
resolverlo, que ofrezca una solución. Una mujer, en cambio, no desea tanto que
su marido le dé una solución a su quebradero de cabeza, cuanto desahogarse,
sentir que su marido le comprende, que se hace cargo de su preocupación. Si ve
que su marido le comprende, se siente querida.
A
un hombre le cuesta entender que su mujer estará más contenta si le escucha con
paciencia, interés y comprensión, que si le ofrece enseguida una solución. Al
no ponerse en la piel de su esposa, no entiende que ella, al contar sus
problemas, busque sobre todo desahogarse, saberse comprendida. «Los hombres
-escribe Gray- deben recordar que las mujeres hablan de sus problemas para
intimar, y no precisamente para conseguir soluciones. A menudo, la mujer sólo
quiere manifestar sus sentimientos acerca de cómo le ha ido el día y el esposo,
creyendo ayudar, la interrumpe y le ofrece toda una retahíla de soluciones a
sus problemas. Y no tiene ni idea de por qué eso le sienta tan mal». El hombre
no es consciente de que cada vez que su mujer se desahoga, está poniendo a
prueba el amor de su marido. Cierto idealismo utópico lleva a la mujer a pensar
que si su marido realmente le quiere, le entenderá, aunque ella no hable claro.
Si nota que su marido no le entiende, es posible que se enfade, pues concluye
erróneamente que no le quiere. Peor todavía si el marido se impacienta (por
ejemplo, si a las 11 de la noche, cuando él, muy cansado, está a punto de irse
a la cama -o cinco minutos antes de que comience la retransmisión de un partido
de fútbol-, ella empieza a contarle un preocupación objetivamente poco
importante). En este sentido, puede resultar cruel para una mujer, que comienza
a contar su preocupación, que su marido le interrumpa diciéndole que abrevie,
que vaya al grano, que la solución está clara, etc. Un marido tiene que
comprender que una hora escuchando con cariño a su mujer equivale para ésta a
una hora de recibir el amor que más anhela. En vez de proyectar egoístamente
los propios deseos, habría que querer a los demás respetando sus legítimos
deseos, quererles como quieren ser queridos, no como a uno le gustaría que le
quieran.
«Tendrías
que estar aquí», le decía por teléfono una madre a su hijo que estaba en un
país lejano. El hijo se afanaba entonces por explicarle que eso no era posible,
hasta que descubrió que lo que la madre buscaba no era tanto obtener el retorno
del hijo, cuanto expresar su pena por su lejanía. En sucesivas ocasiones,
cuando la madre se quejaba de la lejanía del hijo, éste le decía: «Tienes
razón, mamá, tendría que estar allí». Incomprensiblemente para el hijo, después
de decirle eso a su madre, ésta dejaba de insistir. Sí, con las mujeres hay que
saber triangular, tener mucha mano izquierda, tener en cuenta los imperativos
del corazón, por muy irracionales que parezcan. Si una mujer está enfadada con
su marido y le chilla, éste le aplacará mucho mejor mostrando la pena que le
produce ver a su mujer tan alterada, que haciendo grandes esfuerzos por no
enfadarse, mostrándose impertérrito. Me contaba uno que su mujer dejó de
enfadarse -por mucho tiempo, al menos- el día en que vio cómo su marido se
emocionaba. Unas lágrimas surtieron mayor efecto que mil palabras.
Hablar
o callar
El
modo de hacer frente al estrés es muy diferente en el hombre y en la mujer. Como escribe
Gray, «los marcianos se retiran a su cueva para solucionar sus problemas solos
y sentirse mejor», mientras que «las venusianas se reúnen y hablan abiertamente
de sus problemas para sentirse mejor». Cuando un hombre vuelve preocupado de su
trabajo, le encanta encender la televisión para ver el telediario, volcando su
atención en problemas lejanos sobre los que da su opinión. En vez de afrontar
su frustración, prefiere estar arreglando el mundo. Después se le ve taciturno,
rumiando su problema. Quizá la mujer interpreta mal esa actitud hosca y le hace
preguntas directas que le sacan de sus casillas. La mujer, en cambio, cuando le
preocupa algo, le encanta contarlo. No es que vaya al grano -la relación entre
esa preocupación y su posible falta de autoestima-, sino que se desahoga
contando los pormenores de una injusticia que ha sufrido. «Tan poco realista
-escribe Gray- es esperar de un hombre que está encerrado en su cueva que de
repente se muestre abierto, sensible y afectuoso, como esperar de una mujer
disgustada que se tranquilice inmediatamente y se muestre totalmente sensata.
Es un error esperar que el hombre muestre siempre su lado afectuoso, del mismo
modo que es un error esperar de una mujer que sus sentimientos sean siempre
racionales y lógicos».
Una
vez más, la autoproyección puede llevar a reaccionar de modo inadecuado: que el
marido deje sola a su disgustada mujer disgustada o que la mujer importune al
marido cuando éste está rumiando su problema. No se puede dejar toda una noche
a una mujer preocupada por algo referente a su marido. Él dormirá bien. Ella,
no. «Pocos hombres tienen conciencia de lo importante que es para una mujer
sentirse apoyada por alguien que la quiere. [...] Los hombres no se dan cuenta
de este hecho porque su instinto marciano les dice que cuando se está
disgustado lo mejor es quedarse solo. Cuando ella está disgustada el hombre,
por respeto, la dejará sola, y, si se queda a su lado, empeorará las cosas
intentando solucionar sus problemas. Su instinto no le habla de lo importante
que son para ella la proximidad, la intimidad y la comunicación. Lo
que ella más necesita es alguien que la escuche».
Es,
pues, importante que el varón y la mujer se estudien mutuamente con el fin de
percatarse de sus diferencias. Puede ser útil al respecto que los varones lean
determinados libros de la literatura universal en los que se pone de manifiesto
la psicología femenina. Pienso, por ejemplo, en Cristina, hija de Lavrans, una
trilogía de Sigrid Undset ambientada en la Noruega del siglo XIV. Hay un pasaje
que ilustra bien el carácter femenino. Poco después de la boda, Cristina, la
protagonista, está enfadada con Erlend, su marido, porque piensa que no le hace
mucho caso, pero, por orgullo, no le dice nada. En un momento dado, ella de
comporta de modo imprudente y peligroso y su marido le da una bofetada en plena
mejilla. «Lo merecías -le dice-. (...) Me has asustado». Y comenta la
escritora: «Cristina no dijo nada; pero Erlend la notó menos enfadada que un
momento antes (...). Le sorprendió, pero era cierto».
Sucede
a menudo que, ante una mujer alterada, su marido piensa que lo que se espera de
él es que la soporte. En
vez de mostrarse airado, toma la actitud de aguantar el tirón. Piensa que
bastante mérito tiene con no enfadarse. Pero el mensaje que ella capta no es:
«hay que ver qué bueno es mi marido, ¡qué paciencia tiene conmigo cuando me pongo
nerviosa!», sino «ni siquiera le afecta ver lo mal que lo estoy pasando, ya se
ve que lo mío no le importa ni un bledo». Lo que menos soporta una mujer es la
indiferencia...
En
la misma obra de Undset, hay más adelante otro pasaje significativo en que
sucede algo similar entre Lavrans y Ragnfried, los padres de Cristina. Ella,
Ragnfried, reprocha a Lavrans que no haberse enfadado después de que ella, hace
tiempo, le confesara una infidelidad matrimonial. Interpreta la indulgencia de
Lavrans como desamor. «Creía -le dice- que si podías comportarte conmigo igual
que antes, después de aquella noche, era porque yo te importaba aún menos de lo
que yo había creído. Si después de aquello te hubieras mostrado duro conmigo,
si me hubieras pegado sólo una vez en un día de borrachera, habría soportado
mejor mi dolor y mis angustias. Pero tu indiferencia...». «¿Me creías
indiferente?», le pregunta Lavrans, extrañándose de que su mujer interpretase
su bondad como indiferencia. A lo que Ragnfried responde: «Sí, si tú me
hubieras estrechado en tus brazos una sola vez, no porque fuese la esposa
cristiana que te habían designado, sino la mujer que habías deseado y por cuya
posesión hubieras luchado...».
3) Subjetividad
femenina y objetividad masculina
En
toda persona humana encontramos elementos ilógicos, meramente subjetivos, pero
en las mujeres es algo más llamativo. En este mundo de las emociones, un hombre
muy racional se pierde, porque los sentimientos suelen estar reñidos con la
pura racionalidad. Para un hombre, lo importante suele ser tener los pies en el
suelo (la realidad objetiva), mientras que las mujeres acostumbran a ver el
mundo a través de sus vivencias personales. Todo tiene ventajas y desventajas.
Las realidades existenciales -como los estados de ánimo- son muy importantes
pero son poco estables. Una persona que se deja guiar únicamente por sus
sensaciones se vuelve atolondrada. De todos modos, conviene que tengamos
suficiente conocimiento propio como para poder aclararnos con el mundo de las
emociones, aunque éstas no se dejen encerrar fácilmente dentro de estrechos
moldes racionales. Si bien los sentimientos son menos de fiar, no hay que
despreciarlos, porque esto equivaldría a despersonalizarse. Lo que sí conviene
es anteponer lo objetivo a lo subjetivo, para no dejarse llevar por fantasías.
La
mujer suele ser menos analítica que el hombre y tiende a confundir saber con
sentir. De ahí que se deje dominar más fácilmente por los estados de ánimo. «El
alma humana -dice una mujer en una novela- se parece a las nubes. No hay quien
la coja en la misma postura». Si reducimos el alma humana a sus sensaciones
subjetivas, es posible que nos descaminemos. Hay que saber tener los pies en el
suelo sin, por ello, eliminar lo subjetivo. Por poner un ejemplo, la mujer tiende
a dar más importancia a sentirse querida que a saberse querida. Unas lágrimas
surten en ellas mucho más efecto que largos discursos. De ahí la importancia de
que un marido consiga manifestar su afecto para que su mujer se sienta querida,
decirle muchas veces que le quiere y hacerle ver que él sin ella no sabría
vivir. Quizá sea éste el piropo que una mujer más desea oír -«sin ti no se
vivir»-, más todavía si se trata de una mujer insegura.
Me
decía un marido: «No entiendo por qué mi mujer se queja de que no la quiero; a
estas alturas, llevando más de treinta años casado con ella, ya tendría que
saber que le quiero...». Ese marido no se daba cuenta de que su mujer era
diferente a él: a él le bastaba con saberse querido y no entendía que su mujer
era más insegura que él y necesitaba sentirse querida. De todos modos, a la
larga, es más importante que el marido la quiera de verdad: que no le engañe,
que haya una realidad de amor detrás de las apariencias, que esté dispuesto a
sacrificarse por ella. Si una mujer da más importancia a las apariencias que a
la realidad objetiva, será muy fácil que un hombre le engañe, haciéndole creer
que le quiere, cuando en el fondo se quiere aprovechar de ella.
El
hombre suele ser más objetivo que la mujer, de ahí que algunos afirman que el
varón es la cabeza de la
mujer. La mujer es más intuitiva y está más abierta a las
realidades existenciales; en ella todo suele ser más sentido: viendo las cosas
con el corazón, las vive con mayor intensidad. Comparando a dos mujeres, una
joven y otra mayor, dice el joven protagonista de una novela: «Las dos se
parecían en dar a todo importancia por igual. ¿Será el eterno femenino eso
también?». La persona ideal es al mismo tiempo intuitiva y racional. «El hombre
-dice en una novela la mujer de Sócrates- no piensa con el corazón, se desliga
de su cuerpo, de su familia, de su esencia. Una mujer no es capaz de pensar de
modo tan impersonal. Y a veces, la mujer contempla en el fondo de su ser lo que
el hombre jamás descubrirá a pesar de sus profundos e interminables quebraderos
de cabeza».
Hombres
y mujeres observan el mundo de modo muy distinto. Cuando hombres comentan por
ejemplo un artículo que han leído, suelen hacer bellos discursos y se refieren
sobre todo a datos concretos, estadísticos, etc. En cambio, si son mujeres las
que lo comentan, hablan más bien del impacto que les ha producido. Los hombres
cosifican a las personas y las mujeres personalizan a las cosas. Si fuesen sólo
los hombres los que tienen algo que decir, el mundo se empobrecería; y si
fuesen sólo mujeres las que mandan, no sé a dónde llegaríamos a parar...
4) La autorrealización
a través del amor
Por
naturaleza, estamos hechos para ser felices dando y recibiendo amor. Damos lo
mejor de nosotros mismos en la medida en que, por amor y libremente, nos
entregamos a otra persona. Lo que es propio de todo ser humano es, por decirlo
de algún modo, más connatural a la mujer. «Cuanto más santa es una mujer, más
mujer es», decía Léon Bloy. La mujer, por naturaleza, tiende más que el hombre
a autorrealizarse a través de la entrega amorosa de sí misma, como si la
naturaleza de la mujer estuviese más cercana a la finalidad de toda naturaleza
humana: ser feliz a través del don desinteresado de uno mismo.
«¿Qué
es la mujer? -se pregunta Carla Bettinelli secundando a Edith Stein- Una
profunda necesidad de dar y de recibir amor». La capacidad de abnegación que
tienen las mujeres equilibradas supera con creces a la de los hombres. Una
mujer es capaz de cuidar minuciosamente innumerables detalles de servicio a los
demás. Su corazón es, a la vez, débil y fuerte. A primera vista, el varón
parece más fuerte, pero, a la hora de la verdad -y más aún si hay de por medio
una razón de cariño-, la mujer llega más lejos, siendo capaz de perseverar
heroicamente aun en las más adversas circunstancias.
«Dadle
amor a una mujer y no habrá nada que ella no haga, sufra o arriesgue», dice
Wilkie Collins en una de sus novelas. Las mujeres dan menos vueltas a las
cosas, pero 'inconscientemente', sin aspavientos, tienen una capacidad de
entrega muy superior a la de los hombres. El amor de una madre, por ejemplo, es
quizá lo que más se parece a un amor incondicional. El amor de una buena madre
es lo contrario al de esas chicas ávidas de romances fáciles; éstas -como escribe
Albert Cohen rememorando a su madre- «aman a los hombres fuertes, enérgicos,
resueltos, a los gorilas, en una palabra. Nuestras madres nos aman desdentados
o no, fuertes o débiles, jóvenes o viejos. Y cuanto más débiles somos, más nos
aman. Amor de nuestras madres, a ningún otro semejante».
Si
una mujer no se traiciona a sí misma, reconoce que ansía esa felicidad que
proviene de la abnegación amorosa. Copio un pasaje de una novela, en la que una
psiquiatra soltera muy 'emancipada' escribe una carta a una amiga, reconociendo
su íntimo deseo de entregarse a un hombre: «En modalidad de copla gitana:
"Si tu me pidieras que al fuego me echase,/ igual que madera me
consumiría./ Si tu me pidieras que me abriera mis venas,/ un chorro de sangre
te salpicaría". Y en jerga psicoanalítica (...): Inmolarse en aras de la
discutible felicidad que la disgregación de sí mismo puede proporcionar a otro.
Pero no es broma, Sofía, lo malo es que no es broma. ¡Qué condena llevamos las
mujeres con esta retórica de la abnegación, cómo se nos agarra a las tripas,
por mucho que nos pasemos la vida tratando de reírnos de ella! Yo, aunque me dé
vergüenza, te tengo que confesar -porque esta carta va de confesión- que mis
ensueños eróticos más secretos se abrasan en el deseo de disolverme en otro, de
entregarme a alguien sin reservas para que disponga de mí a su capricho; deseo
analizado luego despiadadamente en mis horas de vigilia y amordazado sin más
contemplaciones. Porque sé que es una pendiente resbaladiza». Sí, es una
«pendiente resbaladiza» porque si una mujer se entrega de ese modo a un hombre
que se aprovecha de ella, el amor se torna esclavitud...
Las
decepciones amorosas son proporcionales a la sensibilidad de la persona que las
padece; por eso la mujer sufre más. El varón tiene muy diversas fuentes de
autoestima: el amor de los que ama, el ámbito laboral, el ámbito deportivo y
social. La mujer espera ante todo ser amada por las personas más cercanas. Esta
es una de las razones por las que las decepciones matrimoniales suelen ser más
agudas en la mujer. Si
una mujer no se siente querida por su marido, se siente tan mal como se
sentiría su marido si le despidiesen de su trabajo y, además, todos sus amigos
y familiares le abandonasen. Otra razón por la que esas decepciones son más agudas
en la mujer es porque ella suele ser menos realista. En su tendencia a
idealizar piensa que su marido le amará como ella le ama. Pero su cariño es más
constante que el del varón. He aquí, tal como aparece en una novela, el
extracto de una carta escrita por la amiga de una esposa descontenta: «Hablando
con experiencia te diré lo que he observado. Las jóvenes recién casadas, que
sienten un profundo amor por sus esposos -y tal es tu caso-, suelen cometer un
muy grave error: como regla general, esperan demasiado de sus maridos. Los
hombres, mi pobre Sara, no son como nosotras. Su amor, incluso cuando es
sincero, no es como el nuestro; no es tan constante y fiel como el que nosotras
les ofrecemos; no es su única esperanza ni la razón de sus vidas, como lo es
para nosotras. Por mucho que los amemos y los respetemos, no tenemos más
remedio que reconocer y aceptar esta notable diferencia entre la naturaleza del
hombre y la de la mujer».
Sucede
como con un órgano corporal. Mientras un ojo, por ejemplo, está sano, funciona
bien sin que uno se percate de ello. Pero si se introduce un cuerpo extraño, el
sujeto experimenta su propio ojo. Así también, cuando el alma está sana, uno se
siente bien en su piel y resulta fácil olvidarse de uno mismo. Si hay paz
interior, la donación amorosa surge espontáneamente: uno se puede volcar hacia
los demás para aliviar sus necesidades. Pero cuando uno comienza a dudar de sí
mismo, empieza a experimentarse a sí mismo y se siente molesto. Por eso, una
mujer es capaz de la mayor abnegación a condición de sentirse querida. Si una
mujer se siente querida permite todo a su marido. En cambio, si no está
convencida de ocupar el primer lugar en la vida de su marido, protesta por
cualquier cosa. Todo anda sobre ruedas en la medida en que se sienta inspirada
por una razón de amor compartido. En cambio, si no se siente querida, si no se
siente útil, entonces se desmorona, su atención se vuelve hacia sí misma y se
irrita. Es como si se introduce un cuerpo extraño en el ojo de su alma. La que
nunca se quejaba, empieza a protestar por cualquier futilidad. Como
autodefensa, para reclamar el amor supuestamente perdido -y la subsiguiente
autoestima-, la que era como un ángel comienza a comportarse como un demonio.
5) La sexualidad
Hombre
y mujeres experimentan la sexualidad de modo diferente. El apetito sexual
masculino es más intenso que el femenino. La mujer suele ignorar que lo que,
por razones hormonales, a ella sólo le apetece uno o dos días al mes, al varón
le apetece diez veces más y todos los días. En él prima el aspecto animal. En
ella, la ternura, la vanidad y la confianza. Para una mujer, una relación sexual es
como la continuación de un beso. Sólo está dispuesta a entregarse, si confía en
el amor de quien la besa, si confía en el amor de quien la corteja. Pero si se
le fuerza a tener relaciones, se siente fatal. «Muchas mujeres -escribe
Smalley- me han contado que se sienten como prostitutas cuando, estando
resentidas sus maridos, éstos les fuerza a hacer el amor».
Si
una mujer lleva minifalda, los varones se ponen nerviosos. En cambio, las
mujeres no suelen ir a la playa para ver a chicos en traje de baño, sino para
tomar el sol. Cuando una mujer se encuentra con un hombre, se suele fijar en si
es un hombre interesante, no tanto guapo, sino atento, delicado y cariñoso. En
cambio, la tendencia natural del hombre es ver si una mujer está buena. La
mujer suele robar cuerpos, mientras que el hombre suele robar corazones.
Las
razones por las que el hombre y la mujer desean relaciones sexuales son diferentes.
El hombre tiende a fingir amor para obtener sexo. La mujer tiende a fingir sexo
para obtener cariño. El hombre está más atraído por el placer venéreo, mientras
que la mujer desea ante todo sentirse querida. Un hombre seduce para sentirse
importante pero también porque está interesado en obtener aventuras sexuales.
Una mujer coqueta, en cambio, busca ante todo ternura como modo de suplir su
inseguridad personal. Se siente segura en la medida que está atractiva. Si una
mujer deja de cuidar su porte físico, si le da igual que le vean fea, es algo
muy grave: su autoestima está por los suelos. No estar al corriente de estas
diferencias de sensibilidad da lugar a muchos malentendidos... y chascos. Con
razón escribe Mikel Santamaría:
«Muchas
veces, la mujer se equivoca, cuando aplica su propio modo de vivir la
sexualidad a los hombres. Los hombres son más directamente carnales. Si ser
particularmente brutos, pueden experimentar el simple valor sexual del cuerpo
de una mujer, totalmente al margen de la afectividad o de su valor personal. El
hombre es así. Y es bueno que la mujer lo sepa. Del mismo modo que es bueno que
el hombre sepa que las mujeres no son como él, para que no interprete que están
en la misma onda que él.
Un
hombre se puede sorprender del rechazo de una mujer, cuando él creía que ella
estaba ya hace tiempo metida en su propia dinámica de excitación. Pero es que
la mujer estaba interpretando aquello como cariño. Y sólo más tarde se da
cuenta de que aquello no es el amor limpio que ella quería, y por eso lo
rechaza.
Hay
hombres que saben esto y, por eso, saben que, para alcanzar lo que quieren, se
tienen que hacer los enamorados. Engañar a una mujer, en este sentido, es
relativamente fácil, porque ella está predispuesta a interpretar como cariño
las manifestaciones del hombre. Interpreta, de entrada, benignamente la actitud
del varón. Si ella se expresara de esa manera sin un cariño profundo detrás, se
sentiría como una verdadera prostituta. Por eso tiende a pensar lo mismo del
hombre. Y le gusta sentirse querida. No se da cuenta de que el hombre, ante la
proximidad del cuerpo de mujer, reacciona, naturalmente y sin maldad,
experimentando la atracción sexual de ese objeto apetitoso.
Para
evitar tratar a la mujer como objeto, el hombre tiene que ejercer una tarea de
autodominio que no le es fácil».
La
forma de vivir la sexualidad es muy diferente en hombres y mujeres. Dejemos que
lo explique delicadamente Antonio Vázquez, un orientador familiar:
«El
hombre es una llama de gas, la mujer es una llama de carbón lenta para
encenderse y lenta para apagarse. La mujer conquista por la belleza que entra
por los ojos; el arma del hombre es la palabra que entra por el oído. El varón
necesita conquistar y poseer, mientras que la mujer necesita ser deseada y conquistada.
El
hombre es más sexual, mientras que la mujer es más sensual. La mujer necesita
aperitivo, el hombre prefiere cuanto antes el plato fuerte. Si uno y otro
olvidan, no conocen o no quieren ser consecuentes con estas reglas, que la
naturaleza ha marcado en la psicología de cada uno, pueden ir derechos al
fracaso».
El
varón tiende a reducir la relación sexual a un encuentro entre cuerpos,
mientras que la mujer anhela un encuentro entre personas, encuentro y entrega
de alma y cuerpo. Un cónyuge generoso se adapta a los gustos del otro. Pero
suele suceder que el hombre impone sus apetitos sexuales a la mujer. En este caso -o
cuando, a causa de cierto complejo de inferioridad, la mujer pretende ser como
el varón-, se obliga a la mujer adoptar un comportamiento sexual masculino.
Como observa un experto, «hay una tendencia a hacer creer a la mujer que tiene
que comportarse en el terreno sexual como el hombre, si quiere ser moderna».
Pero engañar impunemente a la naturaleza da lugar a frustraciones. En los
primeros cinco o diez años del matrimonio, la vida sexual de los cónyuges suele
ser “masculinamente activa”. Si la mujer protesta, se le dice que no es
“normal”. Pero lo que le hace protestar es algo difícil de expresar: es no
sentirse querida sino utilizada, es sentirse desengañada y humillada. Si el
marido no ha aprendido a moderar su apetito sexual, la mujer termina por dudar
de él. Se pregunta: «¿porqué está tan amable en la cama, y tan antipático en
las comidas...?». «Esa superficialidad en el terreno de lo íntimo -afirma el
experto- es percibida por la mujer como una entrega del otro en busca de
placer, "se entrega al placer, no a mí", "le gusta mi cuerpo, no
yo". Un sentimiento de desasosiego puede aparecer: sólo me busca cuando
quiere relaciones. "Y si yo no le diera placer, ¿cómo me trataría?"».
El
hombre suele quejarse de que su mujer no es generosa en la entrega sexual.
Olvida que ella necesita que se construya un clímax romántico: que es preciso
cortejarla. La mujer disfruta del sexo en la medida en que confía en el amor
del varón. Entonces está dispuesta a “perderse” en él. Pero si ni siquiera es
efusiva al saludarle cuando llega a casa, ¿cómo se va a alegrar ante la
perspectiva de mantener relaciones? Pretender que ella quiera tener relaciones
en frío es como decir a alguien que está triste: «Ven ahora mismo, aquí tienes
mi hombro para que llores».
Hay
malentendidos en ambas direcciones. Así también la mujer suele olvidar que
cuando rechaza a su marido, le humilla profundamente. Éste piensa que se pone
en duda su virilidad. Su reacción suele ser muy visceral. La mujer tendría que
mostrar más comprensión con el apetito sexual de su marido. No olvidar que a él
le apetece siempre mucho más que a ella. Del mismo modo que le alegra la vida
preparando platos que a él le gustan, podría alegrársela siendo más generosa
con su cuerpo. De todos modos, si el marido no se aplica en la castidad, si es
incapaz de contenerse, hará pensar a su mujer que no la quiere de verdad: que
sólo quiere su cuerpo.
Ilustrémoslo
con el pasaje de una novela escrita por una mujer. El personaje femenino
intenta explicar a su marido por qué le quiere abandonar. Tenía la impresión de
que a él no le importaban sus sentimientos. En un momento dado de la
explicación, ella «lo llamó egoísta. Se quejó de que cuando llegaba a casa de
un viaje estaba demasiado cansado para pensar en ella, o para hablar, hasta que
se iban a la cama y él quería hacer el amor. Pero esa era su forma de
establecer contacto, explicó él, demostraba más sus sentimientos que sus
palabras. Pero en realidad sólo demostraba la diferencia que existía entre los
hombres y las mujeres».
Si
las mujeres fuesen más conscientes de la importancia de ayudar a los varones en
este terreno, se evitarían muchos dramas. Pero cuando la educación es
deficiente y el ambiente no ayuda, es corriente que muchas chicas, en vez de
establecer las bases de un amor duradero, den más importancia a la vanidad de
sentirse codiciadas por los chicos a causa de sus encantos físicos. Rememorando
sus años universitarios, escribe Kathleen Raine (una poetisa inglesa
ciertamente atractiva y brillante): «Es difícil darse cuenta ya a los dieciocho
años que ser amada a causa del atractivo físico significa en el fondo lo más
contrario a ser amada. Me sentía como un animalito perseguido por cazadores
ávidos por capturar mi piel».
Si
las novias supiesen las dificultades que tienen sus novios para dominar su
instinto sexual, les exigirían mayor continencia y respeto hasta que se casen.
Si las mujeres supiesen que toda la moral sexual matrimonial, tal como la
defiende la Iglesia
Católica, es la mejor garantía para que los maridos respeten
a sus mujeres, no pararían de dar gracias a Dios... y al Papa.
6) La afectividad
Desgraciadamente,
la educación en la afectividad suele ser muy deficiente. A los chicos se les
suele presentar la afectividad como algo femenino, reñido con la virilidad, por
lo que terminan por achicar el corazón. Las chicas, en cambio, suelen perder de
vista los peligros de una afectividad desbocada. Para ambos sirve esta
consigna: siempre con el corazón, pero nunca sólo con el corazón. No es del
todo verdad que, por naturaleza, algunos tengan más corazón que otros. Es más
bien la educación y las decisiones personales lo que hace que el corazón se
atrofie.
Ventajas
y desventajas
El
corazón es como un arma de doble filo. Según su orientación, engendra
generosidad y perspicacia, o egoísmo y sinrazón. Por un lado, el afecto pone
alas a la voluntad (empujando a sacrificarse por la persona amada) y agudiza la
inteligencia (para conocerla mejor y entrar en sintonía con ella); por otra
parte, habría que respetar la libertad ajena y aprender ese «natural recato que
es siempre atractivo, porque se nota en la conducta el señorío de la
inteligencia».
Según
la relación entre el corazón y las potencias espirituales, tenemos, por tanto,
las siguientes ventajas y desventajas:
1.
respecto a la inteligencia:
- ventaja: agudiza el ingenio
- desventaja: ciega a la razón
2.
respecto a la voluntad
- ventaja: acrecienta la generosidad
- desventaja: se presta al afán posesivo, al acaparamiento
La
primera ventaja de la afectividad es agudizar la inteligencia para conocer
mejor a la persona amada. Así, el gran cariño que una madre tiene por sus hijos
le facilita comprenderles y saber en seguida lo que les ocurre con solo
mirarles a la cara. La
segunda ventaja del afecto es que facilita la generosidad. El
cariño enciende el deseo de hacer feliz a quien se ama. Y esa “felicidad de
hacer feliz” aumenta en función del cariño que se tiene. Por muy alta que sea
la calidad espiritual de una relación amorosa -por mucho que, superando el
propio egoísmo, sólo se busque el bien de la persona amada-, el amante que no
está enamorado, gozará poco de la felicidad que procura al amado. En esas
circunstancias, los sacrificios realizados para hacer feliz a la persona amada
resultarán muy arduos. Por esas razones, no sería, por ejemplo, conveniente
acceder al matrimonio, si faltase enamoramiento por parte de uno de los novios.
El enamoramiento, delirio o locura de amor, es la base sobre la que hay que
edificar el amor espiritual.
En
cuanto a los dos peligros de la afectividad, según se deteriore su relación con
la inteligencia o con la voluntad, se obtiene sinrazón y afán posesivo. Es muy
conocido el efecto cegador de las pasiones. «No está en su sano juicio», se
dice de una persona cuya inteligencia está nublada bajo el efecto de una fuerte
pasión. No es fácil impedir que un estado emocional trastorne la propia
capacidad de ver las cosas de modo objetivo. En el ser humano, la intuición
está muy ligada al sentimiento, lo cual presenta indudables peligros de
subjetivismo. Uno podría tomar como cierto y real lo que es meramente
imaginario. El corazón puede agudizar a la inteligencia, pero también puede
cegarla. Si falta un mínimo de conocimiento propio, el individuo apasionado
puede caer en el error de tomar como real lo que sólo existe en su imaginación,
no advirtiendo que sus sentimientos enturbian la lucidez de su inteligencia.
La
imaginación puede jugar malas pasadas. Si no se controla se pasan malos ratos
innecesarios, o a alegrarse demasiado; en todo caso, sus vivencias guardan
desproporción con los hechos. En una novela, un padre da a su hija el siguiente
consejo: «Recuerda siempre que lo que nos turba no son tanto los propios
acontecimientos como la idea que de ello nos hagamos, el dramatismo que en
nuestro interior les demos, o sea, hija, que lo que nos sobresalta es nuestro
estado de ánimo y no el acontecimiento mismo, eso te ayudará a vivir».
Como
toda pasión, el afecto, cuando es intenso, puede hacer perder la cabeza. Esta
tendencia a cegar a la inteligencia es especialmente peligrosa cuando la pasión
afectiva, por ir unida al amor propio, desencadena el odio cada vez que no se
satisfacen sus requerimientos. «Amor y odio están separados por un hilo fino»,
era el título de una canción: es lo que sucede cuando el amor es meramente
afectivo. «Los que se pelean se desean», decimos en castellano. Ya lo observaba
la vieja Celestina:
«la mujer o ama mucho a aquel de quien es requerida, o le tiene gran odio».
Para bien o para mal, el corazón nunca olvida. Para bien, porque el
enamoramiento no pasa; para mal, porque el corazón resentido no olvida su lista
de agravios; por eso dice Cronin que «una mujer rechazada es un enemigo para
toda la vida». Aquí van unidos lo mejor y lo peor de un corazón enamorado:
total generosidad y falta de lógica. El enamoramiento nunca desaparece del
todo; si con motivo de un divorcio hay tantas riñas, es porque, en el fondo,
los cónyuges se siguen queriendo; si no, serían indiferentes. Como decía un
poeta francés, «si hubiese sabido que la quería tanto, la hubiera amado
más...».
El
corazón enamorado no olvida. Las mujeres, si piensan con el corazón, sufren
mucho al separarse de quienes aman. Hay incluso quienes afirman que una mujer
no olvida nunca a la persona de quien se enamoró. En una novela de Wilkie
Collins, dice uno hablando de su mujer: «Me interpuse en el camino de otro
hombre. Estaba enamorada de él cuando se casó conmigo»; a lo que su
interlocutor responde: «¿Qué tiene eso de extraordinario? Todas ellas están
enamoradas de algún otro hombre. ¿Quién es el primero que ha tocado el corazón
de una mujer? Con toda la experiencia que tengo de estas cosas, nunca he
conocido a nadie que hubiera sido el Número Uno. El Número Dos, algunas veces.
Y muchos con el Tres, Cuatro, Cinco. ¡Nunca el Número Uno! Por supuesto que
existe; pero yo no lo he encontrado». Si eso es cierto, ¡agraciado es el marido
que sea realmente el Número Uno de su mujer!
Ya
vimos que si la pasión afectiva ciega la inteligencia, se termina viendo
indiferencia donde en realidad hay indulgencia y capacidad de perdón. Si el
amor sólo fuese pasión, caben únicamente dos posibilidades en función de la
correspondencia de la persona amada: amor u odio. Si una mujer, o una persona
sensible en general, identifica amor con sentimiento amoroso, da más
importancia a sentirse querida que a saberse querida. En tal situación se
pueden dar muchos malentendidos. Por ejemplo, si uno no se enfada ante una
ofensa de un ser querido, puede parecer que uno es indiferente: como si le
importase poco lo referente a ese ser querido. En una novela de Sigrid Undset,
hay un momento en que un marido hace un agravio a su esposa y ésta piensa que
si le perdonase, si le dejase de odiar, le dejaría de querer. Desde una
perspectiva meramente sentimental, eso puede parecer así, pero como seres
dotados de inteligencia y voluntad, podemos ser indulgentes con las ofensas
ajenas sin por ello ser indiferentes. La protagonista de esa novela (Cristina)
confunde amor con pasión, amar con querer, de modo que no quiere perdonar a su
marido (Erlend) porque no quiere dejar de quererle. «En el fondo de su corazón
-observa la
escritora-, Cristina sentía que no había perdonado aún a
Erlend. No podía hacerlo, porque no quería. Tenía las manos cerradas sobre el
vaso que contenía su amor y no se decidía a vaciarlo, aunque ese vaso sólo
contuviera una última gota de amarga hiel. Porque en el momento en que pudiera
perdonar a Erlend y dejar de pensar en él con aquella acritud, todo lo que
había entre ellos habría terminado». Cuando, más adelante, hace un esfuerzo por
perdonar a su marido, se dice de ella: «Había perdonado a Erlend, había
terminado con él; le era indiferente». Si se confunde el amor con el
sentimiento, las cosas terminan mal; sin un correctivo espiritual, se verifica
que «quienes se aman con más ardor terminan por ser como dos serpientes que se
muerden la cola».
El
segundo inconveniente del cariño consiste en ser fuente de afán posesivo, esto
es, de falta de respeto de la libertad de la persona amada. En una novela, la
protagonista hace esta observación refiriéndose a una compañera de trabajo: «me
quiere mucho, tanto que a veces me agobia». Tras algunas decepciones, muchos se
percatan de la importancia de evitar el afán posesivo. ¿De que serviría que
alguien nos quiera tanto, hasta el punto de necesitarnos como el aire para
respirar, si luego nos constriñe? ¡No basta con amar, hay que amar bien, de
modo desprendido y respetuoso! «Yo de jovencita -dice, en otra novela del mismo
autor, una mujer experimentada tras varias decepciones- estaba segura de que
las gentes que me querían nunca se iban a desentender de mí, que mi vida era
indispensable para la suya.
Pero en el fondo, lo que quería es que no me dejaran nunca de
necesitar. Pues no. Luego ves que no, y además, es mejor que nadie te necesite
mucho»
7. Afán posesivo:
origen y posible solución
El
origen del afán posesivo es de naturaleza espiritual. En última instancia,
proviene de la necesidad más básica del hombre: la necesidad de sentirse útil,
de ser apreciado con el fin de estar seguro de que se vale la pena, de ver
confirmada la propia dignidad. Esto se hace especialmente patente al recibir
cariño. De ahí que Lewis hable de esa necesidad tan propia del afecto que lleva
a necesitar ser necesitado. Cuando alguien nos quiere, sentimos que valemos la pena. La persona que nos
quiere se convierte, con facilidad, en fuente de confirmación de la propia
valía, en la base de nuestra confianza en nosotros mismos. No es de extrañar
entonces, que lleguemos a necesitar a esa persona como el aire para respirar. Y
el mínimo indicio de que no nos quiere, o de que nos quiere menos, desencadena
en nosotros una reacción de autodefensa, que si no se controla con la voluntad,
da lugar a un afán posesivo exagerado.
De
algún modo, pues, el afán posesivo está emparentada con la autoestima; cuando
ésta falta, es fácil caer en esa autocompasión que lleva a acaparar y a no
dejar libres a los demás. Cuando alguien que nos ama nos hiere, pensamos que
nos duele el corazón, pero en el fondo nos duele también el alma. Esta
diferencia entre 'corazón herido' y 'orgullo herido' permite entender mejor las
reacciones subjetivas de una persona. Como decía un francés, «el orgullo es el
sitio más sensible del corazón: por poco que se toque, proferimos grandes
gritos». Muchas veces no distinguimos entre ambos elementos, pero casi siempre
van juntos. En una novela, en la que una mujer desdeña a un pretendiente que
acaba de heredar una gran fortuna, se dice de éste: «Su recién creado orgullo
le hacía sufrir más que la herida en su afecto».
Si
bien es verdad que el cariño suele engendrar afán posesivo, la solución ideal
no consiste en eliminarlo, sino en purificarlo. Pero no sabiendo cómo
conseguirlo, para evitarse dificultades, algunos optan por achicar el corazón.
Hay quienes son fuertes (o se hacen los fuertes), pero no saben querer. Otros
son cariñosos, pero débiles e inestables. Lo ideal sería conjugar fortaleza y
cariño, lo cual resulta imposible mientras la propia autoestima dependa de la
estima ajena. Por lo general, los hombres suelen ser menos acaparadores que las
mujeres, pero ¡a qué precio!: siendo menos afectuosos. El amor verdadero, en
cambio, no excluye la
afectividad. No es la indiferencia propia de quien no pone el
corazón, sino un afecto que mantiene la serenidad gracias a cierto desapego
respecto a lo que los demás puedan pensar (respetos humanos).
Se
dice que a muchas mujeres les gustan los hombres dominantes y tiernos:
dominantes para darles seguridad y tiernos para corresponder a las finuras del
corazón femenino. En una novela, una mujer habla de los encantos de un hombre y
escribe: «Escucha a una mujer con una deferencia sosegada, con una mirada llena
de un interés plácido y vivo. Le habla con una voz que transluce una gran
delicadeza interior, y ello, hay que decirlo, resulta irresistible para
cualquiera de nosotras». Pero en la práctica, hombres muy seguros y tiernos no
abundan (y mujeres tampoco). La falta de capacidad afectiva suele ser el precio
que se paga para obtener cierta autonomía personal, y la falta de legítima
independencia es el precio que exige la ternura.
El
mundo está lleno de mujeres cariñosas pero posesivas, y de hombres
desinteresados pero poco cariñosos, con una frialdad próxima a la fingida
indiferencia. Ellas suelen obtener autoestima en el cariño y aprecio de los
demás. Ellos, en cambio suelen buscarla en proezas profesionales. El matrimonio
no suele aportar una solución definitiva, porque es muy difícil que se sigan
queriendo como cuando eran novios, entre otras cosas porque la falta de
libertad termina por asfixiar. Sin solución estable, el afán de aprecio queda
insatisfecho. Ante ese desengaño, las mujeres, si tienen hijos, suelen extender
sus redes acaparadoras hacia ellos, y los maridos se entregan con más ardor a
su profesión en busca del éxito. Rara vez se encuentra a alguien que sea a la
vez desprendido y cariñoso. Muy pocos lo consiguen, menos aún cuando, como es
el caso entre personas casadas, la intensidad del cariño es muy grande. Cariño
desinteresado o afectuoso desinterés: ¡eso sí que tiene mérito! Sólo lo he
visto en los santos...
El
amor de los demás -padres, amigos, etc.- es el camino ordinario para que
tomemos conciencia de nuestra dignidad. Pero, por ser imperfecto el amor
humano, esa solución no satisface establemente. Pienso que la única solución
estable a este problema pasa por una humilde toma de conciencia de la propia
dignidad ante los ojos de Dios, el Único que es capaz de amarnos y aceptarnos
tal como somos. Sólo la clara conciencia del Amor incondicional que Dios nos
tiene nos permite asumir plenamente la afectividad y, al mismo tiempo,
ordenarla, porque nos hace menos dependientes de la estima ajena. Entonces, si
necesitamos a los demás, no es para que confirmen nuestra dignidad, sino por
ese puro cariño que nos lleva ante todo a querer hacerles felices. Si
necesitamos que nos quieran, es para poder estar seguros de que se dejarán
querer. Desaparecen así los apegos demasiado absorbentes y se pierde el miedo a
querer a los demás de todo corazón. Sin embargo, si no se conoce ese camino, el
único modo de evitar el afán posesivo consiste en hacer esfuerzos titánicos
para mantener controladas las riendas del corazón, o bien en ponerle siete
cerrojos, achicando el corazón.
La
solución al problema del afecto desprendido pasa a través de la gracia de Dios,
que cura el más espiritual de nuestros egoísmos. Según la Revelación cristiana,
Dios es Amor y el hombre ha sido creado para amar, pero -sin la ayuda divina-
no es capaz de amar en plenitud. «Gratia est sanans et elevans», se dice en
teología: la gracia cura nuestra incapacidad de amar desinteresadamente y nos eleva
a la dignidad de hijos de Dios. Precisamente porque el amor de Dios nos
confiere tan alta dignidad, se nos hace posible curar ese orgullo que pervierte
nuestro amor. Sin ese auxilio, después de varias decepciones en la vida, por
puro realismo, nos haríamos 'escépticos en el amor'. Ya lo decía San Agustín:
«No hay verdadera amistad sino aquella que está unida por el amor de Dios».
A
lo largo de estas páginas hemos ido viendo que detrás de muchos problemas entre
hombre y mujer hay un problema de autoestima. Veíamos que la comunicación es
difícil a causa de un problema de inseguridad: el hombre teme ser incompetente
y la mujer teme no ser amada. De cara a la purificación de nuestros afectos,
también ha resultado ser muy importante la actitud que cada uno tiene para
consigo mismo. Nada es tan importante en la vida como aprender a estar en paz
consigo mismo sin por ello violentar la verdad. En cristiano, esa virtud se llama
humildad. Termino, pues, hablando de lo que ha resultado ser el fondo de la
cuestión.
8) Autoestima y
humildad
Problemas
de inseguridad son más corrientes en la mujeres, pero no se dan sólo en ellas.
Como dice una escritora, la mujeres suelen estar «más afectadas por la carencia
de amor que los hombres, más atormentadas por la búsqueda de una identidad que
les haga ser apreciadas por los demás y por sí mismas». Muchos hombres, en
cambio, buscan autoestima en éxitos profesionales y esconden el mismo problema
tras una capa de autosuficiencia. «Detrás de su aparente arrogancia ¾se dice en
una novela¾, detrás de su aparente seguridad, los hombres son extremadamente
frágiles». A primera vista, parece que el varón se las arregla mejor, pero todo
tiene sus ventajas e inconvenientes. Los hombres se quejan menos pero se
emborrachan (y se suicidan) más; las mujeres esconden menos ese problema de
fondo, que es común a ambos, por lo que se les puede ayudar más y llegan menos
a un trágico desenlace.
Recordando
sus encuentros con su difunta madre, escribe Albert Cohen: «Te acercabas con
extasiada y vergonzosa sonrisa de niña poco espabilada, escrutándome a la vez
con los ojos para saber si no te criticaba interiormente. Pobre mamá, te daba
tanto miedo no gustarme...». Todos nos vemos a través de los ojos de los demás,
pero eso es aún más cierto en las mujeres. De ahí, por ejemplo, su empeño en ir
siempre bien arregladas. Me decía un chico: «Es curioso, mi madre, nada más
levantarse, se peina y se arregla, aunque sea a las seis de la mañana». La
vanidad no es una exclusiva femenina, pero la mujer tiene una percepción de su
cuerpo diferente a la del varón. Según ellas, al explotar sus encantos, no son
vanidosas, sino presumidas. Sea como fuere, la mujer da mucha más importancia
al porte externo porque su autoestima está muy ligada al porte físico. La mujer
se siente insegura si no va bien arreglada. Cuando no se siente atractiva,
aflora su inseguridad. «Cuando una mujer se viste -afirma Carlos Goñi en un
fino análisis sobre el carácter femenino- lo hace para estar guapa ante los
demás, pero, sobre todo, ante ella misma». Es curioso cómo, en la mujer, todo
lo corporal está impregnado de alma. Como observa Goñi, «cuando el hombre se
viste, cubre su cuerpo; cuando lo hace la mujer, descubre su alma». El hombre
suele ser bastante simple, mientras que la mujer siempre refleja en su
comportamiento algo de su alma. Pero quien lo observa tiene que estar muy
atento para poder captarlo.
Es
preciso tener en cuenta ese temor femenino a no gustarse y a no gustar. Si a
una mujer se le reprocha algo, es fácil que se sienta herida. Por eso, antes de
hacerle una crítica, habría que asegurarla de la incondicionalidad del amor con
que se le ama. Explicando por qué un hombre le caía muy bien, dice la
protagonista de una novela: «Cosas que decía de mí, al principio me chocaban
mucho porque nunca eran pegas, críticas o llevarme la contraria...». El lema
es: primero comprensión y sólo después exigencia. ¡Cuántas disputas
matrimoniales podrían evitarse si se tuviese en cuenta ese lema! Si una mujer
se siente comprendida, se siente querida; entonces se le puede decir cualquier
cosa. Pero si su marido empieza haciendo reproches y críticas, se cierra en
banda y tiende a adoptar una postura irracional. A veces una mujer se agobia
por una menudencia. En el fondo lo sabe, pero se queja porque lo está pasando
mal. Si su marido intenta ayudarle explicándole que su problema es de poca
monta, ella, en vez de atenerse a razones, se enfada porque se siente
incomprendida y, por tanto, no querida. Todo sería diferente si su marido
comenzase diciendo: «te entiendo y me hago cargo de que lo está pasando mal,
yo, en tu caso, también lo pasaría mal». Entonces, sintiéndose comprendida, es
muy probable que sea ella misma la que reconoce que el problema no es tan
grande como pensaba.
A
la mujer le cuesta la sinceridad, sobre todo cuando se trata de reconocer las
dudas acerca del amor de su marido. Uno sólo se sincera cae ante quien ama ¾o
da la impresión de amar¾ de modo incondicional. A las mujeres, por dudar más de
sí mismas, les suele costar más abrirse de par en par. Cuando hablan entre
ellas, los hombres piensan que sólo hablan de menudencias, pero durante su
conversación sobre asuntos triviales dirigen sus antenas intuitivas para captar
lo que su interlocutor no dice; de este modo, perciben cosas difíciles de
expresar, de las que los hombres ni se enteran. Suelen ser insinceras con los
demás y consigo mismas (no se detienen a examinar objetivamente sus propios
problemas, como hacen los hombres). Cuando hablan con un hombre, también les
cuesta mucho ir al grano y exponer llanamente lo que les preocupa. Sólo lo
hacen en la medida en que se sienten queridas. En una novela, observa una
señora: «¿Acaso no sabéis que las muchachas nunca piensan en lo que están
hablando, o más bien, nunca hablan de lo que están pensando? Además, siempre
parecen tener muchas más cosas que decir al hombre que no les interesa que al
que ocupa todos sus pensamientos».
Recuerdo
una conversación con unos novios a punto de casarse. Me aventuré a decir al
chico: «Quizá pienses que no hay secretos entre vosotros porque tú le has
contado a ella todo, pero lo que no sabes es que ella no te ha contado todo a
ti». En ese momento, la chica, por la cara que puso, confirmó mi intuición. El
chico se alarmó y le dijo: «¿Cómo? ¿No me has contado todo? ¡Cuéntamelo ahora
mismo!» Le tuve que tranquilizar diciendo que, seguramente, ella no le ocultaba
nada grave; si no se había abierto más sería porque él no tenía el arte de
hacer que ella se sintiese muy querida: si una mujer no se abre es porque teme
que quien las sepa no la acepte.
La
insinceridad dificulta la verdadera amistad. La plena transparencia, poder
contar, sin restricción alguna, todo lo que a uno se le ocurra, es uno de los
mayores atractivos de la
amistad. En el matrimonio, la regla número uno para asegurar
su buen desarrollo consiste en sincerarse sobre toda aquello que haya empañado
algo el entendimiento mutuo, jamás acostarse antes de haber aclarado un
malentendido, no permitir que el más mínimo resentimiento anide en el alma...
Quizá
lo que más nos cuesta reconocer es nuestro temor a no ser amados: el temor de
que a los demás no les importemos. En vez de sincerarnos, preferimos no
verificarlo y mantener una vaga esperanza de ser apreciados. Nos cerramos en
banda por miedo a constatar que no nos quieren, que no somos tan amables como
pensábamos. Sin embargo, ese temor nos quita la paz. Si una mujer que ya
no se deja abrazar por su marido fuese plenamente sincera consigo misma y con
su marido, le confesaría que tiene la impresión de que ya no le importa. Quizá
no sea verdad y, al compartirlo, el marido le dé pruebas de ello, de modo que
el progresivo distanciamiento entre ambos no termine en ruptura sino en un
abrazo reconciliador. Pero el miedo a que sea verdad suele llevar a no hablar
claramente del asunto. En vez de sincerarse, la persona que abriga esos temores
tiende a quejarse indirectamente, a mostrarse recelosa y malhumorada. Esto da
lugar a nuevos malentendidos que levantan nuevos muros de incomprensión entre
los amantes. «Trabajas demasiado», dice una mujer a su marido. A lo que el
marido susceptible responde: «Necesito trabajar mucho para sacar adelante a la
familia y tú ni siquiera me lo agradeces». Si ella le dijese llanamente: «Tengo
miedo de que te importo poco, de que te importa más tu trabajo que yo misma»,
entonces todo se aclararía. Y si resultase ser verdad que se ha enfriado el
amor del marido, la mujer podría acudir a Dios y confortarse recordando que a
Él sí que le importa...
En
conclusión, si se tiene en cuenta la tendencia de la mujer a la inseguridad, a
dudar de sí misma, a dudar de su propia valía y amabilidad, se entiende mejor
la importancia de confirmarla a través del amor que le profesamos. Necesitan
sentir que gustan para gustarse. Como escribe un experto en comunicación, una
«característica de la mujer es la necesidad de gustar, de sentirse a gusto con
ella misma [...] Para gustar tiene que gustarse. Eso conlleva de fondo un
cierto miedo a no gustar». Bien lo entendía un gran rey (Balduino de Bélgica),
quien, en su diario íntimo, hablando de su esposa (Fabiola), dirigía a Dios
esta plegaria: «Enséñame a amarla con ternura. Dale una visión más positiva de
sí misma. Que se sepa amada por Ti con un amor de predilección». En efecto,
todos necesitamos sabernos amados y, en última instancia -como veremos a
continuación-, necesitamos fundamentar establemente nuestra autoestima en el
Amor incondicional de Dios. Tarde o temprano todos tenemos que percatarnos de
que es imposible satisfacer establemente las expectativas del propio yo. En
cambio, estar a bien con Nuestro Padre Dios es muy fácil. El único modo de
vivir en paz con nosotros mismos consiste en vivir en paz con Dios: que Él sea
nuestro espejo, que intentemos vernos cada vez como Él nos ve. Si no estamos
satisfechos hoy y ahora, tal como somos y con lo que tenemos, no lo estaremos
nunca...
Las
Arenas, 5 de noviembre de 2001.