
UNA VISITA DE DIOS
(El Papa consuela a los que sufren)
INDICE
PROLOGO DEL CARDENAL SUQUIA
PRESENTACION DEL AUTOR
PRIMERA PARTE:
PALABRAS DE CONSUELO DEL PAPA A LOS QUE SUFREN
a) En los seres queridos
¿Para qué estamos aquí? ¿Qué sentido tiene la vida del hombre?
¿Hay algo después de la muerte?
¿Cuál es el sentido del dolor?
¿Por qué permite Dios que sufran los inocentes?
Cristo responde sacando bien del mal
Si el pecado es la causa del dolor, ¿por qué Dios no nos creó impecables?
Acompañar al que sufre es amarle de verdad
Ver en el hombre que sufre a Cristo
¡Sólo puede consolar el que ha sufrido el dolor y el desconsuelo!
No olvidar nunca a los enfermos y menos cuando llegan las vacaciones
La ancianidad, un tesoro
El hospital: el Calvario de hoy
El personal sanitario son los "buenos samaritanos" de hoy
Personal sanitario: ¡gracias por vuestra generosidad!
Acompañar como merece al amigo que se va
El sacramento de la Reconciliación
b) En su propio ser
La predilección del Papa por los enfermos
Estoy muy unido a todos los que sufrís
Ayudáis a la salvación del mundo entero
La alegría de estar en gracia de Dios
Estamos todos los hombres unidos por el dolor
Los enfermos ayudan al mundo más que los sanos
El consuelo de ser palanca para el mundo
Abandonaros en las manos amorosas de Dios
El consuelo de mirar a Jesucristo
Viviremos eternamente la misma vida de Dios
El Papa os da las gracias
¡No estáis solos en vuestro dolor!
Un beso de Dios que sana el cuerpo y el alma
Jesucristo es nuestra esperanza
Junto al que sufre está siempre María Santísima
Estar cerca de la Virgen que tanto nos quiere
Seguir al Señor generosamente
Dios consuela más que los familiares y amigos
Jesús y María siguen pendientes de los que sufren
El tiempo del sufrimiento puede ser el más fecundo
Tres consejos luminosos
Con Cristo el dolor se hizo puerta del Cielo
Como en el parto, del dolor nace la nueva vida
Una idea de lo que será el Cielo
No es un inmerecido castigo sino un inmerecido tesoro
La Unción de enfermos es un Sacramento que sana cuerpo y alma
El dolor es una caricia de Dios; y la confesión, un abrazo
Uníos a Cristo como lo hizo la Virgen Santísima
¡La Resurrección es la fiesta cristiana!
¡Abrid las puertas a Cristo!
El consuelo de la felicidad que nos espera
SEGUNDA PARTE:
NUESTRA SEÑORA DE LOURDES, CONSUELO DE LOS QUE SUFREN
El atractivo de Lourdes
Lo que enseña Lourdes
María es auxilio de los cristianos
Los enfermos unidos a Cristo, se salvan ellos y redimen a todos
¿Por qué a veces la Virgen hace milagros?
NOTAS
UNA VISITA DE DIOS
(El Papa consuela a los que sufren)
PROLOGO
Uno de los enigmas más inquietantes que la Humanidad ha tenido siempre ante sí es el sufrimiento. ¿Por qué sufrimos?, ¿por qué sufrimos tanto? ¿por qué sufren los inocentes?, ¿tiene sentido el dolor o es un no-sentido, un absurdo sin lógica coherente? He aquí un conjunto de interrogantes que ha angustiado siempre a los hombres.
De una o de otra manera todos sufrimos: fracasos, miedos, dolores físicos, desequilibrios psicológicos, incomprensiones, pérdida de seres queridos, limitaciones de edad, todo ese conjunto de dolores que en nosotros o en otros experimentamos continuamente.
En nuestro siglo, los sufrimientos de millones de personas a causa de las grandes dictaduras, las grandes guerras, las grandes injusticias sociales, han sido tan crueles que esas preguntas han llegado a ser la obsesión de filósofos, literatos y dramaturgos.
Las preguntas van aún más lejos: ¿Cómo se conjuga tanto sufrimiento con la existencia de un Dios Amor y Bondad?, ¿lo quiere?, ¿lo permite?, ¿por qué? Desde que los hombres han sido capaces de reflexionar se han hecho estas preguntas, y las respuestas han sido múltiples: desde los que desesperados han renegado de Dios porque no podían comprenderle, hasta los que con optimismo ingenuo afirmaron que, a pesar de todo, éste era el mejor de los mundos posibles.
En problema tan grave como éste, Dios no podía callar. Es verdad que sus respuestas, por ser divinas, no siempre pueden ser comprendidas plenamente por nuestra reducida razón. Dios y sus proyectos son siempre infinitamente más grandes que nosotros, y es lógico que haya realidades que no podamos entender. Son los misterios de los que está llena la existencia humana, y aun el mismo mundo físico. Sin embargo, la revelación de Dios ilumina, en cuanto es posible, el camino misterioso de nuestra vida, tejido de alegrías y dolores, como en los rosales hay espinas y flores.
Pues bien, el Papa Juan Pablo II ha experimentado en su propia carne muchos sufrimientos: orfandad prematura, persecución por motivos religiosos, hambre, duros trabajos en la mina, pérdida de los seres más queridos, soledad, carencia de recursos, el peso de graves responsabilidades, la incomprensión y el odio hasta el intento de ser asesinado; para no hablar de los sufrimientos colectivos de su pueblo polaco, martirizado primero por los nazis y luego por los soviéticos. Este Papa que además, por su cargo, tiene que meditar día y noche la palabra de Dios para transmitirla con fidelidad, ha enseñado muchas verdades sobre el dolor humano, y ha aportado cuanto ha podido para aliviarlo y ofrecer a los que sufren motivos para la esperanza y la paz.
Merecía la pena reunir las enseñanzas del Papa sobre el sufrimiento en un solo volumen, y comentarlas para que fuese guía, breviario y consuelo de todos aquellos que, de una o de otra manera, experimentan el dolor en cualquiera de sus formas. Ha sido la tarea que ha realizado ese benemérito sacerdote que es Don Pedro Beteta, divulgador constante de las enseñanzas del Papa al Pueblo de Dios.
Estas páginas, además de dar respuesta a las preguntas que antes nos hacíamos, nos acercan a jesucristo, y nos animan a caminar por la vida "fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe, el cual en lugar del gozo que le proponían soportó la cruz, sin miedo a la ignominia y está sentado a la derecha del trono de Dios" (Heb. 12,2). Es Él, a fin de cuentas, nuestro mejor consuelo y esperanza, ya que quiso compartir nuestra vida "probado en todo igual a nosotros, excepto en el pecado" (Heb. 4,15). San Pablo nos recuerda que "si sufrimos con Él seremos también glorificados con Él" (Rom. 8, 17).
El Papa no podía menos de recordar también a María, que, junto a su Hijo, aceptó el sufrimiento redentor y quedó así constituida en "Consuelo de los afligidos".
Si estas páginas llevan un poco de paz, fortaleza y esperanza a las personas que padecen, habrán realizado una de las mejores obras de misericordia: consolar al que sufre. Serán también testimonio de que el Papa y la Iglesia no son indiferentes ante uno de los más graves y misteriosos problemas humanos.
Madrid, 7 de febrero de 1994
+Angel Card. Suquía
Arzob. de Madrid
PRESENTACION
Este libro está dedicado a los que sufren o viven cercanos al dolor, una realidad misteriosa y desconcertante que tarde o temprano nos afecta a todos.
El sufrimiento propio o ajeno nos lleva a hacernos preguntas inquietantes, que parecen no tener más respuesta que el silencio y la impotencia.
Con el fin de aportar paz y luz para entender mejor el sentido del dolor, hemos seleccionado las palabras más entrañables y consoladoras del Papa; palabras hermosas, plenas de cariño humano y sobrenatural, que transmiten valor, serenidad y aliento espiritual.
Pero, ¿es que acaso hay otro consuelo para el que sufre que no sea librarle de ese dolor? Sí lo hay: mostrarle el por qué y el para qué de tal dolor. En estas páginas, el Papa da respuesta a esos interrogantes, y nos anima a todos a descubrir la felicidad personal que el sufrimiento puede aportarnos, y la grandeza de ser gracias a él corredentores con Cristo.
Juan Pablo II se acerca al misterio con la sensibilidad de quien lo ha vivido, porque antes que Papa es hombre, y un hombre que ha sufrido mucho; pero siempre ha visto en el dolor la visita de Dios. En la misma decisión, clave en su vida, de aceptar la tremenda responsabilidad de ser Papa, tuvo presente el recuerdo de la ternura con la que una enferma ofrecía por la Iglesia la cruz de su enfermedad.
Él nos recuerda la vida del hombre como un camino hacia la felicidad que está señalizado con la cruz, signo orientador que tranquiliza al caminante cuando la fatiga, la dureza del camino o el calor se hacen mayores.
La cruz se transforma así -después del inevitable grito ante lo ingrato, ante lo que contraría- en una alegría silenciosa, en una prueba de amor y confianza que conduce a una esperanza cierta: el gozo de la resurrección.
Durante la primera estancia del Papa en España, en 1982, después de un día de intensa actividad y en vísperas de otros similares, el Nuncio monseñor Innocenti oyó ruido en los alrededores de la habitación de Juan Pablo II. Entró y halló al Papa rezando el Vía Crucis. Eran las cuatro de la madrugada. "Pero Santo Padre, ¿ha olvidado lo que le espera mañana?". El Papa no se inmutó. Siguió de rodillas, le miró fijamente y le respondió: "Usted, señor Nuncio, haga como yo: póngase de rodillas y acompáñeme a hacer el Via Crucis, para afrontar con más gracia de Dios la dura jornada de mañana".
Hemos querido querido enlazar estas páginas precisamente con el hilo argumental del camino del dolor, de la cruz, que es el camino del hombre -¡de todos los hombres!- porque es el mismo que transitó Cristo, el Nuevo Hombre.
En su convalecencia tras el atentado sufrido en 1983, Juan Pablo II meditó mucho acerca del dolor. Fue entonces cuando elaboró la Carta Apostólica Salvifici doloris, un verdadero tesoro de exposición teológica sobre el sufrimiento, de la que el Papa ha dicho: "Quisiera que esta Carta fuera como una guía para vuestra vida, de forma que contempléis siempre vuestra situación a la luz del Evangelio, fijando la mirada en Jesucristo, Señor de la vida, Señor de nuestra salud y de nuestras enfermedades, Dueño de nuestros destinos" .
Mirando a Cristo crucificado encontramos la fuerza necesaria para asumir el dolor. "La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo eleva, los purifica, lo sublima" y lo convierte en "una ocasión para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la civilización del amor" .
El Papa, pues, con su autoridad de representante de Cristo y de hombre experimentado en el dolor, nos habla a cada uno en confidencia de padre, de hermano, de amigo del alma, suavizando y consolando las heridas tanto del cuerpo como del espíritu. Por ello, no es éste un libro para leer de un tirón, sino para ir poco a poco, volviendo incluso sobre lo leído. meditando y haciendo nuestras las palabras del Santo Padre.
PRIMERA PARTE
PALABRAS DE CONSUELO DEL PAPA A LOS QUE SUFREN
a) En los seres queridos
Uno de esos misterios que tiene el dolor nos manifiesta que el enfermo suele llevar con más resignación y entereza su sacrificio que los familiares y amigos que le rodean llenos de cariño. El contacto con el sufrimiento, ajeno pero cercano, se hace en estos mayor que si fuera propio, y más incomprensible si cabe. Por otra parte, su mejor capacidad para reflexionar les puede llevar a hacerse preguntas nunca formuladas y encontrar en el silencio su más elocuente fuente de desconsuelo e impotencia. Con objeto de que ellos y sus seres queridos que sufren hallen consuelo y respuestas acerca del sentido del dolor, se ha confeccionado este primer apartado.
¿Para qué estamos aquí? ¿Qué sentido tiene la vida del hombre?
El hombre tiene extrema necesidad de saber si merece la pena nacer, vivir, luchar, sufrir, morir; si tiene valor comprometerse por algún ideal que sea superior a los intereses materiales y contingentes, si, en una palabra, hay un por qué que justifique su existencia. Ésta es la cuestión esencial: dar un sentido al hombre, a sus opciones, a su vida, a su historia.
Jesús tiene la respuesta a estos interrogantes; Él puede resolver la cuestión del sentido de la vida y de la historia del hombre. Jesús no elimina la preocupación normal y la búsqueda del alimento cotidiano y de todo lo que puede hacer que la vida humana progrese más y sea más satisfactoria. Pero, ....¡la vida pasa indefectiblemente! Y Jesús hace presente que el verdadero significado de nuestro existir terreno está en la eternidad, y que toda la historia humana, con sus dramas y sus alegrías, debe ser contemplada en perspectiva eterna. ¡El hombre tiene necesidad de trascendencia! ¡El hombre tiene necesidad de la presencia de Dios en su historia cotidiana! ¡Sólo así puede encontrar el sentido de la vida! Pues bien, Jesús continúa diciendo a todos: "Yo soy el camino, la verdad y la vida"(1 Jn 14, 6) .
Toda la historia de la humanidad es la historia de la necesidad de amar y de ser amado. Cualquiera que sea el uso que de él hacen los humanos, el corazón -símbolo de la amistad y del amor- tiene sus normas, su ética. Hacer sitio al corazón en la construcción armónica de vuestra personalidad nada tiene que ver con la sensiblería y menos aún con el sentimentalismo. El corazón es la apertura de todo ser a la existencia de los demás, la capacidad de adivinarlos, de comprenderlos. Por eso, algunos se sienten tentados a deshacer su personalidad, encerrándose en sí mismos.
Amar es entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir hacia los otros. Para poder amar de verdad, conviene desprenderse de todas las cosas y, sobre todo, de uno mismo; dar gratuitamente, amar hasta el fin. Esta desposesión de sí mismo es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad. ¡Alzad más frecuentemente los ojos a Jesucristo! ¡No tengáis miedo! Jesús no vino a condenar el amor, sino a liberarlo de sus equívocos y falsificaciones .
* * *
20 de mayo de 1920. Un día primaveral de un año en el que Polonia se abre a la esperanza tras la interminable primera guerra mundial. Ese día un joven y humilde matrimonio de Wadowice recibe con gozo el nacimiento de su tercer hijo, que es bautizado con el nombre de Karol José. ¿Qué será de este niño? ¿Cuál será su misión en esta tierra?
Pues ciertamente tiene como todos -tú y yo también- una tarea que realizar en el mundo. Y una de ellas es dar razón de su esperanza al hombre, anunciarle que llegará a vivir felicísimo con Dios en un gozar sin fin.
Produce impresión conocer los recovecos por los que Dios conduce a las personas a la meta para la que nos destina, y en el caso de Karol Wojtyla, más. Su peripecia vital es impresionante: huérfano, minero, estudiante, actor, poeta, sacerdote, profesor, deportista, patriota de un país humillado por el nazismo y por la mayor degradación humana que hasta entonces la historia había conocido.
Han pasado muchos años. Sólo Dios conoce y dirige la intimidad vital de cada ser humano. Pero en el silencio oculto de cada historia personal hay a veces, como en los relojes antiguos, sonidos llenos de ritmo y cadencia que anuncian que la hora es llegada. A las siete menos cuarto de la tarde del 16 de octubre de 1978, ante cientos de miles de personas que rezan expectantes en la plaza de San Pedro, el humo blanco de la chimenea de la Capilla Sixtina anuncia a la cristiandad que ya ha sido elegido el Papa, y ante el mundo comienza a ser evidente para qué, cincuenta y ocho años antes, había nacido el pequeño Karol.
¿Hay algo después de la muerte?
Esta vida no es un todo que se cierra de modo definitivo entre la fecha del nacimiento y la de la muerte. Está abierta hacia su último destino en Dios. Cada uno de nosotros siente dolorosamente la limitación de la vida, los límites que pone la muerte. Cada uno de nosotros es de algún modo consciente de que el hombre no está plenamente contenido dentro de estos límites, y de que no pueden morir definitivamente. En el momento de la muerte de cada hombre cesan muchas preguntas nunca contestadas y muchos problemas no resueltos. Ninguno de nosotros vive solo. Llevamos dentro de nosotros la necesidad de la "universalización". Pero, en un determinado momento la muerte lo interrumpe todo... .
La muerte es para todos un paso a la existencia en el más allá; para Jesús es, más todavía, la premisa de la resurrección que tendrá lugar al tercer día. Jesús abraza la muerte, después de todos los sufrimientos físicos y morales padecidos, como una entrada en la paz inalterable de ese "seno del Padre" hacia el que ha estado dirigida toda su vida.
Con su muerte, Jesús revela que al final de la vida el hombre no está destinado a sumergirse en la oscuridad, en el vacío existencial, en la vorágine de la nada, sino que está invitado al encuentro con el Padre, hacia el que se ha movido en el camino de la fe y del amor durante toda la vida, y en cuyos brazos se ha arrojado con santo abandono en la hora de la muerte .
¿Acaso la historia del hombre no está marcada por una fatigosa y dramática búsqueda de algo o de alguien que sea capaz de liberarle de la muerte y de asegurarle la vida? La existencia humana conoce momentos de crisis, de desilusión y de oscuridad. Se trata de una experiencia de insatisfacción que se refleja en tanta literatura y en tanto cine en nuestros días.
Jesús ha venido para dar la respuesta definitiva al deseo de vida y de infinito que el Padre celeste, creándonos, ha inscrito en nuestro ser. Cristo proclama: "Yo soy la vida"(Jn 14, 6), y también: "Yo he venido para que tengan vida"(Jn 10, 10). ¿Pero qué vida? La intención de Jesús es clara: la misma vida de Dios, que está por encima de todas las aspiraciones que pueden nacer en el corazón humano. Efectivamente, por el bautismo, nosotros ya somos hijos de Dios (Cfr. 1 Jn 3, 1-2).
Jesús ha salido al encuentro de los hombres, ha curado a enfermos y a los que sufren, ha liberado endemoniados y resucitado muertos. Se ha entregado a sí mismo en la cruz y ha resucitado, manifestándose de esta forma como el Señor de la vida: autor y fuente de la vida inmortal .
* * *
A los seis años, Karol Wojtyla comienza a ir a la escuela primaria, y ya le muestra Dios la cruz en su vida. Un día, al regresar del colegio, se entera de que su madre ha muerto de un ataque al corazón. Cuando tiene doce años, de nuevo surge la cruz en su camino: su hermano Eduardo, su mejor amigo, que ha terminado la carrera de medicina y comienza su andadura profesional en un hospital, muere al poco tiempo en ese mismo hospital a causa de una epidemia de escarlatina. Tan sólo unos mese más tarde, la penicilina ya se distribuía en Europa y la escarlatina dejaba de ser enfermedad mortal. Cuando una vecina intentó consolarle, Karol, sereno aunque lleno de dolor, la miró con seriedad y le dijo simplemente: "Fue la voluntad de Dios".
En 1941 es destinado a trabajar en otra fábrica; allí ha de transportar cal en cubetas. Todas las tardes cuida con cariño de su padre, que está en cama, enfermo de corazón. El amor por su padre hace más intenso su dolor al verle sufrir postrado. Un día, Karol vuelve a casa como de costumbre, con la comida y algunas medicinas. Entra en su cuarto y al momento sale conmocionado y blanco: su padre ha muerto de un ataque al corazón durante su ausencia. Aunque acompañado por sus amigos, físicamente Karol queda sólo, pues no tiene familiares.
¿Cuál es el sentido del dolor?
Pensando en el sufrimiento en su sentido personal y a la vez colectivo, notamos que en algunos periodos de tiempo y en algunos espacios de la existencia humana, parece que se hace particularmente denso. Dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre, y también en lo profundo del mundo del sufrimiento, aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué?. Es una pregunta acerca de la causa, de la razón y de la finalidad; en definitiva, acerca del sentido. Ésta es una pregunta difícil, como lo es otra, es decir, la que se refiere al mal: ¿Por qué el mal? ¿Por qué el mal en el mundo?
El hombre puede dirigir tal pregunta a Dios con toda la conmoción de su corazón y con la mente llena de asombro y de inquietud; Dios espera la pregunta y la escucha . El hombre, creado por Dios y elevado por Él a la sublime dignidad de hijo, lleva en sí un ansia indeleble de felicidad y siente una natural adversión a toda clase de sufrimiento. Jesús, en cambio, en su obra evangelizadora, incluso inclinándose sobre los enfermos y achacosos para curarlos y consolarlos, no ha suprimido precisamente el sufrimiento, sino que ha querido someterse Él mismo a todo el dolor humano posible, el moral y el físico, en su pasión hasta la agonía mortal en Getsemaní, pasando por el abandono del Padre en el Calvario y su larga agonía y muerte en la cruz. Por eso, ha declarado bienaventurados a los afligidos y a los que tienen hambre y sed de justicia. ¡La redención se efectúa concretamente a través de la cruz! .
El sufrimiento es pues una llamada a manifestar la grandeza moral del hombre, su madurez espiritual (Cfr. Salvifici doloris, 22); pero es también una invitación de la Providencia a acercarse más al Crucificado, a comprenderlo, a compartir su misterio.
Sentíos cercanos a Dios en vuestras cruces y sabed ofrecerlas con Cristo a Dios Padre, a fin de que la auténtica aportación de vuestro sacrificio genere preciosos momentos de gracia para la humanidad y para la Iglesia. En la meditación de la pasión de Cristo encontraréis la fuerza para transformar el momentáneo peso de la enfermedad en una ofrenda santificante .
* * *
Han pasado veintiún años desde que nació Karol, años todos ellos marcados por el sufrimiento profundo que supone ver morir a sus familiares, ser perseguido por los nazis y ver su patria sumida en el desconsuelo de la invasión. En 1941 trabaja como obrero en una fábrica y a la vez cultiva su afición a las letras y al arte dramático. Y es en este tiempo cuando, en medio de ese tumulto de acontecimientos, se hace transparente en su alma el querer de Dios para él. En otoño de ese año sabe ya, con la certeza interior y personal que caracteriza al Señor cuando llama, que su camino es ser sacerdote.
Europa está en guerra, Karol es llevado a trabajar a unas minas. En los huecos de tiempo libre se prepara estudiando. El joven Wojtyla está aprendiendo como aprenden todos los hombres -¡en su propia carne!-, que su existencia no le pertenece, que la vida es de Dios y que tiene que ser preparado por Él para poder llegar a la meta con su misión plenamente cumplida. Un hecho le ayudará a ello: un accidente de tráfico. Después del trabajo en la fábrica Solvay, Karol se queda hasta muy tarde estudiando. Al regresar a casa, debido al cansancio y al hambre desfallece cayendo al suelo. Un camión alemán que pasa le atropella y continúa sin detenerse. Allí queda Karol malherido hasta el amanecer. Al fin, es llevado grave a un hospital, para que pueda ser atendido.
¿Por qué permite Dios que sufran los inocentes?
El sufrimiento es una experiencia terrible, ante la cual, especialmente cuando es sin culpa, el hombre plantea aquellos difíciles, atormentados y dramáticos interrogantes, que constituyen a veces una denuncia y otras un desafío o un grito de rechazo a Dios y de su Providencia. Son preguntas que se pueden resumir así: ¿Cómo conciliar el mal y el sufrimiento con la solicitud paterna, llena de amor, que Jesucristo atribuye a Dios en su Evangelio? Y si se quiere: ¿Cómo podemos creer que "Dios es amor", y tanto más que este amor es omnipotente?
La afirmación de la Sagrada Escritura: "la maldad no triunfa sobre la Sabiduría"(Sab 7, 30) explica y refuerza nuestra convicción de que, en el plano providencial del Creador respecto del mundo, el mal en definitiva está subordinado al bien. Dios nos ayuda a comprender mejor estas afirmaciones: primera que "Dios no quiere el mal como tal" y segunda que "Dios permite el mal".
A propósito de la primera es oportuno recordar las palabras del Libro de la Sabiduría: "... Dios no hizo la muerte ni se goza en la pérdida de los vivientes. Pues Él creó todas las cosas para la existencia"(Sab 1, 13-14).
En cuanto a la permisión del mal en el orden físico, por ejemplo, respecto al hecho de que los seres materiales -también el cuerpo humano entre ellos- sean corruptibles y sufran la muerte, es necesario saber que esto pertenece a la estructura misma de estas criaturas. Podemos, pues, comprender que, si "Dios no ha creado la muerte", según hemos leído en la Sagrada Escritura, sin embargo la permite con miras al bien global del cosmos material.
Pero si se trata del mal moral, esto es, del pecado y de la culpa en sus diversas formas y consecuencias, incluso en el orden físico, este mal Dios no lo quiere. El mal moral es radicalmente contrario a la voluntad de Dios. Si está presente en la historia del hombre y del mundo, y a veces de forma totalmente opresiva, si en cierto sentido tiene su propia historia, sólo es permitido por la Divina Providencia porque Dios quiere que en el mundo haya libertad. La existencia de la libertad creada -es decir la del hombre y la de los ángeles- es indispensable para aquella plenitud de la creación, que responde al plan eterno de Dios. A causa de esta plenitud del bien que Dios quiere realizar en la creación, la existencia de los seres libres es para Él un valor más importante y fundamental que el hecho de que aquellos seres abusen de la propia libertad contra el Creador y de que, por eso, incluso, la libertad pueda llevar al mal moral .
* * *
Durante su viaje a Africa en 1993, el Papa se volvió a encontrar con el terrible dolor del sida: una joven enferma testimonió ante él cómo había sido infectada tras una violación. Juan Pablo II, hondamente conmovido, visitó un hospital de enfermos de sida y dejó un mensaje de consuelo y esperanza, afirmando que pese a ser consecuencia de una crisis de valores morales, este mal es una experiencia que puede promover el renacimiento espiritual de la sociedad.
Cristo responde sacando bien del mal
Dios afirma de forma clara y perentoria que la maldad no triunfa sobre su Sabiduría y que si permite el mal en el mundo es con fines más elevados, pero no quiere ese mal. Es Cristo quien en el contexto de su misterio redentor, ofrece la respuesta plena y completa a ese atormentador interrogante. Pues aunque es ciertamente un poder admirable el suyo, éste se pone de manifiesto precisamente en el contraste ante la debilidad y el anonadamiento de su pasión y muerte en la cruz. Es esta una sabiduría excelsa y tan originalísma como desconocida fuera de la Revelación divina. Sucede que en el plano eterno de Dios y en su providencial acción sobre la historia del hombre, todo mal, y de forma especial el mal moral -el pecado- es sometido al bien de la redención y de la salvación precisamente mediante la cruz y la resurrección de Cristo. Se puede afirmar que Dios saca bien del mal.
Así pues, la pregunta de cómo conciliar el mal y el sufrimiento en el mundo con la verdad de la Providencia Divina, no se puede contestar de modo definitivo sin hacer referencia a Cristo. Efectivamente, por una parte, Cristo -Verbo encarnado- confirma con su propia vida -en la pobreza, en la humillación y la fatiga-, y sobre todo con su pasión y muerte, que Dios está al lado del hombre que sufre; más aún, que Él toma sobre Sí el sufrimiento en su variedad de formas en la existencia terrena del hombre.
Así pues, visto con los ojos de la fe, el sufrimiento, si bien puede presentarse como el aspecto más oscuro del destino del hombre en la tierra, permite transparentar el misterio de la Divina Providencia, contenido en la revelación de Cristo, y de un modo especial en la cruz y en la resurrección.
Indudablemente, puede seguir ocurriendo que, planteándose los anteriores interrogantes señalados sobre el mal y el sufrimiento, el hombre no encuentre respuesta inmediata, sobre todo si no posee una fe viva en el misterio de Cristo. Pero gradualmente y con la ayuda de la fe alimentada por la oración se descubre el verdadero sentido del sufrimiento que cada cual experimenta en su propia vida .
* * *
Pasados los años, al poco de ser elegido Papa, Andrè Frossard no dudó en definirle como "el Papa del hombre". Pensaba entonces así. Y ahora, pasados los años, el gran escritor francés afirma que si tuviera que resumir en dos frases el pontificado de Juan Pablo II, lo haría cabalmente diciendo con sus propias palabras: "No tengáis miedo", es decir, un hombre que camina con la valentía que tuvo Jesucristo, y dando como razón de tal esperanza el amor que el Señor tiene a la humanidad entera, con las palabras: "Abrid las puertas a Cristo".
La historia conservará de manera imborrable una realidad que se está escribiendo hoy y ahora. Y la realidad es ésta: que Juan Pablo II defiende al hombre con el coraje del amor de Dios que sólo Cristo ejerció, porque es el propio Cristo -en Juan Pablo II- quien le defiende.
Si el pecado es la causa del dolor, ¿por qué Dios no nos creó impecables?
El sufrimiento físico y moral sigue siendo, sin duda, uno de los misterios más desconcertantes de la existencia, porque nos toca de cerca a cada uno de nosotros, sin excluir a nadie. Viene a ser por ley de la naturaleza, el pan de cada día para el ser humano, su condición permanente de vida en toda edad .
Como se ha revelado ya en la obra de la creación y sobre todo en la de los seres racionales y libres, hechos "a imagen y semejanza" del Creador, la Revelación nos hace saber que el pecado es el principal y fundamental mal, porque en él está contenido el rechazo de la voluntad de Dios, de la verdad y de la santidad de Dios, de su paternal bondad. En el pecado está contenida, por tanto, una deformación particularmente profunda del bien creado, especialmente en un ser que, como el hombre, es imagen y semejanza de Dios . La criatura racional, excelsa entre todas, pero siempre limitada e imperfecta, podía hacer mal uso de la libertad, la podía emplear contra Dios, su Creador; y de hecho así fue. El pecado no sólo era una posibilidad, sino que se confirmó como un hecho real "desde el comienzo".
El respeto a la libertad creada es tan esencial que Dios permite en su Providencia incluso el pecado del hombre (y del ángel). Podemos deducir pues, que a los ojos de Dios era más importante que en el mundo creado hubiera libertad, aun con el riesgo de su mal empleo, que privar de ella al mundo para excluir de raíz la posibilidad del pecado .
Sólo una vida de fe sinceramente aceptada e intensamente vivida puede iluminar en sus raíces el misterio del dolor, aliviarlo con el aliento de la esperanza, con la fuerza de la caridad, llegar incluso a transformarlo en alegría y hacer de él una de las palancas que levantan al mundo .
* * *
Cuenta Andrè Frossard que al día siguiente de aquel atentado que estuvo a punto de costarle la vida a Juan Pablo II, el Santo Padre llamó "mi hermano" al terrorista turco. Y Frssard tuvo oportunidad de decirle al Papa: "Santidad, yo hubiera preferido que ese hermano hubiera encontrado otro medio de "entrar" en la familia.
El verdadero mal es el pecado, y Dios siempre que nos arrepentimos, lo perdona. Juan Pablo II sigue ese mismo camino.
Acompañar al que sufre es amarle de verdad
"Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre"(Lc 1, 42). Son palabras que dirigió Isabel a María al oír su saludo el día de su Visitación. María está espiritualmente presente en medio de nosotros: hemos oído resonar su voz en esta página evangélica. Nosotros miramos ahora a María con los mismos ojos con los que miró Isabel, cuando la vio llegar con paso presuroso y escuchó la voz de su saludo.
¿Cómo no hacer una reflexión de esta actitud de María? El sobresalto de alegría que sintió Isabel, subraya el don que puede encerrarse en un simple saludo, cuando sale de un corazón lleno de Dios. ¡Cuántas veces las tinieblas de la soledad, que oprimen a un alma, pueden ser desgarradas por el rayo luminoso de una sonrisa o de una palabra amable!
Una palabra amable se dice pronto; sin embargo, a veces se nos hace difícil pronunciarla. Nos detiene el cansancio, nos distraen las preocupaciones, nos frena un sentimiento de frialdad o de indiferencia egoísta. Así sucede que pasamos al lado de personas a las que, aún conociéndolas, apenas les miramos a la cara y no nos damos cuenta de lo que frecuentemente están sufriendo por esa sutil, agotadora pena, que proviene de sentirse ignoradas. Bastaría una palabra cordial, un gesto afectuoso e inmediatamente algo se despertaría en ellas: una señal de atención y de cortesía puede ser una ráfaga de aire fresco en lo cerrado de una existencia, oprimida por la tristeza y por el desaliento. El saludo de María llenó de alegría el corazón de su anciana prima Isabel.
La fe permitió a María asomarse sin temor al abismo inexplorado del designio salvador de Dios: no resultaba fácil creer que Dios pudiera "hacerse carne" y venir a "habitar entre nosotros", es decir, que quisiera ocultarse en la insignificancia de nuestra vida ordinaria, vistiéndose de nuestra fragilidad humana, sometida a tantos y tan humillantes condicionamientos. María se atrevió a creer en este proyecto "imposible", y se convirtió en la principal cooperadora de esa admirable iniciativa divina, que ha abierto de nuevo nuestra historia a la esperanza .
* * *
El porqué del dolor es una pregunta que sólo tiene respuesta en el difícil idioma que se aprende junto a Dios: el de la fe. Por eso Juan Pablo II consuela tanto al que habla ese idioma, sea quien fuere.
Cuando visitó la India, nada más llegar, fue a abrazar los cuerpos esqueléticos y a bendecir los párpados casi cerrados de los enfermos que atienden las monjas de Teresa de Calcuta. Una mujer, tras saludar al Papa, falleció musitando: "Estoy sola, muy sola, vuelva otra vez". En aquel viaje Juan Pablo II diría conmovido: "No puedo dar una respuesta completa, no puedo tampoco aliviaros vuestro dolor, pero estoy seguro de esto: Dios os ama con un amor infinito. Sois para Él seres preciosos". Quizá por eso haya que pedir también más fe a los que acompañan a los que sufren, porque aunque todos padezcan, la fe en este amor de Dios alivia siempre.
Ver en el hombre que sufre a Cristo
Jesús quiere que por el sufrimiento y en torno al sufrimiento crezca el amor, la solidaridad de amor, esto es, la suma de aquel bien que es posible en nuestro mundo humano. Bien que no se desvanece jamás.
El Papa, que quiere ser siervo de este amor, besa la frente y las manos de todos cuantos contribuyen a la presencia de este amor y a su crecimiento en nuestro mundo. Él cree y sabe que besa la frente y las manos del mismo Cristo que está místicamente presente en quienes sufren y en quienes, por amor, sirven al que sufre .
Se identifica Jesús hasta tal punto con el hombre, en particular con el hombre que sufre, y con todos los que tratan de aliviarlos y los soportan, que un día dirá: "Tuve sed... era peregrino... estaba en la cárcel, estaba enfermo"(Mt 25, 35), no encontraba camino, estaba solo, tuve miedo .
Tenemos que descubrir a Cristo que sale al encuentro de nuestros hermanos, los hombres. Ninguna vida humana es una vida aislada; está entrelazada con las demás vidas. Ninguna persona es un verso suelto. Formamos parte del mismo poema divino, que Dios escribe con la colaboración de nuestra libertad. Todas las situaciones por las que atraviesa nuestra vida nos traen un mensaje divino, nos piden una respuesta de amor y de entrega a los demás .
* * *
La misma tarde de su elección como Sumo Pontífice, Juan Pablo II acudió a consolar a un enfermo. Su gran amigo monseñor Andrej Maria Deskur había sufrido un derrame cerebral durante el Cónclave, y estaba gravísimo en el Policlínico Gemelli de Roma. Como siempre el consuelo viene de Dios y de su Madre Santísima, el Papa rezó junto a su amigo unos misterios del Santo Rosario. En los días sucesivos, llamaba personalmente para seguir el curso de la recuperación, incluso cuando monseñor Deskur fue trasladado -pasado el peligro- a Suiza. Es un ejemplo de saber querer al amigo, al hijo que sufre. El amor no tiene esquemas rígidos. En aquella visita, al despedirse y saludar a los enfermos, les dijo: "Vosotros, aunque estéis débiles, sois muy poderosos: como Jesús en la Cruz. Me encomiendo a vuestras oraciones. Yo me apoyo en vosotros. Rezad por el Papa, que en otro sentido también es muy débil".
En una de las ocasiones en que llamó por teléfono personalmente al prelado amigo, la telefonista le preguntó: "¿De parte de quién?", contestó él: "del Papa", ante lo cual la telefonista le recriminó por "la broma". Sólo al cabo de un rato, con gran sofoco, aquella señorita accedió.
¡Sólo puede consolar el que ha sufrido el dolor y el desconsuelo!
Yo conozco también -porque lo he probado en mi persona- el sufrimiento que produce la incapacidad física, la debilidad propia de la enfermedad, la carencia de energías para el trabajo, el no sentirse en forma para desarrollar una vida normal. Pero sé también -y quisiera hacéroslo ver a vosotros- que ese sufrimiento tiene otra vertiente sublime: da una gran capacidad espiritual, porque el sufrimiento es purificación para uno mismo y para los demás, y si es vivido en la dimensión cristiana puede convertirse en don ofrecido para completar en la propia carne "lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia"(Col 1,24).
Por esto el sufrimiento capacita para la santidad, dado que encierra grandes posibilidades apostólicas y tiene un valor salvífico excepcional cuando va unido a los sacrificios de Cristo .
A vosotros, queridos enfermos de todos los rincones del mundo deseo anunciaros la presencia viva y consoladora del Señor. Vuestros sufrimientos, acogidos y sostenidos por una fe inquebrantable, unidos a los de Cristo, adquieren un valor extraordinario para la vida de la Iglesia y el bien de la humanidad .
Cristo -permitidme decirlo así- es el mayor realista de la historia del hombre. El, efectivamente, "sabe lo que hay dentro de cada hombre" (Jn 2, 25). ¡Él lo sabe! Lo repito sin querer ofender a ninguno de cuantos, a lo largo de los tiempos, han procurado o procuran hoy descubrir qué es el hombre y desean enseñarlo. Sobre la base de este realismo, Cristo nos enseña que la vida humana tiene sentido en cuanto que es un testimonio de la verdad y del amor .
Existe un secreto que puede transformar profundamente la actitud de quien sufre en el cuerpo: el abandono confiado en Dios. No es éste una especie de refugio fácil, confortante y, en definitiva, alienante. Nos es verdaderamente necesaria una gracia especial para ser capaces de tal abandono en Dios. Pero el Señor está allí, pronto para concederla, de manera que el sufrimiento se haga garantía de recompensa eterna, y también desde ahora, motivo de reflexión y de ejemplo para los que nos observan de cerca. Él, que ha prometido no dejar sin recompensa al que realiza un simple gesto de cortesía por amor a Él(Cfr. Mt 10, 42), ¿cuánto más mirará con benignidad al que ha hecho don total de sí mismo para Él, en la situación de su enfermedad? .
* * *
En 1944, durante la invasión rusa de Polonia, Karol Wojtyla -más tarde Juan Pablo II- llevaba ya varios años estudiando clandestinamente para ser sacerdote. Los nazis antes de abandonar Polonia, redoblaron la persecución contra el pueblo polaco, fusilando a todos los jóvenes que encontraban a su paso. Una noche entran en casa de Karol; pero él puede esconderse en la cocina, y allí permanece rezando. Los nazis lo registran todo. Suben y bajan, revuelven y miran habitación por habitación. Pero a él no le ven, y milagrosamente Karol salva la vida.
No olvidar nunca a los enfermos y menos cuando llegan las vacaciones
Estamos aquí para rezar y reflexionar en común sobre el amor que Dios ha revelado al hombre, al encarnarse. María de Nazaret fue y seguirá siendo siempre el primer testimonio de este amor de Dios al hombre, Ella es el primer testimonio de la Encarnación.
En este misterio, queremos hoy sentir cerca de nosotros especialmente a todos los enfermos y a todos los que sufren. Es bien sabido que por todas partes, en toda aldea, en toda ciudad grande o pequeña, en todo país, en todo continente, hay personas que sufren.
Hay enfermos, gravemente enfermos, incurables, inválidos; personas condenadas a moverse en una silla de ruedas; mujeres y hombres clavados en el lecho del dolor.
Quizá sea precisamente en este período del año -verano-, en que las personas sanas gozan de un tiempo de descanso en la montaña, en los bosques, en el mar o en los lagos, nuestros hermanos sienten más dolorosamente su estado de salud. Para ellos son limitados, muy limitados y a veces incluso inaccesibles, estos sencillos y lícitos goces de la vida, la fascinación del verano, del descanso, del aire libre.
Cuando reflexionamos sobre la inmensidad del dolor humano, de ese dolor que está entre nosotros, en nuestras casas, en los hospitales, en las clínicas, por cualquier parte del mundo, entonces el significado de las palabras de Cristo: "Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos... (hermanos míos que sufren), a mí me lo hicisteis"(Mt 25, 40), resulta sumamente real. ¡Cómo se multiplica Cristo a través de estas palabras! ¡Cuán presente está en la historia de la humanidad .
Mi pensamiento se dirige, pues, a las familias que tienen algún miembro enfermo. Es duro de aceptar la ausencia de un ser querido en casa. Sabed que la fidelidad de vuestro amor y vuestra presencia son muy importantes para el que sufre. Conservad el amor, y descubrid también vosotros las cualidades humanas que se revelan en quien ha de afrontar sus propias limitaciones. Ayudadle a conservar la esperanza, simplemente estando cerca de él para aliviar su soledad en el momento de la prueba .
* * *
La vida de trabajo y sacrificio de Juan Pablo II ha sido siempre muy intensa, hasta tal punto que puede parecer increíble. ¿De dónde saca esa capacidad de trabajo y las fuerzas para llevarlo a cabo? La razón de tan incansable actividad apostólica mana precisamente de su profunda vida de oración y trato con Dios. En una ocasión, siendo obispo de Cracovia, Monseñor Wojtyla enferma. ¿De qué padece? ¿Cuál es el diagnóstico? Se barajan muchas posibilidades. Al final, se determina de modo indudable una sola: agotamiento. Por eso el remedio es fácil. Dos semanas de descanso al aire libre.
La ancianidad, un tesoro
Mi pensamiento se dirige a todos los ancianos de la Iglesia que, con serenidad y alegría dan ejemplo de vida sinceramente cristiana, al mismo tiempo que comprenden que el misterio de la muerte debe ser aceptado con realismo, si bien sabemos que se transforma radicalmente en el Misterio Pascual de Nuestro Señor Jesucristo. Mi pensamiento se dirige a todos aquellos que están abrumados por el peso de la enfermedad o la incapacidad, a los que soportan la carga de la soledad, el rechazo o el miedo.
La vida de los ancianos nos ayuda a ver con más claridad la escala de los valores humanos; representa la continuidad de las generaciones y demuestra maravillosamente la interdependencia del pueblo de Dios. El anciano tiene muy a menudo el carisma necesario de evitar rupturas generacionales antes de que éstas se produzcan: ¿Cuántos niños han hallado comprensión y amor en las miradas, palabras y caricias de los ancianos? y cuántos ancianos han suscrito la inspirada afirmación de que "la corona del anciano son los hijos de los hijos"(Prov 17, 6) .
Es posible que a veces tengáis miedo de ser una carga para nosotros. Es posible incluso que se os haya dicho o hecho sentir, en efecto, que lo sois. Si eso es así, deseo pediros perdón. Es cierto que nos necesitáis, que necesitáis nuestra ayuda y cuidados, nuestras manos y nuestro corazón. Pero también nosotros os necesitamos a vosotros. Debéis permitir que se os dé mucho. Pero también vosotros nos dais mucho.
Lógicamente os alegráis por todas las cosas hermosas que habéis vivido y las cosas buenas que habéis hecho; también debéis dar gracias por todo eso. Pero ahora lo veis todo bajo una luz nueva y son muchas las cosas que valoráis de forma diversa a como lo hacíais antes. Ahora sabéis mejor lo que es realmente la vida, y ese conocimiento y esa sabiduría de la vida, acrisolada y madurada en vuestro dolor, podéis transmitírnosla a nosotros mediante todo lo que nos decís, mediante todo lo que vivís actualmente y mediante el modo en que lo soportáis. El Papa os da las gracias por esta predicación que vosotros hacéis mediante el dolor que soportáis pacientemente. Esa predicación no la puede sustituir púlpito alguno, ni escuela, ni lección alguna.
Ni los enfermos ni los ancianos son elementos marginales de la sociedad. Más bien pertenecen esencialmente a ella. Todos nosotros somos deudores suyos. En esta hora quiero daros las gracias a todos los que ofrecéis vuestro dolor y vuestra oración por las muchas miserias de la humanidad. Un sufrimiento soportado con paciencia se convierte en cierto modo en oración y en fuente fecunda de gracia. Por ello quiero pediros a vosotros: convertid vuestras habitaciones en capillas, contemplad la imagen del Crucificado y pedid por nosotros, ofreced sacrificios por nosotros, también por la actividad del Sucesor de Pedro, que confía de un modo muy especial en vuestra ayuda espiritual y os bendice a todos .
* * *
Al igual que Cristo, Juan Pablo II siempre se acerca y consuela al que sufre. Cuando ve a un enfermo o a un niño, se olvida del protocolo y va hacia él. Y coge al niño de la mano, o en brazos; y habla y bendice al enfermo dejándose abrazar por él. Y se queda tan feliz. ¿Cual es la razón? La razón se encuentra en el Evangelio. Dijo Jesús a los fariseos que insidiosamente le tentaban, después de que le mostraran un denario con el sello del César: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". El sello acuñado en la moneda indicaba quién era su dueño. El sello, la imagen y semejanza, que hay impresa en el hombre muestra que Dios es su Dueño. Esta imagen está especialmente marcada en la inocencia de los niños y en la cruz de los que sufren. Por eso son inmediatamente descubiertos por Juan Pablo II.
El hospital: el Calvario de hoy
El hospital tiene siempre algo de Calvario, porque allí, unidas al sacrificio del Redentor, se ofrecen vidas por la redención del mundo; como Jesús ofreció la suya al Padre por todos nosotros, pecadores, y por cuantos sufren y se asocian a su sufrimiento y al misterio de su redención. Pido al Señor lo mejor para vosotros: la salud, la alegría, la presencia de los seres queridos y, sobre todo, que os unáis a Cristo en su sacrificio salvador. Que no consideréis vuestras vidas, ni este tiempo de enfermedad, como realidades inútiles. Estos momentos pueden ser ante Dios los más decisivos para vuestras vidas, los más fructíferos para vuestros seres queridos y para los demás.
Jesús se acercó a los enfermos con amor y les tendió su mano bondadosa, para que reavivaran su fe y anhelaran más hondamente la salvación plena. Curó a muchos, pero sobre todo superó el sufrimiento, haciéndolo servir al misterio de su redención.
En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano. "Pasó haciendo el bien"(Heb 10, 38), y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba a los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto del cuerpo como del alma. Al mismo tiempo instruía, poniendo en el centro de sus enseñanzas las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal .
* * *
Tras la recuperación del atentado de 1981, se le diagnostica al Papa una infección debida a la transfusión de sangre que se le hizo, y debe reingresar en el hospital. El cirujano que le atendió, Dr. Crucitti, decía: "Ha sufrido mucho pero he visto triunfar en él la dimensión espiritual del hombre". Juan Pablo II proclamaba con su ejemplo la misma realidad de sus palabras: "La enfermedad, que en la experiencia diaria se percibe como una frustración de la fuerza vital natural, se convierte para los creyentes en una invitación a "leer" la nueva y difícil situación en la perspectiva propia de la fe. Fuera de ella, por otra parte, ¿cómo se puede descubrir, en el momento de la prueba, la aportación constructiva del dolor?, ¿cómo dar significado y valor a la angustia, a la inquietud, a los males físicos y psíquicos que acompañan a nuestra condición mortal?, y ¿qué justificación se puede encontrar para el declive de la vejez y para la meta final de la muerte que, a pesar de los progresos científicos y tecnológicos siguen subsistiendo inexorablemente?" .
El personal sanitario son los "buenos samaritanos" de hoy
¡Qué elocuente es esta parábola! Porque, aunque Jesús sitúe el relato en el camino de Jerusalén a Jericó, en Tierra Santa, la situación puede repetirse en cualquier sitio del mundo, ¡también aquí! Y, ciertamente, se habrá repetido más de una vez.
Cristo -el Buen Samaritano por excelencia, que cargó sobre Sí nuestros dolores- seguirá actuando a través de todos los cristianos. No a través de unos pocos, sino a través de todos, porque todos estamos llamados a una vocación de servicio. Esta vocación de servicio, que abarca todas las dimensiones de la existencia humana, encuentra su cauce apropiado y fecundo en la realización de cualquier trabajo honrado. Sin embargo, para algunos, esta misión de servicio reúne unas características singulares. Su trabajo les lleva a estar cerca de los que sufren, asumiendo los problemas de la salud, procurando aliviar el dolor que llega hasta ellos, adoptando continuamente la actitud de buen samaritano .
Para vosotros, agentes sanitarios, llamados a curar y promover la salud íntegra del hombre, la palabra de la cruz es un mensaje exigente. El Evangelio nos presenta en el camino que lleva al Calvario, a algunas personas que manifiestan su solidaridad con Cristo mediante palabras y gestos de amor y de compasión. La primera de todas es María. Junto a los enfermos, en quienes de alguna manera se prolonga la pasión de Jesús, estáis llamados a cumplir la misma misión. Vuestra profesión de médicos, enfermeros, técnicos y voluntarios resulta en este marco, muy significativa y rica de perspectivas. Vuestra obra no sólo requiere competencia profesional y técnica, sino también sensibilidad humana, espiritual y moral; requiere dedicación generosa, incluso para vencer la tentación de la indiferencia, el desinterés y el absentismo, dando testimonio de un amor siempre dispuesto a ser entregado, regalado. Tanto más, cuanto que es la fe la que inspira y sostiene vuestro trabajo .
Personal sanitario: ¡gracias por vuestra generosidad!
Vosotros realizáis un trabajo que el Señor elogia en el buen samaritano: "al verle (...) acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él"(Lc 10, 33-34). Seguid viendo en los enfermos al mismo Cristo. No dejéis que la rutina cosifique vuestro trabajo y os haga insensibles al sufrimiento. Compensad la falta de medios con vuestro amor, vuestra disponibilidad y vuestro ingenio. Y, sobre todo, ayudad siempre a los enfermos a comprender el significado del dolor dentro del plan salvífico de Dios.
La oración y la frecuencia de sacramentos -especialmente la Penitencia y la Eucaristía- os darán la fortaleza necesaria para llevar adelante vuestro compromiso con los que sufren. Y, con esa fuerza, ayudaréis a los enfermos a permanecer unidos a Dios acercándoles a los Sacramentos, a través de los cuales nos llega la gracia de Cristo .
La parábola del buen samaritano, que -como hemos dicho- pertenece al Evangelio del sufrimiento, camina con él a lo largo de la historia de la Iglesia y del cristianismo; a lo largo de la historia del hombre y de la humanidad. Esta parábola entrará, finalmente, por su contenido esencial, en aquellas desconcertantes palabras sobre el juicio final que Mateo ha recogido en su Evangelio: "Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; preso, y vinisteis a verme" (Mt 25, 34-46). A los justos que pregunten cuándo han hecho precisamente esto, el Hijo del Hombre responderá: "En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40). La sentencia contraria tocará a los que se comportaron diversamente: "En verdad os digo que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo"(Mt 25, 45) .
Acompañar como merece al amigo que se va
Estoy aquí especialmente para saludaros y abrazaros, pacientes de todas clases, pequeños y adultos, hermanos predilectos de Cristo paciente. Quiero expresaros en este momento la profunda simpatía que siento por cada uno de vosotros, expresaros toda mi comprensión por la enfermedad que soportáis en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu; quisiera hablar con vosotros, uno a uno, para infundiros aliento y valor .
Ante el misterio de la muerte el hombre se halla impotente; vacilan las certezas humanas. Pero, precisamente frente a ese desafío, la fe cristiana, si se la comprende y escucha en toda su riqueza, se presenta como fuente de serenidad y de paz. En efecto, a la luz del Evangelio, la vida del hombre asume una dimensión nueva y sobrenatural. Lo que parecía carecer de significado adquiere entonces sentido y valor.
La muerte es un momento realmente misterioso, un acontecimiento que es necesario rodear de afecto y de respeto. Junto a la persona que se debate entre la vida y la muerte, hace falta, sobre todo, una presencia amorosa. La fase terminal, que en otros tiempos solía contar con la asistencia de familiares en un clima de tranquilo recogimiento y de esperanza cristiana, en la época actual corre el peligro de desarrollarse con frecuencia en lugares llenos de gente y movimiento, bajo el control de personal médico preocupado principalmente por los aspectos biofísicos de la enfermedad.
La conciencia de que el moribundo se apresta a encontrarse con Dios para toda la eternidad debe impulsar a los familiares, a los seres queridos, al personal médico y religioso, a acompañarlo en ese momento tan decisivo de su existencia con solicitud atenta en todos los aspectos, incluido el espiritual, de su condición.
A todos los moribundos no les debe faltar el afecto de sus familiares, la atención de los médicos y enfermeros y el consuelo de los amigos. La experiencia enseña que, por encima de los consuelos humanos, reviste una especial importancia la ayuda que le proporciona al moribundo la fe en Dios y la esperanza en la vida eterna .
El sacramento de la Reconciliación
El pecado no es un simple error humano, y no comporta sólo un daño para el hombre: es una ofensa hecha a Dios, en cuanto que el pecador viola su ley de Creador y Señor, y hiere su amor de Padre. No se puede considerar el pecado exclusivamente desde el punto de vista de sus consecuencias psicológicas: el pecado adquiere su significado de la relación del hombre con Dios.
Es Jesús quien -de manera especial en la parábola del hijo pródigo- nos hace comprender que el pecado es ofensa al amor del Padre, cuando describe el desprecio ultrajante de un hijo hacia la autoridad y la casa de su padre. ¡Cuánta esperanza ha encendido en los corazones! ¡Cuántos retornos a Dios ha facilitado, a lo largo de los siglos cristianos, la lectura de esta parábola, referida por Lucas, quien con plena razón ha sido definido "el escribano de la mansedumbre de Cristo". El sacramento de la penitencia pertenece a la revelación que Jesús nos hizo del amor y de la bondad paterna de Dios.
Como herederos de la misión y del poder de los Apóstoles, los presbíteros en la Iglesia, perdonan los pecados en nombre de Cristo. El papel activo del cristiano en el sacramento de la penitencia consiste en reconocer sus propias culpas con una confesión que, salvo casos excepcionales, se hace individualmente al sacerdote; con la manifestación del propio arrepentimiento por la ofensa hecha a Dios: contrición; con la sumisión humilde al sacerdocio institucional de la Iglesia, para recibir el signo eficaz del perdón divino; con el ofrecimiento de la satisfacción impuesta por el sacerdote como símbolo de participación personal en el sacrificio reparador de Cristo, que se ofreció al Padre como hostia por nuestras culpas; y finalmente, con la acción de gracias por el perdón obtenido.
Conviene recordar que todo cuanto hemos dicho, es preciso para el pecado que rompe la amistad con Dios y priva de la "vida eterna", y que por ello, se llama "mortal". Hay que recurrir al sacramento incluso cuando se ha cometido un solo pecado mortal. Pero el cristiano que cree en la eficacia del perdón sacramental recurre al sacramento también fuera del caso de necesidad, con una cierta frecuencia, y encuentra en él el camino de una creciente delicadeza de conciencia y de una purificación cada vez más profunda, una fuente de paz, una ayuda en la lucha contra las tentaciones y en el esfuerzo por llevar una vida más acorde con las exigencias de la ley y del amor de Dios .
b) En su propio ser
Este segundo apartado tiene una finalidad bien distinta a la precedente, pues está orientada casi en exclusiva a los enfermos. ¿Acaso no iba dirigida a ellos también la primera? Sí, pero no sólo a ellos.
Ahora, en cambio, ofrecemos -a modo de puntos de meditación- los textos del Papa que nos han parecido más entrañables y consoladores para aquellos a los que el dolor les hace difícil no sólo leer sino incluso prestar atención a largos discursos. Son palabras llenas de cariño humano y sobrenatural, seleccionadas de entre tantas como ha dirigido en sus constantes visitas y alocuciones a los que sufren en su propio cuerpo.
El lector percibirá que Juan Pablo II observa el misterio del dolor fijándose siempre en la Cruz de Cristo; pero lo hace desde diversos puntos de vista, de forma que una relectura meditada aportará la paz y la serenidad que no nos es posible ahora comunicar con palabras.
La predilección del Papa por los enfermos
¡Queridísimos hermanos y hermanas! Bien sabéis vosotros que el Papa, a imitación de Jesús, de quien es Vicario en la tierra, tiene predilección por los enfermos y por los que sufren. Por eso, quiero encontrarme con vosotros, para hablaros de corazón a corazón, y dejaros un mensaje de fe, deciros unas palabras de ánimo y esperanza .
Visto con los ojos de la fe, el sufrimiento, si bien puede presentarse como el aspecto más oscuro del destino del hombre en la tierra, permite transparentar el misterio de la Divina Providencia, contenido en la revelación de Cristo, y de un modo especial en la cruz y su resurrección.
Gradualmente y con la ayuda de la fe alimentada por la oración se descubre el verdadero sentido del sufrimiento que cada cual experimenta en su propia vida .
Hace unos días me vi obligado a una breve estancia en el hospital, a raíz de la caída que tuve(...). Para mí es una nueva ocasión de unirme más íntimamente al misterio de la cruz de Cristo, en comunión con tantos hermanos y hermanas que sufren. Acojo también esta prueba de las manos de Dios, que dispone todo en sus planes providenciales, y la ofrezco para el bien de la Iglesia y para la paz entre los hombres .
Estoy muy unido a todos los que sufrís
A vosotros, queridos enfermos de todos los rincones del mundo deseo anunciaros la presencia viva y consoladora del Señor. Vuestros sufrimientos, acogidos y sostenidos por una fe inquebrantable, unidos a los de Cristo, adquieren un valor extraordinario para la vida de la Iglesia y el bien de la humanidad.
A través de todos los siglos se han escrito páginas admirables de heroísmo en el sufrimiento aceptado y ofrecido en unión con Cristo. Y se han llenado páginas no menos espléndidas mediante el servicio humilde hacia los pobres y los enfermos, en cuya carne herida se ha reconocido la presencia de Cristo, pobre, crucificado .
Conozco el sufrimiento que produce la incapacidad física, la debilidad propia de la enfermedad, la carencia de energías para el trabajo, el no sentirse en forma para desarrollar una vida normal. Pero sé también -y quisiera hacéroslo ver a vosotros- que ese sufrimiento tiene otra vertiente sublime: da una gran capacidad espiritual, porque el sufrimiento es purificación para uno mismo y para los demás, y si es vivido en la dimensión cristiana puede convertirse en don ofrecido para completar en la propia carne "lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia"(Col 1, 24).
Por esto el sufrimiento capacita para la santidad, dado que encierra grandes posibilidades apostólicas y tiene un valor salvífico excepcional cuando va unido a los sacrificios de Cristo.
En la Carta Apostólica Salvifici doloris he hablado largamente del sentido cristiano del sufrimiento. Quisiera que esa Carta fuera como una guía para vuestra vida, de forma que contempléis siempre vuestra situación a la luz del Evangelio, fijando la mirada en Jesucristo crucificado, Señor de la vida, Señor de nuestra salud y de nuestras enfermedades, Dueño de nuestros destinos .
* * *
Cenaba el Papa con más de ciento treinta mendigos en el Hospicio de Roma. Era el 3 de enero de 1988, y allí Juan Pablo II les hizo esta confidencia: "Es cierto que en la vida del Papa hay muchos y variados compromisos, pero quizá algún día Jesús pregunte al Papa: Tú que has hablado con ministros, presidentes, cardenales y obispos, ¿no has tenido tiempo para encontrarte con los pobres, con los necesitados? Y entonces, este encuentro resultará más importante que muchos otros".
Ayudáis a la salvación del mundo entero
Queridísimos hermanos y hermanas que sufrís: Cada contacto con vosotros, sea cual fuere el lugar donde haya ocurrido, ha sido una fuente de profunda conmoción en mi espíritu. Siempre he sentido la insuficiencia de las palabras que habría podido deciros para expresar con ellas mi compasión humana. Y esta misma impresión tengo hoy. Y la tengo siempre. Sin embargo, permanece como única esta dimensión, la dimensión de la realidad única por la que el sufrimiento humano se transforma esencialmente.
Esta dimensión, esta realidad es la cruz de Cristo. Sobre la cruz, el Hijo de Dios consumó la redención del mundo. Y a través de este misterio, cada cruz colocada sobre las espaldas del hombre adquiere una dignidad humanamente inconcebible, se hace signo de salvación para el que la lleva y también para los demás .
La alegría de estar en gracia de Dios
La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima, lo vuelve válido para la eternidad . Jesús es el fundamento de la alegría. La alegría cristiana es una realidad que no se describe fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio.
Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del hombre, no puede menos de experimentar en lo íntimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo. ¡No apaguéis esta alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Manifestad vuestra alegría! ¡Acostumbraos a gozar de estar alegría! Es la alegría de la luz interior que nos hace conocer el significado de la vida y de la historia; es la alegría de la presencia de Dios en el alma mediante la gracia; es la alegría del perdón de Dios, mediante sus sacerdotes, cuando por desgracia se ha ofendido a su infinito amor, y arrepentidos se regresa a los brazos del Padre; es la alegría de la espera de la felicidad eterna, por la que la vida se entiende como un "éxodo", una peregrinación bien comprometidos con las vicisitudes del mundo .
* * *
En otra ocasión, salía Juan Pablo II de visitar un hospital cuando tuvo lugar un episodio que conmovió a los que le rodeaban. Un hombre de unos cincuenta años, con cáncer de laringe, al ver pasar al Papa junto a su cama se avalanzó sobre él, le agarró una mano con fuerza como se agarra a una cuerda alguien que se cae al vacío, y entre sollozos se la llevó a la garganta. El Papa le dejó hacer, le miró con gran ternura, y estuvo unos momentos intensos y largos junto a él. Después, tras consolarle, le bendijo.
Estamos todos los hombres unidos por el dolor
Queridísimos hermanos, el sufrimiento es un gran misterio, pero con la gracia de Jesucristo se convierte en un camino seguro hacia la felicidad eterna .
El sufrimiento es una realidad terriblemente verdadera y tal vez incluso atroz y desgarradora. Dolores físicos, morales, espirituales afligen a la pobre humanidad de todos los tiempos .
Los hombres que sufren se hacen semejantes entre sí a través de la analogía de la situación, la prueba del destino o mediante la necesidad de comprensión y atenciones; quizá sobre todo mediante la persistente pregunta acerca del sentido de tal situación. Por ello, aunque el mundo del sufrimiento exista en la dispersión, al mismo tiempo contiene en sí un singular desafío a la comunión y la solidaridad .
Los enfermos ayudan más al mundo que los sanos
Os invito, queridos enfermos a confiar en el gran amor de Cristo por el que sufre. Dios nos ha amado y, rico en misericordia, ha querido establecer una comunión más íntima con nosotros, precisamente allí donde nuestra naturaleza topa con sus limitaciones y su fragilidad: en el sufrimiento. Y lo ha hecho mediante su Hijo crucificado. Dios ama, pues, al que es pobre y está enfermo; mientras el hombre podría sentirse tentado de considerar sólo digna de ser vivida la vida que "produce", la que transforma el mundo, la que es eficiente, Él en su Hijo, nos instruye sobre el amor hacia el que sufre; y nos ayuda a considerar, de este modo, que el hombre en el sufrimiento se muestra más capaz de expresar los valores humanos del espíritu, tales como la amistad, el afecto, la cooperación con el amor, es decir, todas esas cualidades que en el dolor y en la necesidad quedan más exaltadas y captadas con mayor profundidad. Por esto deseo pediros que consideréis los momentos de vuestro sufrimiento como una vocación misteriosa .
* * *
En otra ocasión visitaba Juan Pablo II un barrio de chabolas en Brasil. En un momento dado tomó a un niño pequeñín, le aupó y le besó. Después, cruzando por el barro, entró en un barracón. Ante la mirada atónita de todos, se quitó el anillo pontificio y se lo entregó a los habitantes de las chabolas para que lo vendiesen y aliviar así en algo la miseria que les rodeaba. Ahora lo tienen como su más precioso tesoro, el del amor del Papa.
El alivio de ser palanca en el mundo
El hombre, creado por Dios y elevado por Él a la sublime dignidad de hijo, lleva en sí un ansia indeleble de felicidad y siente una natural adversión a toda clase de sufrimiento. Jesús, en cambio, en su obra evangelizadora, incluso inclinándose sobre los enfermos y achacosos para curarlos y consolarlos, no ha suprimido precisamente el sufrimiento, sino que ha querido someterse Él mismo a todo el dolor humano posible, el moral y el físico. Por eso, ha declarado bienaventurados a los afligidos y a los que tienen hambre y sed de justicia. ¡La redención se efectúa concretamente a través de la Cruz! .
Sólo una vida de fe sinceramente aceptada e intensamente vivida puede iluminar en sus raíces el misterio del dolor, aliviarlo con el aliento de la esperanza, con la fuerza de la caridad, llegar incluso a transformarlo en alegría y hacer de él una de las palancas que levantan al mundo .
Abandonaos en las manos amorosas de Dios
Ahora, Dios ha permitido que yo mismo pruebe en estos momentos en mi propia carne el sufrimiento y la debilidad. Así me siento más cercano a vosotros. Comprendo así mucho mejor vuestra prueba .
El abandono confiado en Dios no es una especie de refugio fácil, confortante y, en definitiva, alienante. Es verdaderamente necesaria una gracia especial para ser capaces de tal abandono en Dios. Pero el Señor está allí, pronto para concederla, de manera que el sufrimiento se haga garantía de recompensa eterna, y también desde ahora, motivo de reflexión y de ejemplo para los que nos observan de cerca. Él, que ha prometido no dejar sin recompensa al que realiza un simple gesto de cortesía por amor a Él(Cfr. Mt 10, 42), ¿cuánto más mirará con benignidad al que ha hecho don total de sí mismo para Él, en la situación de su enfermedad? .
Jesús, con su muerte revela que al final de la vida el hombre no está destinado a sumergirse en la oscuridad, en el vacío existencial, en la vorágine de la nada, sino que está invitado al encuentro con el Padre, hacia el que se ha movido en el camino de la fe y del amor durante toda la vida, y en cuyos brazos se ha arrojado con santo abandono en la hora de la muerte .
* * *
En 1979 hizo Juan Pablo II un viaje apostólico a Turquía. Por aquellas fechas el país vivía en medio de una ola tremenda de terrorismo. Durante su estancia en aquella nación, un peligroso terrorista que había amenazadado con matar al Papa se había fugado de la cárcel. Se trataba de Alí Agcá, autor del atentado de 1981. Al regreso del viaje, una conocida periodista preguntó al Santo Padre si había tenido miedo. Él respondió: "Debes saber que cuando el amor es más fuerte, más grande que el peligro, nunca se tiene miedo; además, nunca olvides que estamos en las manos de Dios..."
El consuelo de mirar a Jesucristo
Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, ha vivido todo lo que constituye el valor de nuestra naturaleza humana, cuerpo, espíritu y corazón, en una relación con los demás plenamente libre, marcada con el sello de la verdad y llena de amor. Toda su vida y en todas sus palabras manifestó esa libertad, esa verdad, ese amor, y, especialmente, el don voluntario de su vida por los hombres. No dudó en proclamar así el programa de un mundo bienaventurado; sí, bienaventurado, sobre el camino de la pobreza, de la mansedumbre, de la justicia, de la esperanza, de la misericordia, de la pureza, de la paz, de la fidelidad hasta sufrir persecución; y dos mil años más tarde, ese programa sigue inscrito en el centro de nuestra comunidad. Él es el Redentor del hombre. ¿Cómo nos atrevemos a decir esto? La vida terrena de Cristo fue breve, y más breve todavía su actividad pública. Pero su vida es única, su personalidad es única en el mundo. No es para nosotros solamente un hermano, un amigo, un hombre de Dios. Reconocemos en Él al Hijo único de Dios, que es una sola cosa con Dios Padre y que el Padre ha dado al mundo. Y precisamente porque Cristo comparte a la vez la naturaleza divina y nuestra naturaleza humana, la ofrenda de su vida, en su muerte y en su resurrección, nos alcanza a nosotros, los hombres de hoy, nos salva, nos purifica, nos libera, nos eleva .
Viviremos eternamente la misma vida de Dios
Jesús ha venido para dar la respuesta definitiva al deseo de vida y de infinito que el Padre celeste, creándonos, ha inscrito en nuestro ser. Cristo proclama: "Yo soy la vida"(Jn 14, 6), y también: "Yo he venido para que tengan vida"(Jn 10, 10). ¿Pero qué vida? La intención de Jesús es clara: la misma vida de Dios, que está por encima de todas las aspiraciones que pueden nacer en el corazón humano. Efectivamente por el bautismo, nosotros ya somos hijos de Dios(Cfr. 1 Jn 3, 1-2).
Jesús ha salido al encuentro de los hombres, ha curado a los enfermos y a los que sufren, ha liberado endemoniados y resucitado muertos. Se ha entregado a sí mismo en la cruz y ha resucitado, manifestándose de esta forma como el Señor de la vida: autor y fuente de la vida inmortal .
* * *
Cuando Teresa de Calcuta decidió abrir en la ciudad de Roma, una de sus casas de atención a los más pobres de entre los pobres, se lo pidió al Papa, quien le dijo que fuera cuando quisiera. Entonces el Papa le preguntó: "¿Qué es sacrificio, madre Teresa?" A lo que ella contestó: "Dar hasta que duele".
El Papa os da las gracias
Mi pensamiento se dirige a todos aquellos que están abrumados por el peso de la enfermedad o la incapacidad, a los que soportan la carga de la soledad, el rechazo o el miedo .
El Papa os da las gracias por esta predicación que vosotros hacéis mediante el dolor que soportáis pacientemente. Esa predicación no la puede sustituir púlpito alguno, ni escuela, ni lección alguna.
En el centro de vuestra vida está la cruz. Muchos huyen de ella. Pero quien pretende escapar de la cruz -además de no conseguirlo- no encuentra la verdadera alegría. A vosotros, queridos enfermos, os ha sido puesta en los hombros. Nadie os ha preguntado si la queréis. Enseñadnos a nosotros, los sanos, a aceptarla a su debido tiempo y a cargar valientemente con ella, cada cual a su modo. Es siempre una parte de la cruz de Cristo. Lo mismo que Simón de Cirene, también nosotros hemos de cargarla con Él un trecho del camino.
Ni los enfermos ni los ancianos son elementos marginales de la sociedad. Más bien pertenecen esencialmente a ella. Todos nosotros somos deudores suyos. En esta hora quiero daros las gracias a todos los que ofrecéis vuestro dolor y vuestra oración por las muchas miserias de la humanidad. Un sufrimiento soportado con paciencia se convierte en cierto modo en oración y en fuente fecunda de gracia. Por ello quiero pediros a vosotros: convertid vuestras habitaciones en capillas, contemplad la imagen del Crucificado y pedid por nosotros, ofreced sacrificios por nosotros, también por la actividad del Sucesor de Pedro que confía de un modo muy especial en vuestra ayuda espiritual y os bendice a todos .
¡No estáis solos en vuestro dolor!
Sé muy bien lo difícil que es hablar de la enfermedad. Y, a pesar de ello, sé que en lo más profundo de vosotros mismos comprendéis que en el camino de la vida hay un paso inevitable, una etapa difícil que debemos recorrer alguna vez. A menudo os preguntáis de dónde viene esta especie de enemigo, pero no podéis descubrirlo ni darle nombre. Es un aspecto del misterio del mal, que pesa sobre toda la humanidad entera y que nos atañe a todos de muy diversas maneras. Creados por Dios para vivir y ser buenos, nos descubrimos frágiles y pecadores, pero no debemos nunca juzgar a nadie. Recordad el ejemplo de Jesús, cómo en la Cruz pide a su Padre que perdone a los que lo hacen sufrir, y añade "porque no saben lo que hacen".
La enfermedad es una "prueba" en el camino de la vida, un momento difícil en el que el cuerpo se halla debilitado y es difícil esperar. Pero quiero a todos deciros, en nombre de la fe, que tenéis motivos de esperanza y que no os halláis solos en la prueba. El Hijo de Dios hecho hombre que se identificó con el hombre que sufre, sufrió Él mismo para ir mucho más lejos venciendo el mal del pecado y la muerte. Él resucitó y está vivo. Está presente con vosotros y en vosotros. Podéis contar con su apoyo para avivar vuestro valor y afrontar la prueba, e incluso aceptarla .
* * *
La asidua contemplación que Juan Pablo II hace de la tradicional devoción cristiana del Via Crucis, ofrece una gran luz para descubrir dónde busca y encuentra las respuestas a los interrogantes que sobre el sufrimiento se hace el hombre. Por eso, después del sufrimiento padecido tras el atentado, el Papa dijo: "Me ha permitido comprender claramente y hasta el fondo que ésta -la prueba del dolor- es una gracia especial para mí mismo como hombre y, a la vez -teniendo en cuenta el servicio que realizo como Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro- una gracia para la Iglesia. Juzgo que ha sido una gracia particular que me ha hecho, y por esto expreso mi gratitud al Espíritu Santo".
Un beso de Dios que sana el cuerpo y el alma
La Iglesia, a ejemplo de su Redentor, Jesús, desea estar siempre cercana a los que sufren. Pide por ellos en la oración. Les ofrece consuelo y esperanza. Les ayuda a encontrar sentido en medio de su dolor y de su miedo, enseñándoles que el sufrimiento no es un castigo de Dios. Antes bien, la Iglesia apunta hacia Cristo quien, con su muerte y resurrección redimió todo sufrimiento humano, dando así sentido a todo el misterio de la existencia humana.
La Iglesia ofrece gracia y fuerza mediante el sacramento de la unción de enfermos. De este modo, el Señor en su amor y piedad, ayuda al enfermo con la gracia del Espíritu Santo; lo libra del pecado, lo salva y lo levanta. Este sacramento de la Iglesia es una experiencia confortante, estimulante y santificante para el enfermo; es un encuentro personal con Cristo, el Redentor y Salvador de la humanidad .
Jesucristo es nuestra esperanza
Queridos enfermos, conozco de cerca vuestra situación, porque me ha tocado vivirla. Me refiero a esa situación de postración en la que las fuerzas naturales decrecen y, de alguna manera, el hombre parece reducido a un objeto en manos de sus cuidadores. La postración e inactividad forzada pueden provocar en el enfermo la tentación de concentrarse en sí mismo. No es por eso extraño que la enfermedad pueda acercar al Señor o pueda conducir a la desesperación. Pero la enfermedad es siempre un momento de especial cercanía de Dios al hombre que sufre.
Jesús se acercó a los enfermos con amor y les tendió su mano bondadosa, para que reavivaran su fe y anhelaran más hondamente la salvación plena. Curó a muchos, pero sobre todo superó el sufrimiento, haciéndolo servir al misterio de su redención .
No podemos vivir sin esperanza. Hay que tener una finalidad en la vida, un sentido para nuestra existencia. Tenemos que aspirar a algo. Sin esperanza comenzamos a morir. La esperanza viene de Dios, de nuestra fe en Dios. Los que tienen esperanza son los que creen que Dios les creó para algo y que Él proveerá cuanto necesiten. Creen que Dios les ama como Padre fiel. ¿Recordáis el consejo que dio Jesús a sus discípulos cuando parecían tener miedo al futuro? Les dijo: "No os preocupéis de vuestra vida, por lo que habéis de comer; ni de vuestro cuerpo, por lo que habéis de vestir; porque la vida es más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido. Mirad los cuervos, que ni hacen sementera ni cosecha, que no tienen despensa ni granero, y Dios los alimenta; ¿cuánto más valéis vosotros que un ave?"(Lc 12, 29). Sí, Dios conoce todas nuestras necesidades. Él es el cimiento de nuestra esperanza .
* * *
Una celebración de la Misa para más de trescientos enfermos, en una tarde de septiembre. Muchos pensaban que habría terminado antes de las ocho, pero dieron las diez de la noche y todavía seguía el Papa saludando uno a uno a los asistentes. Un periodista dijo que el Papa, como Dios, "sólo sabe contar hasta uno", y es que no ve más que un solo rostro en todos y cada unos de los hombres, sanos o enfermos, ricos o pobres, blancos o negros, y es el rostro de Jesucristo.
Junto al que sufre está siempre María Santísima
Es ante todo consolador -como es evangélica e históricamente exacto- notar que al lado de Cristo, en primerísimo y muy destacado lugar junto a Él, está siempre su Madre Santísima por el testimonio ejemplar que con su vida entera da a este particular Evangelio del sufrimiento. En Ella los numerosos e intensos sufrimientos se acumularon en una tal conexión y relación, que si bien fueron prueba de su fe inquebrantable, fueron también una contribución a la redención de todos (...).
Su subida al Calvario, su "estar" a los pies de la cruz junto con el discípulo amado, fueron una participación del todo especial en la muerte redentora del Hijo, como, por otra parte, las palabras que pudo escuchar de sus labios, fueron como una entrega solemne de este típico Evangelio que hay que anunciar a toda la comunidad de los creyentes(...). Ciertamente, Ella tiene títulos especialísimos para poder afirmar lo de completar en su carne -como también en su corazón- lo que falta a la pasión de Cristo .
Estar cerca de la Virgen que tanto nos quiere
Este amor de la Virgen que nos rodea constantemente nació al pie de la Cruz, cuando encomendó a María que cuidase a Juan, su discípulo amado: "Aquí tienes a tu hijo"(Jn 19, 26). Creemos que en aquel único hombre, Cristo le confió a cada hombre, y al mismo tiempo despertó en su Corazón un amor tal que fuera reflejo materno de su propio amor redentor.
Creemos que somos amados con este amor, que estamos rodeados por él, es decir, por el amor de Dios, que se ha revelado en la redención , y por el amor de Cristo, que ha realizado esta redención mediante la cruz, y finalmente por el amor de la Madre, que estaba junto a la cruz y que recibió a todo hombre en su Corazón desde el Corazón del Hijo.
Amar quiere decir estar cercano a la persona a quien se ama; significa estar cercano al amor con el que soy amado. Amar significa también recordar. Caminar de alguna manera con la imagen de la persona amada en los ojos y en el corazón. Quiere decir meditar en el amor con el que soy amado, y profundizar cada vez más en su grandeza divina y humana .
"Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre"(Lc 1, 42). Son palabras que dirigió Isabel a María al oír su saludo el día de su Visitación. María está espiritualmente presente en medio de nosotros: hemos oído resonar su voz en esta página evangélica. Nosotros miramos ahora a María con los mismos ojos con los que miró Isabel, cuando la vio llegar con paso presuroso y escuchó la voz de su saludo.
He aquí, queridísimos hermanos y hermanas, lo que nos ha querido decir ahora la Virgen. Si sabemos escuchar su voz, Ella repetirá por nosotros aquellas palabras: "Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo"(Is 66, 13) .
* * *
Cuenta Monseñor Martínez, obispo auxiliar de Madrid, que en una ocasión almorzaba con el Papa tras una jornada intensísima para el Santo Padre. Juan Pablo II contestaba a la pregunta de un obispo allí invitado sobre el ajetreado horario habitual del Papa, por lo que lleno de compasión, un invitado interpeló: "Pero Santo Padre, tendrá algo de tiempo libre". El Papa dejó caer el cuchillo de postre con el que jugueteaba y dijo, sin vacilar ni un instante: "No, no; si todo esto es libre". Y es que sólo quien es libre puede dar la vida, puede amar.
Seguir al Señor generosamente
Queridos hermanos y hermanas, si el Señor dice a cada uno de vosotros: "Ven y sígueme", os invita y os llama a participar en la misma transformación, en la misma transmutación del mal del sufrimiento en el bien salvífico: de la redención, de la gracia, de la purificación, de la conversión (...) para sí y para los demás, decirle que sí. Os deseo una transformación tal que sea un milagro interior todavía mayor que el milagro de la curación.
Jesús quiere que por el sufrimiento y en torno al sufrimiento crezca el amor, la solidaridad de amor, esto es, la suma de aquel bien que es posible en nuestro mundo humano. Bien que no se desvanece jamás.
El Papa que quiere ser siervo de este amor, besa la frente y las manos de todos cuantos contribuyen a la presencia de este amor y a su crecimiento en nuestro mundo. Él sabe, en efecto, y cree besar la frente y las manos del mismo Cristo que está místicamente presente en quienes sufren y en quienes, por amor, sirven al que sufre .
Dios consuela más que los familiares y amigos
Sólo el hombre que es capaz de acoger el amor misericordioso será capaz de darlo sin egoísmos. Por eso, para Jesús los enfermos son uno de los signos de la dignidad humana; se entrega a ellos y nos invita a servirles, como expresión de amor genuino al hombre. Toda enfermedad grave suele pasar por momentos de desaliento radical, en los que surge la pregunta del porqué de la vida, precisamente porque nos sentimos desarraigados de ella. En esos momentos, la presencia silenciosa y orante de los amigos ciertamente nos ayudan con eficacia. Pero en última instancia sólo el encuentro con Dios será capaz de decir en lo más herido de nuestro corazón la palabra misteriosa y esperanzadora .
* * *
Para Juan Pablo II, el que sufre, sea quien sea, es Cristo. Al margen de su raza, ideología o condición. Por eso llega enseguida al corazón de los que trata. Con el socialista Sandro Pertini, siendo éste presidente de la República italiana, le unió una tan profunda amistad que ambos amigos no dejaron de tratarse ni siquiera cuando la enfermedad o el atentado del 13 de mayo se lo dificultó. La amistad con Pertini comenzó al encanto de una cosa tan aparentemente sencilla: los dos adoraban a sus madres. Tampoco dejaría de visitar a su "hermano" -así llamó desde el primer momento al que atentó contra su vida- Alí Agcá, en la cárcel.
Jesús y María siguen pendientes de los que sufren
En su actividad en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humanos. "Pasó haciendo el bien"(Heb 10, 38), y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba a los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto del cuerpo como del alma. Al mismo tiempo instruía, poniendo en el centro de sus enseñanzas las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal .
María Santísima tiene un papel esencial en ese hacernos comprender y aceptar el misterio de la cruz. Ella nos introduce en ese misterio con sabiduría materna; prepara nuestra debilidad, comenzando por hacernos sentir el poder beneficioso de su Hijo. No nos guía María al misterio de la cruz sólo como Maestra, sino como copartícipe de ese misterio. Ella sufre con Jesús y sufre con nosotros. María nos enseña, a ejemplo de Jesús, todas las virtudes necesarias para afrontar y vencer cualquier clase de mal: la valentía, la fortaleza, la paciencia, el espíritu de sacrificio, la santa resignación a la voluntad divina .
El tiempo del sufrimiento puede ser el más fecundo
El hospital tiene siempre algo de Calvario, porque allí, unidas al sacrificio del Redentor, se ofrecen vidas por la redención del mundo. Como Jesús ofreció la suya al Padre por todos nosotros, pecadores, y por cuantos sufren y se asocian a su sufrimiento y al misterio de su redención. Pido al Señor lo mejor para vosotros: la salud, la alegría, la presencia de los seres queridos y, sobre todo, que os unáis a Cristo en su sacrificio salvador. Que no consideréis vuestras vidas, ni este tiempo de enfermedad, como realidades inútiles. Estos momentos pueden ser ante Dios los más decisivos para vuestras vidas, los más fructíferos para vuestros seres queridos y para los demás .
Vosotros que vivís bajo la prueba, que os enfrentáis con el problema de la limitación, del dolor, de la soledad interior frente a él, no dejéis de dar sentido a esa situación. Tiene un gran valor sobrenatural vuestro sufrimiento. Y sois, además, una constante lección para todos nosotros, una lección que nos invita a relativizar tantos valores y formas de vida. Sois una lección que nos enseña a vivir mejor los auténticos valores, los del Evangelio, y desarrollar la solidaridad, la bondad, la ayuda, el amor .
* * *
En Abril de 1994, el Papa tuvo un nuevo percance que le hizo sufrir otra vez. Se fracturó la cadera, la cabeza del fémur, como consecuencia de una caida en la ducha. También, pocos meses antes, se había roto la muñeca durante una audiencia sin por ello -lleno de dolor- dejar de saludar uno a uno a todos los asistentes. Todo lo lleva con la alegría de quien ve a su Padre Dios que le visita y "juega" con él.
Al llegar al Policlíno Gemelli de Roma, con su habitual buen humor, a uno de los enfermeros le dijo: "Bueno, yo aquí ya soy de casa". Obediente a los médicos dedicó todo el tiempo previsto a la rehabilitación, pero sin dejar de despachar todos los asuntos del gobierno de la Iglesia. Hasta últimos de mayo fue dado de alta.
Tres consejos luminosos
Queridos enfermos, yo quisiera dejar en vuestro recuerdo y en vuestros corazones tres pequeñas luces que me parecen preciosas. Primero, que sea cual fuere vuestro sufrimiento, físico o moral, personal o familiar, conviene que toméis claramente conciencia de él sin minimizarlo ni exagerarlo y con todas las consecuencias que engendra en vuestra humana sensibilidad: contratiempos, inutilidad de vuestra vida, etc. Segundo, es indispensable avanzar por el camino de la aceptación. Sí, aceptar que sea así, no por resignación más o menos ciega, sino porque la fe nos asegura que el Señor puede y quiere sacar bien del mal. Finalmente, en tercer lugar, queda por realizar el gesto más bello: el de la oblación. La ofrenda realizada por amor al Señor y a nuestros hermanos, permite alcanzar un grado, a veces muy elevado, de caridad teologal, esto es, de gastarse en el amor de Cristo y de la Santísima Trinidad por los hombres.
Estas tres etapas vividas por cada uno de los que sufren, según su ritmo y su gracia, le proporcionan una maravillosa liberación interior, cumpliéndose aquello de "el que pierda su vida por mí, la hallará"(Mt 16, 25) .
Con Cristo el dolor se hizo puerta del cielo
Muy queridos enfermos, mi pensamiento va a todos los que, como vosotros , están en este momento visitados por el sufrimiento. A vosotros me dirijo para expresaros mi afecto y manifestaros el agradecimiento de la Iglesia, que ve en vosotros una porción elegida del Pueblo de Dios en camino por los senderos de la historia hacia la morada feliz del cielo.
El Verbo encarnado, que quiso sufrir y morir en cruz, llagado, sediento y desangrado, es quien puede comprender vuestro estado de ánimo, estar a vuestro lado en los momentos de oscuridad y deciros al corazón la palabra que ilumina y consuela .
Cristo se acercó, sobre todo, al mundo del sufrimiento humano por el hecho de haber asumido este sufrimiento en sí mismo. Durante su actividad pública probó no sólo la fatiga, la falta de una casa, la incomprensión por parte de los más cercanos; sino que, sobre todo, estuvo rodeado cada vez más herméticamente por un círculo de hostilidad y se hicieron cada vez más palpables los preparativos para quitarle de entre los vivos. Cristo era consciente de esto y muchas veces hablaba a sus discípulos de los sufrimientos y de la muerte que le esperaba (...). Esta obra, en el designio del amor eterno, tiene un carácter redentor .
* * *
Un pequeño detalle ocurrido en el último viaje a Japón. La temperatura era de 10º bajo cero y caía la nieve. Durante la Misa un seminarista protegía con un paraguas al Papa. Sus manos, moradas del frío, estaban ateridas, insensibles. Juan Pablo II se da cuenta, y al terminar, tomando las manos del seminarista entre las suyas, comienza a frotarlas y a darles calor.
Como en el parto, del dolor nace de nuevo la vida
Queridos enfermos, a todos saludo y a todos dirijo mi estímulo y mi aprecio en nombre del Señor Jesús, el cual durante el tiempo de su vida terrena, privilegió a los enfermos y curó toda clase enfermedades. ¿Qué os diré? Os renuevo una vez más mi saludo y mi afecto especial. Y luego os diré que os amo de verdad: no sólo por la caridad que todos nos debemos mutuamente, sino también por el título particular que os hace participar más que los demás en el misterio de la cruz y de la redención; os amo porque el dolor os confiere una dignidad que merece preferencia de afecto; os amo porque veo en vosotros los tesoros de la Iglesia, la cual se enriquece continuamente con el don de vuestros sufrimientos; os amo porque peregrináis al cielo, siguiendo un sendero duro y áspero y pasáis a través de la puerta estrecha; os amo porque os pertenece la bienaventuranza reservada por Cristo a los que sufren. ¡Benditos seáis!
Sabed aceptar y vivir bajo esta luz vuestras experiencias de dolor: no rehuséis jamás ofrecer al Señor y a la Iglesia el don de vuestros sacrificios y sufrimientos ocultos: vosotros mismos seréis los primeros en tener mérito y recompensa .
En la intención divina los sufrimientos están destinados a favorecer el crecimiento del amor y, por esto, a ennoblecer y enriquecer la existencia humana. El sufrimiento nunca es enviado por Dios con la finalidad de aplastar, ni disminuir a la persona humana, ni de impedir su desarrollo. Tiene siempre la finalidad de elevar la calidad de su vida, estimulándola a una generosidad mayor.
En el designio divino todo dolor es dolor de parto; contribuye al nacimiento de una nueva humanidad. Por tanto, podemos afirmar que Cristo, al reconciliar al hombre con Dios mediante su sacrificio, lo ha reconciliado con el sufrimiento, porque ha hecho de él un testimonio de amor y un acto fecundo para la creación de un mundo mejor .
Una idea de lo que será el cielo
Amados enfermos: ofreced con amor y generosidad vuestros sufrimientos al Señor por la conversión del mundo. Es necesario que el hombre comprenda la gravedad del pecado, que es ofensa a Dios, y se convierta a quien lo ha creado por amor, y por amor lo llama a la felicidad eterna .
Jesús explica cómo será la vida eterna, partiendo de una pregunta provocadora de los saduceos. A éstos, que con evidente ironía le preguntan de quién será esposa, después de la muerte, una mujer que tuvo durante su vida muchos maridos sucesivos, Jesús responde que los resucitados en el más allá "ni ellos tomarán mujer, ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección(Cfr. Lc 20, 35-36). Y dado que la vida de los resucitados será semejante a la de los ángeles, nos da a entender que la persona humana está libre de las necesidades relacionadas con la presente condición mortal.
Sabemos que el Paraíso constituye la respuesta más elevada a nuestra necesidad íntima de felicidad, a través de la posesión directa del Bien infinito: Dios. San Agustín dice que en el Paraíso "descansaremos y veremos; veremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que habrá al fin sin fin"(De civitate Dei, XXII, 30, 5; PL 41, 804) .
* * *
En 1992, el Papa tuvo que ser internado en el Policlínico "Gemelli" -una vez más-, aquejado de un cáncer de colon. Fue intervenido quirúrgicamente con eficacia y varias semanas después estaba ya en la vorágine de un intenso trabajo. Al poco tiempo emprende, de nuevo, otro viaje apostólico. Africa es el destino.
Cuando alguno de sus íntimos colaboradores, filialmente, le ha sugerido que modere su trabajo o su mortificación, casi le ha disgustado, y con agradecimiento Juan Pablo II le ha venido a decir que cuando se muere un Papa, viene otro Papa; y que lo que tiene que hacer el de ahora no es reservarse, sino darse del todo.
No es un castigo inmerecido, sino un inmerecido tesoro
Queridos enfermos: no he venido únicamente a traeros mi aliento humano, sino también, y sobre todo, para traeros el consuelo de la fe cristiana. He venido para deciros que vuestras enfermedades están inscritas en el plan de amor paterno y exigente de Dios. No veáis en ellas una ciega fatalidad, sino una prueba siempre providencial, aunque desde el punto de vista puramente humano sea a veces oscura e incomprensible.
Elevad vuestros ojos a Cristo, que aceptó la prueba de su pasión. Miradlo a Él, inocente, que ofreció sin reservas su vida para salvar a todos los hombres; a Él que se confió a Dios, su Padre, con total abandono. En un primer momento, como bien sabéis, pidió que se apartara aquel cáliz amargo; con todo, enseguida añadió: "pero no se haga mi voluntad , sino la tuya"(Lc 22, 42). Y su sufrimiento se convirtió para nosotros en causa de salvación, de perdón, de vida.
Vuestra unión con el sufrimiento de Cristo constituye el culmen de vuestra actitud de fe. Aquéllos que han sido llamados a sufrir con Cristo no sufren un castigo, sino que son invitados a participar en una tarea comprometedora y fecunda, pues su sufrimiento, si es aceptado y ofrecido con amor, se transforma en fuente de gracia, de paz y de gozo. Se convierte en ese camino, estrecho sí, pero es el que conduce al paraíso.
Por eso, mientras el capítulo de la enfermedad no se haya cerrado en el libro de vuestra vida, os recomiendo que lo valoréis en toda su expresión, pues el sufrimiento es purificación para sí y para los hermanos, es fuente de glorificación, es don ofrecido para completar en la propia carne "lo que falta a las tribulaciones de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia"(Col 1, 24).
Y para llevar vuestra cruz de cada día, sabed mirar a María, la Virgen Santa, y seguir el ejemplo de su actitud de total adhesión a la obra de la gracia del Señor .
La Unción de enfermos es un Sacramento que sana cuerpo y alma
El apóstol Santiago recomienda a los primeros cristianos que si hay alguien enfermo entre ellos, llamen a los presbíteros de la Iglesia y vayan a verlos. Mis queridos amigos, yo vengo hoy a vosotros como presbítero y obispo, el Obispo de Roma.
Como los presbíteros de la Iglesia antigua, es mi deseo orar sobre vosotros, cantar por vosotros las alabanzas del Señor, ungiros con óleo en el nombre del Señor; y pedir a Dios que la oración de la fe sea vuestra salvación(Cfr. Sant 5, 13-15). Que el Señor os levante con su gracia, de modo que vuestras almas estén preparadas para la vida eterna y vuestros cuerpos debilitados por la enfermedad, hallen consuelo y fortaleza en esa esperanza mediante la cual vivirán vuestras almas .
La Iglesia, a ejemplo de su Redentor, Jesús, desea estar siempre cercana a los que sufren. Pide por ellos en la oración. Les ofrece consuelo y esperanza. Les ayuda a encontrar sentido en medio de su dolor y de su miedo, enseñándoles que el sufrimiento no es un castigo de Dios. Antes bien, la Iglesia apunta hacia Cristo quien, con su muerte y resurrección redimió todo sufrimiento humano, dando así sentido a todo el misterio de la existencia humana.
La Iglesia ofrece gracia y fuerza mediante el sacramento de la unción de enfermos. De este modo, el Señor en su amor y piedad, ayuda al enfermo con la gracia del Espíritu Santo; lo libra del pecado, lo salva y lo levanta. Este sacramento de la Iglesia es una experiencia reconfortante, estimulante y santificante para el enfermo; es un encuentro personal con Cristo, el Redentor y Salvador de la humanidad .
El dolor es una caricia de Dios; y la confesión, un abrazo
Os pido, por tanto, hermanos y hermanas que sufrís, que os metáis con fe en el misterio de la Cruz de Cristo, ofreciéndole vuestro dolor humano, para que Él, uniéndolo al suyo, lo ofrezca al Padre como ofrenda pura. Los Santos, los cristianos auténticos, iluminados por la gracia, han intuido el significado y la fecundidad de sus dolores .
El alegre anuncio que la fe nos trae es precisamente éste: Dios, en su bondad, ha salido al encuentro del hombre. Ha obrado, de una vez para siempre, la reconciliación de la humanidad consigo mismo, perdonando las culpas y creando en Cristo un hombre nuevo, puro y santo.
Nunca debemos olvidar que nuestra reconciliación ha costado al Padre un precio tan alto. ¿Y cómo no darle gracias por este amor que nos ha traído con la salvación, la paz y la alegría? .
Es Jesús quien -de manera especial en la parábola del hijo pródigo- nos hace comprender que el pecado es ofensa al amor del Padre, cuando describe el desprecio ultrajante de un hijo hacia la autoridad y la casa de su padre. ¡Cuánta esperanza ha encendido en los corazones! ¡Cuántos retornos a Dios ha facilitado, a lo largo de los siglos cristianos, la lectura de esta parábola. El sacramento de la penitencia pertenece a la revelación que Jesús nos hizo del amor y de la bondad paterna de Dios .
* * *
El 13 de mayo, cuando herido por los disparos en la Plaza de San Pedro, Juan Pablo II cae en los brazos de su secretario, don Estanislao, éste le pregunta: "¿Es doloroso?". Responde: "Sí". Se le cierran los ojos y mientras le trasladan al policlínico con rapidez musita: "¡María, Madre mía!, ¡María, Madre mía!". Al llegar al Hospital apenas tenía pulso. Su secretario -perfecto conocedor del querer del Papa en esos trágicos momentos- le administra el sacramento de la Unción de enfermos justamente antes de entrar en el quirófano para ser intervenido.
Uniros a Cristo como lo hizo María Santísima
Estoy aquí especialmente para saludaros y abrazaros, pacientes de todas clases, pequeños y adultos, hermanos predilectos de Cristo paciente. Quiero expresaros en este momento la profunda simpatía que siento por cada uno de vosotros, expresaros toda mi comprensión por la enfermedad que soportáis en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu; quisiera hablar con vosotros, uno a uno, para infundiros aliento y valor .
Por medio de la fe María está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento. A los pies de la Cruz, María participa por medio de la fe, en el desconcertante misterio de ese despojamiento. Por medio de la fe, la Madre participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora; pero, a diferencia de la fe de los discípulos que huían, la suya era una fe mucho más iluminada. Jesús en el Gólgota, a través de la Cruz, ha confirmado ser el "signo de contradicción", predicho por Simeón. Al mismo tiempo se han cumplido las palabras dirigidas por él a María: "¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!" .
La espada atravesó su corazón, causando un dolor indecible:¡el sufrimiento más grande preparado para María en este camino de fe, a través del cual seguía a Cristo! María estaba de pie ante la Cruz en el Gólgota(...). En la Anunciación había exclamado: "Hágase en mí según tu palabra"(Lc 1, 38). Ahora renueva la misma disponibilidad en el momento del más grande dolor. ¿Quién es en ese momento su Madre? Es la que está ante la Cruz, la que escucha con obediencia heroica de fe la Palabra de Dios, la que con todo el dolor de su corazón cumple, junto con su Hijo, la voluntad del Padre .
¡La Resurrección es la fiesta cristiana!
Morimos corporalmente cuando todas las energías de nuestra vida se extinguen. Morimos por el pecado cuando el amor muere en nosotros. Fuera del Amor no hay Vida. Si el hombre se opone al amor y vive sin amor, la muerte se arraiga en su alma y crece. La llamada al amor es una llamada a la vida, al triunfo del alma sobre el pecado y la muerte. La fuente de esta victoria es la Cruz de Jesucristo: su muerte y resurrección .
El cristiano, que acepta de esta forma su propia muerte y, reconociendo la propia condición de criatura como también las propias responsabilidades de pecador, se entrega confiadamente en las manos misericordiosas del Padre, alcanza la cima de la propia identidad cristiana y culmina el cumplimiento definitivo del propio destino .
Todo el mundo gira en torno a la cruz, pero la cruz sólo alcanza en la resurreción su pleno significado de episodio de salvación. Cruz y resurrección forman el único misterio pascual en el que tiene su centro la historia del mundo. Por eso, la Pascua es la solemnidad mayor de la Iglesia .
¡Cristo, realmente muerto, ha resucitado verdaderamente! En el curso de veinte siglos la Iglesia ha continuado presentando al mundo este impresionante testimonio (...). Cada uno de los cristianos, bebiendo en la tradición histórica y, sobre todo, en las certezas de la fe, experimenta que Cristo vive, que Él es el resucitado, el perennemente Viviente. Es una experiencia (...) que no puede quedar encerrada en el ámbito de lo exclusivamente personal, sino que exige difundirla necesariamente; como luz que irradia; como levadura que hace fermentar la masa del pan .
* * *
Después de la operación a vida o muerte sufrida tras el atentado, el Papa estuvo en la UVI, y más tarde fue trasladado a la habitación 1.018. El doctor Manni, el anestesista que le atendió durante su estancia en la reanimación, recordaba después: "Casi nunca dejó escapar un lamento y cuando pudo hablar, sus primeras palabras fueron de agradecimiento, casi de excusa, por todo el trastorno que causaba".
¡Abrir las puertas a Cristo!
Cristo ha resucitado y está ante el corazón de cada hombre, pidiendo entrar: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré en él y cenaré con él y él conmigo"(Ap 3, 14).¡Que se abran a Cristo las puertas del corazón del hombre...! ¡Abrid, hombres, las puertas al Redentor! Sobre Cristo la muerte no ha tenido la última palabra. Resucitando, ha triunfado sobre ella y sobre el pecado .
A los ojos del Dios justo, ante su juicio, cuantos participan en los sufrimientos de Cristo se hacen dignos de este reino. Mediante sus sufrimientos, éstos devuelven en un cierto sentido el infinito precio de la pasión y de la muerte de Cristo, que fue el precio de nuestra redención: con este precio el reino de Dios ha sido nuevamente consolidado en la historia del hombre, llegando a ser la perspectiva definitiva de su existencia terrena. Cristo nos ha introducido en este reino mediante su sufrimiento. Y también mediante el sufrimiento maduran para el reino de los hombres, envueltos en el misterio de la redención de Cristo .
Cristo ha vencido definitivamente al mundo con su resurrección; sin embargo, gracias a su relación con la pasión y muerte, a la vez ha vencido al mundo con su sufrimiento. Sí, el sufrimiento ha sido incluido de modo singular en aquella victoria sobre el mundo que se ha manifestado en la resurrección .
El consuelo de la felicidad que nos espera
La felicidad es el arraigarse en el amor. La felicidad originaria nos habla del "principio" del hombre, que surgió del amor y ha dado comienzo al amor. Y esto sucedió de modo irrevocable, a pesar del pecado sucesivo y de la muerte .
¿Para qué nos ha creado Dios? Y la respuesta es metafísicamente segura: Dios ha creado al hombre para hacerle partícipe de su felicidad. El bien es difusivo, y Dios, que es absoluta y perfecta felicidad, ha creado al hombre sólo por sí mismo, es decir, por la felicidad. Una felicidad ya en parte en el período de la vida terrena, y después totalmente en el más allá, en el Paraíso.
El cristiano se hace partícipe de la misma vida trinitaria mediante la gracia; tiene un modelo en Jesús, y una fuerza en su presencia cotidiana para observar la ley moral; se nutre del Pan Eucarístico, se alimenta de la oración, se abandona con confianza en los brazos de Cristo, maestro y amigo. El camino hacia la felicidad, en ocasiones fatigoso y difícil, se convierte entonces en un acto de amor a Cristo, que nos acompaña y escucha .
"En la casa de mi Padre hay muchas moradas ...Voy a prepararos un lugar"(Jn 14, 2). En esta certeza se funda la serenidad del cristiano de cara a la muerte. No se deriva de una especie de insensibilidad o de resignación apática ante este hecho como tal, sino de la convicción de que la muerte no tiene la última palabra en el destino humano, contrariamente a lo que parece. La muerte puede y debe ser vencida desde la vida. La perspectiva última del cristiano que vive en gracia de Dios no es la muerte, sino la vida. Y la vida eterna, que como dice la Escritura, es una participación plena e indefectible en la misma vida infinita de Dios, más allá de los límites de la vida presente y de la muerte .
¿Puede haber mayor alegría que la de contemplar a Cristo en su gloria? Nuestra eterna bienaventuranza consistirá precisamente en esta visión "cara a cara" del Verbo encarnado, en la luz de la Trinidad .
* * *
Contaba Monseñor Alvaro del Portillo una anécdota que le sucedió un día en el que había sido recibido en audiencia por el Santo Padre al final de la tarde. Observó don Alvaro que el Papa caminaba con fatiga, y en su rostro aunque lleno de serenidad, se traslucía el cansancio. Al comentárselo con exquisito cariño el Papa le contestó: "Si a estas horas del día no estuviera cansado, significaría que no habría cumplido mi deber" .
SEGUNDA PARTE
NUESTRA SEÑORA DE LOURDES, CONSUELO DE LOS QUE SUFREN
Como explicábamos en la Presentación, en este libro sólo hemos pretendido transmitir la atención y las palabras, llenas de afecto, que, desde el inicio de su pontificado, Juan Pablo II ha dedicado a los que sufren. Pero creemos que este diálogo del Papa con el lector quedaría incompleto si no hiciéramos una referencia, aunque sea breve, a la Virgen Santísima, Nuestra Señora de Lourdes, a la que tanto amor y devoción, de modo universal manifiestan los enfermos y sus allegados.
El Papa, precisamente por su sensibilidad para el dolor, ha entendido esta realidad y ha hablado de Ella en repetidas ocasiones como Salud de los enfermos. Por eso, exponemos a continuación algunos fragmentos alusivos a esta advocación mariana, con el ardiente deseo de recibir de la Virgen más fortaleza y consuelo ante el sacrificio, y con la certeza de que concederá la salud del cuerpo, si nos conviene, y la curación del alma que nos ha de llevar al Cielo.
El atractivo de Lourdes
Lourdes es el lugar santo al que van los enfermos del mundo entero, servidos por sus hermanos que gozan de salud, y allí ocupan siempre la primera fila con el fin de presentar sus sufrimientos a la compasión de nuestra Madre la Virgen María y a la misericordia de Cristo Jesús .
¿Por qué precisamente los enfermos van en peregrinación a Lourdes? ¿Por qué -nos preguntamos- ese lugar se ha convertido para ellos como en un "Caná de Galilea", al que se sienten invitados de modo especial? ¿Qué les atrae a Lourdes con tanta fuerza? Que aquel banquete de Caná nos habla allí de otro banquete: el de la vida, al que todos deseamos sentarnos para gustar un poco de alegría. El corazón humano ha sido hecho para la alegría y no debemos maravillarnos si todos tendemos a esa meta. Por desgracia, la realidad de la vida, en cambio, somete a muchas personas a la experiencia frecuentemente martirizadora, del dolor: enfermedades, lutos, desgracias, taras hereditarias, soledad, torturas físicas, angustias morales, un abanico de casos humanos concretos que tienen cada uno su nombre, su rostro, su historia.
Estas personas, si están animadas por la fe, se dirigen a Lourdes. ¿Por qué? Porque saben que allí, como en Caná, "está la Madre de Jesús": y donde está Ella, no puede faltar su Hijo. Esta es la certeza que mueve a las multitudes que cada año se vuelcan hacia Lourdes en busca de alivio, de un consuelo, de una esperanza. Enfermos de todo género van en peregrinación a Lourdes animados por la esperanza de que, por medio de María, se manifiesta en ellos el poder salvador de Cristo. Y, en efecto, este poder se revela siempre con el don de una inmensa serenidad y resignación, a veces con una mejoría de las condiciones generales de salud, o incluso con la gracia de la curación completa, como atestiguan los numerosos casos que han ocurrido en estos más de 100 años.
La curación milagrosa, sin embargo es, a pesar de todo, un acontecimiento excepcional. La acción salvadora de Cristo, obtenida por la intercesión de su Madre, se revela en Lourdes sobre todo en el ámbito espiritual. En el corazón de los enfermos María hace oír la voz de su Hijo, voz que desata prodigiosamente los entumecimientos de la acritud y de la rebeldía, y devuelve a los ojos del alma luz para ver de un modo nuevo el mundo, ver de un modo nuevo a los demás y ver de un modo nuevo el propio destino.
Los enfermos descubren en Lourdes el valor inestimable del propio sufrimiento. A la luz de la fe llegan a ver el significado fundamental que el dolor puede tener no sólo en su vida, interiormente renovada por esa llama que consume y les transforma, sino también en la vida de la Iglesia.
Pido a la Virgen que esté junto a vosotros, los que sufrís, como estuvo junto a los dos esposos de Caná, y vele para que nunca os falte en el corazón el vino generoso del amor. Pues, en efecto, el amor puede realizar el prodigio de hacer brotar sobre el tallo espinoso del sufrimiento las rosas fragantes de la alegría. Peregrinos en este "valle de lágrimas", suspiramos hacia Ella: "después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María" .
María Santísima se apareció en la gruta de Massabielle a Bernardette, para confiarle un mensaje especial de misericordia y de gracia. Sirviéndose de esa desconocida niña, María trataba de llamar a la conversión, sobre todo, a los pecadores, solicitando el interés comunitario de todos los fieles cristianos en favor de ellos y de su salvación .
Lo que enseña Lourdes
Dirigimos el pensamiento ahora a ese Santuario de Lourdes, a orillas del río Gave, donde se apareció la Virgen en 1858, recomendando penitencia y oración, especialmente por los pecadores. Ese grandioso santuario mariano, meta de numerosas peregrinaciones, nos habla de dos cosas: del misterio de la Inmaculada Concepción y del amor misericordioso dirigido a aliviar los sufrimientos humanos, tanto físicos como morales. Dos valores que se hallan estrechamente unidos.
En efecto, Lourdes es una invitación a tomar conciencia de las necesidades dramáticas del corazón humano y a dedicarse con generosidad al servicio de los pobres, de los enfermos, de los que sufren, a la redención de los pecadores. Pero ¿quién nos hace esta llamada? Es la misteriosa presencia de María. La Inmaculada Concepción. La toda Pura. La toda Santa. La llena de Gracia. Ella fue concebida en un estado de pureza total, porque según el anuncio del Angel en la Anunciación, Ella está llena de gracia, totalmente libre del pecado original y de sus consecuencias.
Así, María, es un vehículo excelente y único de la Redención de Cristo: es el canal más privilegiado de su gracia, un camino de elección por el que llega la gracia a los hombres con una extraordinaria y maravillosa abundancia. Donde esté presente María, allí abunda la gracia, y allí se registra la curación del hombre: curación en el cuerpo y en el espíritu. Por eso como dije en 1983 en mi peregrinación a Lourdes: "En Lourdes aprendemos a ver en qué consiste el amor a la vida: en la gruta, en los hospitales, prestando ayuda a los enfermos. Arriba, en la capilla de las confesiones, escuchando todas las miserias morales, es donde se siente el perdón reconfortante de Cristo".
Así pues, a Lourdes no se va sólo a recibir gracias interiores o si Dios lo concediera la gracia de la curación, sino que se va a dar o a prepararse para dar. Para trabajar con más voluntad y eficacia por la salvación del mundo. En Lourdes hemos de mirar también el ejemplo de Bernardette: su disponibilidad, su docilidad, su humildad y valentía con las que afrontando cualquier sacrificio, supo escuchar el mensaje que Dios, por medio de María, le comunicó para su vida personal, y a través de ella, al prójimo, a toda la humanidad .
María es auxilio de los cristianos
Dios ha querido que María Santísima se apareciera dieciocho veces a la pequeña Bernardette desde el 11 de febrero al 16 de julio de 1858, para dejar un mensaje de consuelo y de amor a la Iglesia y a toda la humanidad. Efectivamente, en estas apariciones existe un significado que permanece siempre válido, y que hemos de custodiar y meditar como precioso patrimonio. A mediados del siglo pasado, mientras se extendían de modo insidioso el racionalismo y el escepticismo, María, la que creyó en la Palabra del Señor, acudía para ayudar y confirmar en la auténtica y genuina fe cristiana a la familia de los creyentes.
En Lourdes, María recordó al mundo que el sentido de la vida en la tierra es su orientación hacia el cielo. La Virgen, en Lourdes vino a hablar al hombre del "paraíso", del cielo, para que éste, sin dejar de comprometerse activamente en la construcción de un mundo más acogedor y más justo, no olvide levantar sus ojos al cielo para obtener orientación y esperanza.
La Virgen Santísima vino, además, para recordar el valor de la conversión y de la penitencia, volviendo a proponer al mundo el núcleo del mensaje evangélico. Decía la Virgen a Bernardette en la aparición del 18 de febrero: "Yo te prometo hacerte feliz no en este mundo sino en el otro". Después invitó a rezar por los pecadores, y el 24 de febrero repitió por tres veces: "¡Penitencia, penitencia, penitencia!". En Lourdes María indica y pone de relieve la realidad de que la humanidad redimida del pecado por medio de la cruz, es decir, por medio del sufrimiento. ¡Dios mismo hecho hombre, quiso morir inocente clavado en una cruz! En Lourdes la Virgen enseña el valor redentor del dolor; da ánimos, paciencia y resignación; ilumina el misterio de nuestra participación en la pasión de Cristo; eleva la mirada interior hacia la verdadera y total felicidad, que el mismo Jesús nos ha asegurado y preparado más allá de la vida y de la historia. Bernardette, que había comprendido perfectamente el mensaje de María, siendo ya religiosa de Nevers y habiendo caído gravemente enferma, decía a quien la invitaba a ir a la gruta de Massabielle para pedir la curación: "¡Lourdes no es para mí!". Presa de fuertes crisis de asma, a la enfermera novicia que le preguntaba: "¿sufrís mucho?", ella respondía con sencillez:"¡Es necesario!".
Finalmente el mensaje de Lourdes se completa con la invitación a la oración: María aparece en actitud orante, quiere que Bernardette recite el rosario con su propio rosario personal, pide que construya en ese lugar una capilla y que se venga en procesión. También esto es un aviso válido para siempre. La Virgen en Lourdes vino a decirnos con autoridad y con la bondad de una Madre, que si queremos realmente mantener, reforzar y aumentar la fe cristiana, es necesaria la fe humilde y confiada.
¡Amadísimos! En la biografía de Bernardette se lee que ella, el jueves 3 de junio de 1858 recibió la primera comunión. Le preguntaron si le había gustado más ver a la Virgen que recibir la primera comunión, y ella con prontitud e inteligencia respondió: "¡No se pueden hacer comparaciones; pero sé que los dos hechos me han hecho completamente feliz!". ¡Deseo que también vosotros, hermanos y hermanas, estéis serenos, incluso felices como Bernardita, porque estáis sostenidos por la fuerza de la fe, unidos a Jesús Eucarístico y a María Santísima!
Que María, auxilio de los cristianos, esté siempre a vuestro lado en cualquier circunstancia de vuestra vida, para sosteneros en el camino que la Providencia os marque, día tras día, en un designio de amor, cuya manifestación final será motivo de alegría por toda la eternidad .
Los enfermos, unidos a Cristo, se salvan ellos y redimen a todos
Lourdes, como muchos otros lugares, es un signo especial de esta acción de María a lo largo de nuestra historia. Pues Ella, "asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada"(Lumen gentium, 62).
En Lourdes María desarrolla una misión de alivio del sufrimiento y de reconciliación de las almas con Dios y con el prójimo. Todo lo que dijo la Virgen a la vidente, todo lo que le exhortó a hacer, todo lo que ha surgido después en Lourdes, y lo que ha sucedido y está sucediendo, refleja, ciertamente, si queremos, la "voluntad" de la Virgen. Pero, ¿en nombre de Quién ha obtenido todo esto; gracias a Quién, sino a su divino Hijo? Podemos, pues, decir sin duda, que Lourdes pertenece a Cristo aún más que a su Madre Santísima. En Lourdes aprendemos a conocer a Cristo por medio de María. Los milagros son de Cristo, obtenidos por medio de María.
Por eso Lourdes es un lugar privilegiado de experiencia cristiana. En Lourdes el sufrimiento se aligera porque se vive con Cristo. Con tal de que se viva con Cristo, sostenidos por María. En Lourdes se aprende que la fe alivia el sufrimiento no tanto en el sentido de disminuirlo físicamente. Esto es tarea de la medicina o puede ocurrir -como acontece excepcionalmente- de modo milagroso. En Lourdes se aprende que la fe alivia el sufrimiento en cuanto lo hace aceptable como medio de expiación y como expresión de amor.
El cristiano tiene el deber, como todo hombre sensato y con conciencia, de prodigarse para aliviar con eficacia el dolor, con el fin de obtener para sí o para los demás la curación. Pero su preocupación principal está dirigida a eliminar ese mal profundo que es el pecado. Pues de nada serviría gozar de la salud física, incluso la más fuerte, si el alma no estuviera en paz con Dios. Pero si está en gracia de Dios, incluso las penas más terribles se harán soportables, porque comprenderá la utilidad de cara a la salvación eterna, personal y de los demás hermanos.
Vosotros, queridos enfermos, estáis llamados a vivir el misterio de Cristo del modo más profundo y decisivo: mediante la experiencia misma del sufrimiento. He dicho "del modo más profundo y decisivo". Pues, ¿cuál fue el momento decisivo y principal en el que Cristo realizó nuestra salvación? ¿Acaso cuando realizaba sus viajes apostólicos? ¿Tal vez cuando enseñaba? ¿Cuándo curaba a los enfermos o expulsaba demonios? ¿Cuando discutía con los escribas y fariseos? ¿O cuando enviaba a los discípulos? No. Fue en el momento de la Cruz. Es cierto que todo acto realizado por Cristo durante su vida, es salvífico. Pero el acto del que recibe su eficacia y su sentido cualquier otro, es la Cruz.
Por eso sois vosotros, queridos enfermos, los que obráis de modo particular no sólo vuestra salvación sino la de los demás, en la medida en que, a ejemplo de Jesús, sufrís inocentemente y, con un acto de amor generoso, ofrecéis vuestros sufrimientos por la salvación del mundo.
María Santísima tiene un papel esencial en hacernos comprender y aceptar el misterio de la cruz. Ella nos introduce con sabiduría materna en ese misterio; le prepara a él nuestra debilidad, comenzando por hacernos sentir el poder beneficioso de su Hijo, también en nuestro quehacer diario. Ella no nos guía como Maestra sólo, sino también como copartícipe de ese misterio. Ella sufre con Jesús y sufre con nosotros. María nos enseña, a ejemplo de Jesús, todas las virtudes necesarias para afrontar y vencer cualquier clase de mal: la valentía, la fortaleza, la paciencia, el espíritu de sacrificio, la santa resignación a la voluntad divina .
¿Por qué hace a veces la Virgen hace milagros?
¿Con qué fin nos obtiene la Virgen Santísima, bien en Lourdes, bien en otros lugares gracias extraordinarias de curación física, sino para ayudarnos a creer o para reforzar nuestra fe en la potencia que Jesús tiene de perdonar nuestros pecados y de conducirnos a la vida eterna? Por eso, también nosotros hoy, queridísimos hermanos y hermanas, queremos confirmarnos en el firme propósito de escuchar con total docilidad a María, acogiendo con profunda gratitud las gracias que Ella nos obtiene, correspondiendo fiel y generosamente a la materna solicitud y atenciones de Su Corazón.
Lo que el Corazón de la Señora desea es que se afronte la responsabilidad individual y colectiva frente a los grandes problemas de la vida y de la muerte y que cada uno asuma la suya en el plano divino de la salvación. A esta responsabilidad no se contribuye sólo trabajando, sino sobre todo, aceptando y ofreciendo la propia porción de sufrimiento con adhesión humilde a la voluntad de Dios.
Estos horizontes se abren frente al que cree, con tales posibilidades de dar sentido y valor a la propia vida, que lo hacen también cuando ésta, a causa de la enfermedad o la edad, parece no tener ninguno. Por esto, quien ha tenido la experiencia de Lourdes, puede cantar con María las misericordias del Señor: "Ha desplegado la potencia de su brazo, ha desperdigado a los soberbios en el pensamiento de su corazón; ha desposeído a los poderosos de sus tronos, ha exaltado a los humildes; ha colmado de bienes a los difamados, ha devuelto a los ricos con las manos vacías"(Lc 1, 51-53). Toda la historia de Lourdes es una ilustración de estas palabras del Magnificat. Lourdes es una profecía de justicia y de paz, donde no hay lugar para la soberbia y dureza de corazón, sino donde esta dureza viene ablandada por el testimonio de la caridad, de la misericordia, del sereno soportar el mal, de la solidaridad humana, de la generosidad sincera.
Esta es la experiencia religiosa y ligada la testimonio de una jovencita sencilla y humilde, pero atenta a las mociones e inspiraciones del cielo. El mensaje de esta jovencita ha recorrido el mundo, su coraje y su paciencia le han hecho superar duras pruebas, su testimonio ha convencido a la Iglesia, y su ardiente llamada ha transformado una aldea, antes ignorada, en un centro de espiritualidad eucarística y mariana. ¿Cómo ha podido aquella pobre joven -Santa Bernardette- alcanzar una altura tal, sino por la humilde disponibilidad con la que se confió, sin dejar crecer dudas ni poner obstáculos, a los requerimientos de la providencia divina?.
"Mi espíritu exalta a Dios, mi Salvador, porque se ha fijado en la humildad de su esclava"(Lc 1, 47-48). En estas palabras de María está todo el sentido y el valor de la fe y de la alegría cristiana. Dios hace grande al hombre que se humilla delante de Él, que reconoce sus limitaciones y acepta la prueba inevitable. El mismo Hijo de Dios, humillándose, nos ha enseñado esta ley de la verdadera grandeza. María nos repite la misma lección. Y todos los santos, aunque en forma diversa, nos dicen la misma cosa. Y ésta es también la gran lección de Lourdes, el camino recorrido por Bernardette. Sigamos esta senda, que es la segura .
Queridísimos enfermos, ¡tened fija la mirada en Cristo, vuestro amigo, vuestro modelo, vuestro consolador! Siguiendo su ejemplo conseguiréis que vuestro miedo se cambie en serenidad, vuestra angustia pase a ser esperanza y vuestra tristeza se torne en alegría, siendo así vuestro sufrimiento purificación y mérito para vuestras almas, además de una contribución preciosa para el bien espiritual de la Iglesia(Cfr. Col 1, 24). De todo corazón os bendigo a vosotros, a vuestros seres queridos, y a cuantos os asisten con amor .
* * *
La Virgen del Santuario de Jasna Góra, una colina cercana a Czestochowa, es la Reina de Polonia, y por ello tan querida de Juan Pablo II. Esta imagen tiene dos heridas en la cara, producidas en 1430 por unos bandoleros, que además de dañar la tabla le dieron incluso dos cuchilladas.
En la fiesta de la Virgen de agosto, los polacos van en peregrinación hasta allá, y después del largo viaje, rezan el Via Crucis recordando lo mucho que padecieron Cristo y su Madre por nosotros.
Karol Wojtyla fue en muchas ocasiones, y allí repetía miles de veces en su corazón: "Totus tuus" -soy todo tuyo-, leyenda que incorporaría después a su escudo episcopal.
Años más tarde, el 17 de mayo de 1981, con voz débil y desde la sala de reanimación, Juan Pablo II habla al mundo por vez primera desde el atentado que ha podido costarle la vida. Dice: Rezo por el hermano que me ha herido, al cual he perdonado sinceramente. Pienso en las dos personas heridas a la vez que yo. Unido a Cristo, sacerdote y víctima, ofrezco mis sufrimientos por la Iglesia y por el mundo; a ti María, repito:"Totus tuus ego sum".
N O T A S
(El Papa consuela a los que sufren)
INDICE
PROLOGO DEL CARDENAL SUQUIA
PRESENTACION DEL AUTOR
PRIMERA PARTE:
PALABRAS DE CONSUELO DEL PAPA A LOS QUE SUFREN
a) En los seres queridos
¿Para qué estamos aquí? ¿Qué sentido tiene la vida del hombre?
¿Hay algo después de la muerte?
¿Cuál es el sentido del dolor?
¿Por qué permite Dios que sufran los inocentes?
Cristo responde sacando bien del mal
Si el pecado es la causa del dolor, ¿por qué Dios no nos creó impecables?
Acompañar al que sufre es amarle de verdad
Ver en el hombre que sufre a Cristo
¡Sólo puede consolar el que ha sufrido el dolor y el desconsuelo!
No olvidar nunca a los enfermos y menos cuando llegan las vacaciones
La ancianidad, un tesoro
El hospital: el Calvario de hoy
El personal sanitario son los "buenos samaritanos" de hoy
Personal sanitario: ¡gracias por vuestra generosidad!
Acompañar como merece al amigo que se va
El sacramento de la Reconciliación
b) En su propio ser
La predilección del Papa por los enfermos
Estoy muy unido a todos los que sufrís
Ayudáis a la salvación del mundo entero
La alegría de estar en gracia de Dios
Estamos todos los hombres unidos por el dolor
Los enfermos ayudan al mundo más que los sanos
El consuelo de ser palanca para el mundo
Abandonaros en las manos amorosas de Dios
El consuelo de mirar a Jesucristo
Viviremos eternamente la misma vida de Dios
El Papa os da las gracias
¡No estáis solos en vuestro dolor!
Un beso de Dios que sana el cuerpo y el alma
Jesucristo es nuestra esperanza
Junto al que sufre está siempre María Santísima
Estar cerca de la Virgen que tanto nos quiere
Seguir al Señor generosamente
Dios consuela más que los familiares y amigos
Jesús y María siguen pendientes de los que sufren
El tiempo del sufrimiento puede ser el más fecundo
Tres consejos luminosos
Con Cristo el dolor se hizo puerta del Cielo
Como en el parto, del dolor nace la nueva vida
Una idea de lo que será el Cielo
No es un inmerecido castigo sino un inmerecido tesoro
La Unción de enfermos es un Sacramento que sana cuerpo y alma
El dolor es una caricia de Dios; y la confesión, un abrazo
Uníos a Cristo como lo hizo la Virgen Santísima
¡La Resurrección es la fiesta cristiana!
¡Abrid las puertas a Cristo!
El consuelo de la felicidad que nos espera
SEGUNDA PARTE:
NUESTRA SEÑORA DE LOURDES, CONSUELO DE LOS QUE SUFREN
El atractivo de Lourdes
Lo que enseña Lourdes
María es auxilio de los cristianos
Los enfermos unidos a Cristo, se salvan ellos y redimen a todos
¿Por qué a veces la Virgen hace milagros?
NOTAS
UNA VISITA DE DIOS
(El Papa consuela a los que sufren)
PROLOGO
Uno de los enigmas más inquietantes que la Humanidad ha tenido siempre ante sí es el sufrimiento. ¿Por qué sufrimos?, ¿por qué sufrimos tanto? ¿por qué sufren los inocentes?, ¿tiene sentido el dolor o es un no-sentido, un absurdo sin lógica coherente? He aquí un conjunto de interrogantes que ha angustiado siempre a los hombres.
De una o de otra manera todos sufrimos: fracasos, miedos, dolores físicos, desequilibrios psicológicos, incomprensiones, pérdida de seres queridos, limitaciones de edad, todo ese conjunto de dolores que en nosotros o en otros experimentamos continuamente.
En nuestro siglo, los sufrimientos de millones de personas a causa de las grandes dictaduras, las grandes guerras, las grandes injusticias sociales, han sido tan crueles que esas preguntas han llegado a ser la obsesión de filósofos, literatos y dramaturgos.
Las preguntas van aún más lejos: ¿Cómo se conjuga tanto sufrimiento con la existencia de un Dios Amor y Bondad?, ¿lo quiere?, ¿lo permite?, ¿por qué? Desde que los hombres han sido capaces de reflexionar se han hecho estas preguntas, y las respuestas han sido múltiples: desde los que desesperados han renegado de Dios porque no podían comprenderle, hasta los que con optimismo ingenuo afirmaron que, a pesar de todo, éste era el mejor de los mundos posibles.
En problema tan grave como éste, Dios no podía callar. Es verdad que sus respuestas, por ser divinas, no siempre pueden ser comprendidas plenamente por nuestra reducida razón. Dios y sus proyectos son siempre infinitamente más grandes que nosotros, y es lógico que haya realidades que no podamos entender. Son los misterios de los que está llena la existencia humana, y aun el mismo mundo físico. Sin embargo, la revelación de Dios ilumina, en cuanto es posible, el camino misterioso de nuestra vida, tejido de alegrías y dolores, como en los rosales hay espinas y flores.
Pues bien, el Papa Juan Pablo II ha experimentado en su propia carne muchos sufrimientos: orfandad prematura, persecución por motivos religiosos, hambre, duros trabajos en la mina, pérdida de los seres más queridos, soledad, carencia de recursos, el peso de graves responsabilidades, la incomprensión y el odio hasta el intento de ser asesinado; para no hablar de los sufrimientos colectivos de su pueblo polaco, martirizado primero por los nazis y luego por los soviéticos. Este Papa que además, por su cargo, tiene que meditar día y noche la palabra de Dios para transmitirla con fidelidad, ha enseñado muchas verdades sobre el dolor humano, y ha aportado cuanto ha podido para aliviarlo y ofrecer a los que sufren motivos para la esperanza y la paz.
Merecía la pena reunir las enseñanzas del Papa sobre el sufrimiento en un solo volumen, y comentarlas para que fuese guía, breviario y consuelo de todos aquellos que, de una o de otra manera, experimentan el dolor en cualquiera de sus formas. Ha sido la tarea que ha realizado ese benemérito sacerdote que es Don Pedro Beteta, divulgador constante de las enseñanzas del Papa al Pueblo de Dios.
Estas páginas, además de dar respuesta a las preguntas que antes nos hacíamos, nos acercan a jesucristo, y nos animan a caminar por la vida "fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma nuestra fe, el cual en lugar del gozo que le proponían soportó la cruz, sin miedo a la ignominia y está sentado a la derecha del trono de Dios" (Heb. 12,2). Es Él, a fin de cuentas, nuestro mejor consuelo y esperanza, ya que quiso compartir nuestra vida "probado en todo igual a nosotros, excepto en el pecado" (Heb. 4,15). San Pablo nos recuerda que "si sufrimos con Él seremos también glorificados con Él" (Rom. 8, 17).
El Papa no podía menos de recordar también a María, que, junto a su Hijo, aceptó el sufrimiento redentor y quedó así constituida en "Consuelo de los afligidos".
Si estas páginas llevan un poco de paz, fortaleza y esperanza a las personas que padecen, habrán realizado una de las mejores obras de misericordia: consolar al que sufre. Serán también testimonio de que el Papa y la Iglesia no son indiferentes ante uno de los más graves y misteriosos problemas humanos.
Madrid, 7 de febrero de 1994
+Angel Card. Suquía
Arzob. de Madrid
PRESENTACION
Este libro está dedicado a los que sufren o viven cercanos al dolor, una realidad misteriosa y desconcertante que tarde o temprano nos afecta a todos.
El sufrimiento propio o ajeno nos lleva a hacernos preguntas inquietantes, que parecen no tener más respuesta que el silencio y la impotencia.
Con el fin de aportar paz y luz para entender mejor el sentido del dolor, hemos seleccionado las palabras más entrañables y consoladoras del Papa; palabras hermosas, plenas de cariño humano y sobrenatural, que transmiten valor, serenidad y aliento espiritual.
Pero, ¿es que acaso hay otro consuelo para el que sufre que no sea librarle de ese dolor? Sí lo hay: mostrarle el por qué y el para qué de tal dolor. En estas páginas, el Papa da respuesta a esos interrogantes, y nos anima a todos a descubrir la felicidad personal que el sufrimiento puede aportarnos, y la grandeza de ser gracias a él corredentores con Cristo.
Juan Pablo II se acerca al misterio con la sensibilidad de quien lo ha vivido, porque antes que Papa es hombre, y un hombre que ha sufrido mucho; pero siempre ha visto en el dolor la visita de Dios. En la misma decisión, clave en su vida, de aceptar la tremenda responsabilidad de ser Papa, tuvo presente el recuerdo de la ternura con la que una enferma ofrecía por la Iglesia la cruz de su enfermedad.
Él nos recuerda la vida del hombre como un camino hacia la felicidad que está señalizado con la cruz, signo orientador que tranquiliza al caminante cuando la fatiga, la dureza del camino o el calor se hacen mayores.
La cruz se transforma así -después del inevitable grito ante lo ingrato, ante lo que contraría- en una alegría silenciosa, en una prueba de amor y confianza que conduce a una esperanza cierta: el gozo de la resurrección.
Durante la primera estancia del Papa en España, en 1982, después de un día de intensa actividad y en vísperas de otros similares, el Nuncio monseñor Innocenti oyó ruido en los alrededores de la habitación de Juan Pablo II. Entró y halló al Papa rezando el Vía Crucis. Eran las cuatro de la madrugada. "Pero Santo Padre, ¿ha olvidado lo que le espera mañana?". El Papa no se inmutó. Siguió de rodillas, le miró fijamente y le respondió: "Usted, señor Nuncio, haga como yo: póngase de rodillas y acompáñeme a hacer el Via Crucis, para afrontar con más gracia de Dios la dura jornada de mañana".
Hemos querido querido enlazar estas páginas precisamente con el hilo argumental del camino del dolor, de la cruz, que es el camino del hombre -¡de todos los hombres!- porque es el mismo que transitó Cristo, el Nuevo Hombre.
En su convalecencia tras el atentado sufrido en 1983, Juan Pablo II meditó mucho acerca del dolor. Fue entonces cuando elaboró la Carta Apostólica Salvifici doloris, un verdadero tesoro de exposición teológica sobre el sufrimiento, de la que el Papa ha dicho: "Quisiera que esta Carta fuera como una guía para vuestra vida, de forma que contempléis siempre vuestra situación a la luz del Evangelio, fijando la mirada en Jesucristo, Señor de la vida, Señor de nuestra salud y de nuestras enfermedades, Dueño de nuestros destinos" .
Mirando a Cristo crucificado encontramos la fuerza necesaria para asumir el dolor. "La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo eleva, los purifica, lo sublima" y lo convierte en "una ocasión para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la civilización del amor" .
El Papa, pues, con su autoridad de representante de Cristo y de hombre experimentado en el dolor, nos habla a cada uno en confidencia de padre, de hermano, de amigo del alma, suavizando y consolando las heridas tanto del cuerpo como del espíritu. Por ello, no es éste un libro para leer de un tirón, sino para ir poco a poco, volviendo incluso sobre lo leído. meditando y haciendo nuestras las palabras del Santo Padre.
PRIMERA PARTE
PALABRAS DE CONSUELO DEL PAPA A LOS QUE SUFREN
a) En los seres queridos
Uno de esos misterios que tiene el dolor nos manifiesta que el enfermo suele llevar con más resignación y entereza su sacrificio que los familiares y amigos que le rodean llenos de cariño. El contacto con el sufrimiento, ajeno pero cercano, se hace en estos mayor que si fuera propio, y más incomprensible si cabe. Por otra parte, su mejor capacidad para reflexionar les puede llevar a hacerse preguntas nunca formuladas y encontrar en el silencio su más elocuente fuente de desconsuelo e impotencia. Con objeto de que ellos y sus seres queridos que sufren hallen consuelo y respuestas acerca del sentido del dolor, se ha confeccionado este primer apartado.
¿Para qué estamos aquí? ¿Qué sentido tiene la vida del hombre?
El hombre tiene extrema necesidad de saber si merece la pena nacer, vivir, luchar, sufrir, morir; si tiene valor comprometerse por algún ideal que sea superior a los intereses materiales y contingentes, si, en una palabra, hay un por qué que justifique su existencia. Ésta es la cuestión esencial: dar un sentido al hombre, a sus opciones, a su vida, a su historia.
Jesús tiene la respuesta a estos interrogantes; Él puede resolver la cuestión del sentido de la vida y de la historia del hombre. Jesús no elimina la preocupación normal y la búsqueda del alimento cotidiano y de todo lo que puede hacer que la vida humana progrese más y sea más satisfactoria. Pero, ....¡la vida pasa indefectiblemente! Y Jesús hace presente que el verdadero significado de nuestro existir terreno está en la eternidad, y que toda la historia humana, con sus dramas y sus alegrías, debe ser contemplada en perspectiva eterna. ¡El hombre tiene necesidad de trascendencia! ¡El hombre tiene necesidad de la presencia de Dios en su historia cotidiana! ¡Sólo así puede encontrar el sentido de la vida! Pues bien, Jesús continúa diciendo a todos: "Yo soy el camino, la verdad y la vida"(1 Jn 14, 6) .
Toda la historia de la humanidad es la historia de la necesidad de amar y de ser amado. Cualquiera que sea el uso que de él hacen los humanos, el corazón -símbolo de la amistad y del amor- tiene sus normas, su ética. Hacer sitio al corazón en la construcción armónica de vuestra personalidad nada tiene que ver con la sensiblería y menos aún con el sentimentalismo. El corazón es la apertura de todo ser a la existencia de los demás, la capacidad de adivinarlos, de comprenderlos. Por eso, algunos se sienten tentados a deshacer su personalidad, encerrándose en sí mismos.
Amar es entregarse a los demás. Lejos de ser una inclinación instintiva, el amor es una decisión consciente de la voluntad de ir hacia los otros. Para poder amar de verdad, conviene desprenderse de todas las cosas y, sobre todo, de uno mismo; dar gratuitamente, amar hasta el fin. Esta desposesión de sí mismo es fuente de equilibrio. Es el secreto de la felicidad. ¡Alzad más frecuentemente los ojos a Jesucristo! ¡No tengáis miedo! Jesús no vino a condenar el amor, sino a liberarlo de sus equívocos y falsificaciones .
* * *
20 de mayo de 1920. Un día primaveral de un año en el que Polonia se abre a la esperanza tras la interminable primera guerra mundial. Ese día un joven y humilde matrimonio de Wadowice recibe con gozo el nacimiento de su tercer hijo, que es bautizado con el nombre de Karol José. ¿Qué será de este niño? ¿Cuál será su misión en esta tierra?
Pues ciertamente tiene como todos -tú y yo también- una tarea que realizar en el mundo. Y una de ellas es dar razón de su esperanza al hombre, anunciarle que llegará a vivir felicísimo con Dios en un gozar sin fin.
Produce impresión conocer los recovecos por los que Dios conduce a las personas a la meta para la que nos destina, y en el caso de Karol Wojtyla, más. Su peripecia vital es impresionante: huérfano, minero, estudiante, actor, poeta, sacerdote, profesor, deportista, patriota de un país humillado por el nazismo y por la mayor degradación humana que hasta entonces la historia había conocido.
Han pasado muchos años. Sólo Dios conoce y dirige la intimidad vital de cada ser humano. Pero en el silencio oculto de cada historia personal hay a veces, como en los relojes antiguos, sonidos llenos de ritmo y cadencia que anuncian que la hora es llegada. A las siete menos cuarto de la tarde del 16 de octubre de 1978, ante cientos de miles de personas que rezan expectantes en la plaza de San Pedro, el humo blanco de la chimenea de la Capilla Sixtina anuncia a la cristiandad que ya ha sido elegido el Papa, y ante el mundo comienza a ser evidente para qué, cincuenta y ocho años antes, había nacido el pequeño Karol.
¿Hay algo después de la muerte?
Esta vida no es un todo que se cierra de modo definitivo entre la fecha del nacimiento y la de la muerte. Está abierta hacia su último destino en Dios. Cada uno de nosotros siente dolorosamente la limitación de la vida, los límites que pone la muerte. Cada uno de nosotros es de algún modo consciente de que el hombre no está plenamente contenido dentro de estos límites, y de que no pueden morir definitivamente. En el momento de la muerte de cada hombre cesan muchas preguntas nunca contestadas y muchos problemas no resueltos. Ninguno de nosotros vive solo. Llevamos dentro de nosotros la necesidad de la "universalización". Pero, en un determinado momento la muerte lo interrumpe todo... .
La muerte es para todos un paso a la existencia en el más allá; para Jesús es, más todavía, la premisa de la resurrección que tendrá lugar al tercer día. Jesús abraza la muerte, después de todos los sufrimientos físicos y morales padecidos, como una entrada en la paz inalterable de ese "seno del Padre" hacia el que ha estado dirigida toda su vida.
Con su muerte, Jesús revela que al final de la vida el hombre no está destinado a sumergirse en la oscuridad, en el vacío existencial, en la vorágine de la nada, sino que está invitado al encuentro con el Padre, hacia el que se ha movido en el camino de la fe y del amor durante toda la vida, y en cuyos brazos se ha arrojado con santo abandono en la hora de la muerte .
¿Acaso la historia del hombre no está marcada por una fatigosa y dramática búsqueda de algo o de alguien que sea capaz de liberarle de la muerte y de asegurarle la vida? La existencia humana conoce momentos de crisis, de desilusión y de oscuridad. Se trata de una experiencia de insatisfacción que se refleja en tanta literatura y en tanto cine en nuestros días.
Jesús ha venido para dar la respuesta definitiva al deseo de vida y de infinito que el Padre celeste, creándonos, ha inscrito en nuestro ser. Cristo proclama: "Yo soy la vida"(Jn 14, 6), y también: "Yo he venido para que tengan vida"(Jn 10, 10). ¿Pero qué vida? La intención de Jesús es clara: la misma vida de Dios, que está por encima de todas las aspiraciones que pueden nacer en el corazón humano. Efectivamente, por el bautismo, nosotros ya somos hijos de Dios (Cfr. 1 Jn 3, 1-2).
Jesús ha salido al encuentro de los hombres, ha curado a enfermos y a los que sufren, ha liberado endemoniados y resucitado muertos. Se ha entregado a sí mismo en la cruz y ha resucitado, manifestándose de esta forma como el Señor de la vida: autor y fuente de la vida inmortal .
* * *
A los seis años, Karol Wojtyla comienza a ir a la escuela primaria, y ya le muestra Dios la cruz en su vida. Un día, al regresar del colegio, se entera de que su madre ha muerto de un ataque al corazón. Cuando tiene doce años, de nuevo surge la cruz en su camino: su hermano Eduardo, su mejor amigo, que ha terminado la carrera de medicina y comienza su andadura profesional en un hospital, muere al poco tiempo en ese mismo hospital a causa de una epidemia de escarlatina. Tan sólo unos mese más tarde, la penicilina ya se distribuía en Europa y la escarlatina dejaba de ser enfermedad mortal. Cuando una vecina intentó consolarle, Karol, sereno aunque lleno de dolor, la miró con seriedad y le dijo simplemente: "Fue la voluntad de Dios".
En 1941 es destinado a trabajar en otra fábrica; allí ha de transportar cal en cubetas. Todas las tardes cuida con cariño de su padre, que está en cama, enfermo de corazón. El amor por su padre hace más intenso su dolor al verle sufrir postrado. Un día, Karol vuelve a casa como de costumbre, con la comida y algunas medicinas. Entra en su cuarto y al momento sale conmocionado y blanco: su padre ha muerto de un ataque al corazón durante su ausencia. Aunque acompañado por sus amigos, físicamente Karol queda sólo, pues no tiene familiares.
¿Cuál es el sentido del dolor?
Pensando en el sufrimiento en su sentido personal y a la vez colectivo, notamos que en algunos periodos de tiempo y en algunos espacios de la existencia humana, parece que se hace particularmente denso. Dentro de cada sufrimiento experimentado por el hombre, y también en lo profundo del mundo del sufrimiento, aparece inevitablemente la pregunta: ¿por qué?. Es una pregunta acerca de la causa, de la razón y de la finalidad; en definitiva, acerca del sentido. Ésta es una pregunta difícil, como lo es otra, es decir, la que se refiere al mal: ¿Por qué el mal? ¿Por qué el mal en el mundo?
El hombre puede dirigir tal pregunta a Dios con toda la conmoción de su corazón y con la mente llena de asombro y de inquietud; Dios espera la pregunta y la escucha . El hombre, creado por Dios y elevado por Él a la sublime dignidad de hijo, lleva en sí un ansia indeleble de felicidad y siente una natural adversión a toda clase de sufrimiento. Jesús, en cambio, en su obra evangelizadora, incluso inclinándose sobre los enfermos y achacosos para curarlos y consolarlos, no ha suprimido precisamente el sufrimiento, sino que ha querido someterse Él mismo a todo el dolor humano posible, el moral y el físico, en su pasión hasta la agonía mortal en Getsemaní, pasando por el abandono del Padre en el Calvario y su larga agonía y muerte en la cruz. Por eso, ha declarado bienaventurados a los afligidos y a los que tienen hambre y sed de justicia. ¡La redención se efectúa concretamente a través de la cruz! .
El sufrimiento es pues una llamada a manifestar la grandeza moral del hombre, su madurez espiritual (Cfr. Salvifici doloris, 22); pero es también una invitación de la Providencia a acercarse más al Crucificado, a comprenderlo, a compartir su misterio.
Sentíos cercanos a Dios en vuestras cruces y sabed ofrecerlas con Cristo a Dios Padre, a fin de que la auténtica aportación de vuestro sacrificio genere preciosos momentos de gracia para la humanidad y para la Iglesia. En la meditación de la pasión de Cristo encontraréis la fuerza para transformar el momentáneo peso de la enfermedad en una ofrenda santificante .
* * *
Han pasado veintiún años desde que nació Karol, años todos ellos marcados por el sufrimiento profundo que supone ver morir a sus familiares, ser perseguido por los nazis y ver su patria sumida en el desconsuelo de la invasión. En 1941 trabaja como obrero en una fábrica y a la vez cultiva su afición a las letras y al arte dramático. Y es en este tiempo cuando, en medio de ese tumulto de acontecimientos, se hace transparente en su alma el querer de Dios para él. En otoño de ese año sabe ya, con la certeza interior y personal que caracteriza al Señor cuando llama, que su camino es ser sacerdote.
Europa está en guerra, Karol es llevado a trabajar a unas minas. En los huecos de tiempo libre se prepara estudiando. El joven Wojtyla está aprendiendo como aprenden todos los hombres -¡en su propia carne!-, que su existencia no le pertenece, que la vida es de Dios y que tiene que ser preparado por Él para poder llegar a la meta con su misión plenamente cumplida. Un hecho le ayudará a ello: un accidente de tráfico. Después del trabajo en la fábrica Solvay, Karol se queda hasta muy tarde estudiando. Al regresar a casa, debido al cansancio y al hambre desfallece cayendo al suelo. Un camión alemán que pasa le atropella y continúa sin detenerse. Allí queda Karol malherido hasta el amanecer. Al fin, es llevado grave a un hospital, para que pueda ser atendido.
¿Por qué permite Dios que sufran los inocentes?
El sufrimiento es una experiencia terrible, ante la cual, especialmente cuando es sin culpa, el hombre plantea aquellos difíciles, atormentados y dramáticos interrogantes, que constituyen a veces una denuncia y otras un desafío o un grito de rechazo a Dios y de su Providencia. Son preguntas que se pueden resumir así: ¿Cómo conciliar el mal y el sufrimiento con la solicitud paterna, llena de amor, que Jesucristo atribuye a Dios en su Evangelio? Y si se quiere: ¿Cómo podemos creer que "Dios es amor", y tanto más que este amor es omnipotente?
La afirmación de la Sagrada Escritura: "la maldad no triunfa sobre la Sabiduría"(Sab 7, 30) explica y refuerza nuestra convicción de que, en el plano providencial del Creador respecto del mundo, el mal en definitiva está subordinado al bien. Dios nos ayuda a comprender mejor estas afirmaciones: primera que "Dios no quiere el mal como tal" y segunda que "Dios permite el mal".
A propósito de la primera es oportuno recordar las palabras del Libro de la Sabiduría: "... Dios no hizo la muerte ni se goza en la pérdida de los vivientes. Pues Él creó todas las cosas para la existencia"(Sab 1, 13-14).
En cuanto a la permisión del mal en el orden físico, por ejemplo, respecto al hecho de que los seres materiales -también el cuerpo humano entre ellos- sean corruptibles y sufran la muerte, es necesario saber que esto pertenece a la estructura misma de estas criaturas. Podemos, pues, comprender que, si "Dios no ha creado la muerte", según hemos leído en la Sagrada Escritura, sin embargo la permite con miras al bien global del cosmos material.
Pero si se trata del mal moral, esto es, del pecado y de la culpa en sus diversas formas y consecuencias, incluso en el orden físico, este mal Dios no lo quiere. El mal moral es radicalmente contrario a la voluntad de Dios. Si está presente en la historia del hombre y del mundo, y a veces de forma totalmente opresiva, si en cierto sentido tiene su propia historia, sólo es permitido por la Divina Providencia porque Dios quiere que en el mundo haya libertad. La existencia de la libertad creada -es decir la del hombre y la de los ángeles- es indispensable para aquella plenitud de la creación, que responde al plan eterno de Dios. A causa de esta plenitud del bien que Dios quiere realizar en la creación, la existencia de los seres libres es para Él un valor más importante y fundamental que el hecho de que aquellos seres abusen de la propia libertad contra el Creador y de que, por eso, incluso, la libertad pueda llevar al mal moral .
* * *
Durante su viaje a Africa en 1993, el Papa se volvió a encontrar con el terrible dolor del sida: una joven enferma testimonió ante él cómo había sido infectada tras una violación. Juan Pablo II, hondamente conmovido, visitó un hospital de enfermos de sida y dejó un mensaje de consuelo y esperanza, afirmando que pese a ser consecuencia de una crisis de valores morales, este mal es una experiencia que puede promover el renacimiento espiritual de la sociedad.
Cristo responde sacando bien del mal
Dios afirma de forma clara y perentoria que la maldad no triunfa sobre su Sabiduría y que si permite el mal en el mundo es con fines más elevados, pero no quiere ese mal. Es Cristo quien en el contexto de su misterio redentor, ofrece la respuesta plena y completa a ese atormentador interrogante. Pues aunque es ciertamente un poder admirable el suyo, éste se pone de manifiesto precisamente en el contraste ante la debilidad y el anonadamiento de su pasión y muerte en la cruz. Es esta una sabiduría excelsa y tan originalísma como desconocida fuera de la Revelación divina. Sucede que en el plano eterno de Dios y en su providencial acción sobre la historia del hombre, todo mal, y de forma especial el mal moral -el pecado- es sometido al bien de la redención y de la salvación precisamente mediante la cruz y la resurrección de Cristo. Se puede afirmar que Dios saca bien del mal.
Así pues, la pregunta de cómo conciliar el mal y el sufrimiento en el mundo con la verdad de la Providencia Divina, no se puede contestar de modo definitivo sin hacer referencia a Cristo. Efectivamente, por una parte, Cristo -Verbo encarnado- confirma con su propia vida -en la pobreza, en la humillación y la fatiga-, y sobre todo con su pasión y muerte, que Dios está al lado del hombre que sufre; más aún, que Él toma sobre Sí el sufrimiento en su variedad de formas en la existencia terrena del hombre.
Así pues, visto con los ojos de la fe, el sufrimiento, si bien puede presentarse como el aspecto más oscuro del destino del hombre en la tierra, permite transparentar el misterio de la Divina Providencia, contenido en la revelación de Cristo, y de un modo especial en la cruz y en la resurrección.
Indudablemente, puede seguir ocurriendo que, planteándose los anteriores interrogantes señalados sobre el mal y el sufrimiento, el hombre no encuentre respuesta inmediata, sobre todo si no posee una fe viva en el misterio de Cristo. Pero gradualmente y con la ayuda de la fe alimentada por la oración se descubre el verdadero sentido del sufrimiento que cada cual experimenta en su propia vida .
* * *
Pasados los años, al poco de ser elegido Papa, Andrè Frossard no dudó en definirle como "el Papa del hombre". Pensaba entonces así. Y ahora, pasados los años, el gran escritor francés afirma que si tuviera que resumir en dos frases el pontificado de Juan Pablo II, lo haría cabalmente diciendo con sus propias palabras: "No tengáis miedo", es decir, un hombre que camina con la valentía que tuvo Jesucristo, y dando como razón de tal esperanza el amor que el Señor tiene a la humanidad entera, con las palabras: "Abrid las puertas a Cristo".
La historia conservará de manera imborrable una realidad que se está escribiendo hoy y ahora. Y la realidad es ésta: que Juan Pablo II defiende al hombre con el coraje del amor de Dios que sólo Cristo ejerció, porque es el propio Cristo -en Juan Pablo II- quien le defiende.
Si el pecado es la causa del dolor, ¿por qué Dios no nos creó impecables?
El sufrimiento físico y moral sigue siendo, sin duda, uno de los misterios más desconcertantes de la existencia, porque nos toca de cerca a cada uno de nosotros, sin excluir a nadie. Viene a ser por ley de la naturaleza, el pan de cada día para el ser humano, su condición permanente de vida en toda edad .
Como se ha revelado ya en la obra de la creación y sobre todo en la de los seres racionales y libres, hechos "a imagen y semejanza" del Creador, la Revelación nos hace saber que el pecado es el principal y fundamental mal, porque en él está contenido el rechazo de la voluntad de Dios, de la verdad y de la santidad de Dios, de su paternal bondad. En el pecado está contenida, por tanto, una deformación particularmente profunda del bien creado, especialmente en un ser que, como el hombre, es imagen y semejanza de Dios . La criatura racional, excelsa entre todas, pero siempre limitada e imperfecta, podía hacer mal uso de la libertad, la podía emplear contra Dios, su Creador; y de hecho así fue. El pecado no sólo era una posibilidad, sino que se confirmó como un hecho real "desde el comienzo".
El respeto a la libertad creada es tan esencial que Dios permite en su Providencia incluso el pecado del hombre (y del ángel). Podemos deducir pues, que a los ojos de Dios era más importante que en el mundo creado hubiera libertad, aun con el riesgo de su mal empleo, que privar de ella al mundo para excluir de raíz la posibilidad del pecado .
Sólo una vida de fe sinceramente aceptada e intensamente vivida puede iluminar en sus raíces el misterio del dolor, aliviarlo con el aliento de la esperanza, con la fuerza de la caridad, llegar incluso a transformarlo en alegría y hacer de él una de las palancas que levantan al mundo .
* * *
Cuenta Andrè Frossard que al día siguiente de aquel atentado que estuvo a punto de costarle la vida a Juan Pablo II, el Santo Padre llamó "mi hermano" al terrorista turco. Y Frssard tuvo oportunidad de decirle al Papa: "Santidad, yo hubiera preferido que ese hermano hubiera encontrado otro medio de "entrar" en la familia.
El verdadero mal es el pecado, y Dios siempre que nos arrepentimos, lo perdona. Juan Pablo II sigue ese mismo camino.
Acompañar al que sufre es amarle de verdad
"Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre"(Lc 1, 42). Son palabras que dirigió Isabel a María al oír su saludo el día de su Visitación. María está espiritualmente presente en medio de nosotros: hemos oído resonar su voz en esta página evangélica. Nosotros miramos ahora a María con los mismos ojos con los que miró Isabel, cuando la vio llegar con paso presuroso y escuchó la voz de su saludo.
¿Cómo no hacer una reflexión de esta actitud de María? El sobresalto de alegría que sintió Isabel, subraya el don que puede encerrarse en un simple saludo, cuando sale de un corazón lleno de Dios. ¡Cuántas veces las tinieblas de la soledad, que oprimen a un alma, pueden ser desgarradas por el rayo luminoso de una sonrisa o de una palabra amable!
Una palabra amable se dice pronto; sin embargo, a veces se nos hace difícil pronunciarla. Nos detiene el cansancio, nos distraen las preocupaciones, nos frena un sentimiento de frialdad o de indiferencia egoísta. Así sucede que pasamos al lado de personas a las que, aún conociéndolas, apenas les miramos a la cara y no nos damos cuenta de lo que frecuentemente están sufriendo por esa sutil, agotadora pena, que proviene de sentirse ignoradas. Bastaría una palabra cordial, un gesto afectuoso e inmediatamente algo se despertaría en ellas: una señal de atención y de cortesía puede ser una ráfaga de aire fresco en lo cerrado de una existencia, oprimida por la tristeza y por el desaliento. El saludo de María llenó de alegría el corazón de su anciana prima Isabel.
La fe permitió a María asomarse sin temor al abismo inexplorado del designio salvador de Dios: no resultaba fácil creer que Dios pudiera "hacerse carne" y venir a "habitar entre nosotros", es decir, que quisiera ocultarse en la insignificancia de nuestra vida ordinaria, vistiéndose de nuestra fragilidad humana, sometida a tantos y tan humillantes condicionamientos. María se atrevió a creer en este proyecto "imposible", y se convirtió en la principal cooperadora de esa admirable iniciativa divina, que ha abierto de nuevo nuestra historia a la esperanza .
* * *
El porqué del dolor es una pregunta que sólo tiene respuesta en el difícil idioma que se aprende junto a Dios: el de la fe. Por eso Juan Pablo II consuela tanto al que habla ese idioma, sea quien fuere.
Cuando visitó la India, nada más llegar, fue a abrazar los cuerpos esqueléticos y a bendecir los párpados casi cerrados de los enfermos que atienden las monjas de Teresa de Calcuta. Una mujer, tras saludar al Papa, falleció musitando: "Estoy sola, muy sola, vuelva otra vez". En aquel viaje Juan Pablo II diría conmovido: "No puedo dar una respuesta completa, no puedo tampoco aliviaros vuestro dolor, pero estoy seguro de esto: Dios os ama con un amor infinito. Sois para Él seres preciosos". Quizá por eso haya que pedir también más fe a los que acompañan a los que sufren, porque aunque todos padezcan, la fe en este amor de Dios alivia siempre.
Ver en el hombre que sufre a Cristo
Jesús quiere que por el sufrimiento y en torno al sufrimiento crezca el amor, la solidaridad de amor, esto es, la suma de aquel bien que es posible en nuestro mundo humano. Bien que no se desvanece jamás.
El Papa, que quiere ser siervo de este amor, besa la frente y las manos de todos cuantos contribuyen a la presencia de este amor y a su crecimiento en nuestro mundo. Él cree y sabe que besa la frente y las manos del mismo Cristo que está místicamente presente en quienes sufren y en quienes, por amor, sirven al que sufre .
Se identifica Jesús hasta tal punto con el hombre, en particular con el hombre que sufre, y con todos los que tratan de aliviarlos y los soportan, que un día dirá: "Tuve sed... era peregrino... estaba en la cárcel, estaba enfermo"(Mt 25, 35), no encontraba camino, estaba solo, tuve miedo .
Tenemos que descubrir a Cristo que sale al encuentro de nuestros hermanos, los hombres. Ninguna vida humana es una vida aislada; está entrelazada con las demás vidas. Ninguna persona es un verso suelto. Formamos parte del mismo poema divino, que Dios escribe con la colaboración de nuestra libertad. Todas las situaciones por las que atraviesa nuestra vida nos traen un mensaje divino, nos piden una respuesta de amor y de entrega a los demás .
* * *
La misma tarde de su elección como Sumo Pontífice, Juan Pablo II acudió a consolar a un enfermo. Su gran amigo monseñor Andrej Maria Deskur había sufrido un derrame cerebral durante el Cónclave, y estaba gravísimo en el Policlínico Gemelli de Roma. Como siempre el consuelo viene de Dios y de su Madre Santísima, el Papa rezó junto a su amigo unos misterios del Santo Rosario. En los días sucesivos, llamaba personalmente para seguir el curso de la recuperación, incluso cuando monseñor Deskur fue trasladado -pasado el peligro- a Suiza. Es un ejemplo de saber querer al amigo, al hijo que sufre. El amor no tiene esquemas rígidos. En aquella visita, al despedirse y saludar a los enfermos, les dijo: "Vosotros, aunque estéis débiles, sois muy poderosos: como Jesús en la Cruz. Me encomiendo a vuestras oraciones. Yo me apoyo en vosotros. Rezad por el Papa, que en otro sentido también es muy débil".
En una de las ocasiones en que llamó por teléfono personalmente al prelado amigo, la telefonista le preguntó: "¿De parte de quién?", contestó él: "del Papa", ante lo cual la telefonista le recriminó por "la broma". Sólo al cabo de un rato, con gran sofoco, aquella señorita accedió.
¡Sólo puede consolar el que ha sufrido el dolor y el desconsuelo!
Yo conozco también -porque lo he probado en mi persona- el sufrimiento que produce la incapacidad física, la debilidad propia de la enfermedad, la carencia de energías para el trabajo, el no sentirse en forma para desarrollar una vida normal. Pero sé también -y quisiera hacéroslo ver a vosotros- que ese sufrimiento tiene otra vertiente sublime: da una gran capacidad espiritual, porque el sufrimiento es purificación para uno mismo y para los demás, y si es vivido en la dimensión cristiana puede convertirse en don ofrecido para completar en la propia carne "lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia"(Col 1,24).
Por esto el sufrimiento capacita para la santidad, dado que encierra grandes posibilidades apostólicas y tiene un valor salvífico excepcional cuando va unido a los sacrificios de Cristo .
A vosotros, queridos enfermos de todos los rincones del mundo deseo anunciaros la presencia viva y consoladora del Señor. Vuestros sufrimientos, acogidos y sostenidos por una fe inquebrantable, unidos a los de Cristo, adquieren un valor extraordinario para la vida de la Iglesia y el bien de la humanidad .
Cristo -permitidme decirlo así- es el mayor realista de la historia del hombre. El, efectivamente, "sabe lo que hay dentro de cada hombre" (Jn 2, 25). ¡Él lo sabe! Lo repito sin querer ofender a ninguno de cuantos, a lo largo de los tiempos, han procurado o procuran hoy descubrir qué es el hombre y desean enseñarlo. Sobre la base de este realismo, Cristo nos enseña que la vida humana tiene sentido en cuanto que es un testimonio de la verdad y del amor .
Existe un secreto que puede transformar profundamente la actitud de quien sufre en el cuerpo: el abandono confiado en Dios. No es éste una especie de refugio fácil, confortante y, en definitiva, alienante. Nos es verdaderamente necesaria una gracia especial para ser capaces de tal abandono en Dios. Pero el Señor está allí, pronto para concederla, de manera que el sufrimiento se haga garantía de recompensa eterna, y también desde ahora, motivo de reflexión y de ejemplo para los que nos observan de cerca. Él, que ha prometido no dejar sin recompensa al que realiza un simple gesto de cortesía por amor a Él(Cfr. Mt 10, 42), ¿cuánto más mirará con benignidad al que ha hecho don total de sí mismo para Él, en la situación de su enfermedad? .
* * *
En 1944, durante la invasión rusa de Polonia, Karol Wojtyla -más tarde Juan Pablo II- llevaba ya varios años estudiando clandestinamente para ser sacerdote. Los nazis antes de abandonar Polonia, redoblaron la persecución contra el pueblo polaco, fusilando a todos los jóvenes que encontraban a su paso. Una noche entran en casa de Karol; pero él puede esconderse en la cocina, y allí permanece rezando. Los nazis lo registran todo. Suben y bajan, revuelven y miran habitación por habitación. Pero a él no le ven, y milagrosamente Karol salva la vida.
No olvidar nunca a los enfermos y menos cuando llegan las vacaciones
Estamos aquí para rezar y reflexionar en común sobre el amor que Dios ha revelado al hombre, al encarnarse. María de Nazaret fue y seguirá siendo siempre el primer testimonio de este amor de Dios al hombre, Ella es el primer testimonio de la Encarnación.
En este misterio, queremos hoy sentir cerca de nosotros especialmente a todos los enfermos y a todos los que sufren. Es bien sabido que por todas partes, en toda aldea, en toda ciudad grande o pequeña, en todo país, en todo continente, hay personas que sufren.
Hay enfermos, gravemente enfermos, incurables, inválidos; personas condenadas a moverse en una silla de ruedas; mujeres y hombres clavados en el lecho del dolor.
Quizá sea precisamente en este período del año -verano-, en que las personas sanas gozan de un tiempo de descanso en la montaña, en los bosques, en el mar o en los lagos, nuestros hermanos sienten más dolorosamente su estado de salud. Para ellos son limitados, muy limitados y a veces incluso inaccesibles, estos sencillos y lícitos goces de la vida, la fascinación del verano, del descanso, del aire libre.
Cuando reflexionamos sobre la inmensidad del dolor humano, de ese dolor que está entre nosotros, en nuestras casas, en los hospitales, en las clínicas, por cualquier parte del mundo, entonces el significado de las palabras de Cristo: "Cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos... (hermanos míos que sufren), a mí me lo hicisteis"(Mt 25, 40), resulta sumamente real. ¡Cómo se multiplica Cristo a través de estas palabras! ¡Cuán presente está en la historia de la humanidad .
Mi pensamiento se dirige, pues, a las familias que tienen algún miembro enfermo. Es duro de aceptar la ausencia de un ser querido en casa. Sabed que la fidelidad de vuestro amor y vuestra presencia son muy importantes para el que sufre. Conservad el amor, y descubrid también vosotros las cualidades humanas que se revelan en quien ha de afrontar sus propias limitaciones. Ayudadle a conservar la esperanza, simplemente estando cerca de él para aliviar su soledad en el momento de la prueba .
* * *
La vida de trabajo y sacrificio de Juan Pablo II ha sido siempre muy intensa, hasta tal punto que puede parecer increíble. ¿De dónde saca esa capacidad de trabajo y las fuerzas para llevarlo a cabo? La razón de tan incansable actividad apostólica mana precisamente de su profunda vida de oración y trato con Dios. En una ocasión, siendo obispo de Cracovia, Monseñor Wojtyla enferma. ¿De qué padece? ¿Cuál es el diagnóstico? Se barajan muchas posibilidades. Al final, se determina de modo indudable una sola: agotamiento. Por eso el remedio es fácil. Dos semanas de descanso al aire libre.
La ancianidad, un tesoro
Mi pensamiento se dirige a todos los ancianos de la Iglesia que, con serenidad y alegría dan ejemplo de vida sinceramente cristiana, al mismo tiempo que comprenden que el misterio de la muerte debe ser aceptado con realismo, si bien sabemos que se transforma radicalmente en el Misterio Pascual de Nuestro Señor Jesucristo. Mi pensamiento se dirige a todos aquellos que están abrumados por el peso de la enfermedad o la incapacidad, a los que soportan la carga de la soledad, el rechazo o el miedo.
La vida de los ancianos nos ayuda a ver con más claridad la escala de los valores humanos; representa la continuidad de las generaciones y demuestra maravillosamente la interdependencia del pueblo de Dios. El anciano tiene muy a menudo el carisma necesario de evitar rupturas generacionales antes de que éstas se produzcan: ¿Cuántos niños han hallado comprensión y amor en las miradas, palabras y caricias de los ancianos? y cuántos ancianos han suscrito la inspirada afirmación de que "la corona del anciano son los hijos de los hijos"(Prov 17, 6) .
Es posible que a veces tengáis miedo de ser una carga para nosotros. Es posible incluso que se os haya dicho o hecho sentir, en efecto, que lo sois. Si eso es así, deseo pediros perdón. Es cierto que nos necesitáis, que necesitáis nuestra ayuda y cuidados, nuestras manos y nuestro corazón. Pero también nosotros os necesitamos a vosotros. Debéis permitir que se os dé mucho. Pero también vosotros nos dais mucho.
Lógicamente os alegráis por todas las cosas hermosas que habéis vivido y las cosas buenas que habéis hecho; también debéis dar gracias por todo eso. Pero ahora lo veis todo bajo una luz nueva y son muchas las cosas que valoráis de forma diversa a como lo hacíais antes. Ahora sabéis mejor lo que es realmente la vida, y ese conocimiento y esa sabiduría de la vida, acrisolada y madurada en vuestro dolor, podéis transmitírnosla a nosotros mediante todo lo que nos decís, mediante todo lo que vivís actualmente y mediante el modo en que lo soportáis. El Papa os da las gracias por esta predicación que vosotros hacéis mediante el dolor que soportáis pacientemente. Esa predicación no la puede sustituir púlpito alguno, ni escuela, ni lección alguna.
Ni los enfermos ni los ancianos son elementos marginales de la sociedad. Más bien pertenecen esencialmente a ella. Todos nosotros somos deudores suyos. En esta hora quiero daros las gracias a todos los que ofrecéis vuestro dolor y vuestra oración por las muchas miserias de la humanidad. Un sufrimiento soportado con paciencia se convierte en cierto modo en oración y en fuente fecunda de gracia. Por ello quiero pediros a vosotros: convertid vuestras habitaciones en capillas, contemplad la imagen del Crucificado y pedid por nosotros, ofreced sacrificios por nosotros, también por la actividad del Sucesor de Pedro, que confía de un modo muy especial en vuestra ayuda espiritual y os bendice a todos .
* * *
Al igual que Cristo, Juan Pablo II siempre se acerca y consuela al que sufre. Cuando ve a un enfermo o a un niño, se olvida del protocolo y va hacia él. Y coge al niño de la mano, o en brazos; y habla y bendice al enfermo dejándose abrazar por él. Y se queda tan feliz. ¿Cual es la razón? La razón se encuentra en el Evangelio. Dijo Jesús a los fariseos que insidiosamente le tentaban, después de que le mostraran un denario con el sello del César: "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". El sello acuñado en la moneda indicaba quién era su dueño. El sello, la imagen y semejanza, que hay impresa en el hombre muestra que Dios es su Dueño. Esta imagen está especialmente marcada en la inocencia de los niños y en la cruz de los que sufren. Por eso son inmediatamente descubiertos por Juan Pablo II.
El hospital: el Calvario de hoy
El hospital tiene siempre algo de Calvario, porque allí, unidas al sacrificio del Redentor, se ofrecen vidas por la redención del mundo; como Jesús ofreció la suya al Padre por todos nosotros, pecadores, y por cuantos sufren y se asocian a su sufrimiento y al misterio de su redención. Pido al Señor lo mejor para vosotros: la salud, la alegría, la presencia de los seres queridos y, sobre todo, que os unáis a Cristo en su sacrificio salvador. Que no consideréis vuestras vidas, ni este tiempo de enfermedad, como realidades inútiles. Estos momentos pueden ser ante Dios los más decisivos para vuestras vidas, los más fructíferos para vuestros seres queridos y para los demás.
Jesús se acercó a los enfermos con amor y les tendió su mano bondadosa, para que reavivaran su fe y anhelaran más hondamente la salvación plena. Curó a muchos, pero sobre todo superó el sufrimiento, haciéndolo servir al misterio de su redención.
En su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humano. "Pasó haciendo el bien"(Heb 10, 38), y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba a los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto del cuerpo como del alma. Al mismo tiempo instruía, poniendo en el centro de sus enseñanzas las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal .
* * *
Tras la recuperación del atentado de 1981, se le diagnostica al Papa una infección debida a la transfusión de sangre que se le hizo, y debe reingresar en el hospital. El cirujano que le atendió, Dr. Crucitti, decía: "Ha sufrido mucho pero he visto triunfar en él la dimensión espiritual del hombre". Juan Pablo II proclamaba con su ejemplo la misma realidad de sus palabras: "La enfermedad, que en la experiencia diaria se percibe como una frustración de la fuerza vital natural, se convierte para los creyentes en una invitación a "leer" la nueva y difícil situación en la perspectiva propia de la fe. Fuera de ella, por otra parte, ¿cómo se puede descubrir, en el momento de la prueba, la aportación constructiva del dolor?, ¿cómo dar significado y valor a la angustia, a la inquietud, a los males físicos y psíquicos que acompañan a nuestra condición mortal?, y ¿qué justificación se puede encontrar para el declive de la vejez y para la meta final de la muerte que, a pesar de los progresos científicos y tecnológicos siguen subsistiendo inexorablemente?" .
El personal sanitario son los "buenos samaritanos" de hoy
¡Qué elocuente es esta parábola! Porque, aunque Jesús sitúe el relato en el camino de Jerusalén a Jericó, en Tierra Santa, la situación puede repetirse en cualquier sitio del mundo, ¡también aquí! Y, ciertamente, se habrá repetido más de una vez.
Cristo -el Buen Samaritano por excelencia, que cargó sobre Sí nuestros dolores- seguirá actuando a través de todos los cristianos. No a través de unos pocos, sino a través de todos, porque todos estamos llamados a una vocación de servicio. Esta vocación de servicio, que abarca todas las dimensiones de la existencia humana, encuentra su cauce apropiado y fecundo en la realización de cualquier trabajo honrado. Sin embargo, para algunos, esta misión de servicio reúne unas características singulares. Su trabajo les lleva a estar cerca de los que sufren, asumiendo los problemas de la salud, procurando aliviar el dolor que llega hasta ellos, adoptando continuamente la actitud de buen samaritano .
Para vosotros, agentes sanitarios, llamados a curar y promover la salud íntegra del hombre, la palabra de la cruz es un mensaje exigente. El Evangelio nos presenta en el camino que lleva al Calvario, a algunas personas que manifiestan su solidaridad con Cristo mediante palabras y gestos de amor y de compasión. La primera de todas es María. Junto a los enfermos, en quienes de alguna manera se prolonga la pasión de Jesús, estáis llamados a cumplir la misma misión. Vuestra profesión de médicos, enfermeros, técnicos y voluntarios resulta en este marco, muy significativa y rica de perspectivas. Vuestra obra no sólo requiere competencia profesional y técnica, sino también sensibilidad humana, espiritual y moral; requiere dedicación generosa, incluso para vencer la tentación de la indiferencia, el desinterés y el absentismo, dando testimonio de un amor siempre dispuesto a ser entregado, regalado. Tanto más, cuanto que es la fe la que inspira y sostiene vuestro trabajo .
Personal sanitario: ¡gracias por vuestra generosidad!
Vosotros realizáis un trabajo que el Señor elogia en el buen samaritano: "al verle (...) acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él"(Lc 10, 33-34). Seguid viendo en los enfermos al mismo Cristo. No dejéis que la rutina cosifique vuestro trabajo y os haga insensibles al sufrimiento. Compensad la falta de medios con vuestro amor, vuestra disponibilidad y vuestro ingenio. Y, sobre todo, ayudad siempre a los enfermos a comprender el significado del dolor dentro del plan salvífico de Dios.
La oración y la frecuencia de sacramentos -especialmente la Penitencia y la Eucaristía- os darán la fortaleza necesaria para llevar adelante vuestro compromiso con los que sufren. Y, con esa fuerza, ayudaréis a los enfermos a permanecer unidos a Dios acercándoles a los Sacramentos, a través de los cuales nos llega la gracia de Cristo .
La parábola del buen samaritano, que -como hemos dicho- pertenece al Evangelio del sufrimiento, camina con él a lo largo de la historia de la Iglesia y del cristianismo; a lo largo de la historia del hombre y de la humanidad. Esta parábola entrará, finalmente, por su contenido esencial, en aquellas desconcertantes palabras sobre el juicio final que Mateo ha recogido en su Evangelio: "Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; preso, y vinisteis a verme" (Mt 25, 34-46). A los justos que pregunten cuándo han hecho precisamente esto, el Hijo del Hombre responderá: "En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40). La sentencia contraria tocará a los que se comportaron diversamente: "En verdad os digo que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo"(Mt 25, 45) .
Acompañar como merece al amigo que se va
Estoy aquí especialmente para saludaros y abrazaros, pacientes de todas clases, pequeños y adultos, hermanos predilectos de Cristo paciente. Quiero expresaros en este momento la profunda simpatía que siento por cada uno de vosotros, expresaros toda mi comprensión por la enfermedad que soportáis en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu; quisiera hablar con vosotros, uno a uno, para infundiros aliento y valor .
Ante el misterio de la muerte el hombre se halla impotente; vacilan las certezas humanas. Pero, precisamente frente a ese desafío, la fe cristiana, si se la comprende y escucha en toda su riqueza, se presenta como fuente de serenidad y de paz. En efecto, a la luz del Evangelio, la vida del hombre asume una dimensión nueva y sobrenatural. Lo que parecía carecer de significado adquiere entonces sentido y valor.
La muerte es un momento realmente misterioso, un acontecimiento que es necesario rodear de afecto y de respeto. Junto a la persona que se debate entre la vida y la muerte, hace falta, sobre todo, una presencia amorosa. La fase terminal, que en otros tiempos solía contar con la asistencia de familiares en un clima de tranquilo recogimiento y de esperanza cristiana, en la época actual corre el peligro de desarrollarse con frecuencia en lugares llenos de gente y movimiento, bajo el control de personal médico preocupado principalmente por los aspectos biofísicos de la enfermedad.
La conciencia de que el moribundo se apresta a encontrarse con Dios para toda la eternidad debe impulsar a los familiares, a los seres queridos, al personal médico y religioso, a acompañarlo en ese momento tan decisivo de su existencia con solicitud atenta en todos los aspectos, incluido el espiritual, de su condición.
A todos los moribundos no les debe faltar el afecto de sus familiares, la atención de los médicos y enfermeros y el consuelo de los amigos. La experiencia enseña que, por encima de los consuelos humanos, reviste una especial importancia la ayuda que le proporciona al moribundo la fe en Dios y la esperanza en la vida eterna .
El sacramento de la Reconciliación
El pecado no es un simple error humano, y no comporta sólo un daño para el hombre: es una ofensa hecha a Dios, en cuanto que el pecador viola su ley de Creador y Señor, y hiere su amor de Padre. No se puede considerar el pecado exclusivamente desde el punto de vista de sus consecuencias psicológicas: el pecado adquiere su significado de la relación del hombre con Dios.
Es Jesús quien -de manera especial en la parábola del hijo pródigo- nos hace comprender que el pecado es ofensa al amor del Padre, cuando describe el desprecio ultrajante de un hijo hacia la autoridad y la casa de su padre. ¡Cuánta esperanza ha encendido en los corazones! ¡Cuántos retornos a Dios ha facilitado, a lo largo de los siglos cristianos, la lectura de esta parábola, referida por Lucas, quien con plena razón ha sido definido "el escribano de la mansedumbre de Cristo". El sacramento de la penitencia pertenece a la revelación que Jesús nos hizo del amor y de la bondad paterna de Dios.
Como herederos de la misión y del poder de los Apóstoles, los presbíteros en la Iglesia, perdonan los pecados en nombre de Cristo. El papel activo del cristiano en el sacramento de la penitencia consiste en reconocer sus propias culpas con una confesión que, salvo casos excepcionales, se hace individualmente al sacerdote; con la manifestación del propio arrepentimiento por la ofensa hecha a Dios: contrición; con la sumisión humilde al sacerdocio institucional de la Iglesia, para recibir el signo eficaz del perdón divino; con el ofrecimiento de la satisfacción impuesta por el sacerdote como símbolo de participación personal en el sacrificio reparador de Cristo, que se ofreció al Padre como hostia por nuestras culpas; y finalmente, con la acción de gracias por el perdón obtenido.
Conviene recordar que todo cuanto hemos dicho, es preciso para el pecado que rompe la amistad con Dios y priva de la "vida eterna", y que por ello, se llama "mortal". Hay que recurrir al sacramento incluso cuando se ha cometido un solo pecado mortal. Pero el cristiano que cree en la eficacia del perdón sacramental recurre al sacramento también fuera del caso de necesidad, con una cierta frecuencia, y encuentra en él el camino de una creciente delicadeza de conciencia y de una purificación cada vez más profunda, una fuente de paz, una ayuda en la lucha contra las tentaciones y en el esfuerzo por llevar una vida más acorde con las exigencias de la ley y del amor de Dios .
b) En su propio ser
Este segundo apartado tiene una finalidad bien distinta a la precedente, pues está orientada casi en exclusiva a los enfermos. ¿Acaso no iba dirigida a ellos también la primera? Sí, pero no sólo a ellos.
Ahora, en cambio, ofrecemos -a modo de puntos de meditación- los textos del Papa que nos han parecido más entrañables y consoladores para aquellos a los que el dolor les hace difícil no sólo leer sino incluso prestar atención a largos discursos. Son palabras llenas de cariño humano y sobrenatural, seleccionadas de entre tantas como ha dirigido en sus constantes visitas y alocuciones a los que sufren en su propio cuerpo.
El lector percibirá que Juan Pablo II observa el misterio del dolor fijándose siempre en la Cruz de Cristo; pero lo hace desde diversos puntos de vista, de forma que una relectura meditada aportará la paz y la serenidad que no nos es posible ahora comunicar con palabras.
La predilección del Papa por los enfermos
¡Queridísimos hermanos y hermanas! Bien sabéis vosotros que el Papa, a imitación de Jesús, de quien es Vicario en la tierra, tiene predilección por los enfermos y por los que sufren. Por eso, quiero encontrarme con vosotros, para hablaros de corazón a corazón, y dejaros un mensaje de fe, deciros unas palabras de ánimo y esperanza .
Visto con los ojos de la fe, el sufrimiento, si bien puede presentarse como el aspecto más oscuro del destino del hombre en la tierra, permite transparentar el misterio de la Divina Providencia, contenido en la revelación de Cristo, y de un modo especial en la cruz y su resurrección.
Gradualmente y con la ayuda de la fe alimentada por la oración se descubre el verdadero sentido del sufrimiento que cada cual experimenta en su propia vida .
Hace unos días me vi obligado a una breve estancia en el hospital, a raíz de la caída que tuve(...). Para mí es una nueva ocasión de unirme más íntimamente al misterio de la cruz de Cristo, en comunión con tantos hermanos y hermanas que sufren. Acojo también esta prueba de las manos de Dios, que dispone todo en sus planes providenciales, y la ofrezco para el bien de la Iglesia y para la paz entre los hombres .
Estoy muy unido a todos los que sufrís
A vosotros, queridos enfermos de todos los rincones del mundo deseo anunciaros la presencia viva y consoladora del Señor. Vuestros sufrimientos, acogidos y sostenidos por una fe inquebrantable, unidos a los de Cristo, adquieren un valor extraordinario para la vida de la Iglesia y el bien de la humanidad.
A través de todos los siglos se han escrito páginas admirables de heroísmo en el sufrimiento aceptado y ofrecido en unión con Cristo. Y se han llenado páginas no menos espléndidas mediante el servicio humilde hacia los pobres y los enfermos, en cuya carne herida se ha reconocido la presencia de Cristo, pobre, crucificado .
Conozco el sufrimiento que produce la incapacidad física, la debilidad propia de la enfermedad, la carencia de energías para el trabajo, el no sentirse en forma para desarrollar una vida normal. Pero sé también -y quisiera hacéroslo ver a vosotros- que ese sufrimiento tiene otra vertiente sublime: da una gran capacidad espiritual, porque el sufrimiento es purificación para uno mismo y para los demás, y si es vivido en la dimensión cristiana puede convertirse en don ofrecido para completar en la propia carne "lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia"(Col 1, 24).
Por esto el sufrimiento capacita para la santidad, dado que encierra grandes posibilidades apostólicas y tiene un valor salvífico excepcional cuando va unido a los sacrificios de Cristo.
En la Carta Apostólica Salvifici doloris he hablado largamente del sentido cristiano del sufrimiento. Quisiera que esa Carta fuera como una guía para vuestra vida, de forma que contempléis siempre vuestra situación a la luz del Evangelio, fijando la mirada en Jesucristo crucificado, Señor de la vida, Señor de nuestra salud y de nuestras enfermedades, Dueño de nuestros destinos .
* * *
Cenaba el Papa con más de ciento treinta mendigos en el Hospicio de Roma. Era el 3 de enero de 1988, y allí Juan Pablo II les hizo esta confidencia: "Es cierto que en la vida del Papa hay muchos y variados compromisos, pero quizá algún día Jesús pregunte al Papa: Tú que has hablado con ministros, presidentes, cardenales y obispos, ¿no has tenido tiempo para encontrarte con los pobres, con los necesitados? Y entonces, este encuentro resultará más importante que muchos otros".
Ayudáis a la salvación del mundo entero
Queridísimos hermanos y hermanas que sufrís: Cada contacto con vosotros, sea cual fuere el lugar donde haya ocurrido, ha sido una fuente de profunda conmoción en mi espíritu. Siempre he sentido la insuficiencia de las palabras que habría podido deciros para expresar con ellas mi compasión humana. Y esta misma impresión tengo hoy. Y la tengo siempre. Sin embargo, permanece como única esta dimensión, la dimensión de la realidad única por la que el sufrimiento humano se transforma esencialmente.
Esta dimensión, esta realidad es la cruz de Cristo. Sobre la cruz, el Hijo de Dios consumó la redención del mundo. Y a través de este misterio, cada cruz colocada sobre las espaldas del hombre adquiere una dignidad humanamente inconcebible, se hace signo de salvación para el que la lleva y también para los demás .
La alegría de estar en gracia de Dios
La fe en Cristo no suprime el sufrimiento, pero lo ilumina, lo eleva, lo purifica, lo sublima, lo vuelve válido para la eternidad . Jesús es el fundamento de la alegría. La alegría cristiana es una realidad que no se describe fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio.
Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del hombre, no puede menos de experimentar en lo íntimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo. ¡No apaguéis esta alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Manifestad vuestra alegría! ¡Acostumbraos a gozar de estar alegría! Es la alegría de la luz interior que nos hace conocer el significado de la vida y de la historia; es la alegría de la presencia de Dios en el alma mediante la gracia; es la alegría del perdón de Dios, mediante sus sacerdotes, cuando por desgracia se ha ofendido a su infinito amor, y arrepentidos se regresa a los brazos del Padre; es la alegría de la espera de la felicidad eterna, por la que la vida se entiende como un "éxodo", una peregrinación bien comprometidos con las vicisitudes del mundo .
* * *
En otra ocasión, salía Juan Pablo II de visitar un hospital cuando tuvo lugar un episodio que conmovió a los que le rodeaban. Un hombre de unos cincuenta años, con cáncer de laringe, al ver pasar al Papa junto a su cama se avalanzó sobre él, le agarró una mano con fuerza como se agarra a una cuerda alguien que se cae al vacío, y entre sollozos se la llevó a la garganta. El Papa le dejó hacer, le miró con gran ternura, y estuvo unos momentos intensos y largos junto a él. Después, tras consolarle, le bendijo.
Estamos todos los hombres unidos por el dolor
Queridísimos hermanos, el sufrimiento es un gran misterio, pero con la gracia de Jesucristo se convierte en un camino seguro hacia la felicidad eterna .
El sufrimiento es una realidad terriblemente verdadera y tal vez incluso atroz y desgarradora. Dolores físicos, morales, espirituales afligen a la pobre humanidad de todos los tiempos .
Los hombres que sufren se hacen semejantes entre sí a través de la analogía de la situación, la prueba del destino o mediante la necesidad de comprensión y atenciones; quizá sobre todo mediante la persistente pregunta acerca del sentido de tal situación. Por ello, aunque el mundo del sufrimiento exista en la dispersión, al mismo tiempo contiene en sí un singular desafío a la comunión y la solidaridad .
Los enfermos ayudan más al mundo que los sanos
Os invito, queridos enfermos a confiar en el gran amor de Cristo por el que sufre. Dios nos ha amado y, rico en misericordia, ha querido establecer una comunión más íntima con nosotros, precisamente allí donde nuestra naturaleza topa con sus limitaciones y su fragilidad: en el sufrimiento. Y lo ha hecho mediante su Hijo crucificado. Dios ama, pues, al que es pobre y está enfermo; mientras el hombre podría sentirse tentado de considerar sólo digna de ser vivida la vida que "produce", la que transforma el mundo, la que es eficiente, Él en su Hijo, nos instruye sobre el amor hacia el que sufre; y nos ayuda a considerar, de este modo, que el hombre en el sufrimiento se muestra más capaz de expresar los valores humanos del espíritu, tales como la amistad, el afecto, la cooperación con el amor, es decir, todas esas cualidades que en el dolor y en la necesidad quedan más exaltadas y captadas con mayor profundidad. Por esto deseo pediros que consideréis los momentos de vuestro sufrimiento como una vocación misteriosa .
* * *
En otra ocasión visitaba Juan Pablo II un barrio de chabolas en Brasil. En un momento dado tomó a un niño pequeñín, le aupó y le besó. Después, cruzando por el barro, entró en un barracón. Ante la mirada atónita de todos, se quitó el anillo pontificio y se lo entregó a los habitantes de las chabolas para que lo vendiesen y aliviar así en algo la miseria que les rodeaba. Ahora lo tienen como su más precioso tesoro, el del amor del Papa.
El alivio de ser palanca en el mundo
El hombre, creado por Dios y elevado por Él a la sublime dignidad de hijo, lleva en sí un ansia indeleble de felicidad y siente una natural adversión a toda clase de sufrimiento. Jesús, en cambio, en su obra evangelizadora, incluso inclinándose sobre los enfermos y achacosos para curarlos y consolarlos, no ha suprimido precisamente el sufrimiento, sino que ha querido someterse Él mismo a todo el dolor humano posible, el moral y el físico. Por eso, ha declarado bienaventurados a los afligidos y a los que tienen hambre y sed de justicia. ¡La redención se efectúa concretamente a través de la Cruz! .
Sólo una vida de fe sinceramente aceptada e intensamente vivida puede iluminar en sus raíces el misterio del dolor, aliviarlo con el aliento de la esperanza, con la fuerza de la caridad, llegar incluso a transformarlo en alegría y hacer de él una de las palancas que levantan al mundo .
Abandonaos en las manos amorosas de Dios
Ahora, Dios ha permitido que yo mismo pruebe en estos momentos en mi propia carne el sufrimiento y la debilidad. Así me siento más cercano a vosotros. Comprendo así mucho mejor vuestra prueba .
El abandono confiado en Dios no es una especie de refugio fácil, confortante y, en definitiva, alienante. Es verdaderamente necesaria una gracia especial para ser capaces de tal abandono en Dios. Pero el Señor está allí, pronto para concederla, de manera que el sufrimiento se haga garantía de recompensa eterna, y también desde ahora, motivo de reflexión y de ejemplo para los que nos observan de cerca. Él, que ha prometido no dejar sin recompensa al que realiza un simple gesto de cortesía por amor a Él(Cfr. Mt 10, 42), ¿cuánto más mirará con benignidad al que ha hecho don total de sí mismo para Él, en la situación de su enfermedad? .
Jesús, con su muerte revela que al final de la vida el hombre no está destinado a sumergirse en la oscuridad, en el vacío existencial, en la vorágine de la nada, sino que está invitado al encuentro con el Padre, hacia el que se ha movido en el camino de la fe y del amor durante toda la vida, y en cuyos brazos se ha arrojado con santo abandono en la hora de la muerte .
* * *
En 1979 hizo Juan Pablo II un viaje apostólico a Turquía. Por aquellas fechas el país vivía en medio de una ola tremenda de terrorismo. Durante su estancia en aquella nación, un peligroso terrorista que había amenazadado con matar al Papa se había fugado de la cárcel. Se trataba de Alí Agcá, autor del atentado de 1981. Al regreso del viaje, una conocida periodista preguntó al Santo Padre si había tenido miedo. Él respondió: "Debes saber que cuando el amor es más fuerte, más grande que el peligro, nunca se tiene miedo; además, nunca olvides que estamos en las manos de Dios..."
El consuelo de mirar a Jesucristo
Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, ha vivido todo lo que constituye el valor de nuestra naturaleza humana, cuerpo, espíritu y corazón, en una relación con los demás plenamente libre, marcada con el sello de la verdad y llena de amor. Toda su vida y en todas sus palabras manifestó esa libertad, esa verdad, ese amor, y, especialmente, el don voluntario de su vida por los hombres. No dudó en proclamar así el programa de un mundo bienaventurado; sí, bienaventurado, sobre el camino de la pobreza, de la mansedumbre, de la justicia, de la esperanza, de la misericordia, de la pureza, de la paz, de la fidelidad hasta sufrir persecución; y dos mil años más tarde, ese programa sigue inscrito en el centro de nuestra comunidad. Él es el Redentor del hombre. ¿Cómo nos atrevemos a decir esto? La vida terrena de Cristo fue breve, y más breve todavía su actividad pública. Pero su vida es única, su personalidad es única en el mundo. No es para nosotros solamente un hermano, un amigo, un hombre de Dios. Reconocemos en Él al Hijo único de Dios, que es una sola cosa con Dios Padre y que el Padre ha dado al mundo. Y precisamente porque Cristo comparte a la vez la naturaleza divina y nuestra naturaleza humana, la ofrenda de su vida, en su muerte y en su resurrección, nos alcanza a nosotros, los hombres de hoy, nos salva, nos purifica, nos libera, nos eleva .
Viviremos eternamente la misma vida de Dios
Jesús ha venido para dar la respuesta definitiva al deseo de vida y de infinito que el Padre celeste, creándonos, ha inscrito en nuestro ser. Cristo proclama: "Yo soy la vida"(Jn 14, 6), y también: "Yo he venido para que tengan vida"(Jn 10, 10). ¿Pero qué vida? La intención de Jesús es clara: la misma vida de Dios, que está por encima de todas las aspiraciones que pueden nacer en el corazón humano. Efectivamente por el bautismo, nosotros ya somos hijos de Dios(Cfr. 1 Jn 3, 1-2).
Jesús ha salido al encuentro de los hombres, ha curado a los enfermos y a los que sufren, ha liberado endemoniados y resucitado muertos. Se ha entregado a sí mismo en la cruz y ha resucitado, manifestándose de esta forma como el Señor de la vida: autor y fuente de la vida inmortal .
* * *
Cuando Teresa de Calcuta decidió abrir en la ciudad de Roma, una de sus casas de atención a los más pobres de entre los pobres, se lo pidió al Papa, quien le dijo que fuera cuando quisiera. Entonces el Papa le preguntó: "¿Qué es sacrificio, madre Teresa?" A lo que ella contestó: "Dar hasta que duele".
El Papa os da las gracias
Mi pensamiento se dirige a todos aquellos que están abrumados por el peso de la enfermedad o la incapacidad, a los que soportan la carga de la soledad, el rechazo o el miedo .
El Papa os da las gracias por esta predicación que vosotros hacéis mediante el dolor que soportáis pacientemente. Esa predicación no la puede sustituir púlpito alguno, ni escuela, ni lección alguna.
En el centro de vuestra vida está la cruz. Muchos huyen de ella. Pero quien pretende escapar de la cruz -además de no conseguirlo- no encuentra la verdadera alegría. A vosotros, queridos enfermos, os ha sido puesta en los hombros. Nadie os ha preguntado si la queréis. Enseñadnos a nosotros, los sanos, a aceptarla a su debido tiempo y a cargar valientemente con ella, cada cual a su modo. Es siempre una parte de la cruz de Cristo. Lo mismo que Simón de Cirene, también nosotros hemos de cargarla con Él un trecho del camino.
Ni los enfermos ni los ancianos son elementos marginales de la sociedad. Más bien pertenecen esencialmente a ella. Todos nosotros somos deudores suyos. En esta hora quiero daros las gracias a todos los que ofrecéis vuestro dolor y vuestra oración por las muchas miserias de la humanidad. Un sufrimiento soportado con paciencia se convierte en cierto modo en oración y en fuente fecunda de gracia. Por ello quiero pediros a vosotros: convertid vuestras habitaciones en capillas, contemplad la imagen del Crucificado y pedid por nosotros, ofreced sacrificios por nosotros, también por la actividad del Sucesor de Pedro que confía de un modo muy especial en vuestra ayuda espiritual y os bendice a todos .
¡No estáis solos en vuestro dolor!
Sé muy bien lo difícil que es hablar de la enfermedad. Y, a pesar de ello, sé que en lo más profundo de vosotros mismos comprendéis que en el camino de la vida hay un paso inevitable, una etapa difícil que debemos recorrer alguna vez. A menudo os preguntáis de dónde viene esta especie de enemigo, pero no podéis descubrirlo ni darle nombre. Es un aspecto del misterio del mal, que pesa sobre toda la humanidad entera y que nos atañe a todos de muy diversas maneras. Creados por Dios para vivir y ser buenos, nos descubrimos frágiles y pecadores, pero no debemos nunca juzgar a nadie. Recordad el ejemplo de Jesús, cómo en la Cruz pide a su Padre que perdone a los que lo hacen sufrir, y añade "porque no saben lo que hacen".
La enfermedad es una "prueba" en el camino de la vida, un momento difícil en el que el cuerpo se halla debilitado y es difícil esperar. Pero quiero a todos deciros, en nombre de la fe, que tenéis motivos de esperanza y que no os halláis solos en la prueba. El Hijo de Dios hecho hombre que se identificó con el hombre que sufre, sufrió Él mismo para ir mucho más lejos venciendo el mal del pecado y la muerte. Él resucitó y está vivo. Está presente con vosotros y en vosotros. Podéis contar con su apoyo para avivar vuestro valor y afrontar la prueba, e incluso aceptarla .
* * *
La asidua contemplación que Juan Pablo II hace de la tradicional devoción cristiana del Via Crucis, ofrece una gran luz para descubrir dónde busca y encuentra las respuestas a los interrogantes que sobre el sufrimiento se hace el hombre. Por eso, después del sufrimiento padecido tras el atentado, el Papa dijo: "Me ha permitido comprender claramente y hasta el fondo que ésta -la prueba del dolor- es una gracia especial para mí mismo como hombre y, a la vez -teniendo en cuenta el servicio que realizo como Obispo de Roma y Sucesor de San Pedro- una gracia para la Iglesia. Juzgo que ha sido una gracia particular que me ha hecho, y por esto expreso mi gratitud al Espíritu Santo".
Un beso de Dios que sana el cuerpo y el alma
La Iglesia, a ejemplo de su Redentor, Jesús, desea estar siempre cercana a los que sufren. Pide por ellos en la oración. Les ofrece consuelo y esperanza. Les ayuda a encontrar sentido en medio de su dolor y de su miedo, enseñándoles que el sufrimiento no es un castigo de Dios. Antes bien, la Iglesia apunta hacia Cristo quien, con su muerte y resurrección redimió todo sufrimiento humano, dando así sentido a todo el misterio de la existencia humana.
La Iglesia ofrece gracia y fuerza mediante el sacramento de la unción de enfermos. De este modo, el Señor en su amor y piedad, ayuda al enfermo con la gracia del Espíritu Santo; lo libra del pecado, lo salva y lo levanta. Este sacramento de la Iglesia es una experiencia confortante, estimulante y santificante para el enfermo; es un encuentro personal con Cristo, el Redentor y Salvador de la humanidad .
Jesucristo es nuestra esperanza
Queridos enfermos, conozco de cerca vuestra situación, porque me ha tocado vivirla. Me refiero a esa situación de postración en la que las fuerzas naturales decrecen y, de alguna manera, el hombre parece reducido a un objeto en manos de sus cuidadores. La postración e inactividad forzada pueden provocar en el enfermo la tentación de concentrarse en sí mismo. No es por eso extraño que la enfermedad pueda acercar al Señor o pueda conducir a la desesperación. Pero la enfermedad es siempre un momento de especial cercanía de Dios al hombre que sufre.
Jesús se acercó a los enfermos con amor y les tendió su mano bondadosa, para que reavivaran su fe y anhelaran más hondamente la salvación plena. Curó a muchos, pero sobre todo superó el sufrimiento, haciéndolo servir al misterio de su redención .
No podemos vivir sin esperanza. Hay que tener una finalidad en la vida, un sentido para nuestra existencia. Tenemos que aspirar a algo. Sin esperanza comenzamos a morir. La esperanza viene de Dios, de nuestra fe en Dios. Los que tienen esperanza son los que creen que Dios les creó para algo y que Él proveerá cuanto necesiten. Creen que Dios les ama como Padre fiel. ¿Recordáis el consejo que dio Jesús a sus discípulos cuando parecían tener miedo al futuro? Les dijo: "No os preocupéis de vuestra vida, por lo que habéis de comer; ni de vuestro cuerpo, por lo que habéis de vestir; porque la vida es más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido. Mirad los cuervos, que ni hacen sementera ni cosecha, que no tienen despensa ni granero, y Dios los alimenta; ¿cuánto más valéis vosotros que un ave?"(Lc 12, 29). Sí, Dios conoce todas nuestras necesidades. Él es el cimiento de nuestra esperanza .
* * *
Una celebración de la Misa para más de trescientos enfermos, en una tarde de septiembre. Muchos pensaban que habría terminado antes de las ocho, pero dieron las diez de la noche y todavía seguía el Papa saludando uno a uno a los asistentes. Un periodista dijo que el Papa, como Dios, "sólo sabe contar hasta uno", y es que no ve más que un solo rostro en todos y cada unos de los hombres, sanos o enfermos, ricos o pobres, blancos o negros, y es el rostro de Jesucristo.
Junto al que sufre está siempre María Santísima
Es ante todo consolador -como es evangélica e históricamente exacto- notar que al lado de Cristo, en primerísimo y muy destacado lugar junto a Él, está siempre su Madre Santísima por el testimonio ejemplar que con su vida entera da a este particular Evangelio del sufrimiento. En Ella los numerosos e intensos sufrimientos se acumularon en una tal conexión y relación, que si bien fueron prueba de su fe inquebrantable, fueron también una contribución a la redención de todos (...).
Su subida al Calvario, su "estar" a los pies de la cruz junto con el discípulo amado, fueron una participación del todo especial en la muerte redentora del Hijo, como, por otra parte, las palabras que pudo escuchar de sus labios, fueron como una entrega solemne de este típico Evangelio que hay que anunciar a toda la comunidad de los creyentes(...). Ciertamente, Ella tiene títulos especialísimos para poder afirmar lo de completar en su carne -como también en su corazón- lo que falta a la pasión de Cristo .
Estar cerca de la Virgen que tanto nos quiere
Este amor de la Virgen que nos rodea constantemente nació al pie de la Cruz, cuando encomendó a María que cuidase a Juan, su discípulo amado: "Aquí tienes a tu hijo"(Jn 19, 26). Creemos que en aquel único hombre, Cristo le confió a cada hombre, y al mismo tiempo despertó en su Corazón un amor tal que fuera reflejo materno de su propio amor redentor.
Creemos que somos amados con este amor, que estamos rodeados por él, es decir, por el amor de Dios, que se ha revelado en la redención , y por el amor de Cristo, que ha realizado esta redención mediante la cruz, y finalmente por el amor de la Madre, que estaba junto a la cruz y que recibió a todo hombre en su Corazón desde el Corazón del Hijo.
Amar quiere decir estar cercano a la persona a quien se ama; significa estar cercano al amor con el que soy amado. Amar significa también recordar. Caminar de alguna manera con la imagen de la persona amada en los ojos y en el corazón. Quiere decir meditar en el amor con el que soy amado, y profundizar cada vez más en su grandeza divina y humana .
"Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre"(Lc 1, 42). Son palabras que dirigió Isabel a María al oír su saludo el día de su Visitación. María está espiritualmente presente en medio de nosotros: hemos oído resonar su voz en esta página evangélica. Nosotros miramos ahora a María con los mismos ojos con los que miró Isabel, cuando la vio llegar con paso presuroso y escuchó la voz de su saludo.
He aquí, queridísimos hermanos y hermanas, lo que nos ha querido decir ahora la Virgen. Si sabemos escuchar su voz, Ella repetirá por nosotros aquellas palabras: "Como un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo"(Is 66, 13) .
* * *
Cuenta Monseñor Martínez, obispo auxiliar de Madrid, que en una ocasión almorzaba con el Papa tras una jornada intensísima para el Santo Padre. Juan Pablo II contestaba a la pregunta de un obispo allí invitado sobre el ajetreado horario habitual del Papa, por lo que lleno de compasión, un invitado interpeló: "Pero Santo Padre, tendrá algo de tiempo libre". El Papa dejó caer el cuchillo de postre con el que jugueteaba y dijo, sin vacilar ni un instante: "No, no; si todo esto es libre". Y es que sólo quien es libre puede dar la vida, puede amar.
Seguir al Señor generosamente
Queridos hermanos y hermanas, si el Señor dice a cada uno de vosotros: "Ven y sígueme", os invita y os llama a participar en la misma transformación, en la misma transmutación del mal del sufrimiento en el bien salvífico: de la redención, de la gracia, de la purificación, de la conversión (...) para sí y para los demás, decirle que sí. Os deseo una transformación tal que sea un milagro interior todavía mayor que el milagro de la curación.
Jesús quiere que por el sufrimiento y en torno al sufrimiento crezca el amor, la solidaridad de amor, esto es, la suma de aquel bien que es posible en nuestro mundo humano. Bien que no se desvanece jamás.
El Papa que quiere ser siervo de este amor, besa la frente y las manos de todos cuantos contribuyen a la presencia de este amor y a su crecimiento en nuestro mundo. Él sabe, en efecto, y cree besar la frente y las manos del mismo Cristo que está místicamente presente en quienes sufren y en quienes, por amor, sirven al que sufre .
Dios consuela más que los familiares y amigos
Sólo el hombre que es capaz de acoger el amor misericordioso será capaz de darlo sin egoísmos. Por eso, para Jesús los enfermos son uno de los signos de la dignidad humana; se entrega a ellos y nos invita a servirles, como expresión de amor genuino al hombre. Toda enfermedad grave suele pasar por momentos de desaliento radical, en los que surge la pregunta del porqué de la vida, precisamente porque nos sentimos desarraigados de ella. En esos momentos, la presencia silenciosa y orante de los amigos ciertamente nos ayudan con eficacia. Pero en última instancia sólo el encuentro con Dios será capaz de decir en lo más herido de nuestro corazón la palabra misteriosa y esperanzadora .
* * *
Para Juan Pablo II, el que sufre, sea quien sea, es Cristo. Al margen de su raza, ideología o condición. Por eso llega enseguida al corazón de los que trata. Con el socialista Sandro Pertini, siendo éste presidente de la República italiana, le unió una tan profunda amistad que ambos amigos no dejaron de tratarse ni siquiera cuando la enfermedad o el atentado del 13 de mayo se lo dificultó. La amistad con Pertini comenzó al encanto de una cosa tan aparentemente sencilla: los dos adoraban a sus madres. Tampoco dejaría de visitar a su "hermano" -así llamó desde el primer momento al que atentó contra su vida- Alí Agcá, en la cárcel.
Jesús y María siguen pendientes de los que sufren
En su actividad en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente al mundo del sufrimiento humanos. "Pasó haciendo el bien"(Heb 10, 38), y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos y a quienes esperaban ayuda. Curaba a los enfermos, consolaba a los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto del cuerpo como del alma. Al mismo tiempo instruía, poniendo en el centro de sus enseñanzas las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal .
María Santísima tiene un papel esencial en ese hacernos comprender y aceptar el misterio de la cruz. Ella nos introduce en ese misterio con sabiduría materna; prepara nuestra debilidad, comenzando por hacernos sentir el poder beneficioso de su Hijo. No nos guía María al misterio de la cruz sólo como Maestra, sino como copartícipe de ese misterio. Ella sufre con Jesús y sufre con nosotros. María nos enseña, a ejemplo de Jesús, todas las virtudes necesarias para afrontar y vencer cualquier clase de mal: la valentía, la fortaleza, la paciencia, el espíritu de sacrificio, la santa resignación a la voluntad divina .
El tiempo del sufrimiento puede ser el más fecundo
El hospital tiene siempre algo de Calvario, porque allí, unidas al sacrificio del Redentor, se ofrecen vidas por la redención del mundo. Como Jesús ofreció la suya al Padre por todos nosotros, pecadores, y por cuantos sufren y se asocian a su sufrimiento y al misterio de su redención. Pido al Señor lo mejor para vosotros: la salud, la alegría, la presencia de los seres queridos y, sobre todo, que os unáis a Cristo en su sacrificio salvador. Que no consideréis vuestras vidas, ni este tiempo de enfermedad, como realidades inútiles. Estos momentos pueden ser ante Dios los más decisivos para vuestras vidas, los más fructíferos para vuestros seres queridos y para los demás .
Vosotros que vivís bajo la prueba, que os enfrentáis con el problema de la limitación, del dolor, de la soledad interior frente a él, no dejéis de dar sentido a esa situación. Tiene un gran valor sobrenatural vuestro sufrimiento. Y sois, además, una constante lección para todos nosotros, una lección que nos invita a relativizar tantos valores y formas de vida. Sois una lección que nos enseña a vivir mejor los auténticos valores, los del Evangelio, y desarrollar la solidaridad, la bondad, la ayuda, el amor .
* * *
En Abril de 1994, el Papa tuvo un nuevo percance que le hizo sufrir otra vez. Se fracturó la cadera, la cabeza del fémur, como consecuencia de una caida en la ducha. También, pocos meses antes, se había roto la muñeca durante una audiencia sin por ello -lleno de dolor- dejar de saludar uno a uno a todos los asistentes. Todo lo lleva con la alegría de quien ve a su Padre Dios que le visita y "juega" con él.
Al llegar al Policlíno Gemelli de Roma, con su habitual buen humor, a uno de los enfermeros le dijo: "Bueno, yo aquí ya soy de casa". Obediente a los médicos dedicó todo el tiempo previsto a la rehabilitación, pero sin dejar de despachar todos los asuntos del gobierno de la Iglesia. Hasta últimos de mayo fue dado de alta.
Tres consejos luminosos
Queridos enfermos, yo quisiera dejar en vuestro recuerdo y en vuestros corazones tres pequeñas luces que me parecen preciosas. Primero, que sea cual fuere vuestro sufrimiento, físico o moral, personal o familiar, conviene que toméis claramente conciencia de él sin minimizarlo ni exagerarlo y con todas las consecuencias que engendra en vuestra humana sensibilidad: contratiempos, inutilidad de vuestra vida, etc. Segundo, es indispensable avanzar por el camino de la aceptación. Sí, aceptar que sea así, no por resignación más o menos ciega, sino porque la fe nos asegura que el Señor puede y quiere sacar bien del mal. Finalmente, en tercer lugar, queda por realizar el gesto más bello: el de la oblación. La ofrenda realizada por amor al Señor y a nuestros hermanos, permite alcanzar un grado, a veces muy elevado, de caridad teologal, esto es, de gastarse en el amor de Cristo y de la Santísima Trinidad por los hombres.
Estas tres etapas vividas por cada uno de los que sufren, según su ritmo y su gracia, le proporcionan una maravillosa liberación interior, cumpliéndose aquello de "el que pierda su vida por mí, la hallará"(Mt 16, 25) .
Con Cristo el dolor se hizo puerta del cielo
Muy queridos enfermos, mi pensamiento va a todos los que, como vosotros , están en este momento visitados por el sufrimiento. A vosotros me dirijo para expresaros mi afecto y manifestaros el agradecimiento de la Iglesia, que ve en vosotros una porción elegida del Pueblo de Dios en camino por los senderos de la historia hacia la morada feliz del cielo.
El Verbo encarnado, que quiso sufrir y morir en cruz, llagado, sediento y desangrado, es quien puede comprender vuestro estado de ánimo, estar a vuestro lado en los momentos de oscuridad y deciros al corazón la palabra que ilumina y consuela .
Cristo se acercó, sobre todo, al mundo del sufrimiento humano por el hecho de haber asumido este sufrimiento en sí mismo. Durante su actividad pública probó no sólo la fatiga, la falta de una casa, la incomprensión por parte de los más cercanos; sino que, sobre todo, estuvo rodeado cada vez más herméticamente por un círculo de hostilidad y se hicieron cada vez más palpables los preparativos para quitarle de entre los vivos. Cristo era consciente de esto y muchas veces hablaba a sus discípulos de los sufrimientos y de la muerte que le esperaba (...). Esta obra, en el designio del amor eterno, tiene un carácter redentor .
* * *
Un pequeño detalle ocurrido en el último viaje a Japón. La temperatura era de 10º bajo cero y caía la nieve. Durante la Misa un seminarista protegía con un paraguas al Papa. Sus manos, moradas del frío, estaban ateridas, insensibles. Juan Pablo II se da cuenta, y al terminar, tomando las manos del seminarista entre las suyas, comienza a frotarlas y a darles calor.
Como en el parto, del dolor nace de nuevo la vida
Queridos enfermos, a todos saludo y a todos dirijo mi estímulo y mi aprecio en nombre del Señor Jesús, el cual durante el tiempo de su vida terrena, privilegió a los enfermos y curó toda clase enfermedades. ¿Qué os diré? Os renuevo una vez más mi saludo y mi afecto especial. Y luego os diré que os amo de verdad: no sólo por la caridad que todos nos debemos mutuamente, sino también por el título particular que os hace participar más que los demás en el misterio de la cruz y de la redención; os amo porque el dolor os confiere una dignidad que merece preferencia de afecto; os amo porque veo en vosotros los tesoros de la Iglesia, la cual se enriquece continuamente con el don de vuestros sufrimientos; os amo porque peregrináis al cielo, siguiendo un sendero duro y áspero y pasáis a través de la puerta estrecha; os amo porque os pertenece la bienaventuranza reservada por Cristo a los que sufren. ¡Benditos seáis!
Sabed aceptar y vivir bajo esta luz vuestras experiencias de dolor: no rehuséis jamás ofrecer al Señor y a la Iglesia el don de vuestros sacrificios y sufrimientos ocultos: vosotros mismos seréis los primeros en tener mérito y recompensa .
En la intención divina los sufrimientos están destinados a favorecer el crecimiento del amor y, por esto, a ennoblecer y enriquecer la existencia humana. El sufrimiento nunca es enviado por Dios con la finalidad de aplastar, ni disminuir a la persona humana, ni de impedir su desarrollo. Tiene siempre la finalidad de elevar la calidad de su vida, estimulándola a una generosidad mayor.
En el designio divino todo dolor es dolor de parto; contribuye al nacimiento de una nueva humanidad. Por tanto, podemos afirmar que Cristo, al reconciliar al hombre con Dios mediante su sacrificio, lo ha reconciliado con el sufrimiento, porque ha hecho de él un testimonio de amor y un acto fecundo para la creación de un mundo mejor .
Una idea de lo que será el cielo
Amados enfermos: ofreced con amor y generosidad vuestros sufrimientos al Señor por la conversión del mundo. Es necesario que el hombre comprenda la gravedad del pecado, que es ofensa a Dios, y se convierta a quien lo ha creado por amor, y por amor lo llama a la felicidad eterna .
Jesús explica cómo será la vida eterna, partiendo de una pregunta provocadora de los saduceos. A éstos, que con evidente ironía le preguntan de quién será esposa, después de la muerte, una mujer que tuvo durante su vida muchos maridos sucesivos, Jesús responde que los resucitados en el más allá "ni ellos tomarán mujer, ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección(Cfr. Lc 20, 35-36). Y dado que la vida de los resucitados será semejante a la de los ángeles, nos da a entender que la persona humana está libre de las necesidades relacionadas con la presente condición mortal.
Sabemos que el Paraíso constituye la respuesta más elevada a nuestra necesidad íntima de felicidad, a través de la posesión directa del Bien infinito: Dios. San Agustín dice que en el Paraíso "descansaremos y veremos; veremos y amaremos; amaremos y alabaremos. He aquí lo que habrá al fin sin fin"(De civitate Dei, XXII, 30, 5; PL 41, 804) .
* * *
En 1992, el Papa tuvo que ser internado en el Policlínico "Gemelli" -una vez más-, aquejado de un cáncer de colon. Fue intervenido quirúrgicamente con eficacia y varias semanas después estaba ya en la vorágine de un intenso trabajo. Al poco tiempo emprende, de nuevo, otro viaje apostólico. Africa es el destino.
Cuando alguno de sus íntimos colaboradores, filialmente, le ha sugerido que modere su trabajo o su mortificación, casi le ha disgustado, y con agradecimiento Juan Pablo II le ha venido a decir que cuando se muere un Papa, viene otro Papa; y que lo que tiene que hacer el de ahora no es reservarse, sino darse del todo.
No es un castigo inmerecido, sino un inmerecido tesoro
Queridos enfermos: no he venido únicamente a traeros mi aliento humano, sino también, y sobre todo, para traeros el consuelo de la fe cristiana. He venido para deciros que vuestras enfermedades están inscritas en el plan de amor paterno y exigente de Dios. No veáis en ellas una ciega fatalidad, sino una prueba siempre providencial, aunque desde el punto de vista puramente humano sea a veces oscura e incomprensible.
Elevad vuestros ojos a Cristo, que aceptó la prueba de su pasión. Miradlo a Él, inocente, que ofreció sin reservas su vida para salvar a todos los hombres; a Él que se confió a Dios, su Padre, con total abandono. En un primer momento, como bien sabéis, pidió que se apartara aquel cáliz amargo; con todo, enseguida añadió: "pero no se haga mi voluntad , sino la tuya"(Lc 22, 42). Y su sufrimiento se convirtió para nosotros en causa de salvación, de perdón, de vida.
Vuestra unión con el sufrimiento de Cristo constituye el culmen de vuestra actitud de fe. Aquéllos que han sido llamados a sufrir con Cristo no sufren un castigo, sino que son invitados a participar en una tarea comprometedora y fecunda, pues su sufrimiento, si es aceptado y ofrecido con amor, se transforma en fuente de gracia, de paz y de gozo. Se convierte en ese camino, estrecho sí, pero es el que conduce al paraíso.
Por eso, mientras el capítulo de la enfermedad no se haya cerrado en el libro de vuestra vida, os recomiendo que lo valoréis en toda su expresión, pues el sufrimiento es purificación para sí y para los hermanos, es fuente de glorificación, es don ofrecido para completar en la propia carne "lo que falta a las tribulaciones de Cristo en favor de su Cuerpo que es la Iglesia"(Col 1, 24).
Y para llevar vuestra cruz de cada día, sabed mirar a María, la Virgen Santa, y seguir el ejemplo de su actitud de total adhesión a la obra de la gracia del Señor .
La Unción de enfermos es un Sacramento que sana cuerpo y alma
El apóstol Santiago recomienda a los primeros cristianos que si hay alguien enfermo entre ellos, llamen a los presbíteros de la Iglesia y vayan a verlos. Mis queridos amigos, yo vengo hoy a vosotros como presbítero y obispo, el Obispo de Roma.
Como los presbíteros de la Iglesia antigua, es mi deseo orar sobre vosotros, cantar por vosotros las alabanzas del Señor, ungiros con óleo en el nombre del Señor; y pedir a Dios que la oración de la fe sea vuestra salvación(Cfr. Sant 5, 13-15). Que el Señor os levante con su gracia, de modo que vuestras almas estén preparadas para la vida eterna y vuestros cuerpos debilitados por la enfermedad, hallen consuelo y fortaleza en esa esperanza mediante la cual vivirán vuestras almas .
La Iglesia, a ejemplo de su Redentor, Jesús, desea estar siempre cercana a los que sufren. Pide por ellos en la oración. Les ofrece consuelo y esperanza. Les ayuda a encontrar sentido en medio de su dolor y de su miedo, enseñándoles que el sufrimiento no es un castigo de Dios. Antes bien, la Iglesia apunta hacia Cristo quien, con su muerte y resurrección redimió todo sufrimiento humano, dando así sentido a todo el misterio de la existencia humana.
La Iglesia ofrece gracia y fuerza mediante el sacramento de la unción de enfermos. De este modo, el Señor en su amor y piedad, ayuda al enfermo con la gracia del Espíritu Santo; lo libra del pecado, lo salva y lo levanta. Este sacramento de la Iglesia es una experiencia reconfortante, estimulante y santificante para el enfermo; es un encuentro personal con Cristo, el Redentor y Salvador de la humanidad .
El dolor es una caricia de Dios; y la confesión, un abrazo
Os pido, por tanto, hermanos y hermanas que sufrís, que os metáis con fe en el misterio de la Cruz de Cristo, ofreciéndole vuestro dolor humano, para que Él, uniéndolo al suyo, lo ofrezca al Padre como ofrenda pura. Los Santos, los cristianos auténticos, iluminados por la gracia, han intuido el significado y la fecundidad de sus dolores .
El alegre anuncio que la fe nos trae es precisamente éste: Dios, en su bondad, ha salido al encuentro del hombre. Ha obrado, de una vez para siempre, la reconciliación de la humanidad consigo mismo, perdonando las culpas y creando en Cristo un hombre nuevo, puro y santo.
Nunca debemos olvidar que nuestra reconciliación ha costado al Padre un precio tan alto. ¿Y cómo no darle gracias por este amor que nos ha traído con la salvación, la paz y la alegría? .
Es Jesús quien -de manera especial en la parábola del hijo pródigo- nos hace comprender que el pecado es ofensa al amor del Padre, cuando describe el desprecio ultrajante de un hijo hacia la autoridad y la casa de su padre. ¡Cuánta esperanza ha encendido en los corazones! ¡Cuántos retornos a Dios ha facilitado, a lo largo de los siglos cristianos, la lectura de esta parábola. El sacramento de la penitencia pertenece a la revelación que Jesús nos hizo del amor y de la bondad paterna de Dios .
* * *
El 13 de mayo, cuando herido por los disparos en la Plaza de San Pedro, Juan Pablo II cae en los brazos de su secretario, don Estanislao, éste le pregunta: "¿Es doloroso?". Responde: "Sí". Se le cierran los ojos y mientras le trasladan al policlínico con rapidez musita: "¡María, Madre mía!, ¡María, Madre mía!". Al llegar al Hospital apenas tenía pulso. Su secretario -perfecto conocedor del querer del Papa en esos trágicos momentos- le administra el sacramento de la Unción de enfermos justamente antes de entrar en el quirófano para ser intervenido.
Uniros a Cristo como lo hizo María Santísima
Estoy aquí especialmente para saludaros y abrazaros, pacientes de todas clases, pequeños y adultos, hermanos predilectos de Cristo paciente. Quiero expresaros en este momento la profunda simpatía que siento por cada uno de vosotros, expresaros toda mi comprensión por la enfermedad que soportáis en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu; quisiera hablar con vosotros, uno a uno, para infundiros aliento y valor .
Por medio de la fe María está unida perfectamente a Cristo en su despojamiento. A los pies de la Cruz, María participa por medio de la fe, en el desconcertante misterio de ese despojamiento. Por medio de la fe, la Madre participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora; pero, a diferencia de la fe de los discípulos que huían, la suya era una fe mucho más iluminada. Jesús en el Gólgota, a través de la Cruz, ha confirmado ser el "signo de contradicción", predicho por Simeón. Al mismo tiempo se han cumplido las palabras dirigidas por él a María: "¡Y a ti misma una espada te atravesará el alma!" .
La espada atravesó su corazón, causando un dolor indecible:¡el sufrimiento más grande preparado para María en este camino de fe, a través del cual seguía a Cristo! María estaba de pie ante la Cruz en el Gólgota(...). En la Anunciación había exclamado: "Hágase en mí según tu palabra"(Lc 1, 38). Ahora renueva la misma disponibilidad en el momento del más grande dolor. ¿Quién es en ese momento su Madre? Es la que está ante la Cruz, la que escucha con obediencia heroica de fe la Palabra de Dios, la que con todo el dolor de su corazón cumple, junto con su Hijo, la voluntad del Padre .
¡La Resurrección es la fiesta cristiana!
Morimos corporalmente cuando todas las energías de nuestra vida se extinguen. Morimos por el pecado cuando el amor muere en nosotros. Fuera del Amor no hay Vida. Si el hombre se opone al amor y vive sin amor, la muerte se arraiga en su alma y crece. La llamada al amor es una llamada a la vida, al triunfo del alma sobre el pecado y la muerte. La fuente de esta victoria es la Cruz de Jesucristo: su muerte y resurrección .
El cristiano, que acepta de esta forma su propia muerte y, reconociendo la propia condición de criatura como también las propias responsabilidades de pecador, se entrega confiadamente en las manos misericordiosas del Padre, alcanza la cima de la propia identidad cristiana y culmina el cumplimiento definitivo del propio destino .
Todo el mundo gira en torno a la cruz, pero la cruz sólo alcanza en la resurreción su pleno significado de episodio de salvación. Cruz y resurrección forman el único misterio pascual en el que tiene su centro la historia del mundo. Por eso, la Pascua es la solemnidad mayor de la Iglesia .
¡Cristo, realmente muerto, ha resucitado verdaderamente! En el curso de veinte siglos la Iglesia ha continuado presentando al mundo este impresionante testimonio (...). Cada uno de los cristianos, bebiendo en la tradición histórica y, sobre todo, en las certezas de la fe, experimenta que Cristo vive, que Él es el resucitado, el perennemente Viviente. Es una experiencia (...) que no puede quedar encerrada en el ámbito de lo exclusivamente personal, sino que exige difundirla necesariamente; como luz que irradia; como levadura que hace fermentar la masa del pan .
* * *
Después de la operación a vida o muerte sufrida tras el atentado, el Papa estuvo en la UVI, y más tarde fue trasladado a la habitación 1.018. El doctor Manni, el anestesista que le atendió durante su estancia en la reanimación, recordaba después: "Casi nunca dejó escapar un lamento y cuando pudo hablar, sus primeras palabras fueron de agradecimiento, casi de excusa, por todo el trastorno que causaba".
¡Abrir las puertas a Cristo!
Cristo ha resucitado y está ante el corazón de cada hombre, pidiendo entrar: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré en él y cenaré con él y él conmigo"(Ap 3, 14).¡Que se abran a Cristo las puertas del corazón del hombre...! ¡Abrid, hombres, las puertas al Redentor! Sobre Cristo la muerte no ha tenido la última palabra. Resucitando, ha triunfado sobre ella y sobre el pecado .
A los ojos del Dios justo, ante su juicio, cuantos participan en los sufrimientos de Cristo se hacen dignos de este reino. Mediante sus sufrimientos, éstos devuelven en un cierto sentido el infinito precio de la pasión y de la muerte de Cristo, que fue el precio de nuestra redención: con este precio el reino de Dios ha sido nuevamente consolidado en la historia del hombre, llegando a ser la perspectiva definitiva de su existencia terrena. Cristo nos ha introducido en este reino mediante su sufrimiento. Y también mediante el sufrimiento maduran para el reino de los hombres, envueltos en el misterio de la redención de Cristo .
Cristo ha vencido definitivamente al mundo con su resurrección; sin embargo, gracias a su relación con la pasión y muerte, a la vez ha vencido al mundo con su sufrimiento. Sí, el sufrimiento ha sido incluido de modo singular en aquella victoria sobre el mundo que se ha manifestado en la resurrección .
El consuelo de la felicidad que nos espera
La felicidad es el arraigarse en el amor. La felicidad originaria nos habla del "principio" del hombre, que surgió del amor y ha dado comienzo al amor. Y esto sucedió de modo irrevocable, a pesar del pecado sucesivo y de la muerte .
¿Para qué nos ha creado Dios? Y la respuesta es metafísicamente segura: Dios ha creado al hombre para hacerle partícipe de su felicidad. El bien es difusivo, y Dios, que es absoluta y perfecta felicidad, ha creado al hombre sólo por sí mismo, es decir, por la felicidad. Una felicidad ya en parte en el período de la vida terrena, y después totalmente en el más allá, en el Paraíso.
El cristiano se hace partícipe de la misma vida trinitaria mediante la gracia; tiene un modelo en Jesús, y una fuerza en su presencia cotidiana para observar la ley moral; se nutre del Pan Eucarístico, se alimenta de la oración, se abandona con confianza en los brazos de Cristo, maestro y amigo. El camino hacia la felicidad, en ocasiones fatigoso y difícil, se convierte entonces en un acto de amor a Cristo, que nos acompaña y escucha .
"En la casa de mi Padre hay muchas moradas ...Voy a prepararos un lugar"(Jn 14, 2). En esta certeza se funda la serenidad del cristiano de cara a la muerte. No se deriva de una especie de insensibilidad o de resignación apática ante este hecho como tal, sino de la convicción de que la muerte no tiene la última palabra en el destino humano, contrariamente a lo que parece. La muerte puede y debe ser vencida desde la vida. La perspectiva última del cristiano que vive en gracia de Dios no es la muerte, sino la vida. Y la vida eterna, que como dice la Escritura, es una participación plena e indefectible en la misma vida infinita de Dios, más allá de los límites de la vida presente y de la muerte .
¿Puede haber mayor alegría que la de contemplar a Cristo en su gloria? Nuestra eterna bienaventuranza consistirá precisamente en esta visión "cara a cara" del Verbo encarnado, en la luz de la Trinidad .
* * *
Contaba Monseñor Alvaro del Portillo una anécdota que le sucedió un día en el que había sido recibido en audiencia por el Santo Padre al final de la tarde. Observó don Alvaro que el Papa caminaba con fatiga, y en su rostro aunque lleno de serenidad, se traslucía el cansancio. Al comentárselo con exquisito cariño el Papa le contestó: "Si a estas horas del día no estuviera cansado, significaría que no habría cumplido mi deber" .
SEGUNDA PARTE
NUESTRA SEÑORA DE LOURDES, CONSUELO DE LOS QUE SUFREN
Como explicábamos en la Presentación, en este libro sólo hemos pretendido transmitir la atención y las palabras, llenas de afecto, que, desde el inicio de su pontificado, Juan Pablo II ha dedicado a los que sufren. Pero creemos que este diálogo del Papa con el lector quedaría incompleto si no hiciéramos una referencia, aunque sea breve, a la Virgen Santísima, Nuestra Señora de Lourdes, a la que tanto amor y devoción, de modo universal manifiestan los enfermos y sus allegados.
El Papa, precisamente por su sensibilidad para el dolor, ha entendido esta realidad y ha hablado de Ella en repetidas ocasiones como Salud de los enfermos. Por eso, exponemos a continuación algunos fragmentos alusivos a esta advocación mariana, con el ardiente deseo de recibir de la Virgen más fortaleza y consuelo ante el sacrificio, y con la certeza de que concederá la salud del cuerpo, si nos conviene, y la curación del alma que nos ha de llevar al Cielo.
El atractivo de Lourdes
Lourdes es el lugar santo al que van los enfermos del mundo entero, servidos por sus hermanos que gozan de salud, y allí ocupan siempre la primera fila con el fin de presentar sus sufrimientos a la compasión de nuestra Madre la Virgen María y a la misericordia de Cristo Jesús .
¿Por qué precisamente los enfermos van en peregrinación a Lourdes? ¿Por qué -nos preguntamos- ese lugar se ha convertido para ellos como en un "Caná de Galilea", al que se sienten invitados de modo especial? ¿Qué les atrae a Lourdes con tanta fuerza? Que aquel banquete de Caná nos habla allí de otro banquete: el de la vida, al que todos deseamos sentarnos para gustar un poco de alegría. El corazón humano ha sido hecho para la alegría y no debemos maravillarnos si todos tendemos a esa meta. Por desgracia, la realidad de la vida, en cambio, somete a muchas personas a la experiencia frecuentemente martirizadora, del dolor: enfermedades, lutos, desgracias, taras hereditarias, soledad, torturas físicas, angustias morales, un abanico de casos humanos concretos que tienen cada uno su nombre, su rostro, su historia.
Estas personas, si están animadas por la fe, se dirigen a Lourdes. ¿Por qué? Porque saben que allí, como en Caná, "está la Madre de Jesús": y donde está Ella, no puede faltar su Hijo. Esta es la certeza que mueve a las multitudes que cada año se vuelcan hacia Lourdes en busca de alivio, de un consuelo, de una esperanza. Enfermos de todo género van en peregrinación a Lourdes animados por la esperanza de que, por medio de María, se manifiesta en ellos el poder salvador de Cristo. Y, en efecto, este poder se revela siempre con el don de una inmensa serenidad y resignación, a veces con una mejoría de las condiciones generales de salud, o incluso con la gracia de la curación completa, como atestiguan los numerosos casos que han ocurrido en estos más de 100 años.
La curación milagrosa, sin embargo es, a pesar de todo, un acontecimiento excepcional. La acción salvadora de Cristo, obtenida por la intercesión de su Madre, se revela en Lourdes sobre todo en el ámbito espiritual. En el corazón de los enfermos María hace oír la voz de su Hijo, voz que desata prodigiosamente los entumecimientos de la acritud y de la rebeldía, y devuelve a los ojos del alma luz para ver de un modo nuevo el mundo, ver de un modo nuevo a los demás y ver de un modo nuevo el propio destino.
Los enfermos descubren en Lourdes el valor inestimable del propio sufrimiento. A la luz de la fe llegan a ver el significado fundamental que el dolor puede tener no sólo en su vida, interiormente renovada por esa llama que consume y les transforma, sino también en la vida de la Iglesia.
Pido a la Virgen que esté junto a vosotros, los que sufrís, como estuvo junto a los dos esposos de Caná, y vele para que nunca os falte en el corazón el vino generoso del amor. Pues, en efecto, el amor puede realizar el prodigio de hacer brotar sobre el tallo espinoso del sufrimiento las rosas fragantes de la alegría. Peregrinos en este "valle de lágrimas", suspiramos hacia Ella: "después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre, oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María" .
María Santísima se apareció en la gruta de Massabielle a Bernardette, para confiarle un mensaje especial de misericordia y de gracia. Sirviéndose de esa desconocida niña, María trataba de llamar a la conversión, sobre todo, a los pecadores, solicitando el interés comunitario de todos los fieles cristianos en favor de ellos y de su salvación .
Lo que enseña Lourdes
Dirigimos el pensamiento ahora a ese Santuario de Lourdes, a orillas del río Gave, donde se apareció la Virgen en 1858, recomendando penitencia y oración, especialmente por los pecadores. Ese grandioso santuario mariano, meta de numerosas peregrinaciones, nos habla de dos cosas: del misterio de la Inmaculada Concepción y del amor misericordioso dirigido a aliviar los sufrimientos humanos, tanto físicos como morales. Dos valores que se hallan estrechamente unidos.
En efecto, Lourdes es una invitación a tomar conciencia de las necesidades dramáticas del corazón humano y a dedicarse con generosidad al servicio de los pobres, de los enfermos, de los que sufren, a la redención de los pecadores. Pero ¿quién nos hace esta llamada? Es la misteriosa presencia de María. La Inmaculada Concepción. La toda Pura. La toda Santa. La llena de Gracia. Ella fue concebida en un estado de pureza total, porque según el anuncio del Angel en la Anunciación, Ella está llena de gracia, totalmente libre del pecado original y de sus consecuencias.
Así, María, es un vehículo excelente y único de la Redención de Cristo: es el canal más privilegiado de su gracia, un camino de elección por el que llega la gracia a los hombres con una extraordinaria y maravillosa abundancia. Donde esté presente María, allí abunda la gracia, y allí se registra la curación del hombre: curación en el cuerpo y en el espíritu. Por eso como dije en 1983 en mi peregrinación a Lourdes: "En Lourdes aprendemos a ver en qué consiste el amor a la vida: en la gruta, en los hospitales, prestando ayuda a los enfermos. Arriba, en la capilla de las confesiones, escuchando todas las miserias morales, es donde se siente el perdón reconfortante de Cristo".
Así pues, a Lourdes no se va sólo a recibir gracias interiores o si Dios lo concediera la gracia de la curación, sino que se va a dar o a prepararse para dar. Para trabajar con más voluntad y eficacia por la salvación del mundo. En Lourdes hemos de mirar también el ejemplo de Bernardette: su disponibilidad, su docilidad, su humildad y valentía con las que afrontando cualquier sacrificio, supo escuchar el mensaje que Dios, por medio de María, le comunicó para su vida personal, y a través de ella, al prójimo, a toda la humanidad .
María es auxilio de los cristianos
Dios ha querido que María Santísima se apareciera dieciocho veces a la pequeña Bernardette desde el 11 de febrero al 16 de julio de 1858, para dejar un mensaje de consuelo y de amor a la Iglesia y a toda la humanidad. Efectivamente, en estas apariciones existe un significado que permanece siempre válido, y que hemos de custodiar y meditar como precioso patrimonio. A mediados del siglo pasado, mientras se extendían de modo insidioso el racionalismo y el escepticismo, María, la que creyó en la Palabra del Señor, acudía para ayudar y confirmar en la auténtica y genuina fe cristiana a la familia de los creyentes.
En Lourdes, María recordó al mundo que el sentido de la vida en la tierra es su orientación hacia el cielo. La Virgen, en Lourdes vino a hablar al hombre del "paraíso", del cielo, para que éste, sin dejar de comprometerse activamente en la construcción de un mundo más acogedor y más justo, no olvide levantar sus ojos al cielo para obtener orientación y esperanza.
La Virgen Santísima vino, además, para recordar el valor de la conversión y de la penitencia, volviendo a proponer al mundo el núcleo del mensaje evangélico. Decía la Virgen a Bernardette en la aparición del 18 de febrero: "Yo te prometo hacerte feliz no en este mundo sino en el otro". Después invitó a rezar por los pecadores, y el 24 de febrero repitió por tres veces: "¡Penitencia, penitencia, penitencia!". En Lourdes María indica y pone de relieve la realidad de que la humanidad redimida del pecado por medio de la cruz, es decir, por medio del sufrimiento. ¡Dios mismo hecho hombre, quiso morir inocente clavado en una cruz! En Lourdes la Virgen enseña el valor redentor del dolor; da ánimos, paciencia y resignación; ilumina el misterio de nuestra participación en la pasión de Cristo; eleva la mirada interior hacia la verdadera y total felicidad, que el mismo Jesús nos ha asegurado y preparado más allá de la vida y de la historia. Bernardette, que había comprendido perfectamente el mensaje de María, siendo ya religiosa de Nevers y habiendo caído gravemente enferma, decía a quien la invitaba a ir a la gruta de Massabielle para pedir la curación: "¡Lourdes no es para mí!". Presa de fuertes crisis de asma, a la enfermera novicia que le preguntaba: "¿sufrís mucho?", ella respondía con sencillez:"¡Es necesario!".
Finalmente el mensaje de Lourdes se completa con la invitación a la oración: María aparece en actitud orante, quiere que Bernardette recite el rosario con su propio rosario personal, pide que construya en ese lugar una capilla y que se venga en procesión. También esto es un aviso válido para siempre. La Virgen en Lourdes vino a decirnos con autoridad y con la bondad de una Madre, que si queremos realmente mantener, reforzar y aumentar la fe cristiana, es necesaria la fe humilde y confiada.
¡Amadísimos! En la biografía de Bernardette se lee que ella, el jueves 3 de junio de 1858 recibió la primera comunión. Le preguntaron si le había gustado más ver a la Virgen que recibir la primera comunión, y ella con prontitud e inteligencia respondió: "¡No se pueden hacer comparaciones; pero sé que los dos hechos me han hecho completamente feliz!". ¡Deseo que también vosotros, hermanos y hermanas, estéis serenos, incluso felices como Bernardita, porque estáis sostenidos por la fuerza de la fe, unidos a Jesús Eucarístico y a María Santísima!
Que María, auxilio de los cristianos, esté siempre a vuestro lado en cualquier circunstancia de vuestra vida, para sosteneros en el camino que la Providencia os marque, día tras día, en un designio de amor, cuya manifestación final será motivo de alegría por toda la eternidad .
Los enfermos, unidos a Cristo, se salvan ellos y redimen a todos
Lourdes, como muchos otros lugares, es un signo especial de esta acción de María a lo largo de nuestra historia. Pues Ella, "asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada"(Lumen gentium, 62).
En Lourdes María desarrolla una misión de alivio del sufrimiento y de reconciliación de las almas con Dios y con el prójimo. Todo lo que dijo la Virgen a la vidente, todo lo que le exhortó a hacer, todo lo que ha surgido después en Lourdes, y lo que ha sucedido y está sucediendo, refleja, ciertamente, si queremos, la "voluntad" de la Virgen. Pero, ¿en nombre de Quién ha obtenido todo esto; gracias a Quién, sino a su divino Hijo? Podemos, pues, decir sin duda, que Lourdes pertenece a Cristo aún más que a su Madre Santísima. En Lourdes aprendemos a conocer a Cristo por medio de María. Los milagros son de Cristo, obtenidos por medio de María.
Por eso Lourdes es un lugar privilegiado de experiencia cristiana. En Lourdes el sufrimiento se aligera porque se vive con Cristo. Con tal de que se viva con Cristo, sostenidos por María. En Lourdes se aprende que la fe alivia el sufrimiento no tanto en el sentido de disminuirlo físicamente. Esto es tarea de la medicina o puede ocurrir -como acontece excepcionalmente- de modo milagroso. En Lourdes se aprende que la fe alivia el sufrimiento en cuanto lo hace aceptable como medio de expiación y como expresión de amor.
El cristiano tiene el deber, como todo hombre sensato y con conciencia, de prodigarse para aliviar con eficacia el dolor, con el fin de obtener para sí o para los demás la curación. Pero su preocupación principal está dirigida a eliminar ese mal profundo que es el pecado. Pues de nada serviría gozar de la salud física, incluso la más fuerte, si el alma no estuviera en paz con Dios. Pero si está en gracia de Dios, incluso las penas más terribles se harán soportables, porque comprenderá la utilidad de cara a la salvación eterna, personal y de los demás hermanos.
Vosotros, queridos enfermos, estáis llamados a vivir el misterio de Cristo del modo más profundo y decisivo: mediante la experiencia misma del sufrimiento. He dicho "del modo más profundo y decisivo". Pues, ¿cuál fue el momento decisivo y principal en el que Cristo realizó nuestra salvación? ¿Acaso cuando realizaba sus viajes apostólicos? ¿Tal vez cuando enseñaba? ¿Cuándo curaba a los enfermos o expulsaba demonios? ¿Cuando discutía con los escribas y fariseos? ¿O cuando enviaba a los discípulos? No. Fue en el momento de la Cruz. Es cierto que todo acto realizado por Cristo durante su vida, es salvífico. Pero el acto del que recibe su eficacia y su sentido cualquier otro, es la Cruz.
Por eso sois vosotros, queridos enfermos, los que obráis de modo particular no sólo vuestra salvación sino la de los demás, en la medida en que, a ejemplo de Jesús, sufrís inocentemente y, con un acto de amor generoso, ofrecéis vuestros sufrimientos por la salvación del mundo.
María Santísima tiene un papel esencial en hacernos comprender y aceptar el misterio de la cruz. Ella nos introduce con sabiduría materna en ese misterio; le prepara a él nuestra debilidad, comenzando por hacernos sentir el poder beneficioso de su Hijo, también en nuestro quehacer diario. Ella no nos guía como Maestra sólo, sino también como copartícipe de ese misterio. Ella sufre con Jesús y sufre con nosotros. María nos enseña, a ejemplo de Jesús, todas las virtudes necesarias para afrontar y vencer cualquier clase de mal: la valentía, la fortaleza, la paciencia, el espíritu de sacrificio, la santa resignación a la voluntad divina .
¿Por qué hace a veces la Virgen hace milagros?
¿Con qué fin nos obtiene la Virgen Santísima, bien en Lourdes, bien en otros lugares gracias extraordinarias de curación física, sino para ayudarnos a creer o para reforzar nuestra fe en la potencia que Jesús tiene de perdonar nuestros pecados y de conducirnos a la vida eterna? Por eso, también nosotros hoy, queridísimos hermanos y hermanas, queremos confirmarnos en el firme propósito de escuchar con total docilidad a María, acogiendo con profunda gratitud las gracias que Ella nos obtiene, correspondiendo fiel y generosamente a la materna solicitud y atenciones de Su Corazón.
Lo que el Corazón de la Señora desea es que se afronte la responsabilidad individual y colectiva frente a los grandes problemas de la vida y de la muerte y que cada uno asuma la suya en el plano divino de la salvación. A esta responsabilidad no se contribuye sólo trabajando, sino sobre todo, aceptando y ofreciendo la propia porción de sufrimiento con adhesión humilde a la voluntad de Dios.
Estos horizontes se abren frente al que cree, con tales posibilidades de dar sentido y valor a la propia vida, que lo hacen también cuando ésta, a causa de la enfermedad o la edad, parece no tener ninguno. Por esto, quien ha tenido la experiencia de Lourdes, puede cantar con María las misericordias del Señor: "Ha desplegado la potencia de su brazo, ha desperdigado a los soberbios en el pensamiento de su corazón; ha desposeído a los poderosos de sus tronos, ha exaltado a los humildes; ha colmado de bienes a los difamados, ha devuelto a los ricos con las manos vacías"(Lc 1, 51-53). Toda la historia de Lourdes es una ilustración de estas palabras del Magnificat. Lourdes es una profecía de justicia y de paz, donde no hay lugar para la soberbia y dureza de corazón, sino donde esta dureza viene ablandada por el testimonio de la caridad, de la misericordia, del sereno soportar el mal, de la solidaridad humana, de la generosidad sincera.
Esta es la experiencia religiosa y ligada la testimonio de una jovencita sencilla y humilde, pero atenta a las mociones e inspiraciones del cielo. El mensaje de esta jovencita ha recorrido el mundo, su coraje y su paciencia le han hecho superar duras pruebas, su testimonio ha convencido a la Iglesia, y su ardiente llamada ha transformado una aldea, antes ignorada, en un centro de espiritualidad eucarística y mariana. ¿Cómo ha podido aquella pobre joven -Santa Bernardette- alcanzar una altura tal, sino por la humilde disponibilidad con la que se confió, sin dejar crecer dudas ni poner obstáculos, a los requerimientos de la providencia divina?.
"Mi espíritu exalta a Dios, mi Salvador, porque se ha fijado en la humildad de su esclava"(Lc 1, 47-48). En estas palabras de María está todo el sentido y el valor de la fe y de la alegría cristiana. Dios hace grande al hombre que se humilla delante de Él, que reconoce sus limitaciones y acepta la prueba inevitable. El mismo Hijo de Dios, humillándose, nos ha enseñado esta ley de la verdadera grandeza. María nos repite la misma lección. Y todos los santos, aunque en forma diversa, nos dicen la misma cosa. Y ésta es también la gran lección de Lourdes, el camino recorrido por Bernardette. Sigamos esta senda, que es la segura .
Queridísimos enfermos, ¡tened fija la mirada en Cristo, vuestro amigo, vuestro modelo, vuestro consolador! Siguiendo su ejemplo conseguiréis que vuestro miedo se cambie en serenidad, vuestra angustia pase a ser esperanza y vuestra tristeza se torne en alegría, siendo así vuestro sufrimiento purificación y mérito para vuestras almas, además de una contribución preciosa para el bien espiritual de la Iglesia(Cfr. Col 1, 24). De todo corazón os bendigo a vosotros, a vuestros seres queridos, y a cuantos os asisten con amor .
* * *
La Virgen del Santuario de Jasna Góra, una colina cercana a Czestochowa, es la Reina de Polonia, y por ello tan querida de Juan Pablo II. Esta imagen tiene dos heridas en la cara, producidas en 1430 por unos bandoleros, que además de dañar la tabla le dieron incluso dos cuchilladas.
En la fiesta de la Virgen de agosto, los polacos van en peregrinación hasta allá, y después del largo viaje, rezan el Via Crucis recordando lo mucho que padecieron Cristo y su Madre por nosotros.
Karol Wojtyla fue en muchas ocasiones, y allí repetía miles de veces en su corazón: "Totus tuus" -soy todo tuyo-, leyenda que incorporaría después a su escudo episcopal.
Años más tarde, el 17 de mayo de 1981, con voz débil y desde la sala de reanimación, Juan Pablo II habla al mundo por vez primera desde el atentado que ha podido costarle la vida. Dice: Rezo por el hermano que me ha herido, al cual he perdonado sinceramente. Pienso en las dos personas heridas a la vez que yo. Unido a Cristo, sacerdote y víctima, ofrezco mis sufrimientos por la Iglesia y por el mundo; a ti María, repito:"Totus tuus ego sum".
N O T A S