HOMILIAS SOBRE LA IGLESIA
El fin sobrenatural de la
Iglesia
(Homilía pronunciada el
28-V-72, fiesta de la Santísima Trinidad).
Para comenzar, quiero recordaros las palabras que nos propone San Cipriano: se
nos presenta la Iglesia universal como un pueblo que obtiene su unidad a partir
de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo [De oratione dominica 23;
PL 4, 553.]. No os extrañe, por eso, que en esta fiesta de la Santísima
Trinidad la homilía pueda tratar de la Iglesia; porque la Iglesia se enraiza en
el misterio fundamental de nuestra fe católica: el de Dios uno en esencia y
trino en personas.
La Iglesia centrada en la Trinidad: así la han visto siempre los Padres. Mirad
qué claras las palabras de San Agustín: Dios, pues, habita en su templo; no
sólo el Espíritu Santo, sino también el Padre y el Hijo... Por tanto, la santa
Iglesia es el templo de Dios, esto es, de la Trinidad entera [S. Agustín,
Enchiridion 56, 15; PL 40, 259.].
Cuando el próximo domingo nos reunamos de nuevo, nos detendremos sobre otro de
los aspectos maravillosos de la Santa Iglesia: esas notas que dentro de poco
recitaremos en el Credo, después de cantar nuestra fe en el Padre, en el Hijo y
en el Espíritu Santo. Et in Spiritum Sanctum, decimos. Y, a continuación, et
unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam [Credo de la Santa Misa.],
confesamos que hay Una sola Iglesia, Santa, Católica y Apostólica.
Todos los que han amado de verdad a la Iglesia han sabido poner en relación esas
cuatro notas con el más inefable misterio de nuestra santa religión: la
Trinidad Beatísima. Nosotros creemos en la Iglesia de Dios, Una, Santa,
Católica y Apostólica, en la que recibimos la doctrina; conocemos al Padre, al
Hijo y al Espíritu Santo y somos bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo [S. Juan Damasceno, adversum Icon. 12; PG 96, 1358, D.].
Momentos difíciles
Hace falta que meditemos con frecuencia, para que no se vaya de la cabeza, que
la Iglesia es un misterio grande, profundo. No puede ser nunca abarcado en esta
tierra. Si la razón intentara explicarlo por sí sola, vería únicamente la
reunión de gentes que cumplen ciertos preceptos, que piensan de forma parecida.
Pero eso no sería la Santa Iglesia.
En la Santa Iglesia los católicos encontramos nuestra fe, nuestras normas de
conducta, nuestra oración, el sentido de la fraternidad, la comunión con todos
los hermanos que ya desaparecieron y que se purifican en el Purgatorio -Iglesia
purgante-, o con los gozan ya -Iglesia triunfante- de la visión beatífica,
amando eternamente al Dios tres veces Santo. Es la Iglesia que permanece aquí
y, al mismo tiempo, transciende la historia. La Iglesia, que nació bajo el
manto de Santa María, y continúa -en la tierra y en el cielo-alabándola como
Madre.
Afirmémonos en el carácter sobrenatural de la Iglesia; confesémosle a gritos,
si es preciso, porque en estos momentos son muchos los que -dentro físicamente
de la Iglesia, y aun arriba- se han olvidado de estas verdades capitales y
pretenden proponer un imagen de la Iglesia que no es Santa, que no es Una, que
no puede ser Apostólica porque no se apoya en la roca de Pedro, que no es
Católica porque está surcada de particularismos ilegítimos, de caprichos de
hombres.
No es algo nuevo. Desde que Jesucristo Nuestro Señor fundó la Santa Iglesia,
esta Madre nuestra ha sufrido una persecución constante. Quizá en otras épocas
las agresiones se organizaban abiertamente; ahora, en muchos casos, se trata de
una persecución solapada. Hoy como ayer, se sigue combatiendo a la Iglesia.
Os repetiré una vez más que, ni por temperamento ni por hábito, soy pesimista.
¿Cómo se puede ser pesimista, si Nuestro Señor ha prometido que estará con
nosotros hasta el fin de los siglos? [cfr. Mt XXVIII, 20.]. La efusión del
Espíritu Santo plasmó, en la reunión de los discípulos en el Cenáculo, la
primera manifestación pública de la Iglesia [Ecclesia, quae iam concepta, ex
latere ipso secundi Adami velut in cruce dormientis orta erat, sese in lucem
hominum insigni modo primitus dedit die celeberrima Pentecostes. Ipsaque die
beneficia sua Spiritus Sanctus in mystico Christi Corpore prodere coepit. León
XIII, encíclica Divinum illud munus, ASS 29, p. 648.].
Nuestro Padre Dios -ese Padre amoroso, que nos cuida como a la niña de sus ojos
[Deut XXXII, 10.], según recoge la Escritura con expresión gráfica para que lo
entendamos- no cesa de santificar, por el Espíritu Santo, a la Iglesia fundada
por su Hijo amadísimo. Pero la Iglesia vive actualmente días difíciles: son
años de gran desconcierto para las almas. El clamor de la confusión se levanta
por todas partes, y con estruendo renacen todos los errores que ha habido a lo
largo de los siglos.
Fe. Necesitamos fe. Si se mira con ojos de fe, se descubre que la Iglesia lleva
en sí misma y difunde a su alrededor su propia apología. Quien la contempla,
quien la estudia con ojos de amor a la verdad, debe reconocer que Ella,
independientemente de los hombres que la componen y de las modalidades
prácticas con que se presenta, lleva en sí un mensaje de luz universal y único,
liberador y necesario, divino [Pablo VI, alocución el 23-VI-1966.].
Cuando oímos voces de herejía -porque eso son, no me han gustado nunca los
eufemismos-, cuando observamos que se ataca impunemente la santidad del
matrimonio, y la del sacerdocio; la concepción inmaculada de Nuestra Madre
Santa María y su virginidad perpetua, con todos los demás privilegios y
excelencias con que Dios la adornó; el milagro perenne de la presencia real de
Jesucristo en la Sagrada Eucaristía, el primado de Pedro, la misma Resurrección
de Nuestro Señor, ¿cómo no sentir toda el alma llena de tristeza? Pero tened
confianza: la Santa Iglesia es incorruptible. La Iglesia vacilará si su
fundamento vacila, pero ¿podrá vacilar Cristo? Mientras Cristo no vacile, la
Iglesia no flaquerá jamás hasta el fin de los tiempos [S. Agustín, Enarrationes
in Psalmos, 103, 2, 5; PL 37, 1353.].
Lo humano y lo divino en la Iglesia
Como en Cristo hay dos naturalezas -la humana y la divina-, así,
analógicamente, podemos referirnos a la existencia en la Iglesia de un elemento
humano y un elemento divino. A nadie se le oculta la evidencia de esa parte humana.
La Iglesia, en este mundo, está compuesta de hombres y para hombres, y decir
hombre es hablar de la libertad, de la posibilidad de grandezas y de
mezquinidades, de heroísmos y de claudicaciones.
Si admitiésemos sólo esa parte humana de la Iglesia, no la entenderíamos nunca,
porque no habríamos llegado a la puerta del misterio. La Sagrada Escritura
utiliza muchos términos - sacados de la experiencia terrena- para aplicarlos al
Reino de Dios y a su presencia entre nosotros, en la Iglesia. La compara al
redil, al rebaño, a la casa, a la semilla, a la viña, al campo en el que Dios
planta o edifica. Pero resalta una expresión que compendia todo: la Iglesia es
el Cuerpo de Cristo.
Y así el mismo Cristo a unos ha constituido apóstoles, a otros profetas, y a
otros evangelistas, y a otros pastores y doctores, a fin de que trabajen en la
edificación de los santos, en las funciones de su ministerio, en la edificación
del Cuerpo de Jesucristo [Eph IV, 11-12.]. San Pablo escribe también que todos
nosotros, aunque seamos muchos, formamos en Cristo un solo cuerpo, siendo todos
recíprocamente miembros los unos de los otros [Rom XII, 5.]. ¡Qué luminosa es
nuestra fe! Todos somos en Cristo, porque El es la cabeza del cuerpo de la
Iglesia.
Es la fe que han confesado siempre los cristianos. Escuchad conmigo estas
palabras de San Agustín: y desde entonces Cristo entero está formado por la
cabeza y el cuerpo, verdad que no dudo que conocéis bien. La cabeza es nuestro
mismo Salvador, que padeció bajo Poncio Pilato y ahora, después que resucitó de
entre los muertos, está sentado a la diestra del Padre. Y su cuerpo es la
Iglesia. No esta o aquella iglesia, sino la que se halla extendida por todo el
mundo. Ni es tampoco solamente la que existe entre los hombres actuales, ya que
también pertenecen a ella los que vivieron antes de nosotros y los que han de
existir después, hasta el fin del mundo. Pues toda la Iglesia, formada por la
reunión de los fieles -porque todos los fieles son miembros de Cristo-, posee a
Cristo por Cabeza, que gobierna su cuerpo desde el Cielo. Y, aunque esta Cabeza
se halle fuera de la vista del cuerpo, sin embargo, está unida por el amor [S.
Agustín, Enarrationes in Psalmos, 56, 1; PL 36, 662.].
Comprendéis ahora por qué no se puede separar la Iglesia visible de la Iglesia
invisible. La Iglesia es, a la vez, cuerpo místico y cuerpo jurídico. Por el
hecho mismo de que es cuerpo, la Iglesia se discierne con los ojos [León XIII,
encíclica Satis cognitum, ASS 28, p. 724.], enseñó León XIII. En el cuerpo
visible de la Iglesia -en el comportamiento de los hombres que la componemos
aquí en la tierra- aparecen miserias, vacilaciones, traiciones. Pero no se
agota ahí la Iglesia, ni se confunde con esas conductas equivocadas: en cambio,
no faltan, aquí y ahora, generosidades, afirmaciones heroicas, vidas de
santidad que no producen ruido, que se consumen con alegría en el servicio de
los hermanos en la fe y de todas las almas.
Considerad además que, si las claudicaciones superasen numéricamente las
valentías, quedaría aún esa realidad mística -clara, innegable, aunque no la
percibamos con los sentidos- que es el Cuerpo de Cristo, el mismo Señor
Nuestro, la acción del Espíritu Santo, la presencia amorosa del Padre.
La Iglesia es, por tanto, inseparablemente humana y divina. Es sociedad divina
por su origen, sobrenatural por su fin y por los medios que próximamente se
ordenan a ese fin; pero, en cuanto se compone de hombres, es una comunidad
humana [León XIII, encíclica Satis cognitum, ASS 28, 710.]. Vive y actúa en el
mundo, pero su fin y su fuerza no están en la tierra, sino en el Cielo.
Se equivocarían gravemente los que intentaran separar una Iglesia carismática
-que sería la verdaderamente fundada por Cristo-, de otra jurídica o
institucional, que sería obra de los hombres y simple efecto de contingencias
históricas. Sólo hay una Iglesia. Cristo fundó una sola Iglesia: visible e
invisible, con un cuerpo jerárquico y organizado, con una estructura
fundamental de derecho divino, y una íntima vida sobrenatural que la anima,
sostiene y vivifica.
Y no es posible dejar de recordar que, cuando el Señor instituyó su Iglesia, no
la concibió ni formó de modo que comprendiera una pluralidad de comunidades
semejantes en su género, pero distintas, y no ligadas por aquellos vínculos que
hacen a la Iglesia indivisible y única... Y así, cuando Jesucristo habló de
este místico edificio, recuerda sólo a una Iglesia a la que llama suya:
edificaré mi Iglesia (Matt. XVI, 18). Cualquier otra que fuera de ésta se
imagine, al no haber sido fundada por El, no puede ser su verdadera Iglesia
[León XIII, encíclica Satis cognitum, ASS 28, pp. 712 y 713.].
Fe, repito; aumentemos
nuestra fe, pidiéndola a la Trinidad Beatísima, cuya fiesta celebramos hoy.
Podrá ocurrir todo, menos que el Dios tres veces Santo abandone a su Esposa.
El fin de la Iglesia
San Pablo, en el primer capítulo de la epístola a los Efesios, afirma que el
misterio de Dios, anunciado por Cristo, se realiza en la Iglesia. Dios Padre ha
puesto todas las cosas bajo los pies de Cristo y le ha constituido cabeza de
toda la Iglesia, que es su cuerpo, y en la cual aquel que lo completa todo en
todos halla el complemento [Eph I, 22-23.]. El misterio de Dios es restaurar en
Cristo, cumplidos los tiempos prescritos, todas las cosas de los cielos y las
de la tierra [Eph I, 10.].
Un misterio insondable, de pura gratuidad de amor: porque nos escogió antes de
la creación del mundo, para ser santos y sin mancha en su presencia, por la
caridad [Eph I, 4.]. No tiene límites el Amor de Dios: el mismo San Pablo
anuncia que el Salvador Nuestro quiere que todos los hombres se salven y vengan
en conocimiento de la verdad [1 Tim II, 4.].
Este, y no otro, es el fin de la Iglesia: la salvación de las almas, una a una.
Para eso el Padre envió al Hijo, y yo os envió también a vosotros [Ioan XX,
21.]. De ahí el mandato de dar a conocer la doctrina y de bautizar, para que en
el alma habite, por la gracia, la Trinidad Beatísima: a mí se me ha otorgado
toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, e instruid a todas las
gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,
enseñando a observar todas las cosas que yo os he mandado. Y estad ciertos de
que yo permaneceré continuamente con vosotros hasta la consumación de los
siglos [Mt XXVIII, 18-20.].
Son las palabras sencillas y sublimes del final del Evangelio de San Mateo: ahí
está señalada la obligación de predicar las verdades de fe, la urgencia de la
vida sacramental, la promesa de la continua asistencia de Cristo a su Iglesia.
No se es fiel al Señor si se desatienden esas realidades sobrenaturales: la
instrucción en la fe y en la moral cristianas, la práctica de los Sacramentos.
Con este mandato Cristo funda su Iglesia. Todo lo demás es secundario.
En la Iglesia está nuestra salvación
No podemos olvidar que la Iglesia es mucho más que un camino de salvación: es
el único camino. Y esto no lo han inventado los hombres, lo ha dispuesto
Cristo: el que creyere y se bautizare, se salvará; pero el que no creyere, será
condenado [Mc XVI, 16.]. Por eso se afirma que la Iglesia es necesaria, con
necesidad de medio, para salvarse. Ya en el siglo II escribía Orígenes: si
alguno quiere salvarse, venga a esta casa, para que pueda conseguirlo...
Ninguno se engañe a sí mismo: fuera de esta casa, esto es, fuera de la
Iglesia, nadie se salva [Orígenes, In Iesu nave hom., 5, 3; PG 12, 841.]. Y San
Cipriano: si alguno hubiera escapado (del diluvio) fuera del arca de Noé,
entonces admitiríamos que quien abandona la Iglesia puede escapar de la condena
[S. Cipriano, De catholicae Ecclesiae unitate, 6; PL 4, 503.].
Extra Ecclesiam, nulla salus. Es el aviso continuo de los Padres: fuera de
Iglesia católica se puede encontrar todo - admite San Agustín- menos la
salvación. Se puede tener honor, se pueden tener sacramentos, se puede cantar
"aleluya", se puede responder "amén", se puede sostener el
Evangelio, se puede tener fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, y
predicarla; pero nunca, si no es en el Iglesia católica, se puede encontrar la
salvación [S. Agustín, Sermo ad Caesariensis ecclesiae plebem, 6; PL 43,
456.].
Sin embargo, como se lamentaba hace poco más de veinte años Pío XII, algunos
reducen a una fórmula vana la necesidad de pertenecer a la Iglesia verdadera
para alcanzar la salvación eterna [Pío XII, encíclica Humani generis, ASS 42,
p. 570.]. Este dogma de fe integra la base de la actividad corredentora de la
Iglesia, es el fundamento de la grave responsabilidad apostólica de los
cristianos. Entre los mandatos expresos de Cristo se determina categóricamente
el de incorporarnos a su Cuerpo Místico por el Bautismo. Y nuestro Salvador no
sólo dio el mandamiento de que todos entraran en la Iglesia, sino que
estableció también que la Iglesia fuese medio de salvación, sin el cual nadie
puede llegar al reino de la gloria celestial [Pío XII, Carta del S. O. al
Arzobispo de Boston, Denzinger- Schön. 3868.].
Es de fe que quien no pertenece a la Iglesia, no se salva; y que quien no se
bautiza, no ingresa en la Iglesia. La justificación, después de la promulgación
del Evangelio, no puede verificarse sin el lavatorio de la regeneración o su
deseo, establece el Concilio de Trento [Decreto de iustificatione, cap. 4,
Denzinger-Schön. 1524.]. Es ésta una continua exigencia de la Iglesia, que si
-por una parte- pone en nuestra alma el aguijón del celo apostólico, por otra,
manifiesta también claramente la misericordia infinita de Dios con las
criaturas.
Ved cómo lo explica Santo Tomás: el sacramento del bautismo puede faltar de dos
modos. De una manera, cuando no se recibió ni de hecho ni con el deseo; es el caso
de quien ni se bautizó ni quiere bautizarse. Esta actitud, en los que tienen
uso de razón, implica desprecio del sacramento. Y en consecuencia, aquellos a
quienes de esta forma les falta el bautismo, no pueden entrar en el reino de
los cielos: ya que ni sacramental ni espiritualmente se incorporan a Cristo, y
únicamente de El procede la salvación. De otra manera, le puede faltar a una
persona el sacramento del bautismo, pero no su deseo: como es el caso de aquel
que, deseando bautizarse, le sorprende la muerte antes de recibir el
sacramento. A quien esto sucede, puede salvarse, aun sin el bautismo actual,
por el solo deseo del sacramento, deseo que procede de la fe que obra por la
caridad, por la que Dios, que no ligó su poder a los sacramentos visibles,
santifica interiormente al hombre [Santo Tomás, S. Th. III, q.68, a.2.].
Aun siendo completamente gratuita, a nadie debida por ningún título -y menos
aún, después del pecado-, Dios Nuestro Señor no rehúsa a nadie la felicidad
eterna y sobrenatural: su generosidad es infinita. Es cosa notoria que aquellos
que sufren ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, que
cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en
los corazones de todos, y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan una vida
honesta y recta, pueden conseguir la eterna, por la acción operante de la luz
divina y de la gracia [Pío IX, encíclica Quanto conficiamur moerore,
10-VIII-1863, Denzinger-Schön. 1677 (2866).]. Sólo Dios sabe lo que sucede en
el corazón de cada hombre, y El no trata a las almas en masa, sino una a una. A
nadie corresponde juzgar en esta tierra sobre la salvación o condenación
eternas en un caso concreto.
Pero no olvidemos que la conciencia puede culpablemente deformarse, endurecerse
en el pecado y resistir a la acción salvadora de Dios. De ahí la necesidad de
predicar la doctrina de Cristo, las verdades de fe y las normas morales; y de
ahí también la necesidad de los Sacramentos, instituídos todos por Jesucristo
como causas instrumentales de su gracia [cfr. Santo Tomás, S. Th. III, q.62,
a.1.] y remedios para las miserias consiguientes a nuestro estado de naturaleza
caída [cfr. Ibidem, q.61, a.2.]. De ahí se deduce además que conviene acudir
frecuentemente a la Penitencia y a la Comunión Eucarística.
Queda, por tanto, bien concretada la tremenda responsabilidad de todos en la
Iglesia y especialmente de los pastores, con los consejos de San Pablo: te
conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo que ha de juzgar a los vivos y a
los muertos, al tiempo de su venida y de su reino: predica la palabra de Dios,
insiste, con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y
doctrina. Porque vendrá tiempo en el que los hombres no podrán sufrir la sana
doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas acomodadas
a sus pasiones, recurrirán a una caterva de doctores propios, para satisfacer
sus deseos, y cerrarán los oídos a la verdad y los aplicarán a las fábulas [2
Tim IV, 14.].
Tiempo de prueba
Yo no sabría decir cuántas veces se han cumplido estas palabras proféticas del
Apóstol. Pero sólo un ciego dejaría de ver cómo actualmente se están
verificando casi a la letra. Se rechaza la doctrina de los mandamientos de la
Ley de Dios y de la Iglesia, se tergiversa el contenido de las bienaventuranzas
poniéndolo en clave político-social: y el que se esfuerza por ser humilde,
manso, limpio de corazón, es tratado como un ignorante o un atávico sostenedor
de cosas pasadas. No se soporta el yugo de la castidad, y se inventan mil
maneras de burlar los preceptos divinos de Cristo.
Hay un síntoma que los engloba a todos: el intento de cambiar los fines
sobrenaturales de la Iglesia. Por justicia, algunos no entienden ya la vida de
santidad, sino una lucha política determinada, más o menos teñida de marxismo,
que es inconciliable con la fe cristiana. Por liberación, no admiten la batalla
personal por huir del pecado, sino una tarea humana, que puede ser noble y
justa en sí misma, pero que carece de sentido para el cristiano, si implica una
desvirtuación de lo único necesario [cfr. Luc X, 42.], la salvación eterna de
las almas, una a una.
Con una ceguera que proviene de apartarse de Dios -este pueblo me honra con los
labios, pero su corazón se encuentra lejos de mí [Mt VX, 8.]-, se fabrica una
imagen de la Iglesia, que no guarda relación alguna con la que fundó Cristo.
Hasta el Santo Sacramento del Altar -la renovación del Sacrificio del Calvario-
es profanado, o reducido a un mero símbolo de la que llaman comunión de los
hombres entre sí. ¡Qué sería de las almas, si Nuestro Señor no hubiese
entregado por nosotros hasta la última gota de su Sangre preciosa! ¿Cómo es
posible que se desprecie ese milagro perpetuo de la presencia real de Cristo en
el Sagrario? Se ha quedado para que lo tratemos, para que lo adoremos, para
que, prenda de la gloria futura, nos decidamos a seguir sus huellas.
Estos tiempos son tiempos de prueba y hemos de pedir al Señor, con un clamor
que no cese [cfr. Is LVIII, 1.], que los acorte, que mire con misericordia a su
Iglesia y conceda nuevamente la luz sobrenatural a las almas de los pastores y
a las de todos los fieles. La Iglesia no tiene por qué empeñarse en agradar a
los hombres, ya que los hombres -ni solos, ni en comunidad- darán nunca la
salvación eterna: el que salva es Dios.
Amor filial a la Iglesia
Hace falta hoy repetir, en voz muy alta, aquellas palabras de San Pedro ante
los personajes importantes de Jerusalén: este Jesús es aquella piedra que
vosotros desechasteis al edificar, que ha venido a ser la principal piedra del
ángulo; fuera de El no hay que buscar la salvación en ningún otro: pues no se
ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo, por el caul podamos
salvarnos [Act IV, 11-12.].
Así hablaba el primer Papa, la roca sobre la que Cristo edificó su Iglesia,
llevado de su filial devoción al Señor y se su solicitud hacia el pequeño
rebaño que le había sido confiado. De él y de los demás Apóstoles, aprendieron
los primeros cristianos a amar entrañablemente a la Iglesia.
¿Habéis visto, en cambio, con qué poca piedad se habla a diario de nuestra
Santa Madre la Iglesia? ¡Cómo consuela leer, en los Padres antiguos, esos
piropos de amor encendido a la Iglesia de Cristo! Amemos al Señor, Nuestro
Dios; amemos a su Iglesia, escribe San Agustín. A El como a un Padre; a Ella,
como a una madre. Que nadie diga: "sí, voy todavía a los ídolos, consulto
a los poseídos y a los hechiceros, pero no dejo la Iglesia de Dios, soy
católico". Permanecéis adheridos a la Madre, pero ofendéis al Padre. Otro
dice, poco más o menos: "Dios no lo permita; yo no consulto a los
hechiceros, no interrogo a los poseídos, no practico adivinaciones sacrílegas,
no voy a dorar a los demonios, no sirvo a los dioses de piedra, pero soy del
partido de Donato". ¿De qué sirve no ofender al Padre si El vengará a la
Madre, a quien ofendéis? [S. Agustín, Enarrationes in Psalmos, 88, 2, 14; PL
37, 1140.]. Y San Cipriano había declarado brevemente: no puede tener a Dios
como Padre, quien no tiene a la Iglesia como Madre [S. Cipriano, o.c.; PL 4,
502.].
En estos momentos muchos se niegan a oír la verdadera doctrina sobre la Santa
Madre Iglesia. Algunos desean reinventar la institución, con la locura de
implantar en el Cuerpo Místico de Cristo una democracia al estilo de la que se
concibe en la sociedad civil o, mejor dicho, al estilo de la que se pretende
que se promueva: todos iguales en todo. Y no se convencen de que, por
institución divina, la Iglesia está constituida por el Papa, con los obispos,
los presbíteros, los diáconos y los laicos, los seglares. Eso lo ha querido
Jesús.
La Iglesia, por voluntad divina, es una institución jerárquica. Sociedad
jerárquicamente organizada la llama el Concilio Vaticano II [Concilio Vaticano
II, Const. Lumen gentium n. 8.], donde los ministros tienen un poder sagrado
[Ibidem, n. 18.]. La jerarquía no sólo es compatible con la libertad, sino que
está al servicio de la libertad de los hijos de Dios [cfr. Rom VIII,
21.].
El término democracia carece de sentido en la Iglesia, que -insisto- es
jerárquica por voluntad divina. Pero jerarquía significa gobierno santo y orden
sagrado, y de ningún modo arbitrariedad humana o despotismo infrahumano. En la
Iglesia el Señor dispuso un orden jerárquico, que no ha de transformarse en
tiranía: porque la autoridad misma es un servicio, como lo es la obediencia.
En la Iglesia hay igualdad: una vez bautizados, todos somos iguales, porque
somos hijos del mismo Dios, Nuestro Padre. En cuanto cristianos, no media
diferencia alguna entre el Papa y el último que se incorpora a la Iglesia. Pero
esa igualdad radical no entraña la posibilidad de cambiar la constitución de la
Iglesia, en aquello que ha sido establecido por Cristo. Por expresa voluntad
divina tenemos una diversidad de funciones, que comporta también una
capacitación diversa, un carácter indeleble conferido por el Sacramento del
Orden para los ministros sagrados. En el vértice de esa ordenación está el
sucesor de Pedro y, con él y bajo él, todos los obispos: con su triple misión
de santificar, de gobernar y de enseñar.
Permitidme esta insistencia machacona, las verdades de fe y de moral no se
determinan por mayoría de votos: componen el depósito -depositum
fidei-entregado por Cristo a todos los fieles y confiado, en su exposición y
enseñanza autorizada, al Magisterio de la Iglesia.
Sería un error pensar que, como los hombres han adquirido quizá más conciencia
de los lazos de solidaridad que los unen mutuamente, se deba modificar la
constitución de la Iglesia, para ponerla de acuerdo con los tiempos. Los
tiempos no son de los hombres, sean o no eclesiásticos; los tiempos son de Dios,
que es el Señor de la historia. Y la Iglesia puede dar la salvación a las
almas, sólo si permanece fiel a Cristo en su constitución, en sus dogmas, en su
moral.
Rechacemos, por tanto, el pensamiento de que la Iglesia - olvidando el sermón
de la montaña- busca la felicidad humana en la tierra, porque sabemos que su
única tarea consiste en llevar las almas a la gloria eterna del paraíso;
rechacemos cualquier solución naturalista, que no aprecie el papel primordial
de la gracia divina; rechacemos las opiniones materialistas, que tratan de
hacer perder su importancia a los valores espirituales en la vida del hombre;
rechacemos de igual modo las teorías secularizantes, que pretenden identificar
los fines de la Iglesia de Dios con los de los estados terrenos: confundiendo
la esencia, las instituciones, la actividad, con características similares a
las de la sociedad temporal.
El abismo de la sabiduría de Dios
Recordad las consideraciones de San Pablo que hemos leído en la Epístola: ¡oh
profundidad de los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán
incomprensible son sus juicios y cuán inapelables sus caminos! Porque, ¿quién
ha conocido los designios del Señor? o ¿quién fue su consejero? ¿Quién es el
que le dio primero a El alguna cosa, para que pretenda ser por esto
recompensado? Todas las cosas son de El, y todas son por El y todas existen en
El: a El sea la gloria por siempre jamás. Así sea [Rom XI, 33-36.]. A la luz de
las palabras de Dios, ¡qué pequeños resultan los designios humanos cuando
intentan alterar lo que Nuestro Señor ha establecido!
Pero no os debo ocultar que ahora se comprueba, por todas partes, una extraña
capacidad del hombre: no logrando nada contra Dios, se enseña contra los demás,
siendo instrumento tremendo del mal, ocasión e inductor de pecado, sembrador de
esa confusión que lleva a que se cometan acciones intrínsecamente malas,
presentándolas como buenas.
Siempre ha habido ignorancia: pero en estos momentos la ignorancia más brutal
en materias de fe y de moral se disfraza, a veces, con altisonantes nombres
aparentemente teológicos. Por eso el mandato de Cristo a sus Apóstoles -lo
acabamos de escuchar en el Evangelio- cobra, si cabe, una apremiante
actualidad: id y enseñad a todas las gentes [Mt XXVIII, 19.]. No podemos
desentendernos, no podemos cruzarnos de brazos, no podemos encerrarnos en
nosotros mismos. Acudamos a combatir, por Dios, una gran batalla de paz, de
serenidad, de doctrina.
Hemos de ser comprensivos, cubrir todo con el manto entrañable de la caridad.
Una caridad que nos afiance en la fe, aumente nuestra esperanza y nos haga
fuertes, para decir bien alto que la Iglesia no es esa imagen que algunos
proponen. La Iglesia es de Dios, y pretende un solo fin: la salvación de las
almas. Acerquémonos al Señor, hablemos con El en la oración cara a cara,
pidámosle perdón por nuestras miserias personales y reparemos por nuestros
pecados y por los de los demás hombres, que quizá -en este clima de
confusión-no aciertan a advertir con cuánta gravedad están ofendiendo a Dios.
En la Santa Misa, este domingo, en la renovación incruenta del sacrificio
cruento del Calvario, Jesús se inmolará -Sacerdote y Víctima- por los pecados
de los hombres. Que no lo dejemos solo, que surja en nuestro pecho un deseo
ardiente de estar con El, junto a la Cruz; que crezca nuestro clamor al Padre,
Dios misericordioso, para que devuelva la paz al mundo, la paz a la Iglesia, la
paz a las conciencias.
Si nos comportamos así, encontraremos -junto a la Cruz- a María Santísima,
Madre de Dios y Madre nuestra. De su mano bendita llegaremos a Jesús y, por El,
al Padre, en el Espíritu Santo.
Lealtad a la Iglesia
(Homilía pronunciada el
4-VI-72, Domingo segundo después de Pentecostés).
Los textos de la liturgia de este domingo forman una cadena de invocaciones al
Señor. Le decimos que es nuestro apoyo, nuestra roca, nuestra defensa [Cfr. Ps
XVII, 19-20. 2- 3. Introito de la Misa.]. La oración recoge también ese motivo
del introito: Tú no privas nunca de tu luz a aquellos que se establecen en la
solidez de tu amor [Oración del Domingo segundo después de Pentecostés.].
En el gradual, seguimos recurriendo a El: en los momentos de angustia he
invocado al Señor... Libra, oh Señor, mi alma de los labios mentirosos, de las
lenguas que engañan. ¡Señor!, me refugio en ti [Ps CXIX, 1 y 2; Ps VII, 2.
Gradual de la Misa.]. Conmueve esta insistencia de Dios, nuestro Padre,
empeñado en recordarnos que debemos acudir a su misericordia pase lo que pase,
siempre. También ahora: en estos momentos, en los que voces confusas surcan la
Iglesia; son tiempos de extravío, porque tantas almas no dan con buenos
pastores, otros Cristos, que los guíen al Amor del Señor; y encuentran en
cambio ladrones y salteadores, que vienen para robar, matar y destruir [Ioh X,
8 y 10.].
No temamos. La Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, habrá de ser
indefectiblemente el camino y el ovil del Buen Pastor, el fundamento robusto y
la vía abierta a todos los hombres. Lo acabamos de leer en el Santo Evangelio:
sal a los caminos y cercados e impele a los que halles a que vengan, para que
se llene mi casa [Lc XIV, 23.].
Pero, ¿qué es la Iglesia? ¿dónde está la Iglesia? Muchos cristianos, aturdidos
y desorientados, no reciben respuesta segura a estas preguntas, y llegan quizá
a pensar que aquellas que el Magisterio ha formulado por siglos -y que los
buenos Catecismos proponían con esencial precisión y sencillez- han quedado
superadas y han de ser substituidas por otras nuevas. Una serie de hechos y de
dificultades parecen haberse dado cita, para ensombrecer el rostro limpio de la
Iglesia. Unos sostienen: la Iglesia está aquí, en el afán por acomodarse a lo
que llaman tiempos modernos. Otros gritan: la Iglesia no es más que el ansia de
solidaridad de los hombres; debemos cambiarla de acuerdo con las circunstancias
actuales.
Se equivocan. La Iglesia, hoy, es la misma que fundó Cristo, y no puede ser
otra. Los Apóstoles y sus sucesores son vicarios de Dios para el régimen de la
Iglesia, fundamentada en la fe y en los Sacramentos de la fe. Y así como no les
es lícito establecer otra Iglesia, tampoco pueden transmitir otra Fe ni
instituir otros Sacramentos; sino que, por los Sacramentos que brotaron del
costado de Cristo pendiente en la Cruz, ha sido construida la Iglesia [SANTO
TOMAS, S. Th. III, q.64, a.2 ad 3.]. La Iglesia ha de ser reconocida por
aquellas cuatro notas, que se expresan en la confesión de fe de uno de los primeros
Concilios, como las rezamos en el Credo de la Misa: Una sola Iglesia, Santa,
Católica y Apostólica [Símbolo constantinopolitano, Denzinger-Schön. 150
(86).]. Esas son las propiedades esenciales de la Iglesia, que derivan de su
naturaleza, tal como la quiso Cristo. Y, al ser esenciales, son también notas,
signos que la distinguen de cualquier otro tipo de reunión humana, aunque en
estas otras se oiga pronunciar también el nombre de Cristo.
Hace poco más de un siglo, el Papa Pío IX resumió brevemente esta enseñanza
tradicional: la verdadera Iglesia de Cristo se constituye y reconoce, por
autoridad divina, en las cuatro notas que en el Símbolo afirmamos que deben
creerse; y cada una de esas notas, de tal modo está unida con las restantes,
que no puede ser separada de las demás. De ahí que la que verdaderamente es y
se llama Católica, debe juntamente brillar por la prerrogativa de la unidad, de
la santidad y de la sucesión apostólica [PIO IX, Carta del Santo Oficio a los
obispos de Inglaterra, 16-IX-1864, Denzinger-Schön. 2888 (1686).]. Es -insisto-
la enseñanza tradicional de la Iglesia, que ha repetido nuevamente -aunque en
estos últimos años algunos lo olviden, llevados por un falso ecumenismo- el
Concilio Vaticano II: ésta es la única Iglesia de Cristo -que profesamos en el
Símbolo Una, Santa, Católica y Apostólica-, la que nuestro Salvador, después de
su resurrección, entregó a Pedro para que la apacentara, encargándole a él y a
los otros Apóstoles que la difundieran y la gobernaran, y que erigió para
siempre como columna y fundamento de la verdad [CONCILIO VATICANO II, Const.
Dogm. Lumen gentium, n.8].
La Iglesia es Una
Que sean una sola cosa, así como nosotros lo somos [Ioh XVII, 11.], clama
Cristo a su Padre; que todos sean una misma cosa y que, como tú, ¡oh Padre!,
estás en mí y yo en ti, así sean ellos una misma cosa en nosotros [Ioh XVII,
21.]. Brota constante de los labios de Jesucristo esta exhortación a la unidad,
porque todo reino dividido en facciones contrarias será desolado; y cualquier
ciudad o casa, dividida en bandos, nos subsistirá [Mt XII, 25.]. Una
predicación que se convierte en deseo vehemente: tengo también otras ovejas,
que no son de este aprisco, a las que debo recoger; y oirán mi voz y se hará un
solo rebaño y un solo pastor [Ioh X, 16.].
¡Con qué acentos maravillosos ha hablado Nuestro Señor de esta doctrina!
Multiplica las palabras y las imágenes, para que lo entendamos, para que quede
grabada en nuestra alma esa pasión por la unidad. Yo soy la verdadera vid y mi
Padre es el labrador. Todo sarmiento que en mí no lleva fruto, lo cortará; y a
todo aquel que diere fruto, lo podará para que dé más fruto... Permaneced en
mí, que yo permaneceré en vosotros. Al modo que el sarmiento no puede de suyo
producir fruto si no está unido con la vid, así tampoco vosotros, si no estáis
unidos conmigo. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; quien está unido
conmigo y yo con él, ése da mucho fruto, porque sin mí nada podéis hacer [Ioh]
XV, 1-5..
¿No veis cómo los que se separan de la Iglesia, a veces estando llenos de
frondosidad, no tardan en secarse y sus mismos frutos se convierten en gusanera
viviente? Amad a la Iglesia Santa, Apostólica, Romana, ¡Una! Porque, como
escribe San Cipriano, quien recoge en otra parte, fuera de la Iglesia, disipa
la Iglesia de Cristo [SAN CIPRIANO, De catholicae Ecclesiae unitate,
6; PL 4, 503.]. Y San Juan
Crisóstomo insiste: no te separes de la Iglesia. Nada es más fuerte que la
Iglesia. Tu esperanza es la Iglesia; tu salud es la Iglesia; tu refugio es la
Iglesia. Es más alta que el cielo y más ancha que la tierra; no envejece jamás,
su vigor es eterno [SAN JUAN CRISOSTOMO, Homilía de capto Eutropio, 6]
Defender la unidad de la Iglesia se traduce en vivir muy unidos a Jesucristo,
que es nuestra vid. ¿Cómo? Aumentando nuestra fidelidad al Magisterio perenne
de la Iglesia: pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo
para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que,
con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación
transmitida por los Apóstoles o depósito de la fe [CONCILIO VATICANO I,
Constitución dogmática sobre la Iglesia, Denzinger-Schön. 3070 (1836).]. Así
conservaremos la unidad: venerando a esta Madre Nuestra sin mancha; amando al
Romano Pontífice.
Algunos afirman que quedamos pocos en la Iglesia; yo les contestaría que, si
todos custodiásemos con lealtad la doctrina de Cristo, pronto crecería
considerablemente el número, porque Dios quiere que se llene su casa. En la
Iglesia descubrimos a Cristo, que es el Amor de nuestros amores. Y hemos de
desear para todos esta vocación, este gozo íntimo que nos embriaga el alma, la
dulzura clara del Corazón misericordioso de Jesús.
Debemos ser ecuménicos, se oye repetir. Sea. Sin embargo, me temo que, detrás
de algunas iniciativas autodenominadas ecuménicas, se cele un fraude: pues son
actividades que no conducen al amor de Cristo, a la verdadera vid. Por eso
carecen de fruto. Yo pido al Señor cada día que agrande mi corazón, para que
siga convirtiendo en sobrenatural este amor que ha puesto en mi alma hacia
todos los hombres, sin distinción de raza, de pueblo, de condiciones culturales
o de fortuna. Estimo sinceramente a todos, católicos y no católicos, a los que
creen en algo y a los que no creen, que me causan tristeza. Pero Cristo fundó
una sola Iglesia, tiene una sola Esposa.
¿La unión de los cristianos? Sí. Más aún: la unión de todos los que creen en
Dios. Pero sólo existe una Iglesia verdadera. No hay que reconstruirla con
trozos dispersos por todo el mundo. Y no necesita pasar por ningún tipo de
purificación, para luego encontrarse finalmente limpia. La Esposa de Cristo no
puede ser adúltera, porque es incorruptible y pura. Sólo una casa conoce,
guarda la inviolabilidad de un solo tálamo con pudor casto. Ella nos conserva
para Dios, ella destina para el Reino a los hijos que ha engendrado. Todo el
que se separa de la Iglesia se une a una adúltera, se aleja de las promesas de
la Iglesia: y no logrará las recompensas de Cristo quien abandona la Iglesia de
Cristo [SAN CIPRIANO, De catholicae Ecclesiae unitate, 6; PL 4, 503.].
La Iglesia es Santa
Ahora entenderemos mejor cómo la unidad de la Iglesia lleva a la santidad, y
cómo uno de los aspectos capitales de su santidad es esa unidad centrada en el
misterio del Dios Uno y Trino: un cuerpo y un espíritu, así como fuisteis
llamados a una misma esperanza de vuestra vocación; uno es el Señor, una la fe,
uno el bautismo; uno el Dios y Padre todos, el que está sobre todos y gobierna
todas las cosas y habita en todos nosotros [Eph IV, 4-6.].
Santidad no significa exactamente otra cosa mas que unión con Dios; a mayor
intimidad con el Señor, más santidad. La Iglesia ha sido querida y fundada por
Cristo, que cumple así la voluntad del Padre; la Esposa del Hijo está asistida
por el Espíritu Santo. La Iglesia es la obra de la Trinidad Santísima; es Santa
y Madre, Nuestra Santa Madre Iglesia. Podemos admirar en la Iglesia una
perfección que llamaríamos original y otra final, escatológica. A las dos se
refiere San Pablo en la Epístola a los Efesios: Cristo amó a su Iglesia y se
sacrificó por Ella, para santificarla, limpiándola en el bautismo de agua, a
fin de hacerla comparecer delante de El llena de gloria, sin arruga, ni cosa
semejante, sino siendo santa e inmaculada [Eph V, 25-27]
La santidad original y constitutiva de la Iglesia puede quedar velada -pero
nunca destruida, porque es indefectible: las puertas del infierno no
prevalecerán contra ella [Mt XVI, 18.]-, puede quedar encubierta a los ojos
humanos, decía, en ciertos momentos de oscuridad poco menos que colectiva. Pero
San Pedro aplica a los cristianos el título de gens sancta [I Pet II, 9.],
pueblo santo. Y siendo miembros de un pueblo santo, todos los fieles han
recibido esa vocación a la santidad, y han de esforzarse por corresponder a la
gracia y ser personalmente santos. A lo largo de toda la historia, también en la
actualidad, ha habido tantos católicos que se han santificado efectivamente:
jóvenes y viejos, solteros y casados, sacerdotes y laicos, hombres y mujeres.
Pero sucede que la santidad personal de tantos fieles -antes y ahora- no es
algo aparatoso. Con frecuencia no reconocemos a la gente común, corriente y
santa, que trabaja y convive en medio de nosotros. Ante la mirada terrena, se
destacan más el pecado y las faltas de fidelidad: son más llamativos.
Gens sancta, pueblo santo,
compuesto por criaturas con miserias: esta aparente contradicción marca un
aspecto del misterio de la Iglesia. La Iglesia, que es divina, es también
humana, porque está formada por hombres y los hombres tenemos defectos: omnes
homines terra et cinis [Ecclo XVII, 31.], todos somos polvo y ceniza.
Nuestro Señor Jesucristo, que funda la Iglesia Santa, espera que los miembros
de este pueblo se empeñen continuamente en adquirir la santidad. No todos
responden con lealtad a su llamada. Y en la Esposa de Cristo se perciben, al
mismo tiempo, la maravilla del camino de salvación y las miserias de los que lo
atraviesan.
El Divino Redentor dispuso
que la comunidad, por El fundada, fuera una sociedad perfecta en su género y
dotada de todos los elementos jurídicos y sociales, para perpetuar en este
mundo la obra de la Redención... Si en la Iglesia se descubre algo que arguya
la debilidad de nuestra condición humana, no debe atribuirse a su constitución
jurídica, sino más bien a la deplorable inclinación de los individuos al mal;
inclinación que su Divino Fundador permite aun en los más altos miembros del
Cuerpo Místico, para que se pruebe la virtud de las ovejas y de los pastores, y
para que en todos aumenten los méritos de la fe cristiana [PIO XII, enc.
Mystici Corporis, 29-VI-1943.].
Esa es la realidad de la Iglesia ahora, aquí. Por eso, resulta compatible la
santidad de la Esposa de Cristo con la existencia en su seno de personas con
defectos. Cristo no excluyó a los pecadores de la sociedad por El fundada. Si,
por tanto, algunos miembros están aquejados de enfermedades espirituales, no
por eso debe disminuir nuestro amor a la Iglesia; al contrario, ha de aumentar
nuestra compasión hacia sus miembros [PIO XII, enc. Mystici Corporis,
29-VI-1943.].
Demostraría poca madurez el que, ante la presencia de defectos y de miserias,
en cualquiera de los que pertenecen a la Iglesia -por alto que esté colocado en
virtud de su función-, sintiese disminuida su fe en la Iglesia y en Cristo. La
Iglesia no está gobernada ni por Pedro, ni por Juan, ni por Pablo; está
gobernada por el Espíritu Santo, y el Señor ha prometido que permanecerá a su
lado todos los días hasta la consumación de los siglos [Mt XXVIII, 20.].
Escuchad lo que dice Santo Tomás, abundando en este punto, sobre la recepción
de los Sacramentos, que son causa y signo de la gracia santificante: el que se
acerca a los Sacramentos, los recibe ciertamente del ministro de la Iglesia,
pero no en cuanto es tal persona, sino en cuanto ministro de la Iglesia. Por
eso, mientras la Iglesia le permita ejercer su ministerio, el que reciba de sus
manos el Sacramento, no participa del pecado del ministro indigno, sino que
comunica con la Iglesia, que lo tiene por ministro [SANTO TOMAS, S. Th. III,
q.64, a.6 ad 2.]. Cuando el Señor permita que la flaqueza humana aparezca,
nuestra reacción ha de ser la misma que si viéramos a nuestra madre enferma o
tratada con desafecto: amarla más, darle más manifestaciones externas e
interiores de cariño.
Si amamos a la Iglesia no surgirá nunca en nosotros ese interés morboso de
airear, como culpa de la Madre, las miserias de algunos de los hijos. La
Iglesia, Esposa de Cristo, no tiene por qué entonar ningún mea culpa. Nosotros
sí: mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa! Este es el verdadero meaculpismo,
el personal, y no el que ataca a la Iglesia, señalando y exagerando los
defectos humanos que, en esta Madre Santa, resultan de la acción en Ella de los
hombres hasta donde los hombres pueden, pero que no llegrán nunca a destruir
-ni a tocar, siquiera- aquello que llamábamos la santidad original y
constitutiva de la Iglesia.
Dios Nuestro Señor ha comparado ciertamente la Iglesia a la era donde se
amontona la paja con el trigo, del que saldrá pan para la mesa y pan para el
altar; ha comparado la Iglesia a una red barredera ex omni genere piscium
congreganti [Mt XIII, 47.]: que recoge peces buenos y peces malos, que después
se tirarán.
El misterio de la santidad de la Iglesia -esa luz original, que puede quedar
oculta por las sombras de las bajezas humanas- rechaza hasta el más mínimo
pensamiento de sospecha o de duda sobre la belleza de nuestra Madre. Ni cabe
tolerar, sin protesta, que otros la insulten. No busquemos en la Iglesia los
lados vulnerables para la crítica, como algunos que no demuestran su fe ni su
amor. No concibo que se viva un cariño verdadero a la propia madre, y que se
hable de esa madre con despego.
Nuestra Madre es Santa, porque ha nacido pura y continuará sin mácula por la eternidad.
Si en ocasiones no sabemos descubrir su rostro hermoso, limpiémonos nosotros
los ojos; si notamos que su voz no nos agrada, quitemos de nuestros oídos la
dureza que nos impide oír, en su tono, los silbidos del Pastor amoroso. Nuestra
Madre es Santa, con la santidad de Cristo, a la que está unidad en el cuerpo
-que somos todos nosotros- y en el espíritu, que es el Espíritu Santo, asentado
también en el corazón de cada uno de nosotros, si nos conservamos en gracia de
Dios.
¡Santa, Santa, Santa!, nos atrevemos a cantar a la Iglesia, evocando el himno
en honor de la Trinidad Beatísima. Tú eres Santa, Iglesia, Madre mía, porque te
fundó el Hijo de Dios, Santo: eres Santa, porque así lo dispuso el Padre,
fuente de toda santidad; eres Santa, porque te asiste el Espíritu Santo, que
mora en el alma de los fieles, para ir reuniendo a los hijos del Padre, que
habitarán en el Iglesia del Cielo, la Jerusalén eterna.
La Iglesia es Católica
Dios quiere que todos los hombres se salven y vengan en conocimiento de la
verdad. Porque uno es Dios, y uno es también el mediador entre Dios y los
hombres, Jesucristo Hombre, que se dio a sí mismo en rescate por todos, y para
testimonio en los tiempos oportunos [I Tim II, 4-6.], Jesucristo instituye una
sola Iglesia, su Iglesia: por eso la Esposa de Cristo es Una Católica:
universal, para todos los hombres.
Desde hace siglos la
Iglesia está extendida por todo el mundo; y cuenta con personas de todas las
razas y condiciones sociales. Pero la catolicidad de la Iglesia no depende de
la extensión geográfica, aunque esto sea un signo visible y un motivo de
credibilidad. La Iglesia era Católica ya en Pentecostés; nace Católica del
Corazón llagado de Jesús, como un fuego que el Espíritu Santo inflama.
En el siglo II, los cristianos definían Católica a la Iglesia, para
distinguirla de las sectas que, utilizando el nombre de Cristo, traicionaban en
algún punto su doctrina. La llamamos Católica, escribe San Cirilo, no sólo
porque se halla difundida por todo el orbe de la tierra, de uno a otro confín,
sino porque de modo universal y sin defecto enseña todos los dogmas que deben
conocer los hombres, de lo visible y de lo invisible, de lo celestial y de lo
terreno. También porque somete al recto culto a toda clase de hombres,
gobernantes y ciudadanos, doctos e ignorantes. Y, finalmente, porque cura y
sana todo género de pecados, sean del alma o del cuerpo, poseyendo además -con
cualquier nombre que se le designe- todas las formas de virtud, en hechos y en
palabras y en cualquier especie de dones espirituales [SAN CIRILO, Catechesis,
18, 23.].
La catolicidad de la Iglesia tampoco depende de que los no católicos la aclamen
y la consideren; ni guarda relación con el hecho de que, en asuntos no
espirituales, las opiniones de algunas personas, dotadas de autoridad en la
Iglesia, sean consideradas -y a veces instrumentalizadas- por medio de opinión
pública de corrientes afines a su pensamiento. Sucederá con frecuencia que la
parte de verdad que se defiende en cualquier ideología humana, encuentre en la
enseñanza perenne de la Iglesia un eco o un fundamento; y eso es, en cierta
medida, una señal de la divinidad de la Revelación que ese Magisterio custodia.
Pero la Esposa de Cristo es Católica aun cuando sea deliberadamente ignorada
por muchos, e incluso ultrajada y perseguida, como ocurre hoy por desgracia en
tantos lugares.
La Iglesia no es un partido político, ni una ideología social, ni una
organización mundial de concordia o de progreso material, aun reconociendo la
nobleza de esas y de otras actividades. La Iglesia ha desarrollado siempre y
desarrolla una inmensa labor en beneficio de los necesitados, de los que
sufren, de todos cuantos padecen de alguna manera las consecuencias del único
verdadero mal, que es el pecado. Y a todos -a aquellos de cualquier forma
menesterosos, y a los que piensan gozar de la plenitud de los bienes de la
tierra- la Iglesia viene a confirmar una sola cosa esencial, definitiva: que
nuestro destino es eterno y sobrenatural, que sólo en Jesucristo nos salvamos
para siempre, y que sólo en El alcanzaremos ya de algún modo en esta vida la
paz y la felicidad verdaderas.
Pedid conmigo ahora a Dios Nuestro Señor que los católicos no olvidemos nunca
estas verdades, y que nos decidamos a ponerlas en práctica. La Iglesia Católica
no precisa el visto bueno de los hombres, porque es obra de Dios.
Católicos nos mostraremos por los frutos de santidad que demos, porque la
santidad no admite fronteras ni es patrimonio de ningún particularismo humano.
Católicos nos mostraremos si rezamos, si procuramos dirigirnos a Dios de
continuo, si nos esforzamos siempre y en todo por ser justos -en el más amplio
alcance del término justicia, utilizado en estos tiempos raramente con un matiz
materialista y erróneo-, si amamos y defendemos la libertad personal de los
demás hombres.
Os recuerdo también otro signo claro de la catolicidad de la Iglesia: la fiel
conservación y administración de los Sacramentos tal como han sido instituidos
por Jesucristo, sin tergiversaciones humanas ni malos intentos de
condicionarlos psicológica o sociológicamente. Porque nadie puede determinar lo
que está bajo la potestad de otro, sino sólo lo que está dentro de su poder. Y
como la santificación del hombre queda bajo la potestad de Dios santificante,
no le corresponde al hombre establecer según su juicio qué cosas le han de
santificar, sino que ésto ha de ser determinado por institución divina [SANTO
TOMAS, S. Th. III, q.60, a.5.]. Aquellos intentos de quitar universalidad a la
esencia de los Sacramentos, tendrían quizá justificación si se tratase sólo de
signos, de símbolos, que operasen por leyes naturales de comprensión y
entendimiento. Pero los Sacramentos de la Nueva Ley son a la vez causas y
signos. Por eso se enseña comúnmente que causan lo que significan. De ahí que
conserven perfectamente la razón de Sacramento en cuanto se ordenan a algo
sagrado, no sólo a modo de signo, sino también como causas [SANTO TOMAS, S. Th.
III, q.62, a.1 ad 1.].
Esta Iglesia Católica es romana. Yo saboreo esta palabra: ¡romana! Me siento
romano, porque romano quiere decir universal, católico; porque me lleva a
querer tiernamente al Papa, il dolce Cristo in terra, como gustaba repetir
Santa Catalina de Siena, a quien tengo por amiga amadísima.
Desde este centro católico romano -subrayó Paulo VI en el discurso de clausura
del Concilio Vaticano II- ninguno es, en teoría, inalcanzable; todos pueden y
deben ser alcanzados. Para la Iglesia Católica nadie resulta extraño, nadie
está excluido, nadie se considera lejano [SACROSANCTUM OECUMENICUM CONCILIUM
VATICANUM II, Constitutiones, Decreta, Declarationes, Vaticano 1966, p. 1079.].
Venero con todas mis fuerzas la Roma de Pedro y de Pablo, bañada por la sangre
de los mártires, centro de donde tantos han salido para propagar en el mundo
entero la palabra salvadora de Cristo. Ser romano no entraña ninguna muestra de
particularismo, sino de ecumenismo auténtico; supone el deseo de agrandar el
corazón, de abrirlo a todos con las ansias redentoras de Cristo, que a todos
busca y a todos acoge, porque a todos ha amado primero.
San Ambrosio escribió unas palabras breves, que componen como un canto de gozo:
donde está Pedro, allí está la Iglesia; y donde está la Iglesia no reina la
muerte, sino la vida eterna [SAN AMBROSIO, In XII Ps Enarratio, 40, 30.].
Porque donde están Pedro y la Iglesia está Cristo: y El es la salvación, el
único camino.
La Iglesia es Apostólica
Nuestro Señor funda su Iglesia sobre la debilidad -pero también sobre la
fidelidad- de unos hombres, los Apóstoles, a los que promete la asistencia
constante del Espíritu Santo. Leamos otra vez el texto conocido, que es siempre
nuevo y actual: a mí se me ha dado toda potestad en el Cielo y en la tierra;
id, pues, e instruid a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y
del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todas las cosas que yo
os he mandado. Y estad ciertos que yo estaré continuamente con vosotros hasta
la consumación de los siglos [Mt XXVIII, 18-20.].
La predicación del Evangelio no surge en Palestina por la iniciativa personal
de unos cuantos fervorosos. ¿Qué podían hacer los Apóstoles? No contaban nada
en su tiempo; no eran ni ricos, ni cultos, ni héroes a lo humano. Jesús echa
sobre los hombros de este puñado de discípulos una tarea inmensa, divina. No me
elegisteis vosotros a mí, sino que soy yo el que os he elegido a vosotros, y os
he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto sea duradero, a fin
de que cualquier cosa que pidiereis al Padre en mi nombre, os la conceda [Ioh
XV, 16.].
A través de dos mil años de historia, en la Iglesia se conserva la sucesión
apostólica. Los obispos, declara el Concilio de Trento, han sucedido en el
lugar de los Apóstoles y están puestos, como dice el mismo Apóstol (Pablo), por
el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios (Act XX, 28) [CONCILIO DE
TRENTO, Doctrina sobre el Sacramento del Orden, Denzinger-Schön. 1768 (960).].
Y, entre los Apóstoles, el mismo Cristo hizo objeto a Simón de una elección
especial: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia [Mt XVI, 18.].
Yo he rezado por ti, añade también, para que tu fe no perezca; y tú, cuando te
conviertas, confirma a tus hermanos [Lc XXII, 32.].
Pedro se traslada a Roma y fija allí la sede del primado, del Vicario de
Cristo. Por eso es en Roma donde mejor se advierte la sucesión apostólica, y
por eso es llamada la sede apostólica por antonomasia. Ha proclamado el
Concilio Vaticano I, con palabras de un Concilio anterior, el de Florencia, que
todos los fieles de Cristo deben creer que la Santa Sede Apostólica y el Romano
Pontífice poseen el primado sobre todo el orbe, y que el mismo Romano Pontífice
es sucesor del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y verdadero
vicario de Jesucristo, y cabeza de toda la Iglesia, y padre y maestro de todos
los cristianos; y que a él le fue entregada por Nuestro Señor Jesucristo, en la
persona del bienaventurado Pedro, plena potestad de apacentar, regir y gobernar
a la Iglesia universal [CONCILIO VATICANO I, Constitución dogmática sobre la
Iglesia, Denzinger-Schön. 3059 (1826).].
La suprema potestad del Romano Pontífice y su infalibilidad, cuando habla ex
cathedra, no son una invención humana: se basan en la explícita voluntad
fundacional de Cristo. ¡Qué poco sentido tiene entonces enfrentar el gobierno
del Papa con el de los obispos, o reducir la validez del Magisterio pontificio
al consentimiento de los fieles! Nada más ajeno que el equilibrio de poderes;
no nos sirven los esquemas humanos, por atractivos o funcionales que sean.
Nadie en la Iglesia goza por sí mismo de potestad absoluta, en cuanto hombre;
en la Iglesia no hay más jefe que Cristo; y Cristo ha querido constituir a un
Vicario suyo -el Romano Pontífice- para su Esposa peregrina en esta
tierra.
La Iglesia es Apostólica por constitución: la que verdaderamente es y se llama
Católica, debe juntamente brillar por la prerrogativa de la unidad, la santidad
y la sucesión apostólica. Así, la Iglesia es Una, con unidad esclarecida y
perfecta de toda la tierra y de todas las naciones, con aquella unidad de la
que es principio, raíz y origen indefectible la suprema autoridad y más
excelente primacía del bienaventurado Pedro, príncipe de los Apóstoles, y de
sus sucesores en la cátedra romana. Y no existe otra Iglesia Católica, sino la
que, edificada sobre el único Pedro, se levanta por la unidad de la fe y por la
caridad en un solo cuerpo conexo y compacto [PIO IX, o.c.].
Contribuimos a hacer más evidente esa apostolicidad, a los ojos de todos,
manifestando con exquisita fidelidad la unión con el Papa, que es unión con
Pedro. El amor al Romano Pontífice ha de ser en nosotros un hermosa pasión,
porque en él vemos a Cristo. Si tratamos al Señor en la oración, caminaremos
con la mirada despejada que nos permita distinguir, también en los
acontecimientos que a veces no entendemos o que nos producen llanto o dolor, la
acción del Espíritu Santo.
La misión apostólica de todos los católicos
La Iglesia nos santifica, después de entrar en su seno por el Bautismo. Recién
nacidos a la vida natural, ya podemos acogernos a la gracia santificadora. La
fe de uno, más aún, la fe de toda la Iglesia, beneficia al niño por la acción
del Espíritu Santo, que da unidad a la Iglesia y comunica los bienes de uno a
otro [SANTO TOMAS, S. Th. III, q.68, a.9 ad 2.]. Es una maravilla esa
maternidad sobrenatural de la Iglesia, que el Espíritu Santo le confiere. La
regeneración espiritual, que se opera por el Bautismo, de alguna manera es
semejante al nacimiento corporal: así como los niños que se hallan en el seno
de su madre no se alimentan por sí mismos, sino que se nutren del sustento de
la madre; así también los pequeñuelos que no tienen uso de razón y están como
niños en el seno de su Madre la Iglesia, por la acción de la Iglesia y no por
sí mismos reciben la salvación [SANTO TOMAS, S. Th. III, q.68, a.9 ad 1.].
Resalta con toda su grandeza el poder sacerdotal de la Iglesia, que procede
directamente de Cristo. Cristo es la fuente de todo sacerdocio: pues el
sacerdote legal era como su figura; pero el sacerdote de la Nueva Ley obra en
la persona de Cristo, según lo que se dice en II Cor 2, 10: pues lo que yo
perdono, si perdono, por amor vuestro lo perdono en la persona de Cristo [SANTO
TOMAS, S. Th. III, q.22, a.4.].
La mediación salvadora entre Dios y los hombres se perpetúa en la Iglesia por
medio del Sacramento del Orden, que capacita -por el carácter y la gracia
consiguientes- para obrar como ministros de Jesucristo en favor de todas las
almas. Que uno pueda realizar un acto que otro no puede, no proviene de
diversidad en la bondad o en la malicia, sino de la potestad adquirida, que uno
posee y otro no. Por eso, como el laico no recibe la potestad de consagrar, no
puede operar la consagración cualquiera que sea su bondad personal [SANTO
TOMAS, In IV Sent., d.13, q.1, a.1.].
En la Iglesia hay diversidad de ministerios, pero uno sólo es el fin: la
santificación de los hombres. Y en esta tarea participan de algún modo todos
los cristianos, por el carácter recibido con los Sacramentos del Bautismo y de
la Confirmación. Todos hemos de sentirnos responsables de esa misión de la
Iglesia, que es la misión de Cristo. El que no tiene celo por la salvación de
las almas, el que no procura con todas sus fuerzas que el nombre y la doctrina
de Cristo sean conocidos y amables, no comprenderá la apostolicidad de la
Iglesia.
Un cristiano pasivo no ha acabado de entender lo que Cristo quiere de todos
nosotros. Un cristiano que vaya a lo suyo, despreocupándose de la salvación de
los demás, no ama con el Corazón de Jesús. El apostolado no es misión exclusiva
de la Jerarquía, ni de los sacerdotes o religiosos. A todos nos llama el Señor
para ser instrumentos, con el ejemplo y la palabra, de esa corriente de gracia
que salta hasta la vida eterna.
Siempre que leemos los Hechos de los Apóstoles, nos emocionan la audacia, la
confianza en su misión y la sacrificada alegría de los discípulos de Cristo. No
piden multitudes. Aunque las multitudes vengan, ellos se dirigen a cada alma en
concreto, a cada hombre, uno a uno: Felipe, al etíope [Cfr. Act VIII, 26-40.];
Pedro, al centurión Cornelo [Cfr. Act X, 1-48.]; Pablo, a Sergio Paulo [Cfr.
Act XIII, 6- 12.].
Habían aprendido del Maestro. Recordad aquella parábola de los obreros que
esperaban trabajo, en medio de la plaza de la aldea. Cuando el dueño de la viña
fue, ya bien entrado el día, descubrió aún que había peones mano sobre mano:
¿cómo estáis aquí ociosos toda la jornada? Porque nadie nos contratado [Mt XX,
6-7.], respondieron. No ha de suceder esto en la vida del cristiano; no debe
encontrarse a su alrededor quien pueda asegurar que no ha oído hablar de
Cristo, porque ninguno se lo ha anunciado.
Piensan con frecuencia los hombres que nada les impide prescindir de Dios. Se
engañan. aunque no lo sepan, yacen como el paralítico de la piscina probática:
incapaces de moverse hacia las aguas que salvan, hacia la doctrina que pone
alegría en el alma. La culpa es, tantas veces, de los cristianos; esas personas
podrían repetir hominem non habeo [Ioh V, 7.], no tengo ni siquiera uno que me
ayude. Todo cristiano debe ser apóstol, porque Dios, que no necesita a nadie,
sin embargo nos necesita. Cuenta con nosotros para que nos dediquemos a
propagar su doctrina salvadora.
Estamos contemplando el misterio de la Iglesia Una, Santa, Católica,
Apostólica. Es hora de preguntarnos: ¿comparto con Cristo su afán de almas?
¿Pido por esta Iglesia, de la que formo parte, en la que he de realizar una
misión específica, que ningún otro puede hacer por mí? Estar en la Iglesia es
ya mucho: pero no basta. Debemos ser Iglesia, porque nuestra Madre nunca ha de
resultarnos extraña, exterior, ajena a nuestros más hondos pensamientos.
Acabamos aquí estas consideraciones sobre las notas de la Iglesia. Con la ayuda
del Señor, habrán quedado impresas en nuestra alma y nos confirmaremos en un
criterio claro, seguro, divino, para amar más a esta Madre Santa, que nos ha
traído a la vida de la gracia y nos alimenta día a día con solicitud
inagotable.
Si acaso oís palabras o gritos de ofensa para la Iglesia, manifestad, con
humanidad y con caridad, a esos desamorados, que no se puede maltratar a una
Madre así. ahora la atacan impunemente, porque su reino, que es el de su
Maestro y fundador, no es este mundo. Mientras gima el trigo entre la paja,
mientras suspiren las espigas entre la cizaña, mientras se lamenten los vasos
de misericordia entre los de ira, mientras llore el lirio entre las espinas, no
faltarán enemigos que digan: ¿cuándo morirá y perecerá su nombre? Es decir: ved
que vendrá el tiempo en que desaparezcan y ya no habrá cristianos... Pero,
cuando dicen esto, ellos mueren sin remedio. Y la Iglesia permanece [SAN
AGUSTIN, En. in Ps., 70, II, 12.].
Pase lo que pase, Cristo no abandonará a su Esposa. La Iglesia triunfante está
ya junto a El, a la diestra del Padre. Y desde allí nos llaman nuestros
hermanos cristianos, que glorifican a Dios por esta realidad que nosotros vemos
todavía en la clara penumbra de la fe: la Iglesia Una, Santa, Católica y
Apostólica.
Sacerdote para la eternidad
(Homilía pronunciada el
13-IV-73, Viernes de Pasión, antigua conmemoración de los Siete Dolores de la
Santísima Virgen María).
Días atrás, al celebrar la Santa Misa me detuve un breve momento, para
considerar las palabras de un salmo que la liturgia ponía en la antífona de la
Comunión: el Señor es mi pastor, nada podrá faltarme [Ps. XXII, 1; Antífona de
la Comunión, en la Misa del Sábado de la cuarta semana de Cuaresma.]. Esa
invocación me trajo a la memoria los versículos de otro salmo, que se recitaba
en la ceremonia de la Primera Tonsura: el Señor es la parte de mi heredad [Ps
XV, 5.]. El mismo Cristo se pone en manos de los sacerdotes, que se hacen así
dispensadores de los misterios -de las maravillas- del Señor [1 Cor IV,
1.].
En el verano próximo recibirán las Sagradas Ordenes medio centenar de miembros
del Opus Dei. Desde 1944 se suceden, como una realidad de gracia y de servicio
a la Iglesia, estas promociones sacerdotales de unos pocos miembros de la Obra.
A pesar de eso, cada año hay gentes que se extrañan. ¿Cómo es posible, se
preguntan, que treinta, cuarenta, cincuenta hombres con una vida llena de
afirmaciones y de promesas, estén dispuestos a hacerse sacerdotes? Quisiera
exponer hoy algunas consideraciones, aun corriendo el riesgo de aumentar en
esas personas los motivos de perplejidad.
Por qué sacerdote?
El santo Sacramento del Orden Sacerdotal será administrado a este grupo de
miembros de la Obra, que cuentan con una valiosa experiencia -de mucho tiempo
tal vez- como médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, o de otras
diversísimas actividades profesionales. Son hombres que, como fruto de su
trabajo, estarían capacitados para aspirar a puestos más o menos relevantes en
su esfera social.
Se ordenarán, para servir. No para mandar, no para brillar, sino para
entregarse, en un silencio incesante y divino, al servicio de todas las almas.
Cuando sean sacerdotes, no se dejarán arrastrar por la tentación de imitar las
ocupaciones y el trabajo de los seglares, aunque se trata de tareas que conocen
bien, porque las han realizado hasta ahora y eso les ha confirmado en una
mentalidad laical que no perderán nunca.
Su competencia en diversas ramas del saber humano -de la historia, de las
ciencias naturales, de la psicología, del derecho, de la sociología-, aunque
necesariamente forme parte de esa mentalidad laical, no les llevará a querer
presentarse como sacerdotes-psicólogos, sacerdotes-biólogos o sacerdotes-sociólogos:
han recibido el Sacramento del Orden para ser, nada más y nada menos,
sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien por cien.
Probablemente, de tantas cuestiones temporales y humanas entienden más que
bastantes seglares. Pero, desde que son clérigos, silencian con alegría esa
competencia, para seguir fortaleciéndose con continua oración, para hablar sólo
de Dios, para predicar el Evangelio y administrar los Sacramentos. Esa es, si
cabe expresarse así, su nueva labor profesional, a la que dedican todas las
horas del día, que siempre resultarán pocas: porque es preciso estudiar
constantemente la ciencia de Dios, orientar espiritualmente a tantas almas, oír
muchas confesiones, predicar incansablemente y rezar mucho, mucho, con el
corazón siempre puesto en el Sagrario, donde está realmente presente El que nos
ha escogido para ser suyos, en una maravillosa entrega llena de gozo, aunque
vengan contradicciones, que a ninguna criatura faltan.
Todas esas consideraciones pueden aumentar, como os decía, los motivos de
extrañeza. Algunos continuarán quizá preguntándose: ¿por qué esa renuncia a
tantas cosas buenas y limpias de la tierra, a tener una ocupación profesional
más o menos brillante, a influir cristianamente con su ejemplo en la sociedad
desde el ámbito de la cultura profana, de la enseñanza, de la economía, de
cualquier otra actividad ciudadana?
Otros recordarán cómo hoy, en no pocos sitios, serpea una notable
desorientación sobre la figura del sacerdote; se charlotea de que es preciso
buscar su identidad y se pone en duda el significado que, en las circunstancias
actuales, reúne ese darse a Dios en el sacerdocio. Finalmente, también podrá
sorprender que, en una época en la que escasean las vocaciones sacerdotales,
surjan entre cristianos que ya habían resuelto -gracias a una labor personal
exigente- los problemas de colocación y trabajo en el mundo.
Sacerdotes y seglares
Comprendo esa extrañeza, pero no sería sincero si asegurara que la comparto.
Estos hombres que, libremente, porque les da la gana -y es ésta una razón bien
sobrenatural- abrazan el sacerdocio, saben que no hacen ninguna renuncia, en el
sentido en el que ordinariamente se emplea esta palabra. Ya se dedicaban -por
su vocación al Opus Dei- al servicio de la Iglesia y de todas las almas, con
una vocación plena, divina, que les llevaba a santificar el trabajo ordinario,
a santificarse en ese trabajo y a procurar, con ocasión de esa tarea
profesional, la santificación de los demás.
Como todos los cristianos, los miembros del Opus Dei, sacerdotes o seglares,
cristianos corrientes siempre, se incluyen entre los destinatarios de estas
palabras de San Pedro: vosotros sois el linaje escogido, una clase de
sacerdotes reyes, gente santa, pueblo de conquista, para publicar las grandezas
de aquel que os sacó de las tinieblas a su luz admirable. Vosotros que antes no
erais pueblo, y ahora sois el pueblo de Dios; que no habíais alcanzado
misericordia, y ahora la habéis alcanzado [1 Pet II, 9-10.].
Una y la misma es la condición de fieles cristianos, en los sacerdotes y en los
seglares, porque Dios Nuestro Señor nos ha llamado a todos a la plenitud de la
caridad, a la santidad: bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor
Jesucristo, que nos ha colmado en Cristo de toda suerte de bendiciones
espirituales del Cielo; así como por El mismo nos escogió antes de la creación
del mundo, para ser santos y sin mácula en su presencia por la caridad [Eph I,
3-4.].
No hay santidad de segunda categoría: o existe una lucha constante por estar en
gracia de Dios y ser conformes a Cristo, nuestro Modelo, o desertamos de esas
batallas divinas.A todos invita el Señor, para que cada uno se santifique en su
propio estado. En el Opus Dei esta pasión por la santidad -a pesar de los
errores y miserias individuales- no encuentra diferencia en el hecho de ser
sacerdote o seglar; y, por lo demás, los sacerdotes son sólo una pequeñísima
parte, comparados con el total de los miembros.
No se trata por tanto de
renuncia alguna, si se mira con ojos de fe, cuando se llega al sacerdocio; y
llegar al sacerdocio no supone tampoco un coronamiento de la vocación al Opus
Dei. La santidad no depende del estado -soltero, casado, viudo, sacerdote-,
sino de la personal correspondencia a la gracia, que a todos se nos concede,
para aprender a alejar de nosotros las obras de las tinieblas y para
revestirnos de las armas de la luz: de la serenidad, de la paz, del servicio
sacrificado y alegre a la humanidad entera [Cfr. Rom XIII, 12.].
Dignidad del sacerdocio
El sacerdocio lleva a servir a Dios en un estado que no es, en sí, ni mejor, ni
peor que otros: es distinto. Pero la vocación de sacerdote aparece revestida de
una dignidad y de una grandeza que nada en la tierra supera. Santa Catalina de
Siena pone en boca de Jesucristo estas palabras: no quiero que mengüe la
reverencia que se debe profesar a los sacerdotes, porque la reverencia y el
respeto que se les manifiesta, no se dirige a ellos, sino a Mí, en virtud de la
Sangre que yo les he dado para que la administren. Si no fuera por esto,
deberíais dedicarles la misma reverencia que a los seglares, y no más... No se
les ha de ofender: ofendiéndolos, se me ofende a Mí, y no a ellos. Por eso lo
he prohibido, y he dispuesto que no admito que sean tocados mis Cristos [Santa
Catalina de Siena, El Dialogo, cap. 116; Cfr. Ps CIV, 15.].
Algunos se afanan por buscar, como dicen, la identidad del sacerdote. ¡Qué
claras resultan esas palabras de la Santa de Siena! ¿Cuál es la identidad del
sacerdote? La de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser no ya alter
Christus, sino ipse Christus: otros Cristos, ¡el mismo Cristo! Pero en el
sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental.
Para realizar una obra tan grande -la de la Redención-, Cristo está siempre
presente en la Iglesia, principalmente en las acciones litúrgicas. Está
presente en el Sacrificio de la Misa, tanto en la persona del Ministro
-"ofreciéndose ahora
por ministerio de los sacerdotes el mismo que se ofreció a sí mismo en la
Cruz"- como sobre todo bajo las especies eucarísticas [Concilio Vaticano
II, Const. Sacrosantum Concilium, 7; Cfr. Concilio de Trento, Doctrina acerca
del Santísimo Sacrificio de la Misa, cap. 2.].
Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para
prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en
la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan
y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad.
En esto se fundamenta la incomparable dignidad del sacerdote. Una grandeza
prestada, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos
dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de
reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor.
Quienes celebramos los misterios de la Pasión del Señor, hemos de imitar lo que
hacemos. Y entonces la hostia ocupará nuestro lugar ante Dios, si nos hacemos
hostias de nosotros mismos [San Gregorio Magno, Dialog. 4, 59.].
Si alguna vez os topáis con un sacerdote que, externamente, no parece vivir
conforme al Evangelio -no le juzguéis, le juzga Dios-, sabed que si celebra
válidamente la Santa Misa, con intención de consagrar, Nuestro Señor no deja de
bajar a aquellas manos, aunque sean indignas. ¿Cabe más entrega, más
anonadamiento? Más que en Belén y que en el Calvario. ¿Por qué? Porque
Jesucristo tiene el corazón oprimido por sus ansias redentoras, porque no
quiere que nadie pueda decir que no le ha llamado, porque se hace el
encontradizo con los que no le buscan.
¡Es Amor! No hay otra explicación. ¡Qué cortas se quedan las palabras, para
hablar del Amor de Cristo! El se abaja a todo, admite todo, se expone a todo -a
sacrilegios, a blasfemias, a la frialdad de la indiferencia de tantos-con tal
de ofrecer, aunque sea a un hombre solo, la posibilidad de descubrir los
latidos de un Corazón que salta en su pecho llagado.
Esta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa
gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha
meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio
una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa
María, la más santa de las criaturas -más que Ella sólo Dios- trajo una vez al
mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a
nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para
vivificarnos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura.
Sacerdocio común y sacerdocio ministerial
Ni como hombre ni como fiel cristiano el sacerdote es más que el seglar. Por
eso es muy conveniente que el sacerdote profese una profunda humildad, para
entender cómo en su caso también de modo especial se cumplen plenamente
aquellas palabras de San Pablo: ¿qué tienes que no hayas recibido [1 Cor IV,
7.]. Lo recibido... ¡es Dios! Lo recibido es poder celebrar la Sagrada
Eucaristía, la Santa Misa -fin principal de la ordenación sacerdotal-, perdonar
los pecados, administrar otros Sacramentos y predicar con autoridad la Palabra
de Dios, dirigiendo a los demás fieles en las cosas que se refieren al Reino de
los Cielos.
El sacerdocio de los presbíteros, si bien presupone los Sacramentos de la
iniciación cristiana, se confiere mediante un Sacramento particular, por el que
los presbíteros, por la unción del Espíritu Santo, son sellados con un carácter
especial y se configuran con Cristo Sacerdote de tal modo que pueden actuar en
la persona de Cristo Cabeza [Cfr. Concilio Vaticano II, Decreto Presbyterorum
Ordinis, n. 2.]. La Iglesia es así, no por capricho de los hombres, sino por
expresa voluntad de Jesucristo, su Fundador. El sacrificio y el sacerdocio
están tan unidos por ordenación de Dios, que en toda ley, la Antigua y la Nueva
Alianza, han existido los dos. Habiendo, pues, recibido la Iglesia Católica en
el Nuevo Testamento, por institución del Señor, el Sacrifico visible de la
Eucaristía, se debe también confesar que hay en Ella un nuevo sacerdocio,
visible y externo, en el que fue trasladado el antiguo [Concilio de Trento,
Doctrina sobre el Sacramento del Orden, cap. I (Denzinger-Schön. 1764 (957)).].
En los ordenados, este sacerdocio ministerial se suma al sacerdocio común de
todos los fieles. Por tanto, aunque sería un error defender que un sacerdote es
más fiel cristiano que cualquier otro fiel, puede, en cambio, afirmarse que es
más sacerdote: pertenece, como todos los cristianos, a ese pueblo sacerdotal
redimido por Cristo y está, además, marcado cn el carácter del sacerdocio
ministerial, que se diferencia esencialmente, y no sólo en grado [Cfr. Concilio
Vaticano II, Const. Dogm. Lumen Gentium, n. 10.], del sacerdocio común de los
fieles.
No comprendo los afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás
cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella
para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el
sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las
virtudes propias de cualquier cristiano, y aún de cualquier hombre honrado: la
comprensión, la justicia, la vida de trabajo -labor sacerdotal en este caso-,
la caridad, la educación, la delicadeza en el trato.
Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter
sacerdotal: esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los
Sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o
militante de banderías humanas, sean del tipo que sean [Cfr. Ibidem, Decreto
Presbyterorum Ordinis, n. 6.]; que ponga amor y devoción en la celebración de
la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y
a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos,
que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que
-aunque conociese perfectamente- no sería la ciencia que salva y lleva a la
vida eterna; que tenga consejo y caridad con los necesitados.
En una palabra: se pide al sacerdote que aprenda a no estorbar la presencia de
Cristo en él, especialmente en aquellos momentos en los que realiza el
Sacrificio del Cuerpo y de la Sangre y cuando, en nombre de Dios, en la
Confesión sacramental auricular y secreta, perdona los pecados. La
administración de estos dos Sacramentos es tan capital en la misión del
sacerdote, que todo lo demás debe girar alrededor. Otras tareas sacerdotales
-la predicación y la instrucción en la fe- carecerían de base, si no estuvieran
dirigidas a enseñar a tratar a Cristo, a encontrarse con El en el tribunal
amoroso de la Penitencia y en la renovación incruenta del Sacrificio del
Calvario, en la Santa Misa.
Dejad que me detenga, todavía un poco, en la consideración del Santo
Sacrificio: porque, si -para nosotros- es el centro y la raíz de la vida del
cristiano, lo debe ser de modo especial de la vida del sacerdote. Un sacerdote
que, culpablemente, no celebrase a diario el Santo Sacrificio del Altar [Cfr.
Ibidem.] demostraría poco amor de Dios; sería como echar en cara a Cristo que
no comparte su afán de Redención, que no comprende su impaciencia por
entregarse, inerme, como alimento del alma.
Sacerdote para la Santa Misa
Conviene recordar, con
machacona insistencia, que todos los sacerdotes, seamos pecadores o sean
santos, cuando celebramos la Santa Misa no somos nosotros. Somos Cristo, que
renueva en el Altar su divino Sacrificio del Calvario. La obra de nuestra
Redención se cumple de continuo en el misterio del Sacrificio Eucarístico, en
el que los sacerdotes ejercen su principal ministerio, y por eso se recomienda
encarecidamente su celebración diaria, que, aunque los fieles no puedan estar
presentes, es un acto de Cristo y de la Iglesia [Cfr. Ibidem.].
Enseña el Concilio de Trento que en la Misa se realiza, se contiene e
incruentamente se inmola aquel mismo Cristo que una sola vez se ofreció El
mismo cruentamente en el altar de la Cruz... Una sola y la misma es, en efecto,
la Víctima; y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes, es el
mismo que entonces se ofreció en la Cruz, siendo sólo distinta la manera de
ofrecerse [Concilio de Trento, Doctrina acerca del Santísimo Sacrificio de la
Misa, (Denzinger-Schön. 1743 (940)).].
La asistencia o la falta de asistencia de fieles a la Santa Misa no altera para
nada esta verdad de fe. Cuando celebro rodeado de pueblo, me encuentro muy a
gusto sin necesidad de considerarme presidente de ninguna asamblea. Soy, por un
lado, un fiel como los demás; pero soy, sobre todo, ¡Cristo en el Altar!
Renuevo incruentamente el divino Sacrificio del Calvario y consagro in persona
Christi, representando realmente a Jesucristo, porque le presto mi cuerpo, y mi
voz y mis manos, mi pobre corazón, tantas veces manchado, que quiero que El
purifique.
Cuando celebro la Santa Misa con la sola participación del que me ayuda,
también hay allí pueblo. Siento junto a mí a todos los católicos, a todos los
creyentes y también a los que no creen. Están presentes todas las criaturas de
Dios -la tierra y el cielo y el mar, y los animales y las plantas-, dando
gloria al Señor la Creación entera.
Y especialmente, diré con palabras del Concilio Vaticano II, nos unimos en sumo
grado al culto de la Iglesia celestial, comunicando y venerando sobre todo la
memoria de la gloriosa siempre Virgen María, de San José, de los santos
Apóstoles y mártires y de todos los santos [Cfr. Concilio Vaticano II, Const.
Dogm. Lumen Gentium, n. 50.].
Yo pido a todos los cristianos que recen mucho por nosotros los sacerdotes,
para que sepamos realizar santamente el Santo Sacrificio. Les ruego que
muestren un amor tan delicado por la Santa Misa, que nos empuje a los
sacerdotes a celebrarla con dignidad -con elegancia- humana y sobrenatural: con
limpieza en los ornamentos y en los objetos destinados al culto, con devoción,
sin prisas.
¿Por qué prisa? ¿La tienen acaso los enamorados, para despedirse? Parece que se
van y no se van; vuelven una y otra vez, repiten palabras corrientes como si
las acabasen de descubrir... No os importe llevar los ejemplos del amor humano
noble y limpio, a las cosas de Dios. Si amamos al Señor con este corazón de
carne -no poseemos otro-, no habrá prisa por terminar ese encuentro, esa cita
amorosa con El.
Algunos van con calma, y no les importa prolongar hasta el cansancio lecturas,
avisos, anuncios. Pero, al llegar al momento principal de la Santa Misa, el
Sacrificio propiamente dicho, se precipitan, contribuyendo así a que los demás
fieles no adoren con piedad a Cristo, Sacerdote y Víctima; ni aprendan después
a darle gracias -con pausa, sin atropellos-, por haber querido venir de nuevo
entre nosotros.
Todos los afectos y las necesidades del corazón del cristiano encuentran, en la
Santa Misa, el mejor cauce: el que, por Cristo, llega al Padre, en el Espíritu
Santo. El sacerdote debe poner especial empeño en que todos lo sepan y lo
vivan. No hay actividad alguna que pueda anteponerse, ordinariamente, a esta de
enseñar y hacer amar y venerar a la Sagrada Eucaristía.
El sacerdote ejerce dos actos: uno, principal, sobre el Cuerpo de Cristo
verdadero; otro, secundario, sobre el Cuerpo Místico de risto. El segundo acto
o ministerio depende del primero, pero no al revés [Santo Tomás, S. Th. Supl.,
q. 36, a. 2, ad 1.].
Por eso lo mejor del ministerio sacerdotal es procurar que todos los católicos
se acerquen al Santo Sacrificio siempre con más pureza, humildad y veneración.
Si el sacerdote se esfuerza en esta tarea, no quedará defraudado, ni defraudará
las conciencias de sus hermanos cristianos.
En la Santa Misa adoramos, cumpliendo amorosamente el primer deber de la
criatura para su Creador: adorarás al Señor, Dios tuyo, y a El sólo servirás
[Dt VI, 13; Mt IV, 10.]. No adoración fría, exterior, de siervo: sino íntima
estimación y acatamiento, que es amor entrañable de hijo.
En la Santa Misa encontramos la oportunidad perfecta para expiar por nuestros
pecados, y por los de todos los hombres: para poder decir, con San Pablo, que
estamos cumpliendo en nuestra carne lo que resta que padecer a Cristo [Cfr. Col
I, 24.]. Nadie marcha solo en el mundo, ninguno ha de considerarse libre de una
parte de culpa en el mal que se comete sobre la tierra, consecuencia del pecado
original y también de la suma de muchos pecados personales. Amemos el
sacrificio, busquemos la expiación. ¿Cómo? Uniéndonos en la Santa Misa a
Cristo, Sacerdote y Víctima: siempre será El quien cargue con el peso imponente
de las infidelidades de las criaturas, de las tuyas y de las mías.
El Sacrificio del Calvario es una muestra infinita de la generosidad de Cristo.
Nosotros -cada uno- somos siempre muy interesados; pero a Dios Nuestro Señor no
le importa que, en la Santa Misa, pongamos delante de El todas nuestras
necesidades. ¿Quién no tiene cosas que pedir? Señor, esa enfermedad... Señor,
esta tristeza... Señor, aquella humillación que no sé soportar por tu amor...
Queremos el bien, la felicidad y la alegría de las personas de nuestra casa;
nos oprime el corazón la suerte de los que padecen hambre y sed de pan y de
justicia; de los que experimentan la amargura de la soledad; de los que, al
término de sus días, no reciben una mirada de cariño ni un gesto de ayuda.
Pero la gran miseria que nos hace sufrir, la gran necesidad a la que queremos
poner remedio es el pecado, el alejamiento de Dios, el riesgo de que las almas
se pierdan para toda la eternidad. Llevar a los hombres a la gloria eterna en
el amor de Dios: ésa es nuestra aspiración fundamental al celebrar la Santa
Misa, como fue la de Cristo al entregar su vida en el Calvario.
Acostumbrémonos a hablar con esta sinceridad al Señor, cuando baja, Víctima
inocente, a las manos del sacerdote. La confianza en el auxilio del Señor nos
dará esa delicadeza de alma, que se vierte siempre en obras de bien y de
caridad, de comprensión, de entrañable ternura con los que sufren y con los que
se comportan artificialmente fingiendo una satisfacción hueca, tan falsa, que
pronto se les convierte en tristeza.
Agradezcamos, finalmente, todo lo que Dios Nuestro Señor nos concede, por el
hecho maravilloso de que se nos entregue El mismo. ¡Que venga a nuestro pecho
el Verbo encarnado!... ¡Que se encierre, en nuestra pequeñez, el que ha creado
cielos y tierra!... La Virgen María fue concebida inmaculada para albergar en
su seno a Cristo. Si la acción de la gracia ha de ser proporcional a la
diferencia entre el don y los méritos, ¿no deberíamos convertir todo nuestro
día en una Eucaristía continua? No os alejéis del templo apenas recibido el
Santo Sacramento. ¿Tan importante es lo que os espera, que no podéis dedicar al
Señor diez minutos para decirle gracias? No seamos mezquinos. Amor con amor se
paga.
Sacerdote para la eternidad
Un sacerdote que vive de
este modo la Santa Misa -adorando, expiando, impetrando, dando gracias,
identificándose con Cristo-, y que enseña a los demás a hacer del Sacrificio
del Altar el centro y la raíz de la vida del cristiano, demostrará realmente la
grandeza incomparable de su vocación, ese carácter con el que está sellado, que
no perderá por toda la eternidad.
Sé que me comprendéis cuando os afirmo que, al lado de un sacerdote así, se
haya de considerar un fracaso -humano y cristiano- la conducta de algunos que
se comportan como si tuviesen que pedir excusas por ser ministros de Dios. Es
una desgracia, porque les lleva a abandonar el ministerio, a mimetizarse de
seglar, a buscar una segunda ocupación que poco a poco suplanta la que es
propia por vocación y por misión. Con frecuencia, al huir del trabajo de cuidar
espiritualmente las almas, tienden a sustituirlo por una intervención en campos
propios de los seglares -en las iniciativas sociales, en la política-,
apareciendo entonces ese fenómeno del clericalismo, que es la patología de la
verdadera misión sacerdotal.
No quiero terminar con esta nota oscura, que puede parecer pesimismo. No ha
desaparecido, en la Iglesia de Dios, el auténtico sacerdocio cristiano; la
doctrina es inmutable, enseñada por los labios divinos de Jesús. Hay muchos
miles de sacerdotes en todo el mundo que responden cumplidamente, sin
espectáculo, sin caer en la tentación de echar por la borda un tesoro de
santidad y de gracia, que ha existido en la Iglesia desde el principio.
Saboreo la dignidad de la
finura humana y sobrenatural de estos hermanos míos, esparcidos por toda la
tierra. Ya ahora es de justicia que se vean rodeados por la amistad, la ayuda y
el cariño de muchos cristianos. Y cuando llegue el momento de presentarse ante
Dios, Jesucristo irá a su encuentro para glorificar eternamente a quienes, en
el tiempo, actuaron en su nombre y en su Persona, derramando con generosidad la
gracia de la que eran administradores.
Volvamos de nuevo, con el pensamiento, a los miembros del Opus Dei que serán
sacerdotes el próximo verano. No dejéis de pedir por ellos, para que sean
siempre sacerdotes fieles, piadosos, doctos, entregados, ¡alegres!
Encomendadlos especialmente a Santa María, que extrema su solicitud de Madre
con los que se empeñan para toda la vida en servir de cerca a su Hijo, Nuestro
Señor Jesucristo, Sacerdote Eterno.