21 de diciembre de 2017

Abrirse a las diferencias entre hombre y mujer (Michael Esparza)



ABRIRSE A LAS DIFERENCIAS ENTRE HOMBRE Y MUJER



«Sólo gracias al dualismo de lo masculino y de lo femenino
lo humano se realiza plenamente»
 (Juan Pablo II)

  
Índice
1) INTRODUCCIóN                 
2) COMO VENIDOS DE PLANETAS DIFERENTES
Ponerse en la piel ajena  
La inseguridad produce desconfianza  
Saber escuchar        
Hablar o callar             
3) SUBJETIVIDAD FEMENINA Y OBJETIVIDAD MASCULINA
4) LA AUTORREALIZACIóN A TRAVéS DEL AMOR           
5) LA SEXUALIDAD                    
6) LA AFECTIVIDAD                    
Ventajas y desventajas    
7) AFÁN POSESIVO: ORIGEN Y POSIBLE SOLUCIÓN         
8) AUTOESTIMA Y HUMILDAD  
  
Michel Esparza, 2001


1) INTRODUCCIóN
Siempre pensé que cuando las cosas se tuercen en un matrimonio es por culpa del egoísmo de uno o de los dos cónyuges. Últimamente, sin embargo, la experiencia me muestra que, si bien el egoísmo es el último responsable de los problemas conyugales, también es verdad que ese egoísmo no sería tan dañino si hubiese buena voluntad y buena comunicación entre los cónyuges.
Esa es la razón por la que me decido a poner por escrito algunas consideraciones acerca de los malentendidos que más frecuentemente he observado entre hombres y mujeres. Conocer las diferencias entre hombre y mujer evita muchos problemas de comunicación. Pienso ahora en matrimonios con problemas serios, o simplemente en tantas personas casadas desde hace años que, a primera vista, se llevan bien, pero que, mirado de cerca, distan mucho de la imagen ideal que uno tiene del amor entre un hombre y una mujer. Al intentar ayudarles, entreveo problemas de comunicación por no percatarse del modo tan distinto de ver las cosas que tienen ambos.
«A las mujeres no hay quien las entienda», dicen muchos hombres. «Ya saben cómo son las chicas. Nunca se sabe por dónde van a salir», dice el joven protagonista de una novela. Eso lo dicen hombres que quieren comprender a las mujeres desde sí mismos. En vez de meterse en piel ajena, se ven a sí mismos como punto de referencia, como si fuesen raros quienes no son como ellos. Ignoran que existen dos dos modos -masculino y femenino- de percibir la realidad.
No sé si estas líneas van dirigidas a hombres, para que entiendan a las mujeres, a mujeres para que se conozcan mejor, o a ambos para que reflexionen sobre sus legítimas diferencias. Lo más viable es dirigirme a hombres, pues me temo que hoy en día es políticamente incorrecto escribir algo sobre el carácter femenino. Y es que corro el riesgo de agraviar a aquellas mujeres que, por modo de ser o por influencia de cierto feminismo, tienen complejo de inferioridad. A éstas les diría ante todo que soy un gran admirador de la feminidad, que pienso sinceramente que tienen una gran suerte de ser mujeres, y que sus problemas son propios de personas sensibles. Quizá se evitarían las susceptibilidades si, en vez de referirme a la mujer, me refiriese a personas sensibles.
Tanto el varón como la mujer necesitan ahondar en este tema. Por ser más intuitiva, la mujer puede carecer de una imagen racional de sí misma. El varón, por ser más racional, no logra entender a fondo ciertos sentimientos presentes en la mujer. Ambos tienen que intentar comprenderse mejor, pero el hombre suele tener mayor capacidad analítica de modo que tiene mayor responsabilidad a la hora de facilitar una buena comunicación. El varón se mueve en las medianías, mientras que la mujer suele comportarse como un ángel o como un demonio en función del amor que recibe. Si los hombres supiesen asegurarlo, todo sería más fácil.
¡Qué importante es abrirse a las diferencias! Somos como una manzana cortada por la mitad; ésta puede ser seccionada de múltiples maneras: todos somos diferentes, pero tenemos en común que nos falta una mitad. La autosuficiencia le lleva a uno a considerar sólo la mitad de la manzana que posee olvidando y despreciando la otra mitad. El hombre, siendo muy viril, tendría que incorporar las virtudes femeninas, y la mujer, sin traicionar su feminidad, debería hacerse propias las virtudes masculinas. Lo ideal es tener un padre cariñoso y una madre muy sensata.
Los hombres se parecen a la prosa, las mujeres a la poesía. La prosa es lineal, se entiende mejor, pero la poesía permite expresar sentimientos más finos, más profundos. El varón es como una guitarra, la mujer como un arpa. Es sencillo afinar una guitarra y es difícil que se destemple, pero produce sonidos menos hermosos que un arpa. La mujer es más difícil de acordar pero, si lo consigue, suena mejor. Para no ofender a nadie, conviene añadir que existen "hombres-arpa" y "mujeres-guitarra". Todo lo femenino se encuentra parcialmente en el varón y viceversa. Siempre hay excepciones que confirman la regla. Antes de entrar en materia, conviene, pues, aclarar que hablamos siempre en términos generales, pero que cada persona es única. Según una "psicología de laboratorio", afirma Torelló, «el hombre poseería una inteligencia sintética, la mujer detallista; el hombre tendería a la abstracción, la mujer a la concreción; el hombre ambicionaría la fama, el prestigio, el poder, y la mujer la paz, la felicidad, la intimidad; el hombre es dominado más por la ira que por el miedo, la mujer más por el miedo que por la ira; el hombre toma decisiones rápidas, la mujer es vacilante y perpleja; el hombre no reconoce sus errores fácilmente, la mujer es turbada a menudo por sentimientos de culpabilidad». Todo eso sólo es verdad en términos generales.

2) Como venidos de planetas diferentes
John Gray, un experto en ayuda matrimonial, ha escrito un conocido libro -Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus- en el que, tras años de experiencia con cientos de parejas, pone de relieve las grandes diferencias existentes entre hombres y mujeres. Viene a decir que los malentendidos entre ambos provienen de haber olvidado que hablan el mismo lenguaje pero el significado de las palabras es diferente. Marcianos y venusianas se habrían conocido y, tras un periodo de felicidad -por aportarse lo que falta a los habitantes del otro planeta-, deciden irse a vivir a la tierra, donde empiezan los problemas por olvidar que proceden de planetas diversos.
Las diferencias entre los dos sexos siempre resultan ser mayores de lo que se piensa. Según Gray, «los hombres y las mujeres no sólo se comunican de manera diferente sino que piensan, sienten, perciben, reaccionan, responden, aman, necesitan y valoran de manera totalmente diferente. Casi parecen proceder de planetas distintos, con idiomas distintos y necesidades también diferentes». Otro autor, Gary Smalley, opina que «la mayor parte de las dificultades conyugales se centra alrededor de un hecho: que hombres y mujeres son totalmente diferentes».
Ponerse en la piel ajena
Piensa el ladrón que todos son de su condición. En vez de meternos en la piel de los demás, tenemos tendencia a autoproyectarnos, a pensar que los demás son como nosotros. Si hombres y mujeres no se abren a las diferencias entre ambos, se multiplican los malentendidos. A la mujer le cuesta la sinceridad, llamar al pan pan y al vino vino. En una novela de Carmen Martín Gaite, se habla sobre «la habitual sumisión femenina a las medias verdades». Si el hombre no sabe leer entre líneas, no entiende lo que una mujer le quiere realmente decir. Así por ejemplo, si una mujer se siente celosa, no lo dirá claramente, lo manifestará mediante veladas críticas. Si le dice a su marido: «No paras en casa, siempre estás saliendo con tus amigos», quizá lo que realmente quiera decir sea: «Últimamente me siento mal, necesito tu cariño». Si él no sabe captar la longitud de onda femenina, responderá de modo objetivo: «¿Porqué te quejas?, hace tres semanas que no salgo con mis amigos». Entonces la mujer, malhumorada, pensará: «Mi marido no me entiende, luego se confirma lo que temía: que no me quiere». Es un círculo vicioso. Si la mujer hablase claro, se resolvería el problema. Pero una mujer es sincera en la medida que se siente querida incondicionalmente. Si tiene la impresión subjetiva de que su marido no le quiere, aunque objetivamente esto no sea cierto, se cerrará todavía más y le costará todavía más ser sincera.
Varones y mujeres tienen expectativas diferentes. Si el varón lo ignora, le pillará de sorpresa el descontento de su mujer. Como a ese empresario, James Hunter, cuando relata: «Las cosas no son lo que parecen. Lo cierto es que mi vida se estaba desmoronando. Rachael me había dicho un mes antes que llevaba algún tiempo sintiéndose infeliz en nuestro matrimonio e insistía en que las cosas no podían seguir así. Me dijo que no se estaba atendiendo a sus "necesidades". ¡Yo no daba crédito a lo que estaba oyendo! "Mira tú -pensé-, le doy todo lo que una mujer podía pedir, ¡y todavía me dice que no atiendo a sus necesidades! Pero ¿qué más necesidades puede tener?"».
Hay que amar a los demás como ellos desean ser amados, no como a uno le gustaría. Sucede a menudo que un hombre que no tiene en cuenta las necesidades de su mujer, cuando hace el propósito de mejorar la relación con ella, decide ayudarle más en las tareas del hogar y en el cuidado de los niños. En el fondo, se autoproyecta: hace lo que quisiera que le hiciesen a él: llegar a casa y poder sentarse tranquilo en un sofá viendo la televisión. Es evidente que la mujer aprecia que se le eche una mano, pero lo que el varón suele olvidar es que haría mucho más feliz a su mujer mirándole con cariño y diciéndole algo agradable, que estando 4 horas haciendo las tareas del hogar. Es una pena que no se dé cuenta, pues con 3 minutos conseguiría más que con 4 horas sacrificándose por ayudarle en lo doméstico...
La inseguridad produce desconfianza
En el fondo, detrás de muchos malentendidos entre hombre y mujer, subyace un problema de confianza, el cual a su vez tiene que ver con un problema de autoestima. Para confiar en el amor de otro es preciso tener confianza en la propia amabilidad. Quien no se gusta tiende a pensar que no gustará. Por eso, que uno de los elementos más importantes para asegurar un matrimonio feliz consiste en que la mujer no pierda la confianza en el amor de su marido: que esté convencida de ser la persona más importante en la vida de él. Una mujer es maravillosa mientras se siente querida (en el fondo, eso es el reflejo de lo que le ocurre a todo ser humano: funciona de modo óptimo en la medida en que se sabe amado incondicionalmente). Me decía un recién casado: «¡Es maravilloso! Cada vez que le hago una caricia a mi mujer, reacciona inmediatamente, deja lo que estaba haciendo y me mira con una sonrisa arrebatadora». Sin embargo, esa felicidad empieza a desvanecerse desde el momento en que la mujer empieza a dudar del amor de su marido, porque éste le da motivos objetivos -se porta mal, se enfada, le es infiel...-, o por motivos subjetivos.
Detrás de problemas de incomunicación es frecuente encontrar problemas de inseguridad. El hombre duda a la hora de entregarse por temor a ser incompetente; a la mujer, en cambio, le cuesta dejarse querer por desconfianza en su propia amabilidad. «La mujer -escribe Gray- suele tener miedo de necesitar demasiado y de que entonces se la rechace, se la juzgue o se la abandone. Ser rechazada, juzgada o abandonada le causan gran dolor ya que, en lo más profundo de su inconsciente, abriga la falsa creencia de que no es digna de recibir más. Es ésta una creencia que se iba formando y reforzando en la infancia cada vez que ella debía reprimir sus sentimientos, necesidades o deseos. La mujer es especialmente vulnerable a la creencia negativa e incorrecta de que no merece ser amada. Si de niña presenció o sufrió abusos, será aún más vulnerable al sentimiento de que no es digna de recibir amor; le resultará más difícil determinar su propio valor. Oculto en el inconsciente, este sentimiento de que no es digna genera el temor a necesitar a los demás. Una parte de su ser imagina que no va a recibir apoyo». Por otra parte, «lo que más teme el hombre es a no servir o a ser incompetente. Compensa ese temor entregándose a aumentar su poder y su competencia. El éxito, el logro y la eficiencia son lo más importante en su vida».
Es lógico que el hombre se sienta frustrado si su mujer se queja de él: se siente incompetente si ella se muestra descontenta. Por otra parte, la mujer tiene miedo a pedir. Si supiese pedir sin reproches, su buen marido se volcaría. Así él vería confirmada su capacidad de hacerla feliz, y ella recuperaría su sentido de dignidad. Pero muchas veces este proceso queda bloqueado por uno de los dos, sin que el otro lo entienda y lo desbloquee. Es una pena que la mujer, por inseguridad, no hable más claro, y que el hombre no sepa leer entre líneas. Además, cuando una mujer está alterada tiene tendencia a hacer declaraciones absolutas, sin ningún tipo de matiz, lo cual hace que el hombre se ponga más a la defensiva. «Es que tú nunca estás en casa», dice ella. Si el marido responde: «pues ya ves que ahora sí que estoy en casa». «Tú nunca me escuchas», dice ella, y se exaspera cuando su marido le responde: «Pues ahora sí que te estoy escuchando».
Si ambos supiesen que hablan lenguas diversas, se evitarían muchos malentendidos. Si una mujer dice a su marido: «Nadie me hace caso», lo que está queriendo decir en lenguaje masculino es quizá esto: «Hoy siento que no se me hace caso ni se me reconoce. Parece que nadie me vea. Estoy segura de que alguna gente me ve, por supuesto, pero no parece que yo les importe. Supongo que también me frustra el hecho de que hayas estado tan ocupado últimamente. Me doy cuenta de lo mucho que trabajas, pero a veces me da por pensar que ya no te importo». Otro ejemplo. Si ella dice: «Ya no me quieres», no significa que esté lanzando un reproche destemplado. No dice: «Yo te he dado los mejores años de mi vida y tú no me has dado nada. Me has utilizado. Eres frío y egoísta. Haces lo que te viene en gana, todo para ti y sólo para ti. No te importa nadie. He sido tonta por quererte. Ya no me queda nada». Más bien está diciendo: «Hoy tengo la sensación de que no me quieres. Me temo que es por mi culpa. Sé que en realidad me quieres, haces muchas cosas por mí. Pero hoy me siento un poco insegura. Dame confianza en tu amor y dime esas dos palabras mágicas: "Te quiero". Me siento bien cuando me dices eso».
Hay que saber leer entre líneas. Cada vez que una mujer protesta por algo, su marido tendría que estar al tanto de que puede estar expresando celos. Quizá, aunque de modo inadecuado, le está pidiendo veladamente que manifieste su cariño. Un hombre suele sentir celos si hay otro hombre de por medio, mientras que una mujer puede sentirlos hacia cualquier tipo de actividad absorbente de su marido. Sucede así a menudo que a ella no le interesan los temas relacionados con el trabajo de su marido. A él le encantaría contarle cosas, pero ella muestra poco interés. En el fondo, son celos. Tampoco a un hombre le gustaría que su mujer le contase detalles acerca de un hombre encantador que ella ha conocido. A nadie le apetece que le hablen de su rival.
El hombre tiene que aprender a mirar las cosas con la lógica del corazón. Ante las dudas subjetivas de la mujer, si el hombre, de acuerdo con su espíritu analítico y frío, intenta convencer a su mujer de lo contrario mediante argumentos racionales, ésta seguirá estando insatisfecha porque da mucha más importancia a sentirse querida que a saberse querida. Ver llorar a su marido a causa del conflicto le resulta mucho más convincente que mil razonamientos... No se convence tanto a una mujer de lo mucho que se le quiere con argumentos racionales, cuanto con comprensión y hechos sensibles. Se evitarían no pocos problemas matrimoniales, si las mujeres aprendiesen a dar más importancia al saber que al sentir, y si los maridos tuviesen un poco más de mano izquierda y se esforzasen por expresar el cariño que sienten...
Otra situación típica. Tras una intensa jornada de trabajo, el marido llega tarde a casa. Han surgido imprevistos en su trabajo, está agotado y tiene ganas de llegar a casa para descansar. Cuando su mujer le ve llegar, se muestra muy contrariada y le recuerda que habían quedado en cenar mucho antes. Lo que la mujer no le dice es que su cariño por él le ha llevado a echarle en falta y a preocuparse pensando que quizá hubiera tenido un accidente. Generalmente, ante esta situación, el marido se irrita y terminan discutiendo. ¡Que diferente terminarían las cosas si ambos se comprendiesen! La mujer le diría: «Si llegas tarde, es que has tenido mucho trabajo. No sabes lo orgullosa que estoy de tus sacrificios para sacar adelante a la familia. Pero ahora al fin podrás descansar. ¿En qué te puedo complacer?». El marido, en vez de irritarse ante las quejas de su mujer, le diría: «¡Qué buena eres! No se cómo agradecértelo. En tu impaciencia porque llego tarde, veo lo mucho que me quieres. Además tendrás que volver a calentar la cena. Ya te ayudo yo...» Así, una misma circunstancia puede conducir a dos situaciones opuestas: que los esposos riñan o que se den un abrazo.
Saber escuchar
Hay que saber escuchar. La queja que con mayor frecuencia manifiestan los hombres acerca de la mujeres es la de que ellas siempre están intentando cambiarlos. A su vez, escribe Gray, «la queja que con mayor frecuencia manifiestan las mujeres acerca de los hombres es la de que éstos no escuchan. El hombre, o bien no le hace el menor caso cuando ella le habla, o escucha unas palabras, evalúa lo que le preocupa y a continuación se pone con orgullo la gorra de señor "todo arreglado" y ofrece una solución que la haga sentirse mejor. Cuando ella no aprecia este gesto de amor, él se muestra confundido. Por muchas veces que ella le diga que no la escucha, él sigue sin entender y no abandona su actitud. Ella desea solidaridad y comprensión, y él cree que desea soluciones».
La mujer desea ante todo que su marido le escuche mostrando interés, no como se escucha una conferencia. El hombre es más resolutivo. Cuando le hablan de un problema, piensa que lo que se le está pidiendo es ante todo que ayude a resolverlo, que ofrezca una solución. Una mujer, en cambio, no desea tanto que su marido le dé una solución a su quebradero de cabeza, cuanto desahogarse, sentir que su marido le comprende, que se hace cargo de su preocupación. Si ve que su marido le comprende, se siente querida.
A un hombre le cuesta entender que su mujer estará más contenta si le escucha con paciencia, interés y comprensión, que si le ofrece enseguida una solución. Al no ponerse en la piel de su esposa, no entiende que ella, al contar sus problemas, busque sobre todo desahogarse, saberse comprendida. «Los hombres -escribe Gray- deben recordar que las mujeres hablan de sus problemas para intimar, y no precisamente para conseguir soluciones. A menudo, la mujer sólo quiere manifestar sus sentimientos acerca de cómo le ha ido el día y el esposo, creyendo ayudar, la interrumpe y le ofrece toda una retahíla de soluciones a sus problemas. Y no tiene ni idea de por qué eso le sienta tan mal». El hombre no es consciente de que cada vez que su mujer se desahoga, está poniendo a prueba el amor de su marido. Cierto idealismo utópico lleva a la mujer a pensar que si su marido realmente le quiere, le entenderá, aunque ella no hable claro. Si nota que su marido no le entiende, es posible que se enfade, pues concluye erróneamente que no le quiere. Peor todavía si el marido se impacienta (por ejemplo, si a las 11 de la noche, cuando él, muy cansado, está a punto de irse a la cama -o cinco minutos antes de que comience la retransmisión de un partido de fútbol-, ella empieza a contarle un preocupación objetivamente poco importante). En este sentido, puede resultar cruel para una mujer, que comienza a contar su preocupación, que su marido le interrumpa diciéndole que abrevie, que vaya al grano, que la solución está clara, etc. Un marido tiene que comprender que una hora escuchando con cariño a su mujer equivale para ésta a una hora de recibir el amor que más anhela. En vez de proyectar egoístamente los propios deseos, habría que querer a los demás respetando sus legítimos deseos, quererles como quieren ser queridos, no como a uno le gustaría que le quieran.
«Tendrías que estar aquí», le decía por teléfono una madre a su hijo que estaba en un país lejano. El hijo se afanaba entonces por explicarle que eso no era posible, hasta que descubrió que lo que la madre buscaba no era tanto obtener el retorno del hijo, cuanto expresar su pena por su lejanía. En sucesivas ocasiones, cuando la madre se quejaba de la lejanía del hijo, éste le decía: «Tienes razón, mamá, tendría que estar allí». Incomprensiblemente para el hijo, después de decirle eso a su madre, ésta dejaba de insistir. Sí, con las mujeres hay que saber triangular, tener mucha mano izquierda, tener en cuenta los imperativos del corazón, por muy irracionales que parezcan. Si una mujer está enfadada con su marido y le chilla, éste le aplacará mucho mejor mostrando la pena que le produce ver a su mujer tan alterada, que haciendo grandes esfuerzos por no enfadarse, mostrándose impertérrito. Me contaba uno que su mujer dejó de enfadarse -por mucho tiempo, al menos- el día en que vio cómo su marido se emocionaba. Unas lágrimas surtieron mayor efecto que mil palabras.
Hablar o callar
El modo de hacer frente al estrés es muy diferente en el hombre y en la mujer. Como escribe Gray, «los marcianos se retiran a su cueva para solucionar sus problemas solos y sentirse mejor», mientras que «las venusianas se reúnen y hablan abiertamente de sus problemas para sentirse mejor». Cuando un hombre vuelve preocupado de su trabajo, le encanta encender la televisión para ver el telediario, volcando su atención en problemas lejanos sobre los que da su opinión. En vez de afrontar su frustración, prefiere estar arreglando el mundo. Después se le ve taciturno, rumiando su problema. Quizá la mujer interpreta mal esa actitud hosca y le hace preguntas directas que le sacan de sus casillas. La mujer, en cambio, cuando le preocupa algo, le encanta contarlo. No es que vaya al grano -la relación entre esa preocupación y su posible falta de autoestima-, sino que se desahoga contando los pormenores de una injusticia que ha sufrido. «Tan poco realista -escribe Gray- es esperar de un hombre que está encerrado en su cueva que de repente se muestre abierto, sensible y afectuoso, como esperar de una mujer disgustada que se tranquilice inmediatamente y se muestre totalmente sensata. Es un error esperar que el hombre muestre siempre su lado afectuoso, del mismo modo que es un error esperar de una mujer que sus sentimientos sean siempre racionales y lógicos».
Una vez más, la autoproyección puede llevar a reaccionar de modo inadecuado: que el marido deje sola a su disgustada mujer disgustada o que la mujer importune al marido cuando éste está rumiando su problema. No se puede dejar toda una noche a una mujer preocupada por algo referente a su marido. Él dormirá bien. Ella, no. «Pocos hombres tienen conciencia de lo importante que es para una mujer sentirse apoyada por alguien que la quiere. [...] Los hombres no se dan cuenta de este hecho porque su instinto marciano les dice que cuando se está disgustado lo mejor es quedarse solo. Cuando ella está disgustada el hombre, por respeto, la dejará sola, y, si se queda a su lado, empeorará las cosas intentando solucionar sus problemas. Su instinto no le habla de lo importante que son para ella la proximidad, la intimidad y la comunicación. Lo que ella más necesita es alguien que la escuche».
Es, pues, importante que el varón y la mujer se estudien mutuamente con el fin de percatarse de sus diferencias. Puede ser útil al respecto que los varones lean determinados libros de la literatura universal en los que se pone de manifiesto la psicología femenina. Pienso, por ejemplo, en Cristina, hija de Lavrans, una trilogía de Sigrid Undset ambientada en la Noruega del siglo XIV. Hay un pasaje que ilustra bien el carácter femenino. Poco después de la boda, Cristina, la protagonista, está enfadada con Erlend, su marido, porque piensa que no le hace mucho caso, pero, por orgullo, no le dice nada. En un momento dado, ella de comporta de modo imprudente y peligroso y su marido le da una bofetada en plena mejilla. «Lo merecías -le dice-. (...) Me has asustado». Y comenta la escritora: «Cristina no dijo nada; pero Erlend la notó menos enfadada que un momento antes (...). Le sorprendió, pero era cierto».
Sucede a menudo que, ante una mujer alterada, su marido piensa que lo que se espera de él es que la soporte. En vez de mostrarse airado, toma la actitud de aguantar el tirón. Piensa que bastante mérito tiene con no enfadarse. Pero el mensaje que ella capta no es: «hay que ver qué bueno es mi marido, ¡qué paciencia tiene conmigo cuando me pongo nerviosa!», sino «ni siquiera le afecta ver lo mal que lo estoy pasando, ya se ve que lo mío no le importa ni un bledo». Lo que menos soporta una mujer es la indiferencia...
En la misma obra de Undset, hay más adelante otro pasaje significativo en que sucede algo similar entre Lavrans y Ragnfried, los padres de Cristina. Ella, Ragnfried, reprocha a Lavrans que no haberse enfadado después de que ella, hace tiempo, le confesara una infidelidad matrimonial. Interpreta la indulgencia de Lavrans como desamor. «Creía -le dice- que si podías comportarte conmigo igual que antes, después de aquella noche, era porque yo te importaba aún menos de lo que yo había creído. Si después de aquello te hubieras mostrado duro conmigo, si me hubieras pegado sólo una vez en un día de borrachera, habría soportado mejor mi dolor y mis angustias. Pero tu indiferencia...». «¿Me creías indiferente?», le pregunta Lavrans, extrañándose de que su mujer interpretase su bondad como indiferencia. A lo que Ragnfried responde: «Sí, si tú me hubieras estrechado en tus brazos una sola vez, no porque fuese la esposa cristiana que te habían designado, sino la mujer que habías deseado y por cuya posesión hubieras luchado...».

3) Subjetividad femenina y objetividad masculina
En toda persona humana encontramos elementos ilógicos, meramente subjetivos, pero en las mujeres es algo más llamativo. En este mundo de las emociones, un hombre muy racional se pierde, porque los sentimientos suelen estar reñidos con la pura racionalidad. Para un hombre, lo importante suele ser tener los pies en el suelo (la realidad objetiva), mientras que las mujeres acostumbran a ver el mundo a través de sus vivencias personales. Todo tiene ventajas y desventajas. Las realidades existenciales -como los estados de ánimo- son muy importantes pero son poco estables. Una persona que se deja guiar únicamente por sus sensaciones se vuelve atolondrada. De todos modos, conviene que tengamos suficiente conocimiento propio como para poder aclararnos con el mundo de las emociones, aunque éstas no se dejen encerrar fácilmente dentro de estrechos moldes racionales. Si bien los sentimientos son menos de fiar, no hay que despreciarlos, porque esto equivaldría a despersonalizarse. Lo que sí conviene es anteponer lo objetivo a lo subjetivo, para no dejarse llevar por fantasías.
La mujer suele ser menos analítica que el hombre y tiende a confundir saber con sentir. De ahí que se deje dominar más fácilmente por los estados de ánimo. «El alma humana -dice una mujer en una novela- se parece a las nubes. No hay quien la coja en la misma postura». Si reducimos el alma humana a sus sensaciones subjetivas, es posible que nos descaminemos. Hay que saber tener los pies en el suelo sin, por ello, eliminar lo subjetivo. Por poner un ejemplo, la mujer tiende a dar más importancia a sentirse querida que a saberse querida. Unas lágrimas surten en ellas mucho más efecto que largos discursos. De ahí la importancia de que un marido consiga manifestar su afecto para que su mujer se sienta querida, decirle muchas veces que le quiere y hacerle ver que él sin ella no sabría vivir. Quizá sea éste el piropo que una mujer más desea oír -«sin ti no se vivir»-, más todavía si se trata de una mujer insegura.
Me decía un marido: «No entiendo por qué mi mujer se queja de que no la quiero; a estas alturas, llevando más de treinta años casado con ella, ya tendría que saber que le quiero...». Ese marido no se daba cuenta de que su mujer era diferente a él: a él le bastaba con saberse querido y no entendía que su mujer era más insegura que él y necesitaba sentirse querida. De todos modos, a la larga, es más importante que el marido la quiera de verdad: que no le engañe, que haya una realidad de amor detrás de las apariencias, que esté dispuesto a sacrificarse por ella. Si una mujer da más importancia a las apariencias que a la realidad objetiva, será muy fácil que un hombre le engañe, haciéndole creer que le quiere, cuando en el fondo se quiere aprovechar de ella.
El hombre suele ser más objetivo que la mujer, de ahí que algunos afirman que el varón es la cabeza de la mujer. La mujer es más intuitiva y está más abierta a las realidades existenciales; en ella todo suele ser más sentido: viendo las cosas con el corazón, las vive con mayor intensidad. Comparando a dos mujeres, una joven y otra mayor, dice el joven protagonista de una novela: «Las dos se parecían en dar a todo importancia por igual. ¿Será el eterno femenino eso también?». La persona ideal es al mismo tiempo intuitiva y racional. «El hombre -dice en una novela la mujer de Sócrates- no piensa con el corazón, se desliga de su cuerpo, de su familia, de su esencia. Una mujer no es capaz de pensar de modo tan impersonal. Y a veces, la mujer contempla en el fondo de su ser lo que el hombre jamás descubrirá a pesar de sus profundos e interminables quebraderos de cabeza».
Hombres y mujeres observan el mundo de modo muy distinto. Cuando hombres comentan por ejemplo un artículo que han leído, suelen hacer bellos discursos y se refieren sobre todo a datos concretos, estadísticos, etc. En cambio, si son mujeres las que lo comentan, hablan más bien del impacto que les ha producido. Los hombres cosifican a las personas y las mujeres personalizan a las cosas. Si fuesen sólo los hombres los que tienen algo que decir, el mundo se empobrecería; y si fuesen sólo mujeres las que mandan, no sé a dónde llegaríamos a parar...

4) La autorrealización a través del amor
Por naturaleza, estamos hechos para ser felices dando y recibiendo amor. Damos lo mejor de nosotros mismos en la medida en que, por amor y libremente, nos entregamos a otra persona. Lo que es propio de todo ser humano es, por decirlo de algún modo, más connatural a la mujer. «Cuanto más santa es una mujer, más mujer es», decía Léon Bloy. La mujer, por naturaleza, tiende más que el hombre a autorrealizarse a través de la entrega amorosa de sí misma, como si la naturaleza de la mujer estuviese más cercana a la finalidad de toda naturaleza humana: ser feliz a través del don desinteresado de uno mismo.
«¿Qué es la mujer? -se pregunta Carla Bettinelli secundando a Edith Stein- Una profunda necesidad de dar y de recibir amor». La capacidad de abnegación que tienen las mujeres equilibradas supera con creces a la de los hombres. Una mujer es capaz de cuidar minuciosamente innumerables detalles de servicio a los demás. Su corazón es, a la vez, débil y fuerte. A primera vista, el varón parece más fuerte, pero, a la hora de la verdad -y más aún si hay de por medio una razón de cariño-, la mujer llega más lejos, siendo capaz de perseverar heroicamente aun en las más adversas circunstancias.
«Dadle amor a una mujer y no habrá nada que ella no haga, sufra o arriesgue», dice Wilkie Collins en una de sus novelas. Las mujeres dan menos vueltas a las cosas, pero 'inconscientemente', sin aspavientos, tienen una capacidad de entrega muy superior a la de los hombres. El amor de una madre, por ejemplo, es quizá lo que más se parece a un amor incondicional. El amor de una buena madre es lo contrario al de esas chicas ávidas de romances fáciles; éstas -como escribe Albert Cohen rememorando a su madre- «aman a los hombres fuertes, enérgicos, resueltos, a los gorilas, en una palabra. Nuestras madres nos aman desdentados o no, fuertes o débiles, jóvenes o viejos. Y cuanto más débiles somos, más nos aman. Amor de nuestras madres, a ningún otro semejante».
Si una mujer no se traiciona a sí misma, reconoce que ansía esa felicidad que proviene de la abnegación amorosa. Copio un pasaje de una novela, en la que una psiquiatra soltera muy 'emancipada' escribe una carta a una amiga, reconociendo su íntimo deseo de entregarse a un hombre: «En modalidad de copla gitana: "Si tu me pidieras que al fuego me echase,/ igual que madera me consumiría./ Si tu me pidieras que me abriera mis venas,/ un chorro de sangre te salpicaría". Y en jerga psicoanalítica (...): Inmolarse en aras de la discutible felicidad que la disgregación de sí mismo puede proporcionar a otro. Pero no es broma, Sofía, lo malo es que no es broma. ¡Qué condena llevamos las mujeres con esta retórica de la abnegación, cómo se nos agarra a las tripas, por mucho que nos pasemos la vida tratando de reírnos de ella! Yo, aunque me dé vergüenza, te tengo que confesar -porque esta carta va de confesión- que mis ensueños eróticos más secretos se abrasan en el deseo de disolverme en otro, de entregarme a alguien sin reservas para que disponga de mí a su capricho; deseo analizado luego despiadadamente en mis horas de vigilia y amordazado sin más contemplaciones. Porque sé que es una pendiente resbaladiza». Sí, es una «pendiente resbaladiza» porque si una mujer se entrega de ese modo a un hombre que se aprovecha de ella, el amor se torna esclavitud...
Las decepciones amorosas son proporcionales a la sensibilidad de la persona que las padece; por eso la mujer sufre más. El varón tiene muy diversas fuentes de autoestima: el amor de los que ama, el ámbito laboral, el ámbito deportivo y social. La mujer espera ante todo ser amada por las personas más cercanas. Esta es una de las razones por las que las decepciones matrimoniales suelen ser más agudas en la mujer. Si una mujer no se siente querida por su marido, se siente tan mal como se sentiría su marido si le despidiesen de su trabajo y, además, todos sus amigos y familiares le abandonasen. Otra razón por la que esas decepciones son más agudas en la mujer es porque ella suele ser menos realista. En su tendencia a idealizar piensa que su marido le amará como ella le ama. Pero su cariño es más constante que el del varón. He aquí, tal como aparece en una novela, el extracto de una carta escrita por la amiga de una esposa descontenta: «Hablando con experiencia te diré lo que he observado. Las jóvenes recién casadas, que sienten un profundo amor por sus esposos -y tal es tu caso-, suelen cometer un muy grave error: como regla general, esperan demasiado de sus maridos. Los hombres, mi pobre Sara, no son como nosotras. Su amor, incluso cuando es sincero, no es como el nuestro; no es tan constante y fiel como el que nosotras les ofrecemos; no es su única esperanza ni la razón de sus vidas, como lo es para nosotras. Por mucho que los amemos y los respetemos, no tenemos más remedio que reconocer y aceptar esta notable diferencia entre la naturaleza del hombre y la de la mujer».
Sucede como con un órgano corporal. Mientras un ojo, por ejemplo, está sano, funciona bien sin que uno se percate de ello. Pero si se introduce un cuerpo extraño, el sujeto experimenta su propio ojo. Así también, cuando el alma está sana, uno se siente bien en su piel y resulta fácil olvidarse de uno mismo. Si hay paz interior, la donación amorosa surge espontáneamente: uno se puede volcar hacia los demás para aliviar sus necesidades. Pero cuando uno comienza a dudar de sí mismo, empieza a experimentarse a sí mismo y se siente molesto. Por eso, una mujer es capaz de la mayor abnegación a condición de sentirse querida. Si una mujer se siente querida permite todo a su marido. En cambio, si no está convencida de ocupar el primer lugar en la vida de su marido, protesta por cualquier cosa. Todo anda sobre ruedas en la medida en que se sienta inspirada por una razón de amor compartido. En cambio, si no se siente querida, si no se siente útil, entonces se desmorona, su atención se vuelve hacia sí misma y se irrita. Es como si se introduce un cuerpo extraño en el ojo de su alma. La que nunca se quejaba, empieza a protestar por cualquier futilidad. Como autodefensa, para reclamar el amor supuestamente perdido -y la subsiguiente autoestima-, la que era como un ángel comienza a comportarse como un demonio.

5) La sexualidad
Hombre y mujeres experimentan la sexualidad de modo diferente. El apetito sexual masculino es más intenso que el femenino. La mujer suele ignorar que lo que, por razones hormonales, a ella sólo le apetece uno o dos días al mes, al varón le apetece diez veces más y todos los días. En él prima el aspecto animal. En ella, la ternura, la vanidad y la confianza. Para una mujer, una relación sexual es como la continuación de un beso. Sólo está dispuesta a entregarse, si confía en el amor de quien la besa, si confía en el amor de quien la corteja. Pero si se le fuerza a tener relaciones, se siente fatal. «Muchas mujeres -escribe Smalley- me han contado que se sienten como prostitutas cuando, estando resentidas sus maridos, éstos les fuerza a hacer el amor».
Si una mujer lleva minifalda, los varones se ponen nerviosos. En cambio, las mujeres no suelen ir a la playa para ver a chicos en traje de baño, sino para tomar el sol. Cuando una mujer se encuentra con un hombre, se suele fijar en si es un hombre interesante, no tanto guapo, sino atento, delicado y cariñoso. En cambio, la tendencia natural del hombre es ver si una mujer está buena. La mujer suele robar cuerpos, mientras que el hombre suele robar corazones.
Las razones por las que el hombre y la mujer desean relaciones sexuales son diferentes. El hombre tiende a fingir amor para obtener sexo. La mujer tiende a fingir sexo para obtener cariño. El hombre está más atraído por el placer venéreo, mientras que la mujer desea ante todo sentirse querida. Un hombre seduce para sentirse importante pero también porque está interesado en obtener aventuras sexuales. Una mujer coqueta, en cambio, busca ante todo ternura como modo de suplir su inseguridad personal. Se siente segura en la medida que está atractiva. Si una mujer deja de cuidar su porte físico, si le da igual que le vean fea, es algo muy grave: su autoestima está por los suelos. No estar al corriente de estas diferencias de sensibilidad da lugar a muchos malentendidos... y chascos. Con razón escribe Mikel Santamaría:
«Muchas veces, la mujer se equivoca, cuando aplica su propio modo de vivir la sexualidad a los hombres. Los hombres son más directamente carnales. Si ser particularmente brutos, pueden experimentar el simple valor sexual del cuerpo de una mujer, totalmente al margen de la afectividad o de su valor personal. El hombre es así. Y es bueno que la mujer lo sepa. Del mismo modo que es bueno que el hombre sepa que las mujeres no son como él, para que no interprete que están en la misma onda que él.
Un hombre se puede sorprender del rechazo de una mujer, cuando él creía que ella estaba ya hace tiempo metida en su propia dinámica de excitación. Pero es que la mujer estaba interpretando aquello como cariño. Y sólo más tarde se da cuenta de que aquello no es el amor limpio que ella quería, y por eso lo rechaza.
Hay hombres que saben esto y, por eso, saben que, para alcanzar lo que quieren, se tienen que hacer los enamorados. Engañar a una mujer, en este sentido, es relativamente fácil, porque ella está predispuesta a interpretar como cariño las manifestaciones del hombre. Interpreta, de entrada, benignamente la actitud del varón. Si ella se expresara de esa manera sin un cariño profundo detrás, se sentiría como una verdadera prostituta. Por eso tiende a pensar lo mismo del hombre. Y le gusta sentirse querida. No se da cuenta de que el hombre, ante la proximidad del cuerpo de mujer, reacciona, naturalmente y sin maldad, experimentando la atracción sexual de ese objeto apetitoso.
Para evitar tratar a la mujer como objeto, el hombre tiene que ejercer una tarea de autodominio que no le es fácil».
La forma de vivir la sexualidad es muy diferente en hombres y mujeres. Dejemos que lo explique delicadamente Antonio Vázquez, un orientador familiar:
«El hombre es una llama de gas, la mujer es una llama de carbón lenta para encenderse y lenta para apagarse. La mujer conquista por la belleza que entra por los ojos; el arma del hombre es la palabra que entra por el oído. El varón necesita conquistar y poseer, mientras que la mujer necesita ser deseada y conquistada.
El hombre es más sexual, mientras que la mujer es más sensual. La mujer necesita aperitivo, el hombre prefiere cuanto antes el plato fuerte. Si uno y otro olvidan, no conocen o no quieren ser consecuentes con estas reglas, que la naturaleza ha marcado en la psicología de cada uno, pueden ir derechos al fracaso».
El varón tiende a reducir la relación sexual a un encuentro entre cuerpos, mientras que la mujer anhela un encuentro entre personas, encuentro y entrega de alma y cuerpo. Un cónyuge generoso se adapta a los gustos del otro. Pero suele suceder que el hombre impone sus apetitos sexuales a la mujer. En este caso -o cuando, a causa de cierto complejo de inferioridad, la mujer pretende ser como el varón-, se obliga a la mujer adoptar un comportamiento sexual masculino. Como observa un experto, «hay una tendencia a hacer creer a la mujer que tiene que comportarse en el terreno sexual como el hombre, si quiere ser moderna». Pero engañar impunemente a la naturaleza da lugar a frustraciones. En los primeros cinco o diez años del matrimonio, la vida sexual de los cónyuges suele ser “masculinamente activa”. Si la mujer protesta, se le dice que no es “normal”. Pero lo que le hace protestar es algo difícil de expresar: es no sentirse querida sino utilizada, es sentirse desengañada y humillada. Si el marido no ha aprendido a moderar su apetito sexual, la mujer termina por dudar de él. Se pregunta: «¿porqué está tan amable en la cama, y tan antipático en las comidas...?». «Esa superficialidad en el terreno de lo íntimo -afirma el experto- es percibida por la mujer como una entrega del otro en busca de placer, "se entrega al placer, no a mí", "le gusta mi cuerpo, no yo". Un sentimiento de desasosiego puede aparecer: sólo me busca cuando quiere relaciones. "Y si yo no le diera placer, ¿cómo me trataría?"».
El hombre suele quejarse de que su mujer no es generosa en la entrega sexual. Olvida que ella necesita que se construya un clímax romántico: que es preciso cortejarla. La mujer disfruta del sexo en la medida en que confía en el amor del varón. Entonces está dispuesta a “perderse” en él. Pero si ni siquiera es efusiva al saludarle cuando llega a casa, ¿cómo se va a alegrar ante la perspectiva de mantener relaciones? Pretender que ella quiera tener relaciones en frío es como decir a alguien que está triste: «Ven ahora mismo, aquí tienes mi hombro para que llores».
Hay malentendidos en ambas direcciones. Así también la mujer suele olvidar que cuando rechaza a su marido, le humilla profundamente. Éste piensa que se pone en duda su virilidad. Su reacción suele ser muy visceral. La mujer tendría que mostrar más comprensión con el apetito sexual de su marido. No olvidar que a él le apetece siempre mucho más que a ella. Del mismo modo que le alegra la vida preparando platos que a él le gustan, podría alegrársela siendo más generosa con su cuerpo. De todos modos, si el marido no se aplica en la castidad, si es incapaz de contenerse, hará pensar a su mujer que no la quiere de verdad: que sólo quiere su cuerpo.
Ilustrémoslo con el pasaje de una novela escrita por una mujer. El personaje femenino intenta explicar a su marido por qué le quiere abandonar. Tenía la impresión de que a él no le importaban sus sentimientos. En un momento dado de la explicación, ella «lo llamó egoísta. Se quejó de que cuando llegaba a casa de un viaje estaba demasiado cansado para pensar en ella, o para hablar, hasta que se iban a la cama y él quería hacer el amor. Pero esa era su forma de establecer contacto, explicó él, demostraba más sus sentimientos que sus palabras. Pero en realidad sólo demostraba la diferencia que existía entre los hombres y las mujeres».
Si las mujeres fuesen más conscientes de la importancia de ayudar a los varones en este terreno, se evitarían muchos dramas. Pero cuando la educación es deficiente y el ambiente no ayuda, es corriente que muchas chicas, en vez de establecer las bases de un amor duradero, den más importancia a la vanidad de sentirse codiciadas por los chicos a causa de sus encantos físicos. Rememorando sus años universitarios, escribe Kathleen Raine (una poetisa inglesa ciertamente atractiva y brillante): «Es difícil darse cuenta ya a los dieciocho años que ser amada a causa del atractivo físico significa en el fondo lo más contrario a ser amada. Me sentía como un animalito perseguido por cazadores ávidos por capturar mi piel».
Si las novias supiesen las dificultades que tienen sus novios para dominar su instinto sexual, les exigirían mayor continencia y respeto hasta que se casen. Si las mujeres supiesen que toda la moral sexual matrimonial, tal como la defiende la Iglesia Católica, es la mejor garantía para que los maridos respeten a sus mujeres, no pararían de dar gracias a Dios... y al Papa.

6) La afectividad
Desgraciadamente, la educación en la afectividad suele ser muy deficiente. A los chicos se les suele presentar la afectividad como algo femenino, reñido con la virilidad, por lo que terminan por achicar el corazón. Las chicas, en cambio, suelen perder de vista los peligros de una afectividad desbocada. Para ambos sirve esta consigna: siempre con el corazón, pero nunca sólo con el corazón. No es del todo verdad que, por naturaleza, algunos tengan más corazón que otros. Es más bien la educación y las decisiones personales lo que hace que el corazón se atrofie.
Ventajas y desventajas
El corazón es como un arma de doble filo. Según su orientación, engendra generosidad y perspicacia, o egoísmo y sinrazón. Por un lado, el afecto pone alas a la voluntad (empujando a sacrificarse por la persona amada) y agudiza la inteligencia (para conocerla mejor y entrar en sintonía con ella); por otra parte, habría que respetar la libertad ajena y aprender ese «natural recato que es siempre atractivo, porque se nota en la conducta el señorío de la inteligencia».
Según la relación entre el corazón y las potencias espirituales, tenemos, por tanto, las siguientes ventajas y desventajas:
1.  respecto a la inteligencia:
            - ventaja: agudiza el ingenio
            - desventaja: ciega a la razón
2. respecto a la voluntad
            - ventaja: acrecienta la generosidad
            - desventaja: se presta al afán posesivo, al acaparamiento
La primera ventaja de la afectividad es agudizar la inteligencia para conocer mejor a la persona amada. Así, el gran cariño que una madre tiene por sus hijos le facilita comprenderles y saber en seguida lo que les ocurre con solo mirarles a la cara. La segunda ventaja del afecto es que facilita la generosidad. El cariño enciende el deseo de hacer feliz a quien se ama. Y esa “felicidad de hacer feliz” aumenta en función del cariño que se tiene. Por muy alta que sea la calidad espiritual de una relación amorosa -por mucho que, superando el propio egoísmo, sólo se busque el bien de la persona amada-, el amante que no está enamorado, gozará poco de la felicidad que procura al amado. En esas circunstancias, los sacrificios realizados para hacer feliz a la persona amada resultarán muy arduos. Por esas razones, no sería, por ejemplo, conveniente acceder al matrimonio, si faltase enamoramiento por parte de uno de los novios. El enamoramiento, delirio o locura de amor, es la base sobre la que hay que edificar el amor espiritual.
En cuanto a los dos peligros de la afectividad, según se deteriore su relación con la inteligencia o con la voluntad, se obtiene sinrazón y afán posesivo. Es muy conocido el efecto cegador de las pasiones. «No está en su sano juicio», se dice de una persona cuya inteligencia está nublada bajo el efecto de una fuerte pasión. No es fácil impedir que un estado emocional trastorne la propia capacidad de ver las cosas de modo objetivo. En el ser humano, la intuición está muy ligada al sentimiento, lo cual presenta indudables peligros de subjetivismo. Uno podría tomar como cierto y real lo que es meramente imaginario. El corazón puede agudizar a la inteligencia, pero también puede cegarla. Si falta un mínimo de conocimiento propio, el individuo apasionado puede caer en el error de tomar como real lo que sólo existe en su imaginación, no advirtiendo que sus sentimientos enturbian la lucidez de su inteligencia.
La imaginación puede jugar malas pasadas. Si no se controla se pasan malos ratos innecesarios, o a alegrarse demasiado; en todo caso, sus vivencias guardan desproporción con los hechos. En una novela, un padre da a su hija el siguiente consejo: «Recuerda siempre que lo que nos turba no son tanto los propios acontecimientos como la idea que de ello nos hagamos, el dramatismo que en nuestro interior les demos, o sea, hija, que lo que nos sobresalta es nuestro estado de ánimo y no el acontecimiento mismo, eso te ayudará a vivir».
Como toda pasión, el afecto, cuando es intenso, puede hacer perder la cabeza. Esta tendencia a cegar a la inteligencia es especialmente peligrosa cuando la pasión afectiva, por ir unida al amor propio, desencadena el odio cada vez que no se satisfacen sus requerimientos. «Amor y odio están separados por un hilo fino», era el título de una canción: es lo que sucede cuando el amor es meramente afectivo. «Los que se pelean se desean», decimos en castellano. Ya lo observaba la vieja Celestina: «la mujer o ama mucho a aquel de quien es requerida, o le tiene gran odio». Para bien o para mal, el corazón nunca olvida. Para bien, porque el enamoramiento no pasa; para mal, porque el corazón resentido no olvida su lista de agravios; por eso dice Cronin que «una mujer rechazada es un enemigo para toda la vida». Aquí van unidos lo mejor y lo peor de un corazón enamorado: total generosidad y falta de lógica. El enamoramiento nunca desaparece del todo; si con motivo de un divorcio hay tantas riñas, es porque, en el fondo, los cónyuges se siguen queriendo; si no, serían indiferentes. Como decía un poeta francés, «si hubiese sabido que la quería tanto, la hubiera amado más...».
El corazón enamorado no olvida. Las mujeres, si piensan con el corazón, sufren mucho al separarse de quienes aman. Hay incluso quienes afirman que una mujer no olvida nunca a la persona de quien se enamoró. En una novela de Wilkie Collins, dice uno hablando de su mujer: «Me interpuse en el camino de otro hombre. Estaba enamorada de él cuando se casó conmigo»; a lo que su interlocutor responde: «¿Qué tiene eso de extraordinario? Todas ellas están enamoradas de algún otro hombre. ¿Quién es el primero que ha tocado el corazón de una mujer? Con toda la experiencia que tengo de estas cosas, nunca he conocido a nadie que hubiera sido el Número Uno. El Número Dos, algunas veces. Y muchos con el Tres, Cuatro, Cinco. ¡Nunca el Número Uno! Por supuesto que existe; pero yo no lo he encontrado». Si eso es cierto, ¡agraciado es el marido que sea realmente el Número Uno de su mujer!
Ya vimos que si la pasión afectiva ciega la inteligencia, se termina viendo indiferencia donde en realidad hay indulgencia y capacidad de perdón. Si el amor sólo fuese pasión, caben únicamente dos posibilidades en función de la correspondencia de la persona amada: amor u odio. Si una mujer, o una persona sensible en general, identifica amor con sentimiento amoroso, da más importancia a sentirse querida que a saberse querida. En tal situación se pueden dar muchos malentendidos. Por ejemplo, si uno no se enfada ante una ofensa de un ser querido, puede parecer que uno es indiferente: como si le importase poco lo referente a ese ser querido. En una novela de Sigrid Undset, hay un momento en que un marido hace un agravio a su esposa y ésta piensa que si le perdonase, si le dejase de odiar, le dejaría de querer. Desde una perspectiva meramente sentimental, eso puede parecer así, pero como seres dotados de inteligencia y voluntad, podemos ser indulgentes con las ofensas ajenas sin por ello ser indiferentes. La protagonista de esa novela (Cristina) confunde amor con pasión, amar con querer, de modo que no quiere perdonar a su marido (Erlend) porque no quiere dejar de quererle. «En el fondo de su corazón -observa la escritora-, Cristina sentía que no había perdonado aún a Erlend. No podía hacerlo, porque no quería. Tenía las manos cerradas sobre el vaso que contenía su amor y no se decidía a vaciarlo, aunque ese vaso sólo contuviera una última gota de amarga hiel. Porque en el momento en que pudiera perdonar a Erlend y dejar de pensar en él con aquella acritud, todo lo que había entre ellos habría terminado». Cuando, más adelante, hace un esfuerzo por perdonar a su marido, se dice de ella: «Había perdonado a Erlend, había terminado con él; le era indiferente». Si se confunde el amor con el sentimiento, las cosas terminan mal; sin un correctivo espiritual, se verifica que «quienes se aman con más ardor terminan por ser como dos serpientes que se muerden la cola».
El segundo inconveniente del cariño consiste en ser fuente de afán posesivo, esto es, de falta de respeto de la libertad de la persona amada. En una novela, la protagonista hace esta observación refiriéndose a una compañera de trabajo: «me quiere mucho, tanto que a veces me agobia». Tras algunas decepciones, muchos se percatan de la importancia de evitar el afán posesivo. ¿De que serviría que alguien nos quiera tanto, hasta el punto de necesitarnos como el aire para respirar, si luego nos constriñe? ¡No basta con amar, hay que amar bien, de modo desprendido y respetuoso! «Yo de jovencita -dice, en otra novela del mismo autor, una mujer experimentada tras varias decepciones- estaba segura de que las gentes que me querían nunca se iban a desentender de mí, que mi vida era indispensable para la suya. Pero en el fondo, lo que quería es que no me dejaran nunca de necesitar. Pues no. Luego ves que no, y además, es mejor que nadie te necesite mucho»

7. Afán posesivo: origen y posible solución
El origen del afán posesivo es de naturaleza espiritual. En última instancia, proviene de la necesidad más básica del hombre: la necesidad de sentirse útil, de ser apreciado con el fin de estar seguro de que se vale la pena, de ver confirmada la propia dignidad. Esto se hace especialmente patente al recibir cariño. De ahí que Lewis hable de esa necesidad tan propia del afecto que lleva a necesitar ser necesitado. Cuando alguien nos quiere, sentimos que valemos la pena. La persona que nos quiere se convierte, con facilidad, en fuente de confirmación de la propia valía, en la base de nuestra confianza en nosotros mismos. No es de extrañar entonces, que lleguemos a necesitar a esa persona como el aire para respirar. Y el mínimo indicio de que no nos quiere, o de que nos quiere menos, desencadena en nosotros una reacción de autodefensa, que si no se controla con la voluntad, da lugar a un afán posesivo exagerado.
De algún modo, pues, el afán posesivo está emparentada con la autoestima; cuando ésta falta, es fácil caer en esa autocompasión que lleva a acaparar y a no dejar libres a los demás. Cuando alguien que nos ama nos hiere, pensamos que nos duele el corazón, pero en el fondo nos duele también el alma. Esta diferencia entre 'corazón herido' y 'orgullo herido' permite entender mejor las reacciones subjetivas de una persona. Como decía un francés, «el orgullo es el sitio más sensible del corazón: por poco que se toque, proferimos grandes gritos». Muchas veces no distinguimos entre ambos elementos, pero casi siempre van juntos. En una novela, en la que una mujer desdeña a un pretendiente que acaba de heredar una gran fortuna, se dice de éste: «Su recién creado orgullo le hacía sufrir más que la herida en su afecto».
Si bien es verdad que el cariño suele engendrar afán posesivo, la solución ideal no consiste en eliminarlo, sino en purificarlo. Pero no sabiendo cómo conseguirlo, para evitarse dificultades, algunos optan por achicar el corazón. Hay quienes son fuertes (o se hacen los fuertes), pero no saben querer. Otros son cariñosos, pero débiles e inestables. Lo ideal sería conjugar fortaleza y cariño, lo cual resulta imposible mientras la propia autoestima dependa de la estima ajena. Por lo general, los hombres suelen ser menos acaparadores que las mujeres, pero ¡a qué precio!: siendo menos afectuosos. El amor verdadero, en cambio, no excluye la afectividad. No es la indiferencia propia de quien no pone el corazón, sino un afecto que mantiene la serenidad gracias a cierto desapego respecto a lo que los demás puedan pensar (respetos humanos).
Se dice que a muchas mujeres les gustan los hombres dominantes y tiernos: dominantes para darles seguridad y tiernos para corresponder a las finuras del corazón femenino. En una novela, una mujer habla de los encantos de un hombre y escribe: «Escucha a una mujer con una deferencia sosegada, con una mirada llena de un interés plácido y vivo. Le habla con una voz que transluce una gran delicadeza interior, y ello, hay que decirlo, resulta irresistible para cualquiera de nosotras». Pero en la práctica, hombres muy seguros y tiernos no abundan (y mujeres tampoco). La falta de capacidad afectiva suele ser el precio que se paga para obtener cierta autonomía personal, y la falta de legítima independencia es el precio que exige la ternura.
El mundo está lleno de mujeres cariñosas pero posesivas, y de hombres desinteresados pero poco cariñosos, con una frialdad próxima a la fingida indiferencia. Ellas suelen obtener autoestima en el cariño y aprecio de los demás. Ellos, en cambio suelen buscarla en proezas profesionales. El matrimonio no suele aportar una solución definitiva, porque es muy difícil que se sigan queriendo como cuando eran novios, entre otras cosas porque la falta de libertad termina por asfixiar. Sin solución estable, el afán de aprecio queda insatisfecho. Ante ese desengaño, las mujeres, si tienen hijos, suelen extender sus redes acaparadoras hacia ellos, y los maridos se entregan con más ardor a su profesión en busca del éxito. Rara vez se encuentra a alguien que sea a la vez desprendido y cariñoso. Muy pocos lo consiguen, menos aún cuando, como es el caso entre personas casadas, la intensidad del cariño es muy grande. Cariño desinteresado o afectuoso desinterés: ¡eso sí que tiene mérito! Sólo lo he visto en los santos...
El amor de los demás -padres, amigos, etc.- es el camino ordinario para que tomemos conciencia de nuestra dignidad. Pero, por ser imperfecto el amor humano, esa solución no satisface establemente. Pienso que la única solución estable a este problema pasa por una humilde toma de conciencia de la propia dignidad ante los ojos de Dios, el Único que es capaz de amarnos y aceptarnos tal como somos. Sólo la clara conciencia del Amor incondicional que Dios nos tiene nos permite asumir plenamente la afectividad y, al mismo tiempo, ordenarla, porque nos hace menos dependientes de la estima ajena. Entonces, si necesitamos a los demás, no es para que confirmen nuestra dignidad, sino por ese puro cariño que nos lleva ante todo a querer hacerles felices. Si necesitamos que nos quieran, es para poder estar seguros de que se dejarán querer. Desaparecen así los apegos demasiado absorbentes y se pierde el miedo a querer a los demás de todo corazón. Sin embargo, si no se conoce ese camino, el único modo de evitar el afán posesivo consiste en hacer esfuerzos titánicos para mantener controladas las riendas del corazón, o bien en ponerle siete cerrojos, achicando el corazón.
La solución al problema del afecto desprendido pasa a través de la gracia de Dios, que cura el más espiritual de nuestros egoísmos. Según la Revelación cristiana, Dios es Amor y el hombre ha sido creado para amar, pero -sin la ayuda divina- no es capaz de amar en plenitud. «Gratia est sanans et elevans», se dice en teología: la gracia cura nuestra incapacidad de amar desinteresadamente y nos eleva a la dignidad de hijos de Dios. Precisamente porque el amor de Dios nos confiere tan alta dignidad, se nos hace posible curar ese orgullo que pervierte nuestro amor. Sin ese auxilio, después de varias decepciones en la vida, por puro realismo, nos haríamos 'escépticos en el amor'. Ya lo decía San Agustín: «No hay verdadera amistad sino aquella que está unida por el amor de Dios».
A lo largo de estas páginas hemos ido viendo que detrás de muchos problemas entre hombre y mujer hay un problema de autoestima. Veíamos que la comunicación es difícil a causa de un problema de inseguridad: el hombre teme ser incompetente y la mujer teme no ser amada. De cara a la purificación de nuestros afectos, también ha resultado ser muy importante la actitud que cada uno tiene para consigo mismo. Nada es tan importante en la vida como aprender a estar en paz consigo mismo sin por ello violentar la verdad. En cristiano, esa virtud se llama humildad. Termino, pues, hablando de lo que ha resultado ser el fondo de la cuestión.

8) Autoestima y humildad
Problemas de inseguridad son más corrientes en la mujeres, pero no se dan sólo en ellas. Como dice una escritora, la mujeres suelen estar «más afectadas por la carencia de amor que los hombres, más atormentadas por la búsqueda de una identidad que les haga ser apreciadas por los demás y por sí mismas». Muchos hombres, en cambio, buscan autoestima en éxitos profesionales y esconden el mismo problema tras una capa de autosuficiencia. «Detrás de su aparente arrogancia ¾se dice en una novela¾, detrás de su aparente seguridad, los hombres son extremadamente frágiles». A primera vista, parece que el varón se las arregla mejor, pero todo tiene sus ventajas e inconvenientes. Los hombres se quejan menos pero se emborrachan (y se suicidan) más; las mujeres esconden menos ese problema de fondo, que es común a ambos, por lo que se les puede ayudar más y llegan menos a un trágico desenlace.
Recordando sus encuentros con su difunta madre, escribe Albert Cohen: «Te acercabas con extasiada y vergonzosa sonrisa de niña poco espabilada, escrutándome a la vez con los ojos para saber si no te criticaba interiormente. Pobre mamá, te daba tanto miedo no gustarme...». Todos nos vemos a través de los ojos de los demás, pero eso es aún más cierto en las mujeres. De ahí, por ejemplo, su empeño en ir siempre bien arregladas. Me decía un chico: «Es curioso, mi madre, nada más levantarse, se peina y se arregla, aunque sea a las seis de la mañana». La vanidad no es una exclusiva femenina, pero la mujer tiene una percepción de su cuerpo diferente a la del varón. Según ellas, al explotar sus encantos, no son vanidosas, sino presumidas. Sea como fuere, la mujer da mucha más importancia al porte externo porque su autoestima está muy ligada al porte físico. La mujer se siente insegura si no va bien arreglada. Cuando no se siente atractiva, aflora su inseguridad. «Cuando una mujer se viste -afirma Carlos Goñi en un fino análisis sobre el carácter femenino- lo hace para estar guapa ante los demás, pero, sobre todo, ante ella misma». Es curioso cómo, en la mujer, todo lo corporal está impregnado de alma. Como observa Goñi, «cuando el hombre se viste, cubre su cuerpo; cuando lo hace la mujer, descubre su alma». El hombre suele ser bastante simple, mientras que la mujer siempre refleja en su comportamiento algo de su alma. Pero quien lo observa tiene que estar muy atento para poder captarlo.
Es preciso tener en cuenta ese temor femenino a no gustarse y a no gustar. Si a una mujer se le reprocha algo, es fácil que se sienta herida. Por eso, antes de hacerle una crítica, habría que asegurarla de la incondicionalidad del amor con que se le ama. Explicando por qué un hombre le caía muy bien, dice la protagonista de una novela: «Cosas que decía de mí, al principio me chocaban mucho porque nunca eran pegas, críticas o llevarme la contraria...». El lema es: primero comprensión y sólo después exigencia. ¡Cuántas disputas matrimoniales podrían evitarse si se tuviese en cuenta ese lema! Si una mujer se siente comprendida, se siente querida; entonces se le puede decir cualquier cosa. Pero si su marido empieza haciendo reproches y críticas, se cierra en banda y tiende a adoptar una postura irracional. A veces una mujer se agobia por una menudencia. En el fondo lo sabe, pero se queja porque lo está pasando mal. Si su marido intenta ayudarle explicándole que su problema es de poca monta, ella, en vez de atenerse a razones, se enfada porque se siente incomprendida y, por tanto, no querida. Todo sería diferente si su marido comenzase diciendo: «te entiendo y me hago cargo de que lo está pasando mal, yo, en tu caso, también lo pasaría mal». Entonces, sintiéndose comprendida, es muy probable que sea ella misma la que reconoce que el problema no es tan grande como pensaba.
A la mujer le cuesta la sinceridad, sobre todo cuando se trata de reconocer las dudas acerca del amor de su marido. Uno sólo se sincera cae ante quien ama ¾o da la impresión de amar¾ de modo incondicional. A las mujeres, por dudar más de sí mismas, les suele costar más abrirse de par en par. Cuando hablan entre ellas, los hombres piensan que sólo hablan de menudencias, pero durante su conversación sobre asuntos triviales dirigen sus antenas intuitivas para captar lo que su interlocutor no dice; de este modo, perciben cosas difíciles de expresar, de las que los hombres ni se enteran. Suelen ser insinceras con los demás y consigo mismas (no se detienen a examinar objetivamente sus propios problemas, como hacen los hombres). Cuando hablan con un hombre, también les cuesta mucho ir al grano y exponer llanamente lo que les preocupa. Sólo lo hacen en la medida en que se sienten queridas. En una novela, observa una señora: «¿Acaso no sabéis que las muchachas nunca piensan en lo que están hablando, o más bien, nunca hablan de lo que están pensando? Además, siempre parecen tener muchas más cosas que decir al hombre que no les interesa que al que ocupa todos sus pensamientos».
Recuerdo una conversación con unos novios a punto de casarse. Me aventuré a decir al chico: «Quizá pienses que no hay secretos entre vosotros porque tú le has contado a ella todo, pero lo que no sabes es que ella no te ha contado todo a ti». En ese momento, la chica, por la cara que puso, confirmó mi intuición. El chico se alarmó y le dijo: «¿Cómo? ¿No me has contado todo? ¡Cuéntamelo ahora mismo!» Le tuve que tranquilizar diciendo que, seguramente, ella no le ocultaba nada grave; si no se había abierto más sería porque él no tenía el arte de hacer que ella se sintiese muy querida: si una mujer no se abre es porque teme que quien las sepa no la acepte.
La insinceridad dificulta la verdadera amistad. La plena transparencia, poder contar, sin restricción alguna, todo lo que a uno se le ocurra, es uno de los mayores atractivos de la amistad. En el matrimonio, la regla número uno para asegurar su buen desarrollo consiste en sincerarse sobre toda aquello que haya empañado algo el entendimiento mutuo, jamás acostarse antes de haber aclarado un malentendido, no permitir que el más mínimo resentimiento anide en el alma...
Quizá lo que más nos cuesta reconocer es nuestro temor a no ser amados: el temor de que a los demás no les importemos. En vez de sincerarnos, preferimos no verificarlo y mantener una vaga esperanza de ser apreciados. Nos cerramos en banda por miedo a constatar que no nos quieren, que no somos tan amables como pensábamos. Sin embargo, ese temor nos quita la paz. Si una mujer que ya no se deja abrazar por su marido fuese plenamente sincera consigo misma y con su marido, le confesaría que tiene la impresión de que ya no le importa. Quizá no sea verdad y, al compartirlo, el marido le dé pruebas de ello, de modo que el progresivo distanciamiento entre ambos no termine en ruptura sino en un abrazo reconciliador. Pero el miedo a que sea verdad suele llevar a no hablar claramente del asunto. En vez de sincerarse, la persona que abriga esos temores tiende a quejarse indirectamente, a mostrarse recelosa y malhumorada. Esto da lugar a nuevos malentendidos que levantan nuevos muros de incomprensión entre los amantes. «Trabajas demasiado», dice una mujer a su marido. A lo que el marido susceptible responde: «Necesito trabajar mucho para sacar adelante a la familia y tú ni siquiera me lo agradeces». Si ella le dijese llanamente: «Tengo miedo de que te importo poco, de que te importa más tu trabajo que yo misma», entonces todo se aclararía. Y si resultase ser verdad que se ha enfriado el amor del marido, la mujer podría acudir a Dios y confortarse recordando que a Él sí que le importa...
En conclusión, si se tiene en cuenta la tendencia de la mujer a la inseguridad, a dudar de sí misma, a dudar de su propia valía y amabilidad, se entiende mejor la importancia de confirmarla a través del amor que le profesamos. Necesitan sentir que gustan para gustarse. Como escribe un experto en comunicación, una «característica de la mujer es la necesidad de gustar, de sentirse a gusto con ella misma [...] Para gustar tiene que gustarse. Eso conlleva de fondo un cierto miedo a no gustar». Bien lo entendía un gran rey (Balduino de Bélgica), quien, en su diario íntimo, hablando de su esposa (Fabiola), dirigía a Dios esta plegaria: «Enséñame a amarla con ternura. Dale una visión más positiva de sí misma. Que se sepa amada por Ti con un amor de predilección». En efecto, todos necesitamos sabernos amados y, en última instancia -como veremos a continuación-, necesitamos fundamentar establemente nuestra autoestima en el Amor incondicional de Dios. Tarde o temprano todos tenemos que percatarnos de que es imposible satisfacer establemente las expectativas del propio yo. En cambio, estar a bien con Nuestro Padre Dios es muy fácil. El único modo de vivir en paz con nosotros mismos consiste en vivir en paz con Dios: que Él sea nuestro espejo, que intentemos vernos cada vez como Él nos ve. Si no estamos satisfechos hoy y ahora, tal como somos y con lo que tenemos, no lo estaremos nunca...




Las Arenas, 5 de noviembre de 2001.

Carta a los Ancianos (Juan Pablo II)



CARTA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
A LOS ANCIANOS

1999




A mis hermanos y hermanas ancianos!

“Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil
porque pasan aprisa y vuelan”
(Sal 90 [89], 10)


1. Setenta eran muchos años en el tiempo en que el Salmista escribía estas palabras, y eran pocos los que los superaban; hoy, gracias a los progresos de la medicina y a la mejora de las condiciones sociales y económicas, en muchas regiones del mundo la vida se ha alargado notablemente. Sin embargo, sigue siendo verdad que los años pasan aprisa; el don de la vida, a pesar de la fatiga y el dolor, es demasiado bello y precioso para que nos cansemos de él.

He sentido el deseo, siendo yo también anciano, de ponerme en diálogo con vosotros. Lo hago, ante todo, dando gracias a Dios por los dones y las oportunidades que hasta hoy me ha concedido en abundancia. Al recordar las etapas de mi existencia, que se entremezcla con la historia de gran parte de este siglo, me vienen a la memoria los rostros de innumerables personas, algunas de ellas particularmente queridas: son recuerdos de hechos ordinarios y extraordinarios, de momentos alegres y de episodios marcados por el sufrimiento. Pero, por encima de todo, experimento la mano providente y misericordiosa de Dios Padre, el cual “ cuida del mejor modo todo lo que existe ” (1) y que “ si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha ” (1 Jn 5, 14). A Él me dirijo con el Salmista: “ Dios mío, me has instruido desde mi juventud, y hasta hoy relato tus maravillas, ahora, en la vejez y las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu brazo a la nueva generación, tus proezas y tus victorias excelsas ” (Sal 71[70], 17-18).

Mi pensamiento se dirige con afecto a todos vosotros, queridos ancianos de cualquier lengua o cultura. Os escribo esta carta en el año que la Organización de las Naciones Unidas, con buen criterio, ha querido dedicar a los ancianos para llamar la atención de toda la sociedad sobre la situación de quien, por el peso de la edad, debe afrontar frecuentemente muchos y difíciles problemas.

El Pontificio Consejo para los Laicos ha ofrecido ya valiosas pautas de reflexión sobre este tema.(2) Con la presente carta deseo solamente expresaros mi cercanía espiritual, con el estado de ánimo de quien, año tras año, siente crecer dentro de sí una comprensión cada vez más profunda de esta fase de la vida y, en consecuencia, se da cuenta de la necesidad de un contacto más inmediato con sus coetáneos, para tratar de las cosas que son experiencia común, poniéndolo todo bajo la mirada de Dios, el cual nos envuelve con su amor y nos sostiene y conduce con su providencia.

2. Queridos hermanos y hermanas: a nuestra edad resulta espontáneo recorrer de nuevo el pasado para intentar hacer una especie de balance. Esta mirada retrospectiva permite una valoración más serena y objetiva de las personas que hemos encontrado y de las situaciones vividas a lo largo del camino. El paso del tiempo difumina los rasgos de los acontecimientos y suaviza sus aspectos dolorosos. Por desgracia, en la existencia de cada uno hay sobradas cruces y tribulaciones. A veces se trata de problemas y sufrimientos que ponen a dura prueba la resistencia psicofísica y hasta conmocionan quizás la fe misma. No obstante, la experiencia enseña que, con la gracia del Señor, los mismos sinsabores cotidianos contribuyen con frecuencia a la madurez de las personas, templando su carácter.

La reflexión que predomina, por encima de los episodios particulares, es la que se refiere al tiempo, el cual transcurre inexorable. “ El tiempo se escapa irremediablemente ”, sentenciaba ya el antiguo poeta latino.(3) El hombre está sumido en el tiempo: en él nace, vive y muere. Con el nacimiento se fija una fecha, la primera de su vida, y con su muerte otra, la última. Es el alfa y la omega, el comienzo y el final de su existencia terrena, como subraya la tradición cristiana al esculpir estas letras del alfabeto griego en las lápidas sepulcrales.

No obstante, aunque la existencia de cada uno de nosotros es limitada y frágil, nos consuela el pensamiento de que, por el alma espiritual, sobrevivimos incluso a la muerte. Además, la fe nos abre a una “ esperanza que no defrauda ” (cf. Rm 5, 5), indicándonos la perspectiva de la resurrección final. Por eso la Iglesia usa en la Vigilia pascual estas mismas letras con referencia a Cristo vivo, ayer, hoy y siempre: Él es “ principio y fin, alfa y omega. Suyo es el tiempo y la eternidad ”.(4) La existencia humana, aunque está sujeta al tiempo, es introducida por Cristo en el horizonte de la inmortalidad. Él “ se ha hecho hombre entre los hombres, para unir el principio con el fin, esto es, el hombre con Dios ”.(5)

Un siglo complejo hacia un futuro de esperanza


3. Al dirigirme a los ancianos, sé que hablo a personas y de personas que han realizado un largo recorrido (cf. Sb 4, 13). Hablo a los de mi edad; me resulta fácil, por tanto, buscar una analogía en mi experiencia personal. Nuestra vida, queridos hermanos y hermanas, ha sido inscrita por la Providencia en este siglo XX, que ha recibido una compleja herencia del pasado y ha sido testigo de numerosos y extraordinarios acontecimientos.

Como tantas otras épocas de la historia, nuestro siglo ha conocido luces y sombras. No todo han sido penumbras. Hay muchos aspectos positivos que han sido el contrapeso de otros negativos o han surgido de éstos últimos, como una beneficiosa reacción de la conciencia colectiva. No obstante, es cierto —y sería tan injusto como peligroso olvidarlo— que se han producido daños inauditos, que han incidido en la vida de millones y millones de personas. Bastaría pensar en los conflictos surgidos en diversos continentes, debidos a contenciosos territoriales entre Estados o al odio entre diversas etnias. Tampoco se han de considerar menos graves las condiciones de pobreza extrema de amplios sectores sociales en el Sur del mundo, el vergonzoso fenómeno de la discriminación racial y la sistemática violación de los derechos humanos en muchos países. Y, en fin, ¿qué decir de los grandes conflictos mundiales?

Sólo en la primera parte del siglo hubo dos, de una magnitud hasta entonces desconocida por las muertes y la destrucción ocasionadas. La primera guerra mundial segó la vida de millones de soldados y civiles, truncando la existencia de muchos seres humanos casi en la adolescencia o incluso en su niñez. Y, ¿qué decir de la segunda guerra mundial? Estalló tras pocos años de una relativa paz en el mundo, especialmente en Europa, y fue más trágica que la anterior, con tremendas consecuencias para las naciones y los continentes. Fue guerra total, una inaudita explosión de odio que se abalanzó brutalmente también sobre la inerme población civil y destruyó generaciones enteras. Fue incalculable el tributo pagado en los diversos frentes al delirio bélico y terroríficos los estragos llevados a cabo en los campos de exterminio, auténticos Gólgotas de la época contemporánea.

Durante muchos años, en la segunda mitad del siglo, se ha vivido la pesadilla de la guerra fría, esto es, la confrontación entre los dos grandes bloques ideológicos contrapuestos, el Este y el Oeste, con una desenfrenada carrera de armamentos y la amenaza constante de una guerra atómica capaz de destruir la humanidad entera.(6) Gracias a Dios, esta página oscura se ha terminado con la caída en Europa de los regímenes totalitarios opresivos, como fruto de una lucha pacífica, que ha empuñado las armas de la verdad y la justicia.(7) Se ha comenzado así un arduo pero provechoso proceso de diálogo y reconciliación orientado a instaurar una convivencia más serena y solidaria entre los pueblos.

No obstante, demasiadas Naciones están todavía muy lejos de experimentar los beneficios de la paz y la libertad. En los últimos meses, el violento conflicto surgido en la región de los Balcanes, que ya en los años precedentes había sido teatro de una terrible guerra de carácter étnico, ha suscitado gran conmoción; se ha derramado más sangre, se han intensificado las destrucciones y se han alimentado nuevos odios. Ahora, cuando finalmente el fragor de las armas se ha apaciguado, se comienza a pensar en la reconstrucción en la perspectiva del nuevo milenio. Pero, mientras tanto, siguen propagándose también en otros continentes numerosos focos de guerra, a veces con masacres y violencias olvidadas demasiado pronto por las crónicas.

4. Aunque estos recuerdos y estas dolorosas situaciones actuales nos entristecen, no podemos olvidar que nuestro siglo ha visto surgir múltiples aspectos positivos, los cuales son, al mismo tiempo, motivos de esperanza para el tercer milenio. Así, se ha acrecentado —aunque entre tantas contradicciones, especialmente en lo que se refiere al respeto de la vida de cada ser humano— la conciencia de los derechos humanos universales, proclamados en declaraciones solemnes que comprometen a los pueblos.

Asimismo, se ha desarrollado el sentido del derecho de los pueblos al autogobierno, en el marco de relaciones nacionales e internacionales inspirados en la valoración de las identidades culturales y, al mismo tiempo, al respeto de las minorías. La caída de los sistemas totalitarios, como los del Este europeo, ha hecho percibir mejor y más universalmente el valor de la democracia y del libre mercado, aunque planteando el gran desafío de compaginar la libertad y la justicia social.

También se ha de considerar un gran don de Dios el que las religiones estén intentando, cada vez con mayor determinación, un diálogo que les permita ser un factor fundamental de paz y de unidad para el mundo.

Tampoco se ha de olvidar que aumenta en la conciencia común el debido reconocimiento a la dignidad de la mujer. Indudablemente, queda aún mucho camino por andar, pero se ha trazado el rumbo a seguir. También es motivo de esperanza el auge de las comunicaciones que, favorecidas por la tecnología actual, permiten superar los límites tradicionales y hacernos sentir ciudadanos del mundo.

Otro campo importante en el que se ha madurado es la nueva sensibilidad ecológica, la cual merece ser alentada. También son factores de esperanza los grandes progresos de la medicina y de las ciencias aplicadas al bienestar del hombre.

Así pues, hay tantos motivos por los que debemos dar gracias a Dios. A pesar de todo, este final de siglo presenta grandes posibilidades de paz y de progreso. De las mismas pruebas por las que ha pasado nuestra generación surge una luz capaz de iluminar los años de nuestra vejez. Se confirma así un principio muy entrañable para la tradición cristiana: “ Las tribulaciones no sólo no destruyen la esperanza, sino que son su fundamento ”.(8)

Por tanto, mientras el siglo y el milenio están llegando a su ocaso y se vislumbra ya el alba de una nueva época para la humanidad, es importante que nos detengamos a meditar sobre la realidad del tiempo que pasa con rapidez, no para resignarnos a un destino inexorable, sino para valorar plenamente los años que nos quedan por vivir.

El otoño de la vida


5. ¿Qué es la vejez? A veces se habla de ella como del otoño de la vida —como ya decía Cicerón (9) —, por analogía con las estaciones del año y la sucesión de los ciclos de la naturaleza. Basta observar a lo largo del año los cambios de paisaje en la montaña y en la llanura, en los prados, los valles y los bosques, en los árboles y las plantas. Hay una gran semejanza entre los biorritmos del hombre y los ciclos de la naturaleza, de la cual él mismo forma parte.

Al mismo tiempo, sin embargo, el hombre se distingue de cualquier otra realidad que lo rodea porque es persona. Plasmado a imagen y semejanza de Dios, es un sujeto consciente y responsable. Aún así, también en su dimensión espiritual el hombre experimenta la sucesión de fases diversas, igualmente fugaces. A San Efrén el Sirio le gustaba comparar la vida con los dedos de una mano, bien para demostrar que los dedos no son más largos de un palmo, bien para indicar que cada etapa de la vida, al igual que cada dedo, tiene una característica peculiar, y “ los dedos representan los cinco peldaños sobre los que el hombre avanza ”.(10)

Por tanto, así como la infancia y la juventud son el periodo en el cual el ser humano está en formación, vive proyectado hacia el futuro y, tomando conciencia de sus capacidades, hilvana proyectos para la edad adulta, también la vejez tiene sus ventajas porque —como observa San Jerónimo—, atenuando el ímpetu de las pasiones, “ acrecienta la sabiduría, da consejos más maduros ”.(11) En cierto sentido, es la época privilegiada de aquella sabiduría que generalmente es fruto de la experiencia, porque “ el tiempo es un gran maestro ”.(12) Es bien conocida la oración del Salmista: “ Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato ” (Sal 90 [89], 12).

Los ancianos en la Sagrada Escritura


6. “ Juventud y pelo negro, vanidad ”, observa el Eclesiastés (11, 10). La Biblia no se recata en llamar la atención sobre la caducidad de la vida y del tiempo, que pasa inexorablemente, a veces con un realismo descarnado: “ ¡Vanidad de vanidades! [...] ¡vanidad de vanidades, todo vanidad! ” (Qo 1, 2). ¿Quién no conoce esta severa advertencia del antiguo Sabio? Nosotros los ancianos, especialmente nosotros, enseñados por la experiencia, lo entendemos muy bien.

No obstante este realismo desencantado, la Escritura conserva una visión muy positiva del valor de la vida. El hombre sigue siendo un ser creado “ a imagen de Dios ” (cf. Gn 1, 26) y cada edad tiene su belleza y sus tareas. Más aún, la palabra de Dios muestra una gran consideración por la edad avanzada, hasta el punto de que la longevidad es interpretada como un signo de la benevolencia divina (cf. Gn 11, 10-32). Con Abraham, del cual se subraya el privilegio de la ancianidad, dicha benevolencia se convierte en promesa: “ De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra ” (Gn 12, 2-3). Junto a él está Sara, la mujer que vio envejecer su propio cuerpo pero que experimentó, en la limitación de la carne ya marchita, el poder de Dios, que suple la insuficiencia humana. Moisés es ya anciano cuando Dios le confía la misión de hacer salir de Egipto al pueblo elegido. Las grandes obras realizadas en favor de Israel por mandato del Señor no las lleva a cabo en su juventud, sino ya entrado en años. Entre otros ejemplos de ancianos, quisiera citar la figura de Tobías, el cual, con humildad y valentía, se compromete a observar la ley de Dios, a ayudar a los necesitados y a soportar con paciencia la ceguera hasta que experimenta la intervención finalmente sanadora del ángel de Dios (cf. Tb 3, 16-17); también la de Eleazar, cuyo martirio es un testimonio de singular generosidad y fortaleza (cf. 2 Mac 6, 18-31).

7. El Nuevo Testamento, inundado de la luz de Cristo, nos ofrece asimismo figuras elocuentes de ancianos. El Evangelio de Lucas comienza presentando una pareja de esposos “ de avanzada edad ” (1, 7), Isabel y Zacarías, los padres de Juan Bautista. A ellos se dirige la misericordia del Señor (cf. Lc 1, 5-25. 39-79); a Zacarías, ya anciano, se le anuncia el nacimiento de un hijo. Lo subraya él mismo: “ yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad ” (Lc 1, 18). Durante la visita de María, su anciana prima Isabel, llena del Espíritu Santo, exclama: “ Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno ” (Lc 1, 42). Al nacer Juan Bautista, Zacarías proclama el himno del Benedictus. He aquí una admirable pareja de ancianos, animada por un profundo espíritu de oración.

En el templo de Jerusalén, María y José, que habían llevado a Jesús para ofrecerlo al Señor o, mejor dicho, para rescatarlo como primogénito según la Ley, se encuentran con el anciano Simeón, que durante tanto tiempo había esperado la venida del Mesías. Tomando al niño en sus brazos, Simeón bendijo a Dios y entonó el Nunc dimitis: “ Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz... ” (Lc 2, 29).

Junto a él encontramos a Ana, una viuda de ochenta y cuatro años que frecuentaba asiduamente el Templo y que tuvo en aquella ocasión el gozo de ver a Jesús. Observa el Evangelista que se puso a alabar a Dios “ y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén ” (Lc 2, 38).

Anciano es Nicodemo, notable miembro del Sanedrín, que visita a Jesús por la noche para que no lo vean. El divino Maestro le revelará que el Hijo de Dios es Él, venido para salvar al mundo (cf. Jn 3, 1-21). Volvemos a encontrar a Nicodemo en el momento de la sepultura de Cristo, cuando, llevando una mezcla de mirra y áloe, supera el miedo y se manifiesta como discípulo del Crucificado (cf. Jn 19, 38-40). ¡Qué testimonios tan confortadores! Nos recuerdan cómo el Señor, en cualquier edad, pide a cada uno que aporte sus propios talentos. ¡El servicio al Evangelio no es una cuestión de edad!

Y, ¿qué podemos decir del anciano Pedro, llamado a dar testimonio de su fe con el martirio? Un día, Jesús le había dicho: “cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras ” (Jn 21, 18). Como Sucesor de Pedro, estas palabras me afectan muy directamente y me hacen sentir profundamente la necesidad de tender las manos hacia las de Cristo, obedeciendo su mandato: “ Sígueme ” (Jn 21, 19).

8. El Salmo 92 [91], como sintetizando los maravillosos testimonios de ancianos que encontramos en la Biblia, proclama: “ El justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano; [...] En la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso para proclamar que el Señor es justo ” (13, 15-16). El apóstol Pablo, haciéndose eco del Salmista, escribe en la carta a Tito: “ que los ancianos sean sobrios, dignos, sensatos, sanos en la fe, en la caridad, en la paciencia, en el sufrimiento; que las ancianas asimismo sean en su porte cual conviene a los santos [...]; para que enseñen a las jóvenes a ser amantes de sus maridos y de sus hijos ” (2, 2-5).

Así pues, a la luz de la enseñanza y según la terminología propia de la Biblia, la vejez se presenta como un “ tiempo favorable ” para la culminación de la existencia humana y forma parte del proyecto divino sobre cada hombre, como ese momento de la vida en el que todo confluye, permitiéndole de este modo comprender mejor el sentido de la vida y alcanzar la “ sabiduría del corazón ”. “ La ancianidad venerable —advierte el libro de la Sabiduría— no es la de los muchos días ni se mide por el número de años; la verdadera canicie para el hombre es la prudencia, y la edad provecta, una vida inmaculada ” (4, 8-9). Es la etapa definitiva de la madurez humana y, a la vez, expresión de la bendición divina.

Depositarios de la memoria colectiva


9. En el pasado se tenía un gran respeto por los ancianos. A este propósito, el poeta latino Ovidio escribía: “ En un tiempo, había una gran reverencia por la cabeza canosa ”.(13) Siglos antes, el poeta griego Focílides amonestaba: “ Respeta el cabello blanco: ten con el anciano sabio la misma consideración que tienes con tu padre ”.(14)

Si nos detenemos a analizar la situación actual, constatamos cómo, en algunos pueblos, la ancianidad es tenida en gran estima y aprecio; en otros, sin embargo, lo es mucho menos a causa de una mentalidad que pone en primer término la utilidad inmediata y la productividad del hombre. A causa de esta actitud, la llamada tercera o cuarta edad es frecuentemente infravalorada, y los ancianos mismos se sienten inducidos a preguntarse si su existencia es todavía útil.

Se llega incluso a proponer con creciente insistencia la eutanasia como solución para las situaciones difíciles. Por desgracia, el concepto de eutanasia ha ido perdiendo en estos años para muchas personas aquellas connotaciones de horror que suscita naturalmente en quienes son sensibles al respeto de la vida. Ciertamente, puede suceder que, en casos de enfermedad grave, con dolores insoportables, las personas aquejadas sean tentadas por la desesperación, y que sus seres queridos, o los encargados de su cuidado, se sientan impulsados, movidos por una compasión malentendida, a considerar como razonable la solución de una “ muerte dulce ”. A este propósito, es preciso recordar que la ley moral consiente la renuncia al llamado “ensañamiento terapéutico ”, exigiendo sólo aquellas curas que son parte de una normal asistencia médica. Pero eso es muy diverso de la eutanasia, entendida como provocación directa de la muerte. Más allá de las intenciones y de las circunstancias, la eutanasia sigue siendo un acto intrínsecamente malo, una violación de la ley divina, una ofensa a la dignidad de la persona humana.(15)

10. Es urgente recuperar una adecuada perspectiva desde la cual se ha de considerar la vida en su conjunto. Esta perspectiva es la eternidad, de la cual la vida es una preparación, significativa en cada una de sus fases. También la ancianidad tiene una misión que cumplir en el proceso de progresiva madurez del ser humano en camino hacia la eternidad. De esta madurez se beneficia el mismo grupo social del cual forma parte el anciano.

Los ancianos ayudan a ver los acontecimientos terrenos con más sabiduría, porque las vicisitudes de la vida los han hecho expertos y maduros. Ellos son depositarios de la memoria colectiva y, por eso, intérpretes privilegiados del conjunto de ideales y valores comunes que rigen y guían la convivencia social. Excluirlos es como rechazar el pasado, en el cual hunde sus raíces el presente, en nombre de una modernidad sin memoria. Los ancianos, gracias a su madura experiencia, están en condiciones de ofrecer a los jóvenes consejos y enseñanzas preciosas.

Desde esta perspectiva, los aspectos de la fragilidad humana, relacionados de un modo más visible con la ancianidad, son una llamada a la mutua dependencia y a la necesaria solidaridad que une a las generaciones entre sí, porque toda persona está necesitada de la otra y se enriquece con los dones y carismas de todos.

A este respecto son elocuentes las consideraciones de un poeta que aprecio, el cual escribe: “ No es eterno sólo el futuro, ¡no sólo!... Sí, también el pasado es la era de la eternidad: lo que ya ha sucedido, no volverá hoy como antes... Volverá, sin embargo, como Idea, no volverá como él mismo ”(16).

“ Honra a tu padre y a tu madre ”


11. ¿Por qué, entonces, no seguir tributando al anciano aquel respeto tan valorado en las sanas tradiciones de muchas culturas en todos los continentes? Para los pueblos del ámbito influenciado por la Biblia, la referencia ha sido, a través de los siglos, el mandamiento del Decálogo: “ Honra a tu padre y a tu madre ”, un deber, por lo demás, reconocido universalmente. De su plena y coherente aplicación no ha surgido solamente el amor de los hijos a los padres, sino que también se ha puesto de manifiesto el fuerte vínculo que existe entre las generaciones. Donde el precepto es reconocido y cumplido fielmente, los ancianos saben que no corren peligro de ser considerados un peso inútil y embarazoso.

El mandamiento enseña, además, a respetar a los que nos han precedido y todo el bien que han hecho: “ tu padre y tu madre ” indican el pasado, el vínculo entre una generación y otra, la condición que hace posible la existencia misma de un pueblo. Según la doble redacción propuesta por la Biblia (cf. Ex 20, 2-17; Dt 5, 6-21), este mandato divino ocupa el primer puesto en la segunda Tabla, la que concierne a los deberes del ser humano hacia sí mismo y hacia la sociedad. Es el único al que se añade una promesa: “ Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar ” (Ex 20, 12; cf. Dt 5, 16).

12. “ Ponte en pie ante las canas y honra el rostro del anciano ” (Lv 19, 32). Honrar a los ancianos supone un triple deber hacia ellos: acogerlos, asistirlos y valorar sus cualidades. En muchos ambientes eso sucede casi espontáneamente, como por costumbre inveterada. En otros, especialmente en las Naciones desarrolladas, parece obligado un cambio de tendencia para que los que avanzan en años puedan envejecer con dignidad, sin temor a quedar reducidos a personas que ya no cuenta nada. Es preciso convencerse de que es propio de una civilización plenamente humana respetar y amar a los ancianos, porque ellos se sienten, a pesar del debilitamiento de las fuerzas, parte viva de la sociedad. Ya observaba Cicerón que “ el peso de la edad es más leve para el que se siente respetado y amado por los jóvenes ”.(17)

El espíritu humano, por lo demás, aún participando del envejecimiento del cuerpo, en un cierto sentido permanece siempre joven si vive orientado hacia lo eterno; esta perenne juventud se experimenta mejor cuando, al testimonio interior de la buena conciencia, se une el afecto atento y agradecido de las personas queridas. El hombre, entonces, como escribe San Gregorio Nacianceno, “ no envejecerá en el espíritu: aceptará la disolución del cuerpo como el momento establecido para la necesaria libertad. Dulcemente transmigrará hacia el más allá donde nadie es inmaduro o viejo, sino que todos son perfectos en la edad espiritual ”.(18)

Todos conocemos ejemplos elocuentes de ancianos con una sorprendente juventud y vigor de espíritu. Para quien los trata de cerca, son estímulo con sus palabras y consuelo con el ejemplo. Es de desear que la sociedad valore plenamente a los ancianos, que en algunas regiones del mundo —pienso en particular en África— son considerados justamente como “bibliotecas vivientes ” de sabiduría, custodios de un inestimable patrimonio de testimonios humanos y espirituales. Aunque es verdad que a nivel físico tienen generalmente necesidad de ayuda, también es verdad que, en su avanzada edad, pueden ofrecer apoyo a los jóvenes que en su recorrido se asoman al horizonte de la existencia para probar los distintos caminos.

Mientras hablo de los ancianos, no puedo dejar de dirigirme también a los jóvenes para invitarlos a estar a su lado. Os exhorto, queridos jóvenes, a hacerlo con amor y generosidad. Los ancianos pueden daros mucho más de cuanto podáis imaginar. En este sentido, el Libro del Eclesiástico dice: “ No desprecies lo que cuentan los viejos, que ellos también han aprendido de sus padres ” (8, 9); “ Acude a la reunión de los ancianos; ¿que hay un sabio?, júntate a él ” (6, 34); porque “ ¡qué bien parece la sabiduría en los viejos! ” (25, 5).

13. La comunidad cristiana puede recibir mucho de la serena presencia de quienes son de edad avanzada. Pienso, sobre todo, en la evangelización: su eficacia no depende principalmente de la eficiencia operativa. ¡En cuantas familias los nietos reciben de los abuelos la primera educación en la fe! Pero la aportación beneficiosa de los ancianos puede extenderse a otros muchos campos. El Espíritu actúa como y donde quiere, sirviéndose no pocas veces de medios humanos que cuentan poco a los ojos del mundo. ¡Cuántos encuentran comprensión y consuelo en las personas ancianas, solas o enfermas, pero capaces de infundir ánimo mediante el consejo afectuoso, la oración silenciosa, el testimonio del sufrimiento acogido con paciente abandono! Precisamente cuando las energías disminuyen y se reducen las capacidades operativas, estos hermanos y hermanas nuestros son más valiosos en el designio misterioso de la Providencia.

También desde esta perspectiva, por tanto, además de la evidente exigencia psicológica del anciano mismo, el lugar más natural para vivir la condición de ancianidad es el ambiente en el que él se siente “ en casa ”, entre parientes, conocidos y amigos, y donde puede realizar todavía algún servicio. A medida que se prolonga la media de vida y crece del número de los ancianos, será cada vez más urgente promover esta cultura de una ancianidad acogida y valorada, no relegada al margen. El ideal sigue siendo la permanencia del anciano en la familia, con la garantía de eficaces ayudas sociales para las crecientes necesidades que conllevan la edad o la enfermedad. Sin embargo, hay situaciones en las que las mismas circunstancias aconsejan o imponen el ingreso en “ residencias de ancianos ”, para que el anciano pueda gozar de la compañía de otras personas y recibir una asistencia específica. Dichas instituciones son, por tanto, loables y la experiencia dice que pueden dar un precioso servicio, en la medida en que se inspiran en criterios no sólo de eficacia organizativa, sino también de una atención afectuosa. Todo es más fácil, en este sentido, si se establece una relación con cada uno de los ancianos residentes por parte de familiares, amigos y comunidades parroquiales, que los ayude a sentirse personas amadas y todavía útiles para la sociedad. Sobre este particular, ¿cómo no recordar con admiración y gratitud a las Congregaciones religiosas y los grupos de voluntariado, que se dedican con especial cuidado precisamente a la asistencia de los ancianos, sobre todo de aquellos más pobres, abandonados o en dificultad?

Mis queridos ancianos, que os encontráis en precarias condiciones por la salud u otras circunstancias, me siento afectuosamente cercano a vosotros. Cuando Dios permite nuestro sufrimiento por la enfermedad, la soledad u otras razones relacionadas con la edad avanzada, nos da siempre la gracia y la fuerza para que nos unamos con más amor al sacrifico del Hijo y participemos con más intensidad en su proyecto salvífico. Dejémonos persuadir: ¡Él es Padre, un Padre rico de amor y misericordia! Pienso de modo especial en vosotros, viudos y viudas, que os habéis quedado solos en el último tramo de la vida; en vosotros, religiosos y religiosas ancianos, que por muchos años habéis servido fielmente a la causa del Reino de los cielos; en vosotros, queridos hermanos en el Sacerdocio y en el Episcopado, que por alcanzar los límites de edad habéis dejado la responsabilidad directa del ministerio pastoral. La Iglesia aún os necesita. Ella aprecia los servicios que podéis seguir prestando en múltiples campos de apostolado, cuenta con vuestra oración constante, espera vuestros consejos fruto de la experiencia, y se enriquece del testimonio evangélico que dais día tras día.

“ Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia ” (Sal 15 [16], 11)

14. Es natural que, con el paso de los años, llegue a sernos familiar el pensamiento del “ ocaso de la vida ”. Nos lo recuerda, al menos, el simple hecho de que la lista de nuestros parientes, amigos y conocidos se va reduciendo: nos damos cuenta de ello en varias circunstancias, por ejemplo, cuando nos juntamos en reuniones de familia, encuentros con nuestros compañeros de la infancia, del colegio, de la universidad, del servicio militar, con nuestros compañeros del seminario... El límite entre la vida y la muerte recorre nuestras comunidades y se acerca a cada uno de nosotros inexorablemente. Si la vida es una peregrinación hacia la patria celestial, la ancianidad es el tiempo en el que más naturalmente se mira hacia umbral de la eternidad.

Sin embargo, también a nosotros, ancianos, nos cuesta resignarnos ante la perspectiva de este paso. En efecto, éste presenta, en la condición humana marcada por el pecado, una dimensión de oscuridad que necesariamente nos entristece y nos da miedo. En realidad, ¿cómo podría ser de otro modo? El hombre está hecho para la vida, mientras que la muerte —como la Escritura nos explica desde las primeras páginas (cf. Gn 2-3)— no estaba en el proyecto original de Dios, sino que ha entrado sutilmente a consecuencia del pecado, fruto de la “ envidia del diablo ” (Sb 2, 24). Se comprende entonces por qué, ante esta tenebrosa realidad, el hombre reacciona y se rebela. Es significativo, en este sentido, que Jesús mismo, “ probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado ” (Hb 4, 15), haya tenido miedo ante la muerte: “ Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa ” (Mt 26, 39). Y ¿cómo olvidar sus lágrimas ante la tumba del amigo Lázaro, a pesar de que se disponía a resucitarlo (cf. Jn 11, 35)?

Aún cuando la muerte sea racionalmente comprensible bajo el aspecto biológico, no es posible vivirla como algo que nos resulta “ natural ”. Contrasta con el instinto más profundo del hombre. A este propósito ha dicho el Concilio: “ Ante la muerte, el enigma de la condición humana alcanza su culmen. El hombre no sólo es atormentado por el dolor y la progresiva disolución del cuerpo, sino también, y aún más, por el temor de la extinción perpetua ”.(19)

Ciertamente, el dolor no tendría consuelo si la muerte fuera la destrucción total, el final de todo. Por eso, la muerte obliga al hombre a plantearse las preguntas radicales sobre el sentido mismo de la vida: ¿qué hay más allá del muro de sombra de la muerte? ¿Es ésta el fin definitivo de la vida o existe algo que la supera?

15. No faltan, en la cultura de la humanidad, desde los tiempos más antiguos hasta nuestros días, respuestas reductivas, que limitan la vida a la que vivimos en esta tierra. Incluso en el Antiguo Testamento, algunas observaciones del Libro del Eclesiastés hacen pensar en la ancianidad como en un edificio en demolición y en la muerte como en su total y definitiva destrucción (cf. 12, 1-7). Pero, precisamente a la luz de estas respuestas pesimistas, adquiere mayor relieve la perspectiva llena de esperanza que se deriva del conjunto de la Revelación y especialmente del Evangelio: Dios “ no es un Dios de muertos, sino de vivos ” (Lc 20, 38). Como afirma el apóstol Pablo, el Dios que da vida a los muertos (cf. Rm 4, 17) dará la vida también a nuestros cuerpos mortales (cf. ibíd., 8, 11). Y Jesús dice de sí mismo: “ Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás ” (Jn 11, 25-26).

Cristo, habiendo cruzado los confines de la muerte, ha revelado la vida que hay más allá de este límite, en aquel “ territorio ” inexplorado por el hombre que es la eternidad. Él es el primer Testigo de la vida inmortal; en Él la esperanza humana se revela plena de inmortalidad. “ Aunque nos entristece la certeza de la muerte, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad ”.(20) A estas palabras, que la Liturgia ofrece a los creyentes como consuelo en la hora de la despedida de una persona querida, sigue un anuncio de esperanza: “ Porque la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo ”.(21) En Cristo, la muerte, realidad dramática y desconcertante, es rescatada y transformada, hasta presentarse como una “ hermana ” que nos conduce a los brazos del Padre.(22)

16. La fe ilumina así el misterio de la muerte e infunde serenidad en la vejez, no considerada y vivida ya como espera pasiva de un acontecimiento destructivo, sino como acercamiento prometedor a la meta de la plena madurez. Son años para vivir con un sentido de confiado abandono en las manos de Dios, Padre providente y misericordioso; un periodo que se ha de utilizar de modo creativo con vistas a profundizar en la vida espiritual, mediante la intensificación de la oración y el compromiso de una dedicación a los hermanos en la caridad.

Por eso son loables todas aquellas iniciativas sociales que permiten a los ancianos, ya el seguir cultivándose física, intelectualmente o en la vida de relación, ya el ser útiles, poniendo a disposición de los otros el propio tiempo, las propias capacidades y la propia experiencia. De este modo, se conserva y aumenta el gusto de la vida, don fundamental de Dios. Por otra parte, este gusto por la vida no contrarresta el deseo de eternidad, que madura en cuantos tienen una experiencia espiritual profunda, como bien nos enseña la vida de los Santos.

El Evangelio nos recuerda, a este propósito, las palabras del anciano Simeón, que se declara preparado para morir una vez que ha podido estrechar entre sus brazos al Mesías esperado: “ Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación ” (Lc 2, 29-30). El apóstol Pablo se debatía, apremiado por ambas partes, entre el deseo de seguir viviendo para anunciar el Evangelio y el anhelo de “ partir y estar con Cristo ” (Flp 1, 23). San Ignacio de Antioquía nos dice que, mientras iba gozoso a sufrir el martirio, oía en su interior la voz del Espíritu Santo, como “ agua ” viva que le brotaba de dentro y le susurraba la invitación: “ Ven al Padre ”.(23) Los ejemplos podrían continuar aún. En modo alguno ensombrecen el valor de la vida terrena, que es bella a pesar de las limitaciones y los sufrimientos, y ha de ser vivida hasta el final. Pero nos recuerdan que no es el valor último, de tal manera que, desde una perspectiva cristiana, el ocaso de la existencia terrena tiene los rasgos característicos de un “ paso ”, de un puente tendido desde la vida a la vida, entre la frágil e insegura alegría de esta tierra y la alegría plena que el Señor reserva a sus siervos fieles: “ ¡Entra en el gozo de tu Señor! ” (Mt 25, 21).

Un augurio de vida


17. Con este espíritu, mientras os deseo, queridos hermanos y hermanas ancianos, que viváis serenamente los años que el Señor haya dispuesto para cada uno, me resulta espontáneo compartir hasta el fondo con vosotros los sentimientos que me animan en este tramo de mi vida, después de más de veinte años de ministerio en la sede de Pedro, y a la espera del tercer milenio ya a las puertas. A pesar de las limitaciones que me han sobrevenido con la edad, conservo el gusto de la vida. Doy gracias al Señor por ello. Es hermoso poderse gastar hasta el final por la causa del Reino de Dios.

Al mismo tiempo, encuentro una gran paz al pensar en el momento en el que el Señor me llame: ¡de vida a vida! Por eso, a menudo me viene a los labios, sin asomo de tristeza alguna, una oración que el sacerdote recita después de la celebración eucarística: In hora mortis meae voca me, et iube me venire ad te; en la hora de mi muerte llámame, y mándame ir a ti. Es la oración de la esperanza cristiana, que nada quita a la alegría de la hora presente, sino que pone el futuro en manos de la divina bondad.

18. “Iube me venire ad te!”: éste es el anhelo más profundo del corazón humano, incluso para el que no es consciente de ello.

Concédenos, Señor de la vida, la gracia de tomar conciencia lúcida de ello y de saborear como un don, rico de ulteriores promesas, todos los momentos de nuestra vida.

Haz que acojamos con amor tu voluntad, poniéndonos cada día en tus manos misericordiosas.

Cuando venga el momento del “paso” definitivo, concédenos afrontarlo con ánimo sereno, sin pesadumbre por lo que dejemos. Porque al encontrarte a Ti, después de haberte buscado tanto, nos encontraremos con todo valor auténtico experimentado aquí en la tierra, junto a quienes nos han precedido en el signo de la fe y de la esperanza.

Y tú, María, Madre de la humanidad peregrina, ruega por nosotros “ ahora y en la hora de nuestra muerte ”. Manténnos siempre muy unidos a Jesús, tu Hijo amado y hermano nuestro, Señor de la vida y de la gloria.

¡Amén!

Vaticano, 1 de octubre de 1999.


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NOTAS


(1) S. JUAN DAMASCENO, Exposición de la fe ortodoxa, 2, 29.
(2) Cf. La dignidad del anciano y su misión en la Iglesia y en el Mundo, Ciudad del Vaticano 1998.
(3) VIRGILIO, “ Fugit inreparabile tempus ”, Geórgicas, III, 284.
(4) Liturgia de la Vigilia Pascual.
(5) S. IRENEO DE LYON, Adversus haereses, 4, 20, 4.
(6) Cf. Carta enc. Centesimus annus, 18.
(7) Cf. ibíd., 23.
(8) S. JUAN CRISOSTOMO, Comentario a la Carta a los Romanos, 9, 2.
(9) Cf. Cato maior seu De senectute, 19, 70.
(10) Sobre “ Todo es vanidad y aflicción del espíritu ”, 5-6.
(11) “ Augest sapientiam, dat maturiora consilia ”, Commentaria in Amos, II, prol.
(12) CORNEILLE, Sertorius, a. II, sc. 4, b. 717.
(13) “ Magna fuit quondam capitis reverentia cani ”, Fastos, lib. V, v. 57.
(14) Sentencias, XLII.
(15) Cf. Carta enc. Evangelium vitae, 65.
(16) C. K. NORWID, Nie tylko przyslosc..., Post scriptum, I, vv. 1-4.
(17) “ Levior fit senectus, eorum qui a iuventute coluntur et diliguntur ”, Cato maior seu De senectute, 8, 26.
(18) Discurso al retorno del campo, 11.
(19) CONC. ECUM. VAT. II, Const. past. Gaudium et spes, 18.
(20) Misal Romano, Prefacio I de difuntos.
(21) Ibíd.
(22) Cf. S. FRANCISCO DE ASIS, Cántico de las criaturas.
(23) Carta a los Romanos, 7, 2.

6 de agosto de 2010

Cuentos (de Eumenio García Vidal)

HISTORIA SECRETA DE PEDRO


Me llamo Pedro y tengo nueve años.
Voy a tratar de contar la historia secreta que viví con mi madre. Soy el primer hijo y mi madre, guapísima, tenía veintidós años cuando me tuvo.
Mi padre trabajaba todo el día y, aunque adoraba a mi madre y seguía y apoyaba en mi embarazo, era solo un espectador. Yo lo apreciaba a través de mi madre.

Todo empezó por una célula que los científicos llaman ZIGOTO. Parece un insulto, pero así la llaman. Así que fui como todos, un zigoto.
A esta célula le dijo Dios: “¡PEDRO VIVE! Y viví. Era YO. No hay en el mundo nadie idéntico a mí, ni en el cuerpo ni en el espíritu, en cualidades intelectuales y psíquicas. Pues ya esa célula era ÚNICA. Nunca había existido ni existirá otra igual, con todos los caracteres hereditarios y con la fuerza para que al desarrollarse fuese yo. Si la hubiesen destruido no viviría y sería irreparable. No podría haber en el mundo otro Pedro, otro yo.
Desde luego era muy pequeñito. Redondeando, medía de diámetro una décima de milímetro o poco más y pesaba quince diezmillonésimas de gramo; para alcanzar un gramo se necesitarían más de seiscientas mil células; pero esa célula tenía el proyecto completo de división, crecimiento y formación de todos mis miembros y órganos, en un preciso y elegante desarrollo.
Acogido por mi madre cuando me había dividido en unas cien células, comenzó mi progreso con rapidez. Yo no molestaba y ella no sabía que ya existía aquel niño que esperaba con tanta ilusión.
Primero tuve que acomodarme para el desarrollo y para poder recibir los materiales necesarios a través de la sangre de mi madre y, a la vez, protegerme en una especie de bolsa que duraría hasta el nacimiento.
AL MES, medía dos milímetros y medio, pesaba dos gramos, y empezaba a diferenciarme. Mi forma era una especie de coma con una cabeza muy grande redondeada y un tronco curvo con esbozos de órganos y miembros.
A los DOS MESES, había crecido más de doce veces. Medía un centímetro y medio, pesaba dos gramos y podían distinguirse la mayor parte de las características externas humanas. Tenía una cabeza desproporcionada (la mitad de mi longitud) con ojos, boca, nariz y orejas. Se formaban los dedos de mis pies y manos de una manopla anterior y estaba avanzada la diferenciación de las vísceras: pulmón, hígado….Mi corazón ya latía .
A los TRES MESES, estaba completo: medía siete centímetros y medio y pesaba treinta y cinco gramos. Era difícil, pero un experto podía apreciar que era niño. Solo me faltaba crecer y en unos cuantos meses madurar mis sistemas funcionales.
Este desarrollo de los tres primeros mese se puede resumir con imaginación:
Al mes , era un granito de arena en una bolsita.
A los dos meses, completo ya, cabía en una cáscara de nuez.
A los tres meses, era Pulgarcito en la palma de una mano.
¿Cómo fueron las relaciones con mi madre en estos primeros meses de vida?
En realidad mi madre fue feliz durante todo el embarazo a pesar de las molestia naturales y los cambios que tuvo que adoptar en sus costumbres y género de vida, Ella ponía su amor, un gran amor, y mi papel, en correspondencia, consistía en crecer y darle alegrías y sorpresas con algo nuevo que celebraba y vivía con mi padre, en la intimidad.
Memorable fue el día que confirmó su embarazo después de un par de semanas de sospecha. Lo vivió fuera de sí, como una loca, diciéndose: “¡Soy madre!” “¡voy a ser madre!”…Lloraba y reía al mismo tiempo…Llamó a mi padre y pasaron una hora mirándose, semi-abrazados y sin hablar ni una palabra. Yo, con mis tres-cuatro milímetros y cinco-seis semanas, apoyaba sus emociones con un poco de mareo y un par de náuseas que significaban: “Sí, estoy en tu seno. Tranquila. ¡Ten paciencia! Nos quedan muchas semanas de aventuras y emociones”.
Mi madre estaba orgullosa y a los pocos días se encontró con una amiga indiscreta que le dijo:
- Tú todavía no tienes un niño, tienes “un cuerpo extraño”
- -Mi hijo ¿un cuerpo extraño? Tú eres la ignorante y la extraña.
A los CUATRO MESES, pesaba cien gramos y medía quince centímetros. Me movía bastante para “ejercitar las articulaciones” y mi madre pensaba que eran gases. Poco después ya supo que era yo “haciendo gimnasia” y empezó el diálogo directo conmigo. También entonces celebró con mi padre que fuese un niño como él deseaba.
-Bueno Pedrito, ¿estás incómodo? A ver que cambio de postura.
Hasta el nacimiento tuvimos una comunicación constante. Ella me atendía y mimaba en lo que le parecía y yo crecía normalmente, siguiendo el programa ya previsto en la primera célula
Mi entrenamiento articular avanzó con éxito. Daba unas patadas, orgullo de mi padre cuando las recibía poniendo la mano en la barriga de mi madre.
A los SEIS MESES, medía treinta y cinco centímetros y pesaba un kilogramo. Ya comenzaba a ser viable. Los tres últimos meses fueron de crecimiento para alcanzar al nacer cincuenta y dos centímetros de longitud y tres kilos y medio de peso y la maduración funcional: respirar, deglutir…
Eran más interesantes las relaciones con mi madre, por lo que ella observaba y por las ecografías (una vez pudo ver como yo metía un pie en la boca). Yo estaba cómodo, muy cómodo (no tanto al final) mecido por la respiración de mi madre y el ritmo del latido de nuestros corazones. Me movía libremente y mi madre me comprendía para cambiar de posición si la molestaba.
Era sensible a los ruidos y mi madre me tranquilizaba, hablándome y poniendo música suave (¡Oh, Las cuatro estaciones de Vivaldi!). Era muy gallego: bailaba con la gaita. Mucho me habló y me cantó y me enseñó…Al nacer yo lo sabía todo. Podía ver y oír, buscaba el pecho si tenía hambre, gustaba del olor y del sabor de la leche, lloraba si estaba incómodo…
Fue muy emocionante cuando de golpe tuve que respirar por primera vez, ajustar mi corazón y regular la temperatura…pero eso pertenece a mi historia pública. La secreta, íntima, entrañable, había terminado al nacer.
¡GRACIAS madre! ¡Qué bien lo pasamos!



Pedro: soy médico y me gusta tu historia. También ahora, a los nueve años, eres ÚNICO y lo serás toda la vida. Dios te quiere así.
Cariñosamente

Dr. García Vidal
La Coruña, septiembre 20009



CUENTO DE INOCENTES


Algarabía en el cielo
Aquel día había un gran revuelo en el cielo: niños de todas las edades y tamaños corriendo y alborotando por todas partes: gritos, juegos, cantos, risas… ¡alegría a raudales!
Pero ¿qué pasa? – preguntaban apaciblemente los residentes más antiguos, patriarcas y primeros pobladores de la tierra que se sentían perturbados en su ritmo habitual de felicidad y contemplación.
- Señor Arcángel Rafael, ¡ponga orden!- gritaba mansamente , para estar en el cielo un tanto destemplada, la esposa principal de un distinguido anciano, descendiente directo por vía materna de Sem.
Y es que los niños, los peques del Paraíso, tenían no sólo la venia sino el estímulo y complacencia de Dios para armar jaleo, del que recibía la máxima glorificación. Era en la tierra el veintiocho de diciembre, la fiesta de los INOCENTES, de los santos mártires niños inocentes.
El muy querido y conocido Rafael, encargado de acompañar y guiar, junto con el Ángel Custodio a los niños y jóvenes en la vida terrestre, también les dirigía en el cielo. Divertido por la petición de los santos, tan admirados, de la antigua Sección de Mayores, tocó su silbato de llamada con sonido armonioso:
- Niños ¡a reunirse, a formar por grupos!
Los grupos
Obedientes, de forma espontánea, con un desorden admirablemente ordenado, sin disminuir en alegría y bullicio formaron tres grupos.
Primero: los degollados por Herodes el Grande, el astuto y criminal rey de Judea. Usurpador del reino, temió la aparición de un posible rival. No le importaba mentir ni engañar hipócritamente la nobleza de otros reyes.
Un segundo grupo inconmensurable, de los que desde la antigüedad murieron de pobreza, hambre y enfermedad. Niños víctimas del odio entre razas, guerras locales y abandonados o bien explotados por países colonizadores o sujetos a leyes injustas, impuestas por dictaduras de clases dominantes.
El tercero, grupo cruel, vergüenza de la Humanidad también incontable. Lo forman niños fruto de una sexualidad incorrecta y corrompida o del engaño y violencia, sacrificados antes del nacimiento desde la primera célula materna fecundada , hasta un tiempo arbitrario de desarrollo, por el delito de ser “niños no deseados”. Unos eliminados por substancias específicas y otros “ejecutados” por expertos , previo cobro de “las treinta monedas” en centros apropiados, con el escarnio de ser considerados “residuos biológicos” y arrojados a un cubo de desechos.
¡Qué grandes son esos pequeños mártires! Sentían la necesidad de pedir, de implorar a Dios por amor
-Padre nuestro, PERDÓNALOS, perdónalos a TODOS!
La reunión
Organizados los grupos por los distinguidos de cada grupo, los más antiguos o los que tenían historias personales más meritorias, se preguntaban expectantes dónde estaría Rafael y el objeto de la concentración.
Muy pronto apareció el Arcángel acompañado de Miguel (“Quién como Dios”) para dar más importancia, más fuerza a la reunión y les habló:
Hoy es vuestra fiesta y hay que celebrarla. Vosotros diréis cómo: ¿qué queréis? ¿qué hacemos? Ya veis que está interesado y dispuesto para apoyaros nada menos que el príncipe de los ángeles, Miguel, mi querido jefe y capitán.
Se produjo un revuelo de entusiasmo y consulta entre los grupos, una especie de encuesta celeste, intercambio de ideas y propuestas que se resolvió por unanimidad en un tiempo de la Tierra casi instantáneo, y los portavoces, niños que habían tenido laringe, comunicaron a los Arcángeles las conclusiones.
Proponían celebrar dos actos solamente.
Primero, una acción de alabanza, bendición, adoración, glorificación a Dios, Ser infinito, con la presencia de la Reina de los Cielos, Santa María y de José, su esposo.
Segundo, la petición de que la Reina del cielo los recibiese para sentir sus caricias de madre y corresponderle con su amor de niños huérfanos y pedirle ”mercedes”.
Enterado Rafael del resultado de la reunión se retiró y regresó en un instante (serían unos quinientos años solares concentrados). Se dirigió a la gran multitud de los inocentes y les comunicó :
Dios os concede una recepción extraordinaria; podéis pasar al gran “sin espacio” para recibirlo. Yo voy a ocupar mi puesto oficial en la gran corte al servicio de la Reina que acompañará al Señor. Que la aclamación sea inmensa según vuestro deseo.
Siguió la rápida ocupación del “no espacio, no tiempo” señalados y se produjo algo así como un profundo y elocuente silencio y quietud de oración –espera.
La aclamación-recepción
No hay nada parecido en la tierra ni palabras o imágenes capaces de expresar el cielo y, menos aún, las audiencias extraordinarias del Señor. Hemos de prescindir de todo conocimiento, memoria, sensaciones, gustos, recuerdos…para quedar en un vacío absoluto que se colmará con algo desconocido, nuevo, inimaginable. Los parámetros de la tierra serían obstáculos insalvables para el mínimo entender.
Dios no se manifestó de repente. Todo empezó por una brisecilla suave, acariciadora, que daba un gusto, un deleite extraordinarios. Los niños celulares de ocho-diez células embrionarias, más las cien nutritivas que no llegaron a implantarse en la mucosa uterina, fueron los más sensibles. Reconocieron en el airecillo la manifestación más íntima de la presencia y bondad de Dios, su Padre, un “mimo” de contacto directo con el Creador.
Con sus “lenguas celestiales” comenzaron a cantar un himno de alabanza, un aleluya, que fue creciendo, creciendo en fuerza y extendiéndose a los ángeles, a todos los bienaventurados y de forma impetuosa, imparable, a todo el universo conocido y a todos los universos creados, ignorados, ocultos, con todas sus criaturas en una explosión universal de adoración.
Todas las fuerzas físicas, materiales, se manifestaron al límite de sus leyes y convirtieron los cielos de las estrellas en un maravilloso espectáculo de belleza, armonía, color, luz, mostrando su esplendor verdadero en alabanza a su todopoderoso Hacedor.
La Tierra tomó parte en la aclamación rodeando a los niños, arrobados ante el Señor, con un cercado de arbustos, flores y perfumes y ofreciendo todos sus encantos y maravillas: la luz serena de los amaneceres y puestas de sol, el arrullo del viento en los bosques y de las aguas montañeras, el canto de todos los pájaros, el aplauso del mar con sus olas contra los acantilados…una acogida entrañable de la naturaleza que nunca recibieron los humanos.
¿Y los niños? Los niños ajenos a todo lo externo, cantando extasiados, sin palabras, con los ojos puestos en Dios, lo adoraban, veían, oían, escuchaban y comprendían en plenitud, con miles de sentidos que no existen en la tierra. Jugaban con Jesús Niño y eran acariciados por el Padre al que abrían sus bracitos y se entregaban transformados en puro amor ante el AMOR.
Recepción de la Reina y peticiones
¿Cuánto duró la aclamación y audiencia del Señor? “Un tiempo” sin posible relación con los relojes de la tierra.
Poco a poco , la naturaleza volvió a su ritmo propio, pero los niños se mantuvieron quietos, en silencio, acurrucados en los brazos de Dios.
Dos legiones de ángeles al mando de Miguel para el grupo de los mártires de la pobreza injusta y de Gabriel para los sacrificados antes de nacer, los fueron “despertando” y así poder conducirlos ante la Reina del cielo que había bajado de su trono y los esperaba, servida por Rafael y acompañada de miles y miles de madres de familia que habían tenido hijos, desde uno a la campeona con más de veinte partos.
El encuentro fue de una emoción indescriptible. Cuando los niños reconocieron a la Reina, llorando de alegría, la envolvieron en un orden atropellado gritando: ¡Madre!, ¡Madre!, ¡Madre!...y la Virgen María los abrazaba y acariciaba uno por uno, como si tuviera miles de manos y a todos llamaba: ¡Hijo! ¡Hijo mío! ¡Mi niño! colmándolos de su amor.
Cuando los hubo acariciado a todos, sin apresuramiento, manteniéndose a su vista, irradiando cariño con su mirada, subió nuevamente al trono para recibir las peticiones ya aceptadas en la primera reunión.
Una general, por unanimidad de los tres grupos:
- Que los hombres sean buenos, que se quieran, que no hagan guerras, que den de comer a los pobres hambrientos y que cuiden a todos los niños y deseen a los no deseados.
Una segunda, particular de los no nacidos:
- Poder tratar a nuestras madres para salvarlas y demostrar que las perdonamos y queremos de verdad, de verdad.
Fueron presentadas solemnemente a la Reina por los tres Arcángeles y los niños pronunciaron, a una voz, la fórmula ritual necesaria:
- “Dios y Padre nuestro:
Nuestras peticiones son gracias que esperamos alcanzar de tu Poder, tu Sabiduría y tu Amor, por mediación de nuestra Reina y Señora Santa María”.
Pasado un corto silencio, la Reina mostró su acogida favorable y levantó la sesión. Bajó del trono apoyada en José, su esposo, para despedirse de los niños inocentes que gritaban, la aclamaban y aplaudían en “ordenada” algazara.
- Os quiero, os quiero, os quiero y os doy mil besos- les decía al alejarse.
La multitud de ángeles y santos que había asistido al acto se fueron lentamente y los niños se retiraron de la forma prevista: “ a todo correr”
Eran las cero horas del día veintinueve de diciembre, fiesta de Tomás Beckter, canciller de Inglaterra y obispo de Canterbury.
¿Y qué pasó después?
Dios había concedido a los niños sus peticiones. Se inició en todo el mundo un clamor humano de justicia y valores del espíritu, por encima del falso bienestar puramente material.
El poder de la verdad, la sabiduría y el amor alcanzará la victoria final.
¿Cuándo? Sólo Dios lo sabe. Dios no tiene prisa.
¿Y los niños no nacidos? Se unieron a los ángeles custodios de sus madres y tratan de recuperarlas por distintos medios según las circunstancias.
A las adolescentes, las violadas o las presionadas, indefensas, que consintieron con miedo y repugnancia a la intervención, sin justificar la gravedad de acto, las disculpan y animan: “Yo siempre seré tu niño, aquel que perdiste contra tu voluntas”. “ Yo te quiero, sé valiente; espero tus hijos normales, mis hermanos.
A las que rechazaron el hijo no deseado, con toda conciencia, como un derecho, también las quieren y tratan de convencerlas de la falsedad de sus ideas, de que son víctimas de ideologías engañosas, irracionales y de leyes injustas:
- Madre: ¿ves esa niña de tu compañera de trabajo “tan rica” que ya dice ma-má, ríe cuando le hablas o juegas con ella, hace los “cinco lobitos”, “daba la mocita en su cabecita?...¡Es de mi edad! Yo te hubiera complicado la vida pero te hubiera hecho feliz.
Recapacita y deja los slogans. ¡Sé libre!
Los niños inocentes desde el cielo salvaron a muchas, muchas de sus madres, con las que tienen una relación entrañable, secreta, en lo más profundo de su corazón








Niños inocentes:
Yo, pediatra, me agrego a vosotros
y en todo os admiro y os justifico

Eumenio García Vidal








La Coruña, noviembre de 2008