6 de agosto de 2010

Cuentos (de Eumenio García Vidal)

HISTORIA SECRETA DE PEDRO


Me llamo Pedro y tengo nueve años.
Voy a tratar de contar la historia secreta que viví con mi madre. Soy el primer hijo y mi madre, guapísima, tenía veintidós años cuando me tuvo.
Mi padre trabajaba todo el día y, aunque adoraba a mi madre y seguía y apoyaba en mi embarazo, era solo un espectador. Yo lo apreciaba a través de mi madre.

Todo empezó por una célula que los científicos llaman ZIGOTO. Parece un insulto, pero así la llaman. Así que fui como todos, un zigoto.
A esta célula le dijo Dios: “¡PEDRO VIVE! Y viví. Era YO. No hay en el mundo nadie idéntico a mí, ni en el cuerpo ni en el espíritu, en cualidades intelectuales y psíquicas. Pues ya esa célula era ÚNICA. Nunca había existido ni existirá otra igual, con todos los caracteres hereditarios y con la fuerza para que al desarrollarse fuese yo. Si la hubiesen destruido no viviría y sería irreparable. No podría haber en el mundo otro Pedro, otro yo.
Desde luego era muy pequeñito. Redondeando, medía de diámetro una décima de milímetro o poco más y pesaba quince diezmillonésimas de gramo; para alcanzar un gramo se necesitarían más de seiscientas mil células; pero esa célula tenía el proyecto completo de división, crecimiento y formación de todos mis miembros y órganos, en un preciso y elegante desarrollo.
Acogido por mi madre cuando me había dividido en unas cien células, comenzó mi progreso con rapidez. Yo no molestaba y ella no sabía que ya existía aquel niño que esperaba con tanta ilusión.
Primero tuve que acomodarme para el desarrollo y para poder recibir los materiales necesarios a través de la sangre de mi madre y, a la vez, protegerme en una especie de bolsa que duraría hasta el nacimiento.
AL MES, medía dos milímetros y medio, pesaba dos gramos, y empezaba a diferenciarme. Mi forma era una especie de coma con una cabeza muy grande redondeada y un tronco curvo con esbozos de órganos y miembros.
A los DOS MESES, había crecido más de doce veces. Medía un centímetro y medio, pesaba dos gramos y podían distinguirse la mayor parte de las características externas humanas. Tenía una cabeza desproporcionada (la mitad de mi longitud) con ojos, boca, nariz y orejas. Se formaban los dedos de mis pies y manos de una manopla anterior y estaba avanzada la diferenciación de las vísceras: pulmón, hígado….Mi corazón ya latía .
A los TRES MESES, estaba completo: medía siete centímetros y medio y pesaba treinta y cinco gramos. Era difícil, pero un experto podía apreciar que era niño. Solo me faltaba crecer y en unos cuantos meses madurar mis sistemas funcionales.
Este desarrollo de los tres primeros mese se puede resumir con imaginación:
Al mes , era un granito de arena en una bolsita.
A los dos meses, completo ya, cabía en una cáscara de nuez.
A los tres meses, era Pulgarcito en la palma de una mano.
¿Cómo fueron las relaciones con mi madre en estos primeros meses de vida?
En realidad mi madre fue feliz durante todo el embarazo a pesar de las molestia naturales y los cambios que tuvo que adoptar en sus costumbres y género de vida, Ella ponía su amor, un gran amor, y mi papel, en correspondencia, consistía en crecer y darle alegrías y sorpresas con algo nuevo que celebraba y vivía con mi padre, en la intimidad.
Memorable fue el día que confirmó su embarazo después de un par de semanas de sospecha. Lo vivió fuera de sí, como una loca, diciéndose: “¡Soy madre!” “¡voy a ser madre!”…Lloraba y reía al mismo tiempo…Llamó a mi padre y pasaron una hora mirándose, semi-abrazados y sin hablar ni una palabra. Yo, con mis tres-cuatro milímetros y cinco-seis semanas, apoyaba sus emociones con un poco de mareo y un par de náuseas que significaban: “Sí, estoy en tu seno. Tranquila. ¡Ten paciencia! Nos quedan muchas semanas de aventuras y emociones”.
Mi madre estaba orgullosa y a los pocos días se encontró con una amiga indiscreta que le dijo:
- Tú todavía no tienes un niño, tienes “un cuerpo extraño”
- -Mi hijo ¿un cuerpo extraño? Tú eres la ignorante y la extraña.
A los CUATRO MESES, pesaba cien gramos y medía quince centímetros. Me movía bastante para “ejercitar las articulaciones” y mi madre pensaba que eran gases. Poco después ya supo que era yo “haciendo gimnasia” y empezó el diálogo directo conmigo. También entonces celebró con mi padre que fuese un niño como él deseaba.
-Bueno Pedrito, ¿estás incómodo? A ver que cambio de postura.
Hasta el nacimiento tuvimos una comunicación constante. Ella me atendía y mimaba en lo que le parecía y yo crecía normalmente, siguiendo el programa ya previsto en la primera célula
Mi entrenamiento articular avanzó con éxito. Daba unas patadas, orgullo de mi padre cuando las recibía poniendo la mano en la barriga de mi madre.
A los SEIS MESES, medía treinta y cinco centímetros y pesaba un kilogramo. Ya comenzaba a ser viable. Los tres últimos meses fueron de crecimiento para alcanzar al nacer cincuenta y dos centímetros de longitud y tres kilos y medio de peso y la maduración funcional: respirar, deglutir…
Eran más interesantes las relaciones con mi madre, por lo que ella observaba y por las ecografías (una vez pudo ver como yo metía un pie en la boca). Yo estaba cómodo, muy cómodo (no tanto al final) mecido por la respiración de mi madre y el ritmo del latido de nuestros corazones. Me movía libremente y mi madre me comprendía para cambiar de posición si la molestaba.
Era sensible a los ruidos y mi madre me tranquilizaba, hablándome y poniendo música suave (¡Oh, Las cuatro estaciones de Vivaldi!). Era muy gallego: bailaba con la gaita. Mucho me habló y me cantó y me enseñó…Al nacer yo lo sabía todo. Podía ver y oír, buscaba el pecho si tenía hambre, gustaba del olor y del sabor de la leche, lloraba si estaba incómodo…
Fue muy emocionante cuando de golpe tuve que respirar por primera vez, ajustar mi corazón y regular la temperatura…pero eso pertenece a mi historia pública. La secreta, íntima, entrañable, había terminado al nacer.
¡GRACIAS madre! ¡Qué bien lo pasamos!



Pedro: soy médico y me gusta tu historia. También ahora, a los nueve años, eres ÚNICO y lo serás toda la vida. Dios te quiere así.
Cariñosamente

Dr. García Vidal
La Coruña, septiembre 20009



CUENTO DE INOCENTES


Algarabía en el cielo
Aquel día había un gran revuelo en el cielo: niños de todas las edades y tamaños corriendo y alborotando por todas partes: gritos, juegos, cantos, risas… ¡alegría a raudales!
Pero ¿qué pasa? – preguntaban apaciblemente los residentes más antiguos, patriarcas y primeros pobladores de la tierra que se sentían perturbados en su ritmo habitual de felicidad y contemplación.
- Señor Arcángel Rafael, ¡ponga orden!- gritaba mansamente , para estar en el cielo un tanto destemplada, la esposa principal de un distinguido anciano, descendiente directo por vía materna de Sem.
Y es que los niños, los peques del Paraíso, tenían no sólo la venia sino el estímulo y complacencia de Dios para armar jaleo, del que recibía la máxima glorificación. Era en la tierra el veintiocho de diciembre, la fiesta de los INOCENTES, de los santos mártires niños inocentes.
El muy querido y conocido Rafael, encargado de acompañar y guiar, junto con el Ángel Custodio a los niños y jóvenes en la vida terrestre, también les dirigía en el cielo. Divertido por la petición de los santos, tan admirados, de la antigua Sección de Mayores, tocó su silbato de llamada con sonido armonioso:
- Niños ¡a reunirse, a formar por grupos!
Los grupos
Obedientes, de forma espontánea, con un desorden admirablemente ordenado, sin disminuir en alegría y bullicio formaron tres grupos.
Primero: los degollados por Herodes el Grande, el astuto y criminal rey de Judea. Usurpador del reino, temió la aparición de un posible rival. No le importaba mentir ni engañar hipócritamente la nobleza de otros reyes.
Un segundo grupo inconmensurable, de los que desde la antigüedad murieron de pobreza, hambre y enfermedad. Niños víctimas del odio entre razas, guerras locales y abandonados o bien explotados por países colonizadores o sujetos a leyes injustas, impuestas por dictaduras de clases dominantes.
El tercero, grupo cruel, vergüenza de la Humanidad también incontable. Lo forman niños fruto de una sexualidad incorrecta y corrompida o del engaño y violencia, sacrificados antes del nacimiento desde la primera célula materna fecundada , hasta un tiempo arbitrario de desarrollo, por el delito de ser “niños no deseados”. Unos eliminados por substancias específicas y otros “ejecutados” por expertos , previo cobro de “las treinta monedas” en centros apropiados, con el escarnio de ser considerados “residuos biológicos” y arrojados a un cubo de desechos.
¡Qué grandes son esos pequeños mártires! Sentían la necesidad de pedir, de implorar a Dios por amor
-Padre nuestro, PERDÓNALOS, perdónalos a TODOS!
La reunión
Organizados los grupos por los distinguidos de cada grupo, los más antiguos o los que tenían historias personales más meritorias, se preguntaban expectantes dónde estaría Rafael y el objeto de la concentración.
Muy pronto apareció el Arcángel acompañado de Miguel (“Quién como Dios”) para dar más importancia, más fuerza a la reunión y les habló:
Hoy es vuestra fiesta y hay que celebrarla. Vosotros diréis cómo: ¿qué queréis? ¿qué hacemos? Ya veis que está interesado y dispuesto para apoyaros nada menos que el príncipe de los ángeles, Miguel, mi querido jefe y capitán.
Se produjo un revuelo de entusiasmo y consulta entre los grupos, una especie de encuesta celeste, intercambio de ideas y propuestas que se resolvió por unanimidad en un tiempo de la Tierra casi instantáneo, y los portavoces, niños que habían tenido laringe, comunicaron a los Arcángeles las conclusiones.
Proponían celebrar dos actos solamente.
Primero, una acción de alabanza, bendición, adoración, glorificación a Dios, Ser infinito, con la presencia de la Reina de los Cielos, Santa María y de José, su esposo.
Segundo, la petición de que la Reina del cielo los recibiese para sentir sus caricias de madre y corresponderle con su amor de niños huérfanos y pedirle ”mercedes”.
Enterado Rafael del resultado de la reunión se retiró y regresó en un instante (serían unos quinientos años solares concentrados). Se dirigió a la gran multitud de los inocentes y les comunicó :
Dios os concede una recepción extraordinaria; podéis pasar al gran “sin espacio” para recibirlo. Yo voy a ocupar mi puesto oficial en la gran corte al servicio de la Reina que acompañará al Señor. Que la aclamación sea inmensa según vuestro deseo.
Siguió la rápida ocupación del “no espacio, no tiempo” señalados y se produjo algo así como un profundo y elocuente silencio y quietud de oración –espera.
La aclamación-recepción
No hay nada parecido en la tierra ni palabras o imágenes capaces de expresar el cielo y, menos aún, las audiencias extraordinarias del Señor. Hemos de prescindir de todo conocimiento, memoria, sensaciones, gustos, recuerdos…para quedar en un vacío absoluto que se colmará con algo desconocido, nuevo, inimaginable. Los parámetros de la tierra serían obstáculos insalvables para el mínimo entender.
Dios no se manifestó de repente. Todo empezó por una brisecilla suave, acariciadora, que daba un gusto, un deleite extraordinarios. Los niños celulares de ocho-diez células embrionarias, más las cien nutritivas que no llegaron a implantarse en la mucosa uterina, fueron los más sensibles. Reconocieron en el airecillo la manifestación más íntima de la presencia y bondad de Dios, su Padre, un “mimo” de contacto directo con el Creador.
Con sus “lenguas celestiales” comenzaron a cantar un himno de alabanza, un aleluya, que fue creciendo, creciendo en fuerza y extendiéndose a los ángeles, a todos los bienaventurados y de forma impetuosa, imparable, a todo el universo conocido y a todos los universos creados, ignorados, ocultos, con todas sus criaturas en una explosión universal de adoración.
Todas las fuerzas físicas, materiales, se manifestaron al límite de sus leyes y convirtieron los cielos de las estrellas en un maravilloso espectáculo de belleza, armonía, color, luz, mostrando su esplendor verdadero en alabanza a su todopoderoso Hacedor.
La Tierra tomó parte en la aclamación rodeando a los niños, arrobados ante el Señor, con un cercado de arbustos, flores y perfumes y ofreciendo todos sus encantos y maravillas: la luz serena de los amaneceres y puestas de sol, el arrullo del viento en los bosques y de las aguas montañeras, el canto de todos los pájaros, el aplauso del mar con sus olas contra los acantilados…una acogida entrañable de la naturaleza que nunca recibieron los humanos.
¿Y los niños? Los niños ajenos a todo lo externo, cantando extasiados, sin palabras, con los ojos puestos en Dios, lo adoraban, veían, oían, escuchaban y comprendían en plenitud, con miles de sentidos que no existen en la tierra. Jugaban con Jesús Niño y eran acariciados por el Padre al que abrían sus bracitos y se entregaban transformados en puro amor ante el AMOR.
Recepción de la Reina y peticiones
¿Cuánto duró la aclamación y audiencia del Señor? “Un tiempo” sin posible relación con los relojes de la tierra.
Poco a poco , la naturaleza volvió a su ritmo propio, pero los niños se mantuvieron quietos, en silencio, acurrucados en los brazos de Dios.
Dos legiones de ángeles al mando de Miguel para el grupo de los mártires de la pobreza injusta y de Gabriel para los sacrificados antes de nacer, los fueron “despertando” y así poder conducirlos ante la Reina del cielo que había bajado de su trono y los esperaba, servida por Rafael y acompañada de miles y miles de madres de familia que habían tenido hijos, desde uno a la campeona con más de veinte partos.
El encuentro fue de una emoción indescriptible. Cuando los niños reconocieron a la Reina, llorando de alegría, la envolvieron en un orden atropellado gritando: ¡Madre!, ¡Madre!, ¡Madre!...y la Virgen María los abrazaba y acariciaba uno por uno, como si tuviera miles de manos y a todos llamaba: ¡Hijo! ¡Hijo mío! ¡Mi niño! colmándolos de su amor.
Cuando los hubo acariciado a todos, sin apresuramiento, manteniéndose a su vista, irradiando cariño con su mirada, subió nuevamente al trono para recibir las peticiones ya aceptadas en la primera reunión.
Una general, por unanimidad de los tres grupos:
- Que los hombres sean buenos, que se quieran, que no hagan guerras, que den de comer a los pobres hambrientos y que cuiden a todos los niños y deseen a los no deseados.
Una segunda, particular de los no nacidos:
- Poder tratar a nuestras madres para salvarlas y demostrar que las perdonamos y queremos de verdad, de verdad.
Fueron presentadas solemnemente a la Reina por los tres Arcángeles y los niños pronunciaron, a una voz, la fórmula ritual necesaria:
- “Dios y Padre nuestro:
Nuestras peticiones son gracias que esperamos alcanzar de tu Poder, tu Sabiduría y tu Amor, por mediación de nuestra Reina y Señora Santa María”.
Pasado un corto silencio, la Reina mostró su acogida favorable y levantó la sesión. Bajó del trono apoyada en José, su esposo, para despedirse de los niños inocentes que gritaban, la aclamaban y aplaudían en “ordenada” algazara.
- Os quiero, os quiero, os quiero y os doy mil besos- les decía al alejarse.
La multitud de ángeles y santos que había asistido al acto se fueron lentamente y los niños se retiraron de la forma prevista: “ a todo correr”
Eran las cero horas del día veintinueve de diciembre, fiesta de Tomás Beckter, canciller de Inglaterra y obispo de Canterbury.
¿Y qué pasó después?
Dios había concedido a los niños sus peticiones. Se inició en todo el mundo un clamor humano de justicia y valores del espíritu, por encima del falso bienestar puramente material.
El poder de la verdad, la sabiduría y el amor alcanzará la victoria final.
¿Cuándo? Sólo Dios lo sabe. Dios no tiene prisa.
¿Y los niños no nacidos? Se unieron a los ángeles custodios de sus madres y tratan de recuperarlas por distintos medios según las circunstancias.
A las adolescentes, las violadas o las presionadas, indefensas, que consintieron con miedo y repugnancia a la intervención, sin justificar la gravedad de acto, las disculpan y animan: “Yo siempre seré tu niño, aquel que perdiste contra tu voluntas”. “ Yo te quiero, sé valiente; espero tus hijos normales, mis hermanos.
A las que rechazaron el hijo no deseado, con toda conciencia, como un derecho, también las quieren y tratan de convencerlas de la falsedad de sus ideas, de que son víctimas de ideologías engañosas, irracionales y de leyes injustas:
- Madre: ¿ves esa niña de tu compañera de trabajo “tan rica” que ya dice ma-má, ríe cuando le hablas o juegas con ella, hace los “cinco lobitos”, “daba la mocita en su cabecita?...¡Es de mi edad! Yo te hubiera complicado la vida pero te hubiera hecho feliz.
Recapacita y deja los slogans. ¡Sé libre!
Los niños inocentes desde el cielo salvaron a muchas, muchas de sus madres, con las que tienen una relación entrañable, secreta, en lo más profundo de su corazón








Niños inocentes:
Yo, pediatra, me agrego a vosotros
y en todo os admiro y os justifico

Eumenio García Vidal








La Coruña, noviembre de 2008